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Filosofía desde la trinchera

Diario de un escéptico.

El pensar es un espacio de libertad. Yo siempre lo he concebido así. Es una herencia griega e ilustrada. El pensamiento nos lleva a la libertad. O la libertad es una conquista del pensamiento y del ejercicio de la virtud. Pero la libertad, per se, no es un bien, como puede serlo, la salud, sino un ejercicio del vivir y de la virtud que requiere un esfuerzo y, las más de las veces, produce dolor. Para empezar te aleja de la multitud que se te presenta como rebaño y para continuar te enfrenta al poder, al pensamiento establecido. De ahí lo de la servidumbre humana voluntaria; que es lo que la mayoría de la gente quiere: obedecer.

“Esta mañana, en la radio, tres locutores y una locutora se carcajeaban unánimemente de la gilipollez del aborigen australiano que había rechazado los 5.000 millones de dólares ofrecidos por una multinacional minera francesa a cambio de convertir las tierras de sus antepasados en una mina de uranio. Contesto, ”Este lugar es sagrado. No estoy interesado en las ofertas del hombre blanco. No me importa el dinero, ya tengo un trabajo, y en nuestras tierras puedo ir a pescar y a cazar…” Los insultos radiofónicos se amontonaban: qué imbécil, que iluso, qué desperdicio humano…

Lo más monstruoso de esta civilización monstruosa sucede cuando dejamos de apreciar su carácter monstruoso.

Estamos siendo sepultados bajo el peso de la información, que es confundida a menudo con el conocimiento; además se confunde la cantidad con la abundancia y la riqueza con la felicidad…

La gran propuesta existencial de esta vomitiva sociedad mediática: existir para los otros es aparecer en televisión (de manera más genérica, en las pantallas de la sociedad del espectáculo). Francamente, prefiero el viejo, lento y buen espulgamiento de los chimpancés.

Humanismo del ser humano inexistente. Trabajar por la dignidad humana es, también, una de las artes de lo imposible.” De Jorge Riechmann “Nuevos ensayos sobre poesía y el mundo” Ed. Gallo Negro.

“Viktor Frankl sobrevivió a cuatro campos de exterminio, incluido Auschwitz, donde pereció asesinada toda su familia. De aquella experiencia atroz extrajo una enseñanza que luego formulaba: “quien tiene un por qué vivir, encuentra siempre un cómo.”

En la posguerra retoma su trabajo como psicoterapeuta. Cuando uno de sus pacientes le dice que se encuentra deprimido, Frankl replica, completamente en serio: ¿y por qué no se suicida usted?

Típicamente su interlocutor responde que no lo hace porque ama a alguien o a algo (quizás en la forma de que desea llevar a cabo un proyecto). Entonces Frankl le recomienda poner toda su energía –toda la fuerza de Eros- en cultivar ese vínculo, cuidar a esa persona…, o crear las condiciones para la materialización de ese proyecto.” De Jorge Riechmann, “Ahí es nada. Nuevos ensayos sobre el mundo y la poesía.” Colección Gallo Negro.

Me pregunta una amiga. La libertad, ¿duele?

Magnífica pregunta. La libertad duele por varias razones. Para ejercer tu libertad tienes que pensar por ti mismo y eso te aleja de la mayoría, lo cual te lleva a la soledad y, para ser libres, tienes que elegir, aunque parezca contradictorio, lo que debes, no tus deseos. Lo segundo no es más que capricho. Por eso la libertad está relacionada con la consecución de la virtud. Pero, alcanzar la virtud requiere de esfuerzo y ejercicio. Y, una vez realizada, se convierte en hábito o costumbre. En nuestra segunda naturaleza. Y entonces nuestra existencia es plena. La mejor comparación de la consecución de la virtud es el deporte. No se corre un maratón de un día para otro. Y la libertad, en el ejemplo del deporte consiste en nuestra capacidad de elegir ir o no a entrenar, o buscarnos cualquier excusa. Habría que escribir un tratado para responder. Me encanta la pregunta por su sencillez y contundencia.

La desaparición del conocimiento y el saber en manos del saber hacer, el saber mercantilizado y la empleabilidad. En definitiva, la muerte de la universidad. El ideal de la universidad como centro de investigación y transmisión del saber y los hábitos y metodologías de investigación está a punto de desaparecer. Mientras la secundaria se ha vuelto una mala primaria, la universidad se ha vuelto una pésima secundaria. Y el objetivo de toda la enseñanza es el saber técnico. Que no llega a la categoría de científico, es mera técnica. Es un saber hacer, no un saber qué ni por qué. Ahora bien, el saber técnico, el saber hacer es intercambiable mercantilmente. Y el valor del mercado o es el único que existe o el absolutamente hegemónico. Por eso es el que ha de transmitir el sistema de enseñanza. Por eso resulta gracioso oír decir que la enseñanza no debe ideologizarse. ¡Pero si no puede estar más politizada e ideologizada! Es una vía de transmisión de los valores económicos. Y, mientras, nos engañan con las paparruchas del bilingüismo y demás parafernalias que lo único que consiguen es encubrir la segregación y disminuir el nivel de los conocimientos; que, por otra parte, es el objetivo del sistema. Y, entre todo esto, el saber humanístico y científico puro o fundamental, se va al garete, por lo anteriormente dicho. No tiene valor de cambio en el mercado. El profesorado, con perdón, en la inopia, y discutiendo que si la disciplina, que si las llaves de los servicios, que si el plan de limpieza…y así. Así nos va quiero decir. Un mundo orwelliano de engaño y doble pensar. Y, ahora, la farsa de las programaciones con sus competencias (palabra clave del sistema), sus adaptaciones curriculares, por abajo, claro, todavía no las he visto por arriba y eso que he visto a muchos alumnos que se las merecían.  Los cursos de formación de los centros de ideologización de los profesores, con el fin de adoctrinar y cobrar los sexenios… Pero, en fin, esto al sistema no le importa. Seguiremos. Y eso que no hemos hecho nada más que empezar, pero, por mucho que se lo proponga uno, ser positivo -como dicen los coaching, psicólogos y nuevos gurús de turno- es imposible. La realidad es testaruda y se impone.

El periodismo, como todo en este mundo del tardocapitalismo y de la nueva religión de la tecnociencia y su mediadora, las nuevas tecnologías de la información, está llamado a desaparecer. Y a ser sustituido por la vulgaridad, la ramplonería, la mentira, la superficialidad, el engaño, la equivalencia de las opiniones y el relativismo más burdo. Es el sino de nuestro tiempo. La superficialidad, la ligereza y la prisa… Todo ello ha sustituido a la lentitud, el sosiego, el reposo, la lectura pausada y meditada, la contrastación, el criterio de autoridad, la validez imperturbable de los clásicos. Es un mundo que agoniza y que se adentra, alegre, contento, engañado, sumiso, persuadido, en la barbarie más oscura en la que todo es gris y en la que se acaba el pensamiento y la libertad.

Una vez que hicimos la crítica a la psicología positiva lanzo aquí un esbozo de lo que sería una propuesta constructiva en la que se unen ética, política y derecho.

Lo que defienden los epicúreos, los padres del hedonismo o de la teoría según la cual no hay vida feliz sin placer. Ése es el modelo del sabio o del hombre feliz. Riechmann también y yo mismo lo considero así. Pero el placer es el de los bienes naturales y necesarios para la propia vida. Y, aun así, de forma mesurada, prudente. Por eso la prudencia, la sophrone es la mayor de las virtudes: la sabiduría. Y es cierto también que pasado un límite de riqueza, no aumenta el placer, ni la felicidad, sino la frustración y la ambición.

Unir el decrecimiento con la ética epicúrea es algo necesario. Pero no es suficiente. Esto lo he discutido con Riechmann. La sabiduría no se le puede exigir a todo el mundo. Ya sabemos que ésta se encuentra en la mesura de los placeres naturales y necesarios y en el placer que proporciona la inteligencia: la ciencia, el arte, la contemplación. Pero no todo el mundo puede alcanzar esto por sí mismo. Por eso lo que le falta, y es lo que yo discutía, es un programa político que dé lugar a una legislación que nos obligue a la austeridad. Y eso sería la política del decrecimiento enmarcado dentro del ecosocialismo. Por tanto, una política y una ética ecológica recogida legalmente. Y, de esa manera, pasaríamos del paradigma del antropocentrismo al del ecocentrismo. A su vez, la ética ecológica estaría basada en el principio de responsabilidad de Hans Jonas. No sólo somos responsables (ética y jurícamente) de nuestros actos del presente y el pasado, sino también de aquellos que repercuten en el futuro del hombre, en las generaciones futuras o en el otro que está distante. Y, claro, como decía, esta ética necesita de una nueva legislación. Por eso el individuo por sí sólo no puede cambiar el mundo, hace falta la política. En el ecosocialismo, pues, se unen ética, política y derecho. Creo que es la única alternativa viable para la humanidad y al modelo de producción capitalista. Porque decrecer vamos a decrecer, o, a la fuerza, como ahora, pero todavía más a lo bruto, o programado políticamente y de forma progresiva.

El asunto de la psicología positiva y las promesas de felicidad, no sólo es que se desmontan científicamente, aino que filosóficamente son también una barbaridad. Para fundamentarlo habría que extenderse, pero no lo haré. Sólo un par de matizaciones. La primera es que, el concepto que se usa de felicidad en la psicología positiva basada en la inteligencia emocional, es muy pobre. Sólo se refiere a las sensaciones positivas, al sentirse bien. El mero bienestar. No se relaciona ni con las virtudes, ni, mucho menos, con la libertad. Y, en segundo lugar, está incardinada absolutamente en el posmodernismo. En el paradigma de un hombre hedonista, egoísta y nihilista. Sólo busca su propio bienestar para llenar el vacío de su ser tras la muerte de la modernidad: el sentido del mundo, de la vida, la esperanza… frente a esto nos queda la desesperación y el nihilismo. Pero el nuevo dios, el mercado, que no es un ente abstracto, son unos cuantos de nombres, nos proporcionan las recetas de la felicidad por medio del consumo. Y la felicidad que nos promete la psicología positiva no es más que un objeto de consumo y una adaptación al mundo en el que vivimos. Todo es competencia y nada es cooperación, todo es adaptación y nada es transformación. Sumisos y esclavos, pero todos sonrientes.

¡Qué cansancio de gente que descubre el Mediterráneo y le pone nombre a su ignorancia! Si puede ser un nombre técnico para pasar por científico, mejor, así no se duda de su verdad. Lean a Aristóteles, a Séneca, Marco Aurelio, Kant, Spinoza, Schopenhauer, Kierdkegar, Nietzsche, Cioran, Leopardi, Fernando Pessoa...  Allí encontrarán esa inteligencia emocional de la que tanto hablan y sin salirse de la cultura occidental. Ya está bien de renegar de occidente. La civilización grecoromana y cristiana (soy ateo, pero eso no tiene nada que ver) nos ha librado de la barbarie. Sus valores han encumbrado al hombre. Otra cosa es la historia del poder, que no es la de la civilización ni la de las ideas, aquí ha habido crimen, genocidio y todo lo horrendo que el hombre puede hacer. Pero igual que en el resto del mundo. Y ya vale de tanto snobismo oriental. Escuchen el mensaje de Buda, de Lao Tze y verán las similitudes con los estoicos o con el maestro Eckhart, Juan De la cruz,…Ya está bien de neolengua y doble pensar. Vaya farsa de mundo orweliano. Abandonamos la civilización y emprendemos el camino hacia una nueva barbarie.