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Frente a un mundo globalizado, cuya crisis capitalista es una crisis sistémica, nos encontramos con el añadido de la superpoblación. Ésta procede, precisamente, del desarrollo industrial típico del capitalismo. La cuestión es que el crecimiento es limitado. Es más, es necesario el decrecimiento, por un lado y es necesario que todo el mundo coma y tenga vivienda, así como que se respeten los derechos humanos. Pues todo ello no es posible si no iniciamos una senda de decrecimiento basada en un modelo político ecosocialista y en una auténtica república cosmopolita de ciudadanos libres. Éste debe ser el marco para el siglo XXI no el crecimiento. Es imposible el crecimiento ilimitado, luego es imposible el capitalismo tal y como se desarrolla desde el siglo XIX.

MA RIO VARGAS LLOSA. La civilización del espectáculo. Alfaguara, Madrid, 2012.

 

            Es ésta la última obra del prolífico Vargas Llosa, esta vez un ensayo, ensayo que se dirige al centro de la cultura occidental y al centro de los problemas de las ideas en nuestra civilización. En definitiva una obra, profunda, excelsa y excelente que se pregunta sobre la posibilidad de un fin de la cultura, lo que tiene mucho que ver con un fin de nuestra civilización, y a la que da una respuesta negativa. Hay como una especie de pesimismo y nostalgia en la obra de Vargas llosa. Comparto ese pesimismo y esa nostalgia. En el fondo hay, aunque no aparezca, una crítica a la idea de progreso. Y eso al autor, aunque parece que no es consciente de ello, le debe afectar bastante siendo un liberal indomable que ha excedido en mucho, así pienso yo, las tesis de su maestro Popper o Hayek. Pero, en fin, esto son los problemas que trae el adherirse a creencias que son infundadas como lo es el neoliberalismo y el mito del progreso. No es mi intención aquí hacer un resumen de la obra de Vargas Llosa, lo que recomiendo encarecidamente es su lectura, así como el debate que se ha generado en los medios de comunicación, tremendamente enriquecedor. Sino que lo que yo voy a hacer serán una serie de reflexiones al hilo de las ideas del autor que comparto en gran medida.

 

            No sólo la cultura, la alta cultura a la que se refiere el autor, se ha convertido en un espectáculo, con lo que ha perdido valor y se ha trivializado, sino que es la propia civilización. Pero, curiosamente el mal procede de las ideas que durante tanto tiempo ha defendido Vargas Llosa. Por otro lado, hay que tener en cuenta que todo empieza y todo acaba. La cultura occidental, nuestra civilización tuvo sus orígenes en Grecia, y después de unos siglos de ocultamiento tiene su renacimiento y su culminación en la Ilustración. Pues bien, precisamente esta Ilustración, o más bien, lo que llamo la perversión de la Ilustración, que es cuando ésta endiosa a la razón y la convierte en absoluta e incuestionable, es la causa del propio declive de occidente y de su más alta cultura así como de los productos éticos y políticos que de ella han emergido.

 

            El desarrollo de las democracias liberales, después de la segunda guerra mundial, convertidas en neoliberales, después de la crisis de los setenta nos ha llevado al triunfo del mercado sobre todo lo demás. Y es la ley del mercado la que lo rige todo. Y al triunfar el mercado nos quedamos sin política ni ética. Todo está sujeto a un valor de cambio. Y lo que se ha llamado la cultura o la alta cultura va progresivamente desapareciendo porque carece de valor en el mercado. Pero al neoliberalismo hay que asociarle una ideología, una falsa filosofía que es la que nos permite vivir en este mundo esquizoide y maligno en el que estamos sometidos al triunfo de la tecnobarbarie, me refiero al posmodernismo. El posmdernismo es una filosofía maligna que justifica el mal, como ha ocurrido con muchas otras. Entendemos aquí filosofía como visión del mundo y de las relaciones del hombre con éste y con los demás, sin ninguna pretensión academicista. Pues bien, el posmodernismo niega la existencia de valores objetivos. Confunde lo objetivo con lo absoluto. Es una conquista de la Ilustración y de una sana filosofía acabar con las verdades absolutas, pero confundir lo absoluto con lo objetivo es dar el paso al relativismo, al todo vale, y con él al nihilismo. Y esa ideología es la que le conviene al mercado, porque no exige nada al ciudadano, todo lo contrario, el ciudadano mientras menos saber tenga, mejor, y mientras más se crea que sabe, pues mejor y mientras más crea que vivir en democracia y tener libertad de expresión es poder decir lo que se quiera sobre cualquier cosa independientemente de mi saber, sino porque yo quiero o me interesa, pues mejor para el poder del mercado. Y esto es así, porque de esta manera lo que tendremos serán ciudadanos sumisos, agradecidos y egocéntricos. Por otro lado las sociedades hiperdesarrolladas han producido un nivel tal de consumo que se confunde la naturaleza humana con el propio consumo y el hombre se diluye en él. Confunde felicidad y realización personal con consumo. Mientras que, por otro lado, ese consumo lo vuelve sobre sí mismo, egocéntrico hedonista, y lo hace olvidarse del otro, del que sufre, del que pasa hambre, de los problemas de la humanidad y de nuestro caos civilizatorio. Por eso la cultura, siguiendo a nuestro autor, se ha convertido en un espectáculo, la cultura ya no tiene sentido si no es desde el punto de vista del espectáculo. Y, claro, el nivel de formación de los ciudadanos es mínimo, cada vez menor. Se les forma alienantemente para convertirlos en instrumentos de producción. El objetivo de la formación no es el convertirse en ciudadanos, ni alcanzar la cultura superior,, no conquistar los cimientos de la ciencia, ni conocer la herencia de nuestro pasado que nos ha permitido conquistar la ciencia, la técnica, la filosofía, el derecho, no. Nada de esto. El objetivo de la educación es la adaptabilidad del sujeto a la sociedad en la que vivimos. Es decir, nada de transformación. Ahora bien, con el bagaje educativo que pueden llevar los alumnos poca capacidad de crítica y transformación pueden tener. Son devorados por el sistema. Su ignorancia de lo que son, de dónde vienen y de dónde pueden llegar a ir es supina. Y ya se ha encargado de ello el sistema educativo. Cómo van a poder valorar la cultura. Imposible. La cultura se hace plana, superficial y homogénea, como los grandes almacenes. Triunfa lo fácil, lo que está a la vista. Pero esto es una pescadilla que se muerde la cola, si el sistema de enseñanza produce ciudadanos aborregados interesados en adaptarse al mundo que se les ofrece, por un lado, y si la cultura está fuera de su alcance, porque ni siquiera saben que existe, viven como en un eterno presente paradisíaco semiinconsciente, cómo van a tomar conciencia de que este mundo, esta cultura, esta civilización se va al traste con sus grandes conquistas, sin ocultar sus grandes perversiones, precisamente una de ellas es la que comentamos y en la que, equivocadamente ha participado Vargas Llosa. Nuestro autor ha sido un gran defensor de la libertad, la libertad como el máximo valor, ahí coincido con él, pero resulta que políticamente esa libertad ha ido desapareciendo y se ha convertido en la libertad del mercado, de los especuladores y la sumisión inconsciente de los ciudadanos; además del destrozo del planeta y la hambruna de casi la mitad de la población. Mal camino ha seguido el liberalismo.

 

            Por otro lado, la revolución digital y tecnológica está transformando drásticamente el periodismo y la literatura, así como el ensayo y los tratados, aunque estos menos. Internet, las redes sociales y los blogs sustituyen a los verdaderos talentos y nos dan gato por liebre. Es cierto que la información es infinitamente abundante, pero dispersa, inabarcable y, en gran medida, obsoleta. Por otro lado, todo ello, producirá un cambio en nuestra forma de acceder al conocimiento que, por un lado, nos dará nuevas facultades pero perderemos otras. El progreso es un mito, no creo que la sociedad futura sea mejor gracias a las nuevas tecnologías, sólo puedo decir que será diferente. Y también, que tenemos una gran suerte la generación que nos ha tocado vivir a caballo de las antiguas formas de aprender y acercarse a los libros y a los múltiples usos de Internet, nos podremos quedar con lo mejor de las dos cosas. Pero los que sólo se han formado en las nuevas tecnologías tendrán unos cerebros estrictamente distintos, con amplificación de ciertas capacidades y merma de otras. Lo malo, y es una sospecha, es que todo esto no sea más que un juguete con el que entretener a la ciudadanía haciéndole pensar que es participativa, que está informada, cuando realmente está profundamente engañada.

 

                                   Juan Pedro Viñuela.

Al final Einstein tenía razón, los neutrinos no viajan más rápidos que la luz. La luz sigue siendo una constante del universo. De todas formas los medios de comunicación dan una visión endiosada del científico. Toda teoría científica está abocada a su refutación. Las de Einstein también. Nunca nadie supuso que caería el edificio clásico de la física newtoniana y fue el propio Einstein el que lo tiró por tierra. La ciencia es la búsqueda de la verdad y, por el camino, van quedando verdades parciales. Por eso la ciencia es el ejemplo del saber crítico y objetivo, no relativo, ni absoluto. Este es el modelo que deberíamos adoptar para el saber ético y político, ya que éste está cada vez más anclado en el saber científico. A parte de todo ello quedaría el arte y lo místico.

Un resultado “incómodo”

La ciencia no es inmutable en sus propuestas y debe, en todo momento, acomodarse a lo que dicte la experimentación

Es frecuente pensar que la aparición de un resultado que contradiga las predicciones de teorías en vigor precipita a los físicos a una frenética labor de búsqueda y reconstrucción de todo el corpus teórico. La realidad es menos excitante. A medida que las teorías abarcan más fenómenos y son más predictivas, ganan solidez y su sustitución es más peliaguda. En efecto, los nuevos paradigmas han de permitir entender todos los fenómenos ya conocidos más los nuevos en los que se ha detectado la anomalía. De ahí que cuando aparece un resultado experimental contradictorio, lo frenético es el trabajo de dilucidar si está fuera de toda duda, antes que poner en cuestión de forma definitiva las ideas que tan buenos resultados habían dado hasta el momento, y siempre respetando la coherencia con la evidencia empírica.

Pues bien, eso es lo que ocurrió con el anuncio, hecho el pasado mes de septiembre por OPERA, al informar de que, de acuerdo con sus medidas, los neutrinos podían moverse a velocidades superiores a la de la luz. En verdad era un experimento que exigía una tremenda precisión y su sorprendente resultado, en contradicción con todos los experimentos anteriores, apuntaba al corazón mismo de la Relatividad Especial de Einstein, una teoría cuyas predicciones han sido confirmadas innumerables veces y que está en la base de desarrollos, como la Electrodinámica Cuántica, que ha sido capaz de generar predicciones con una precisión sin precedentes. De acuerdo con la Relatividad Especial, existe una velocidad límite que sólo puede ser alcanzada por partículas cuya masa es cero. Si los neutrinos pertenecieran a esta categoría, deberían ir a la misma velocidad de la luz aunque, como ya sabemos que tienen una masa distinta de cero, necesariamente deben moverse más despacio, no más deprisa.

Pero la ciencia no es inmutable en sus propuestas y debe, en todo momento, acomodarse a lo que dicte la experimentación, de forma que, aún con todas sus dudas, nadie propugnó ignorar un resultado incómodo. Ayer se anunció que, de acuerdo con cuatro nuevos experimentos, los neutrinos no han infringido el límite de velocidad de la Relatividad Especial. Pero nada nos garantiza que no se vuelvan a encontrar inconsistencias, esta vez incontrovertibles.

Cayetano López es físico de partículas y director del Ciemat.

La resistencia erótica del libro

Preguntarse por el futuro del libro es también, y sobre todo, preguntarse qué pasará con el ecosistema del libro: con las librerías y las bibliotecas, sobre todo las públicas. Sin librerías y bibliotecas, no existe la ciudad

EVA VÁZQUEZ

El libro siempre ha sido algo eléctrico. Y el acto de leer, electrizante. ¡Por fin a solas, con el libro deseado! Abrirlo y que te abra. ¿No oyen la crepitación? ¿No siente el estremecimiento, la quemadura incluso? Con razón, Clarice Lispector tituló a ese encuentro “la felicidad clandestina”.

Ese roce erótico es lo que percibimos en la iconografía de la lectura. Suelen ser cuadros que hoy vemos con una inquieta melancolía. Como el de la lectora que retrata Edward Hopper, con una maleta al lado, en una especie de habitación nómada. La mirada se nos vuelve táctil. La mujer tiene una cita. Un amor en verdad libre. ¡Un libro, claro!

Hay un momento extraordinario en Las uvas de la ira, de John Steinbeck, en el capítulo XIV, en el que se describe una metamorfosis de los pronombres personales cuando se ventila la vida, cuando se ponen en vilo: “La noche cae. El pequeño está resfriado. Toma, coge esta manta. Es de lana. Era la manta de mi madre, cógela para el bebé. Esto es lo que hay que bombardear. Éste es el principio: del yo al nosotros”.

¿Por qué hay que bombardearlo? ¿Qué tiene de peligroso? Ha nacido una cuarta persona, un pasaje entre lo singular y lo plural. En la oscuridad, se entrelazan soledades. Quien murmura, insurgente, es el cuarto pronombre.

Leer es escribir, y escribir es leer. Es un viaje radicalmente individual, hacia dentro, en lucha laboriosa contra la propia estupidez, como lo describió Rodolfo Walsh, otro “piel roja” de las letras. Un viaje hacia el otro lado del espejo, hacia el reverso enigmático. Allí donde Gregor Samsa se descubre diferente. La habitación de La metamorfosis es la cámara oscura de la humanidad. Como ojo de cerradura, como obturador, la luz entra y sale por la boca de la literatura. Lo que mueve esa boca, lo que empuja esa puerta hacia fuera, es la pulsión del deseo. La energía alternativa de re-existir. La obra de Kafka lleva al límite la dramática simultaneidad del andar literario: se abre un paso para llegar a lo inaccesible, pero en la frontera reina Terminus, ese intratable dios que exige su tributo de sangre.

El libro tiene forma de arca y maneras de barca. La construcción de Noé sería un mamotreto o rollo bajo el brazo. La memoria, que rema de espaldas, como un proceso de rescate, un desplazamiento que “sueña hacia adelante”. Y ese es el viaje de la Odisea: la memoria como invención y descubrimiento. Para saciar el hambre, en la Odisea, los compañeros de Ulises no respetan el juramento y matan las vacas del Sol (el tiempo, la memoria). Pero los pellejos, la carnaza, los restos, siguen mugiendo. Todos los libros donde murmura la boca de la literatura tienen algo de neogriegos. Vladimir y Estragón, en Esperando a Godot, se preguntan para qué hablan las “voces muertas”:

Lo que ocurrirá, lo que debe ocurrir, es una re-existencia del libro, con nuevas calidades estéticas

Estragón: Hablan de su vida.

Vladimir: Haber vivido no es bastante para ellas.

Estragón: No es bastante.

No, no es bastante. Es una necesidad. Oír los murmullos de las voces muertas. Oír las “voces bajas” de los vivos. En Pedro Páramo, Juan Rulfo identifica el lugar: “Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida”. Ese es el espacio donde se abre la boca de la literatura. Un local universal. Un hogar nómada, donde no existe centro ni periferia. Una aldea en forma de redoma de cristal donde se posa y apoya la esfera terrestre.

Rebelarse contra la injusticia, eso que hace hablar a la asna de Balaam, es lo más humano. Y otro rasgo que de verdad define al ser humano es la condición de “contador de historias”. Paul Celan decía que lo que más asemejaba a un texto poético era el acto de dar la mano. El regalo humano con plenitud, la sensación de que realmente estás recibiendo algo diferente, una parte del otro, algo que llevaba en su cámara oscura, es cuando recibes una historia desde “lo desconocido”. Una especie de confidencia cósmica. Un primer cuento o ese primer poema que es una canción de cuna. No hay ningún regalo, ningún cacharro, comparable para la criatura humana.

En el Talmud se dice que Dios inventó al ser humano para oírle contar cuentos. La verdad es que la divinidad única, si lo comparamos con la promiscuidad del Olimpo, debe tener sus inconvenientes. El gran momento narrativo de Dios es el Génesis. Con ese maravilloso encadenamiento de flash-back: “Pasó una tarde, pasó una mañana...”. Luego, como es sabido, se aburrió. Y ya Voltaire advertía que el único género imperdonable es el del aburrimiento.

Pero la literatura no solo es necesaria para entretener a Dios y de paso a los humanos. Si hay algo en común en todos los cuentos tradicionales, esos cuentos que llamamos infantiles y que en realidad son del género de narrativa criminal, es que tratan del miedo. Más en concreto, del peor de los miedos. El miedo al abandono. Para esclarecer el fondo muchas cosas que pasan hoy, la reforma (liquidación) laboral, por ejemplo, sería más recomendable leer Los músicos de Bremen que los informes económicos con que nos abruman los burócratas.

La atmósfera apocalíptica afecta muy directamente al libro y al periódico de papel, las dos criaturas predilectas de la era Gutenberg. La imprenta significó la gran revolución histórica en la democratización de la cultura. Por eso fue también tan perseguida. Para el apocalíptico consecuente, el fin de esa era coincide con el declive de una civilización. Vivimos una especie de melancolía ilustrada, tan desposeída de humor como de esperanza. Yo soy un pesimista esperanzado. Conviene ser algo optimista incluso en la rendición, porque así, desde la derrota de la cultura, podemos provocar un efecto boomerang imprevisible, como nos sugiere Stanislaw Lec en uno de sus pensamientos despeinados: “Cuando al rendirse al enemigo levantaron los brazos, resultaron tan amenazadores que el enemigo huyó por piernas”.

Lo importante es no dejar de ejercer el derecho a soñar. Preguntarnos qué hace y dónde está el “contador de historias”. Qué teme. Cuanto más nos despojemos del derecho a soñar, y de “soñar hacia adelante”, más sombra seremos. Un rebaño de sombras.

Existe también un optimismo estúpido, como una especie de superstición de la tecnología. Que toda innovación técnica, por una especie de automatismo, va a suponer un desarrollo cultural. Volvamos a despeinarnos con Lec: si un caníbal utiliza tenedor y cuchillo para comer, ¿eso es progreso? No sólo creo que son compatibles, el libro electrónico y el de papel. Lo que ocurrirá, lo que debe ocurrir, es una re-existencia del libro, con nuevas calidades estéticas. Crear el códice accesible, el códice de bolsillo. Al fin, el libro de papel es mucho más eléctrico que el electrónico.

No hay ninguna entidad que en proporción tenga tantos asociados como las bibliotecas públicas

Preguntarse por el futuro del libro es también, y sobre todo, preguntarse qué pasará con el ecosistema del libro. Con las librerías y las bibliotecas. En especial con las redes de bibliotecas públicas. Sin librerías y bibliotecas, no existe la ciudad. En psicogeografía, hay el lugar y el no lugar. El lugar es una unidad de emoción y memoria. Podríamos ser más precisos y hablar del tercer lugar. El lugar donde a la memoria y la emoción se suma el encuentro. Hoy es difícil señalar un lugar donde se dé mayor diversidad, mayor mezcla entre gente de diferentes generaciones, clases sociales, géneros, orígenes, ideologías, creencias o estéticas que en una biblioteca pública. Se habla mucho de los bajos índices de lectura en España, pero se habla poco de la gran revolución vivida en muchas ciudades, grandes y pequeñas, al crear, y con bajo coste, redes de bibliotecas públicas. No hay ninguna entidad, ni siquiera deportiva, que en proporción tenga tantos asociados como las bibliotecas públicas.

Algunas instituciones, por desgracia, ya han recortado los gastos en el suministro de libros a las bibliotecas. Esto sí que es fundir los plomos de la “civilización”.

Cuando el urbanismo humanista, avanzado, imaginó la ciudad como una ciudad-jardín, tenía la forma de círculos concéntricos, en los que cada círculo era un anillo verde. En el centro estaban los servicios públicos. Y desde luego, como una célula madre, la biblioteca. En la ciudad pluricéntrica, la biblioteca (concebida ya como un taller plural de artes) debería ocupar los lugares de referencia, la primera marca en las coordenadas humanas de la ciudad. El lugar sentipensante, de resistencia y re-existencia.

En ese sentido ecológico, el lugar de lo necesario coincide con el deseo. Un espacio donde una ley no establecida dice: no dominar. El lugar erótico, donde puedan encontrarse Anna Karenina y uno que dice ser Ulises, mientras Falstaff murmura: “Nadie sabe lo que puede pasar si viene junio un poco caliente”.

Dios no puede equivocarse

Finalmente, Einstein tenía razón: los neutrinos no viajan más rápido que la luz

El experimento del CERN y su refutación reflejan cómo avanza la ciencia

La velocidad de la luz es un límite inviolable para la teoría de la relatividad de Einstein. / Cordon Press

Los lectores propensos a tomar un aperitivo los sábados comprobarían ayer que en los bares hay dos tipos de personas: los que vibraban meses atrás porque Einstein se había equivocado, y los que se alegran ahora de que los equivocados fueran los que vibraban. Si Einstein hubiera levantado la cabeza el pasado 23 de septiembre y hubiera leído la portada de El Mundo, que declaraba inaugurada la era de los viajes al pasado, lo más probable es que hubiera respondido: “De ser así lo sentiría por el buen Dios, porque mi teoría es correcta”. Es lo que respondió en una situación similar, o peor.

El físico Dario Autiero y los científicos del experimento Opera del Instituto Nacional de Física Nuclear italiano habían medido una velocidad de vuelo de los neutrinos superior a la de la luz. Hicieron el anuncio en el laboratorio Europeo de Física de partículas (CERN), que había intervenido marginalmente en el experimento como proveedor de neutrones.

En realidad, toda la plana mayor de la física teórica había arrugado el hocico ante el resultado anunciado en septiembre: que los neutrinos pueden viajar más rápido que la luz, un límite inviolable para la teoría de la relatividad de Einstein. Parecían pensar, como hubiera hecho Einstein, que si el experimento contradecía la teoría, lo que estaba mal era el experimento, no la teoría. Si la ciencia es esclava de los datos, esa puede parecer una actitud curiosa, arriesgada y hasta anticientífica: un ejemplo más del carácter conservador de la élite científica.

Pero Einstein y la élite científica tenían razón. El experimento del CERN ha muerto y la teoría de Einstein sigue viva. Lo sentimos por el buen Dios. Y por el portadista que soñaba con viajar al pasado.

La velocidad de la luz es una ley fundamental de la naturaleza

Incluso el director científico del CERN, Sergio Bertolucci, admitía el viernes en Kioto: “Aunque este resultado no es tan emocionante como algunos habrían deseado, es lo que todos esperábamos en el fondo”. Buena salida, aunque por la tangente. Bertolucci logró incluso transmutar de algún modo el planchazo en una lección edificante. “La historia atrapó la imaginación pública”, dijo, “y ha dado a la gente la oportunidad de ver en acción el método científico; un resultado inesperado se ha sometido a escrutinio, se ha investigado rigurosamente y se ha resuelto gracias, en parte, a la colaboración entre experimentos normalmente competitivos entre sí. Así es como la ciencia avanza”. Es una excusa, aunque también es verdad.

Pero entonces, ¿a qué viene esa arrogancia de los físicos? ¿Es que acaso saben que la relatividad es verdad, hasta el extremo de no dar crédito a los experimentos que la contradicen? ¿No es la verdad un concepto ajeno a la ciencia, un cuerpo de conocimiento que se declara en permanente revisión? ¿No es esa al fin y al cabo la lección que nos dejó Karl Popper, para quien la esencia de una teoría científica que merezca tal nombre es justo su carácter provisional y refutable, su vocación autodestructiva, su humillación permanente ante la dictadura de los datos que escupen sin cesar los telescopios espaciales, los secuenciadores de genes y los aceleradores de partículas? Ya ven que no: por ahora la teoría que hay que revisar no es la de Einstein, sino la de Popper.

Si la refutabilidad fuera el criterio del valor científico de una teoría, las agencias de evaluación ganarían todos los días el premio Nobel. Los horóscopos son extremadamente refutables —bastaría guardar el periódico hasta el día siguiente para refutarlos todos de tauro a sagitario—, pero eso no los convierte en una teoría científica. La gravitación de Newton no es una buena teoría por ser refutable, sino por ser simple, autoconsistente, fructífera y luminosa.

A grandes velocidades empieza a fallar y hay que sustituirla por la relatividad de Einstein, pero eso no tiene mucho que ver con una refutación popperiana: las ecuaciones de Newton viven dentro de las de Einstein. No son mentira, sino el aspecto que ofrece la verdad mirada desde el balcón del primer piso. Mientras desarrollaba las matemáticas de la relatividad general, Einstein ni se molestó en considerar los formalismos incompatibles con la gravitación clásica: sabía que Newton tenía que seguir siendo verdad desde el balcón del segundo piso. Un mero ingrediente de una verdad mayor, sí, pero tan cierto como ella.

Los físicos saben que la relatividad es una parte de alguna verdad mayor

De modo similar, los líderes de la física teórica actual saben que la relatividad es solo un ingrediente de alguna verdad mayor que algún día ocupará el tercer piso. Lo saben porque las ecuaciones de Einstein se deshacen en el mundo microscópico de las partículas subatómicas, y son incompatibles con la mecánica cuántica que rige a esas escalas. Buscan una teoría más general y abstracta que abarque a ambas y resuelva esas contradicciones. La relatividad aspira a formar parte de una teoría más amplia. Pero eso es una cosa, y otra muy distinta es que los neutrinos superen la velocidad de la luz. Eso sería una refutación frontal de las que harían salivar a Popper. Implicaría que la mitad de la física del siglo XX es errónea.

Y no puede serlo. Las dos bombas que estallaron sobre Hiroshima y Nagasaki son una consecuencia directa de la relatividad de Einstein, y por tanto pueden considerarse una demostración de que la velocidad de la luz es un límite fundamental de la naturaleza que nada puede rebasar. La ecuación más famosa de la historia, E=mc2, no solo es el fundamento de la energía nuclear, sino también de la solar, porque es la razón de que las estrellas brillen. Los láseres y las células fotoeléctricas se derivan de las teorías de Einstein, como la fibra óptica, las tripas de los ordenadores y los vuelos espaciales.

La relatividad general, la gran teoría actual sobre la gravedad, el tiempo y el espacio, y el fundamento de la cosmología moderna, predice la realidad física con una indecente cantidad de decimales. Y el centro neurálgico de esta teoría es que la velocidad de la luz es un límite fundamental: la clase de frontera que no se saltan ni los neutrinos. Vendrán más profundas teorías que nos harán más sabios, y de las que la relatividad general será solo un caso especial, como la gravitación de Newton lo es de aquella. Pero no puede ser mentira. No en el sentido de Popper.

Einstein formuló la relatividad para responder a la pregunta: ¿qué ocurriría si una persona corriera tan deprisa que lograra alcanzar a una onda de luz? La persona vería una onda de luz que está quieta, como parece quieto un tren que se mueve en paralelo al nuestro. Pero la velocidad de la luz es una ley fundamental de la naturaleza, y por tanto no puede parecerle quieta a nadie.

La solución de Einstein fue aceptar los hechos y derivar sus consecuencias lógicas, por extrañas que pareciesen. La velocidad no es más que el espacio partido por el tiempo. Si la velocidad de la luz tiene que ser constante aunque corras tanto como ella, es que el tiempo y el espacio no pueden serlo. Esta teoría de 1905 se llama relatividad especial, y una de sus consecuencias directas es la célebre ecuación E=mc2, que reveló que la masa (m) y la energía (E) son dos caras de la misma moneda, y que una ínfima cantidad de masa puede convertirse en una gran cantidad de energía al multiplicarse por el cuadrado de la velocidad de la luz (c), que es un número enorme.

“Los científicos comparten la fe de Einstein en que el mundo es comprensible”, ha dicho el astrónomo real del Reino Unido, Martin Rees. Adelantar a los fotones es incomprensible.

Es una pena que mi admirado Javier Sanpedro desconozca tan profundamente a Popper. La refutación popperiana no se identifica con la mentira de lo refutado, sino que queda inscrito como una verdad particular dentro de una teoría más general, más verdadera, también refutable en el futuro, que es más rica, que aumenta la capacidad de explicación del mundo y de predicción, en definitiva, una teoría más fecunda. Es la relación entre falsación y progreso científico, que después Popper entendería como falsación y evolución del conocimiento y más tarde como falsación y evolución en general. Ya digo, una lástima. Y el ejemplo del horóscopo es esperpéntico. Lo que Popper dice explícitamente de ello es que el horóscopo es un claro ejemplo de que la ciencia no es verificable o lo verificable, porque todo horóscopo se cumple. Ahora bien, un hecho predecible particular de un horóscopo puede ser o no falsable y no es el caso, por tanto la astrología no es ciencia. Pero sí lo es la física. Y en el caso de la ciencia de Newton, pues lo mismo, Popper se encarga de señalar de todas las formas posibles que el edificio clásico es una verdad científica dentro de la teoría de la relatividad. Estos científicos que desprecian la filosofía de la ciencia sin haber leído una línea de ella son bochornosos. Al final lo que ocurre es que triunfa, como es el caso, o bien, la concepción de la ciencia como verdad absoluta, o bien la teoría posmoderna de los discurso que reduce la ciencia a la mera subjetividad y relativismo de cualquier discurso. Popper fue uno de los mayores defensores del discurso científico como discurso crítico, objetivo y racional que ha habido en el siglo XX.

¡Hasta cuando seguiremos transigiendo!

Opinión / Blog

Educación a fondo

El Ejemplo de Rajoy: Un sueldo de 1€ al año

José Penalva (07-06-2012)

A finales de la década de 1970 Iacocca se hizo cargo de la dirección de una de las grandes compañías automovilistas. En ese momento, la empresa se desangraba a causa de la mala gestión de una clase directiva incompetente y derrochadora, y esperaba paciente la quiebra, que implicaba el despido de cientos de miles de trabajadores. Iacocca, tras muchos esfuerzos, reflotó la empresa. Su primera, y, a mi juicio, principal medida fue la siguiente:

«Empecé por asignarme un sueldo simbólico —afirma Iacocca— de un dólar al año. Hay que predicar con el ejemplo. No me asigné ese sueldo para erigirme en mártir; lo hice porque tenía que bajar al pozo de la mina. De este modo podía entrevistarme con D. F., el líder sindical, y mirarle a la cara. Y quería que nuestros proveedores y los trabajadores de la empresa se dijeran en su fuero interno: “Voy a seguir los pasos de un tipo que da esta clase de ejemplo”».

No hay que ser un lince para ver la semejanza entre el caso referido y el actual estado de España. Que la Educación tiene que ver con el ejemplo es doctrina clásica, pero que esa deba ser la clave de la pedagogía de los líderes —especialmente de los políticos— es materia de un cantar que sólo se aplican unos cuantos.  En ambos casos, un grupo humano que se desangra y se hunde irremisiblemente, debido a la pésima y, en no pocos casos, delictiva actuación de sus dirigentes. Aunque existe una diferencia substantiva: en la empresa privada esos directivos terminan en chirona; en cambio, la clase política española acaba con sueldos millonarios y cargos honoríficos a cuenta del Estado.

“No es la economía: Sois vosotros, los políticos”

España es el país que más políticos tiene de toda Europa. Con 47M de habitantes, tiene cerca de 500.000 políticos, repartidos a nivel nacional, regional, comarcal, subcomarcal, local. Alemania, por ejemplo, con una población de 81M, tiene unos 150.000 políticos.

Y el mayor despilfarro de dinero público se efectúa en las CCAAs y en los Ayuntamientos. De hecho, el Gobierno nacional maneja sólo el 22% del presupuesto nacional. Unos ejemplos: la autopista Cartagena-Vera tiene menos del 80% de tráfico diario del proyecto inicial. La autopista de circunvalación de Alicante, menos del 75%. Las autopistas radiales de Madrid, menos del 70%. La autopista Madrid-Toledo, menos del 80%.

La España de las 17 Autonomías tiene 26 canales autonómicos, con su déficit respectivo. Alemania (con el doble de población) tiene sólo 10. España tiene 52 aeropuertos, de los que sólo 8 son rentables; Alemania tiene 39 aeropuertos. Etc. Etc. Etc. ¿Y quién se hará responsables de todo eso? Todo esto lo van a pagar los españolitos religiosa o laicamente en multas, que se han multiplicado escandalosamente, en impuestos directos, indirectos, paralelos, etc.

Otro tanto se podría decir de esa esfera quasi-política que es la Administración Educativa y las Universidades. En la España de las CCAAs, la Universidad es la máquina expendedora de cafelitos para que la clase política administre sus favores; los departamentos universitarios son meros cortijos de intereses de grupos, de partidos, de sindicatos… De ahí que nadie se haya atrevido a tocarlos. Y cuando se les ha dicho —muy tímidamente, por cierto— que ellos también tienen que apretarse el cinturón, pues se rebelan y convocan 600 plazas, para dejar claro quién manda en el corral.

¿Qué pedagogía de recortes y austeridad predica el Gobierno?

El principio básico de la Educación, y por tanto de la pedagogía, es ajustarse a la realidad de los problemas y servir siempre a la verdad. Y, en consecuencia, decir siempre la verdad a la gente. Y ni lo hizo esa cosa que se llama ZP (que hizo de la mentira un sistema de Gobierno) ni lo está haciendo Rajoy.

Los señoritos que viven ahora bajo la protección de Rajoy predican al pueblo eso de que «el problema es que durantes los últimos años los españoles han vivido mucho más allá de sus posibilidades». Pero esos señoritos saben que eso no es cierto. Que el problema es, más bien, que la clase política española ha vivido más allá de las posibilidades del Estado de Derecho.

De resultas, el problema principal de la crisis económica de España es de sesgo político. Por tanto, o Rajoy mete en cintura a toda esa nube de políticos que corona el Reino de España, o España estará condenada a una perpetua crisis económica durante las próximas dos décadas (exceptuando, of course, al hombre de rojo que viaja con el Rey). Y el líder debería empezar con la pedagogía del ejemplo. Eso lo haría creíble ante Europa y, sobre todo, ante España. Y es que

 

Era un niño que soñaba

un caballo de cartón.

Abrió los ojos el niño…

Lo que venimos diciendo, el problema somos los españoles. ¡Será que no hubo una transición o que hemos perdido la política en el amino?

Puntadas sin hilo

30 obviedades

10 jun 2012
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1. Este blog no tiene relevancia ni significación sociológica alguna.
2. Teóricamente, la derecha es mucho peor que la izquierda. Pero que España se mantenga dentro de la cordura tiene un valor inestimable.
3. La derecha es el mal menor.
4. La izquierda ha incumplido repetidamente su vitola exigible de honradez.
5. La corrupción de la derecha es congénita.
6. No son lo mismo, ni mucho menos, el PP y el PSOE.
7. La izquierda más radical, como Izquierda Unida, no termina de cuajar y la gente recela de ella.
8. La derecha durísima está integrada en la derecha.
9. La izquierda más extrema está dispersa y sin fuerza.
10. España es un país medio en todos los órdenes.
11. Su Constitución y su sistema político de Monarquía parlamentaria son cuestionados por un número importante de ciudadanos, pero menos importante de lo que estos ciudadanos creen.
12. Aún no se sabe si las Autonomías han sido, son, un éxito o una rémora.
13. España es católica, con un catolicismo más o menos de plástico.
14. El Ejército se ha calmado, parece que definitivamente.
15. Los independentismos siguen ojo avizor.
16. Los ricos son de derechas.
17. Y los no ricos también.
18. Y la mitad de los nada ricos.
19. La mitad de los obreros y trabajadores son de derechas.
20. La libertad de expresión que hay en España es suficiente.
21. La justicia está completamente desprestigiada.
22. Y los políticos.
23. Los medios de comunicación son de dudosa reputación.
24. Las tradiciones, aun las más brutales y regresivas, son imbatibles.
25. No sé si los españoles son intransigentes. Ningún español cree que otro tiene más razón que él (en nada).
26. España es Europa a regañadientes.
27. No se sabe si el 15-M cristalizará.
28. La construcción inmobiliaria ha sido devastadora.
29. Al fin se ha descubierto que la banca era el enemigo.
30. La revolución no está ni se la espera.
Porque es asombroso: Pegan el petardazo del empobrecimiento general del país, con unos sueldos, por ejemplo, de los consejeros de BFA, Bankia y Cajamadrid de 10.358.000 de euros, según recoge hoy el diario El País, y unos créditos muchísimo más que multimillonarios a empresarios capitostes arteramente concedidos y fallidos, y encima nos dicen que no es el momento para investigarlo y sancionarlo, y sin embargo los ciudadanos acogen la hecatombe general sin el menor signo de rebelión, reduciéndolo a la resignación, a la paradójica y mayoritaria indiferencia, al puro e inane comentario y al qué podemos hacer en esto de Bankia y en todo.
En realidad, el verdadero problema de España somos los españoles. El rescate de ayer supone, sin exagerar, medio siglo de retroceso en el desarrollo y bienestar de España, y los ciudadanos lo admiten, incluso como si ellos mismos fueran los causantes y culpables.
Admitimos que el Gobierno nos mienta descaradamente, pretendiendo hacernos creer que la “ayuda” a los bancos no tendrá consecuencias sobre nuestras vidas. Hace falta ser memo para no comprender que el pago de los intereses del “préstamo” se traducirá en nuevas subidas de impuestos directos, indirectos y tasas, y también nuevos recortes sociales y económicos. Este Gobierno prostituye la decencia mínima exigible.
Es asombroso y repugnante que el Presidente sea un taimado, y, no obstante, el descalabro, repito, de este empobrecimiento general del país, continúe manteniendo su ventaja electoral, con una desconfianza del 78% de los ciudadanos, con una Oposición pusilánime y débil que si gobernase nos llevaría al mismo empobrecimiento.
Ya nunca será como antes, y ello no es pesimismo en modo alguno, y el pueblo lo admite, tal vez seamos, en contra de lo que creíamos, un pueblo viejo y cansado. Estamos dispuestos a recrearnos en la desgracia, y no tenemos arrojo ni predisposición para salir multitudinariamente y todos los días a la calle a protestar, que es lo mínimo que nos podríamos exigir a nosotros mismos si fuéramos decentes. El clamor popular de la queja sirve para mucho más de lo que imaginamos: Sirve para que el Rey tenga que pedir disculpas, sirve para que el Presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo tenga que comparecer ante los ciudadanos, sirve para que el Presidente del Gobierno tenga que dar públicamente su ridícula versión y justificación de esta ignominia. Sirven para que sea el comienzo de todo.

Nota complementaria: Sueldos que cobraron el pasado año algunos consejeros de BFA, Bankia y Cajamadrid: José Manuel Fernández Norniella, PP, 725.000 euros. José Antonio Moral Santín, IU, 521.000 euros. Virgilio Zapatero, PSOE, 421.000. Antonio Tirado, 409.000. Mercedes de la Merced, PP, 376.000. Estanislao Rodríguez-Ponga, PP, 355.000. María Mercedes Rojo, PP, 345.000. Jorge Gómez Moreno, PSOE, 339.000. Arturo Fernández, CEIM, 278.000. Ricardo Romero de Tejada, PP, 270.000. Jesús Pedroche, expresidente Asamblea Madrid, 204.000. Carmen Cavero, PP, 173.000. Rodrigo Rato, 2.400.000.

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Gota del MILLÓN: ¿Ha salido Rajoy fortalecido y con más credibilidad tras la rueda de prensa que acaba de ofrecer? ¿Cómo reaccionarán los famosos mercados?

 

Artículo publicado por Vicenç Navarro en el diario PÚBLICO, 13 de junio de 2012

Este artículo critica la percepción generalizada de que el dinero que existe y/o utilizan los bancos es el depositado por la mayoría de ciudadanos normales y corrientes. De ahí se concluye erróneamente que penalizar a los bancos es dañar los ahorros de la mayoría de la ciudadanía. El artículo señala que la mayoría de ciudadanos tiene muy poca propiedad financiera, la cual está muy concentrada. Es un porcentaje muy pequeño de la ciudadanía la que controla la mayoría del capital financiero y del flujo bancario. Tal situación se reforzará con el rescate, el cual no resolverá el enorme problema de la banca creado por su especulación, predominantemente inmobiliaria, y de la cual no se están tomando pasos para resolverla. 

Existe una percepción bastante generalizada en España que considera que “el banco somos todos”. El dinero de la banca es el dinero de todos. Tal dinero son los depósitos de la mayoría de la ciudadanía que tiene sus ahorros depositados en la banca. En otras palabras, se asume que el dinero que existe y/o se utiliza por el banco es el depositado por cada uno de los ciudadanos, resultado de su ahorro, de sus nóminas o de sus pensiones, sean éstas públicas o privadas. Ésta percepción es promovida por los propios bancos que quieren transmitir el mensaje de que ellos desempeñan una función social, la de guardar el dinero de la ciudadanía, pagándoles unos intereses como incentivo, a la vez que ofrecen crédito a las personas y a las empresas que lo necesiten. La existencia de tal crédito es la función social que justifica su existencia. De esta percepción se deriva el mensaje que la banca y el Banco de España transmiten a los medios y que está calando en la población: intervenir y penalizar a la banca es penalizarnos a todos nosotros.

Esta percepción, sin embargo, es profundamente errónea. En realidad, la mayoría de ciudadanos no tiene mucho dinero en la banca, ni directa ni indirectamente (como en pensiones). Sería muy interesante poder corroborar los hechos con los datos pero, no podemos hacerlo en España, donde la opacidad estadística, tanto en temas de distribución de la renta como de la propiedad, hacen difícil conseguirlos. Además, los existentes no son creíbles. Fíjese el lector que, según los últimos datos de la OCDE (que extrae sus datos de las cifras oficiales del Estado español), el nivel de renta de la decila superior de España es de 32.000 euros. Cualquier persona que va por las partes alta de las grandes ciudades puede ver que los súper ricos tienen muchos más ingresos que los que constan en sus declaraciones de renta. (Tal opacidad es incluso más acentuada en el sistema financiero, como bien ha mostrado el colapso de Bankia).

Estados Unidos, sin embargo, sí que tiene datos más fiables. Y es más que probable que la distribución de la renta y de la propiedad en España sea bastante semejante a la de EEUU (España, junto con EEUU, es uno de los países más desiguales de la OCDE, el grupo de países más ricos del mundo). Pues bien, la gran mayoría de estadounidenses tienen muy poca propiedad financiera. Ésta está muy concentrada. La decila superior de la población estadounidense posee el 90% de todos los bienes financieros, siendo los más comunes sus acciones bancarias y sus pensiones. En realidad los súper ricos, el 1% de la población, posee el 38% de estos bienes financieros. La mayoría de la población sólo posee su casa, aunque poseer, poseer, es un decir. El banco es el que la posee, y el que vive en ella le paga al banco la hipoteca.

Cuando estamos hablando de los bancos, por lo tanto, estamos hablando predominantemente del dinero de una minoría: de los ricos y de los súper ricos. De ahí que sería razonable decir que cuando hablamos de los bancos no estamos hablando del conjunto de la población sino de los sectores más adinerados y de los gestores de su dinero (los banqueros). De ahí que también sería aconsejable que –tal como propone el que fue Secretary of Labor (Ministro de Trabajo) durante la Administración Clinton, y hoy Profesor de Políticas Públicas de la Universidad de California, el Sr. Robert Reich, se gravara a los banqueros, a los accionistas, y a los que tienen la mayoría de depósitos, haciéndoles pagar un 2% en sus bienes financieros, justificándose tal medida por los enormes beneficios que la banca ha alcanzado durante todos estos años de bonanza, beneficios conseguidos predominantemente de la especulación, incluida la especulación bancaria. Ello conseguiría en EEUU 70.000 millones de dólares más para el Estado (haciéndoles pagar tal 2% a los que tuvieran más de 7.2 millones de bienes financieros).

No estaría de más que se implementara esta política aquí en España, donde la concentración de la propiedad es igualmente acentuada. Hoy, las ayudas públicas al sector bancario español han alcanzado el nivel del 10% del PIB sin que con ello se haya resuelto el problema del crédito. Si a ello se añaden los 100.000 millones del rescate bancario, resulta que tal cifra ha doblado este porcentaje, alcanzando más del 20% del PIB, sin que ello haya facilitado o facilite en el futuro la provisión del crédito. Por cierto, es difícil de entender que estos 100.000 millones de euros que se gastarán supuestamente en la reestructuración del sistema financiero (a unos intereses que pueden significarle a la banca, según el Comisario de la Unión Europea, el Sr. Joaquín Almunia, casi un 8%) consigan lo que no han conseguido los casi 500.000 millones de euros que los bancos españoles e italianos han recibido desde el pasado diciembre del BCE a unos intereses de sólo un 1%. Tal rescate no resolverá el problema de la banca española, pues no se está tocando el problema clave que provocó la crisis: la burbuja inmobiliaria.

Todavía hoy hay más de tres millones de pisos vacíos (3.417.064 viviendas, según el Ministerio de Fomento). Durante el boom inmobiliario se construyeron 800.000 viviendas al año, más que Alemania, Gran Bretaña y Francia juntas. Los precios subieron un 155% durante una década, crecimiento artificial, que no se correspondía con el crecimiento del nivel de vida del país, y que se consiguió gracias a las prácticas especulativas de la banca. Cuando la burbuja explotó (debido al parón de transferencias del dinero de la banca alemana, contaminado por los “productos tóxicos” de la banca estadounidense), la banca española quedó estancada con sus propios productos tóxicos, las hipotecas, que no se podían pagar y continúan sin poder pagarse. Tales activos  representan 150.000 millones de euros (equivalente al 15% del PIB). Y ahí está el problema, que requiere para su solución una intervención pública que el Estado español es reacio a tomar debido al enorme poder de la banca. Debería haberse resuelto a base de llenar estas casas vacías con familias que pagaran alquileres o hipotecas asumibles, penalizando a los bancos que se resistieran a tales medidas (en Dinamarca se multa a la vivienda que esta vacía durante más de seis semanas). Y muchos bancos deberían haber sido nacionalizados, con anulación de la deuda privada en gran número de casos. En lugar de ello, el Estado español ha escogido ayudar a los bancos a costa de los intereses de la población. Y de esto es de lo que no se habla. Las raíces de la crisis financiera -el excesivo poder de los ricos y de los súper ricos en España y de sus bancos- no se está ni siquiera tocando. Y así estamos.

 

La inevitabilidad y la vida.                               

 

Sólo el que vuela alto sabe porqué los pájaros cantan. Javier Rodríguez

A Javier, In Memoriam.

            La vida es el transcurso por lo inevitable. Entre la monotonía diaria del existir se esconde y acecha lo que nos es a todos inevitable, la muerte, el fracaso, la enfermedad, el accidente. Ésta es una característica esencial de la vida. Y lo curioso es que esa inevitabilidad es inevitable. Y precisamente lo es por los límites de nuestro conocimiento. Éste es limitado, sólo se acerca a lo que nos rodea, no tiene capacidad de predicción, el futuro lo vislumbra entre la niebla. Además, la vida, que es en esencia libertad, construcción en el mayor sentido de la palabra para aquel que vuela alto, es sorprendente. El pasado nos arrolla hacia el futuro y éste se esfuma en la niebla, lo mismo que el pasado. Toda nuestra vida la intentamos pasar dándole un sentido a este ir y venir entre la niebla, en la incertidumbre y acosados por la mayor de las incertidumbres, la muerte. La muerte nos está reservada a cada cual de forma inexorable, pero incognoscible. ¿Y qué sentido tendría nuestra vida si supuésemos el momento de nuestra muerte? Seríamos autómatas, no humanos. Seres regidos por las leyes deterministas de la mecánica, no humanos que construyen, cada cual como puede su vida. Teniendo como meta hacer de ella una obra de arte como decía Ortega, algo irrepetible.

            Por eso es necesario volar alto, ir a las altas cumbres, ver a la humanidad en su indigencia, tomar distancia de todo lo que es cotidiano y nos acongoja. En el fondo, todo eso no tiene sentido, es afanarse en un sinfín de actividades para olvidar quiénes somos, seres inevitablemente abocados a la muerte, seres que buscan un sentido. Y ese sentido se encuentra trascendiendo la cotidianidad, lo repetitivo, lo de todos los días. Desde lo alto, todo lo importante pierde importancia y aparece lo importante. Y por eso los pájaros ríen porque ven el gran teatro del mundo en los que los hombres se pierden cada cual en su afán perdiendo la capacidad de dar la importancia justa que cada cosa tiene. Y, por más que nos empeñemos, la importancia es escasa. La importancia de la vida la encontramos en lo que creemos menos importante, en lo que no cuesta dinero y no tiene precio, en una sonrisa, en una caricia, en un amanecer, en la contemplación de un cuadro, o la audición de una pieza musical, en un paseo… En todo aquello que relegamos por el afán del trabajo, en todo aquello que las luchas con los demás nos impiden ver cada día. Porque cada día el mundo está ahí. Y cada día la gran representación del gran teatro del mundo está ahí y podemos participar, como peones de ajedrez, o lo podemos contemplar con la sonrisa huidiza del sabio. Por eso el hombre debe subir a las cumbres, seguir altos ideales, no dejarse atrapar por el fango y cantar con los pájaros. Así será un referente del hombre, una lumbrera de la humanidad, un solitario en marcha con otros solitarios. Pero alguien que en el fondo ha entendido la importancia de lo importante y la necedad de lo que consideramos importante.

            Porque el que vuela alto vuela con las alas de la libertad. Y, la libertad, aunque no nos garantice la felicidad, es el bien más preciado. Es lo que nos lleva al conocimiento de nosotros mismos y de la humanidad. Y de ahí que por eso siempre al hombre libre el que ha volado alto siempre tendrá la sonrisa en el rostro, como sus compañeros los pájaros y cantará para que le acompañemos.

EL VALOR DE LA FILOSOFÍA HOY

Discurso en la ciudad de Mérida de los libros “Reflexiones de un francotirador” y “Escritos desde la disidencia”.

 

            En primer lugar agradezco a Manolo Cañada y a todos los miembros de la trastienda de Mérida el que me hayan invitado y además elogio su tarea y su lucha por la justicia social. Mi labor es desde la trinchera, como uno de los libros se titula. Es la labor del pensamiento. El pensamiento es lo que nos ha constituido como humanos y es lo que se nos está robando en este mundo en el que el dominio, el poder es de unos pocos que han cosificado a los hombres transformándolos en mercancía. De ahí que yo considere que  el problema y la crisis es ética y filosófica. Obedece a una falsa imagen del mundo. Y esa imagen del mundo es la filosofía posmoderna, una negación de la Ilustración que se ha radicalizado. Y aquí se mezclan varias cosas. En primer lugar, la Ilustración se ha pervertido constituyendo la doctrina neoliberal. Y, en segundo lugar, se ha negado la Ilustración dando lugar a la negación de cualquier tipo de discurso que intente dar un sentido al mundo y esto es la filosofía posmoderna. La conjunción de estas dos falsas concepciones de la razón y de la realidad nos ha llevado al mundo que tenemos. Por un lado el neoliberalismo acaba en la explotación máxima del hombre por el hombre. Por otro lado, el posmodernismo acaba en el relativismo radical que justifica cualquier discurso y, que en definitiva, no es más que la justificación del poder del más fuerte. De ahí que la posición de la filosofía sea un pensar desde la disidencia y un pensar como un francotirador. El disidente es el denunciante y esa es su labor de francotirador.

 

El origen del pensamiento.

 

            El pensamiento es una herencia griega que constituye y junto con otras tradiciones funda a Europa. El pensamiento es el logos y surge en la democracia. No se puede separar el pensamiento de la democracia. De ahí que hoy en día no haya pensamiento, hay pensamiento único, lo cual no es pensamiento, sino doctrina. La democracia está ligada al logos y el logos a la democracia. La razón, para que se pueda ejercer necesita de dos es dialógica. La razón no es absoluta, sino que es un instrumento que nos lleva hacia las verdades que rigen la polis. Y ese diálogo se realiza en el ágora. El ágora es el lugar vacío ocupado por la razón. Cuando hay democracia en la plaza se dialoga. Cuando la plaza es ocupada por algún poder, religioso, económico, u otro cualquiera, entonces se acaba la democracia y comienza la tiranía. Porque frente a la democracia sólo existe el totalitarismo. Y eso es lo que ocurre hoy en día. Se ha sustituido la democracia por la dictadura del mercado y de los mercaderes, porque no olvidemos que tienen nombre, que no son entes abstractos. Que, en definitiva, detrás del mercado está la ambición humana. Por eso el pensamiento es la esencia de la democracia, porque pensar es siempre dialogar, enfrentar posiciones desde la razón. Ya sabemos que en el mundo de la polis no existen las leyes necesarias como en la naturaleza, sino las normas convencionales, pero no por ello subjetivas, sino objetivas, fruto de un acuerdo común. De ahí que el relativismo fuese un fenómeno que se diese en Grecia y que dio al traste con la democracia, la transformó en demagogia. Algo similar es lo que ocurre hoy en día con la llamada posmodernidad. La posmodernidad que se jacta del fin del discurso, que defiende y acaba en el relativismo, que disuelve el arte en pura arbitrariedad mercantil. Pues bien, esa posmodernidad también acaba con la política y la convierte en un instrumento en manos del poder económico. La posmodernidad son discursos negativos.

 

            De lo que se trata es de defender el logos, la razón, la democracia. No como absolutos, sino como conquistas ético políticas de la humanidad. Y esto que venimos diciendo es lo que está siendo amenazado en la actualidad. No es que yo defienda una idea de progreso de la historia. Al contrario, la idea de progreso es un mito y está a la base del neoliberalismo que nos promete la liberación del sufrimiento de la humanidad por el mercado, por medio del capitalismo salvaje en el que vivimos. No, no existe progreso en la historia. Siempre que se nos ha hablado de progreso hemos caído en un totalitarismo. El progreso es una idea heredada de la religión cristiana, pero que, curiosamente, la Ilustración endiosó, junto con la razón. Ésta es la parte que yo llamo pervertida de la razón. Y ésta la ha heredado el discurso científico, las utopías políticas y, como no, la utopía neoliberal. La crítica a la idea de progreso es muy importante para darnos cuenta del gran engaño en el que vivimos, y en el que hemos vivido en el siglo XIX y en el XX y ahora en el XXI. Es el mito del progreso el que nos ha llevado a cometer las mayores atrocidades de la historia. Y el progreso histórico no es fruto de una ley o conjunto de leyes históricas, económicas, como nos hace pensar ahora el neoliberalismo, sino una creencia basada en un mito del cristianismo. Por eso, cuando defendemos el logos, la razón, la democracia lo hacemos de forma objetiva, no absoluta. La democracia como una forma de gobierno perfectible. Y que, igual que es perfectible, se ha arruinado en los últimos cuarenta años. Y se ha arruinado, precisamente, por el acoso del neoliberalismo y de la filosofía posmoderna.

 

Fin de época. Quiebra del capitalismo global.

 

            Decía nuestro apreciado Ramón Fernández Durán que estábamos asistiendo al fin de una era, al fin del capitalismo global. Particularmente estoy de acuerdo con Ramón. Esto significa que habrá un cambio, dure más o menos de nuestra sociedad desde sus cimientos. Un cambio de paradigma. El capitalismo es un sistema de producción que tiene un principio y tiene un final. Estamos asistiendo al final. El capitalismo se basa en un concepto que es el de crecimiento. Sin crecimiento es imposible concebir el capitalismo. De ahí que la idea de progreso le haya venido como anillo al dedo. Pero lo que ocurre es que en un planeta limitado no es posible un crecimiento ilimitado. Y esto es lo que ocurre. Las crisis del capital se reducen a crisis del crecimiento. En la crisis de los años setenta se produce una alternativa. Por un lado tiene lugar el informe del club de Roma “Informe sobre los límites del crecimiento”, por otro lado, está la apuesta de Reagan y Thacher por el modelo neoliberal de la escuela de Chicago inspirado en Milton Friedman. Y ésta última es la apuesta que venció y el resultado es el que tenemos. Agotamiento de los recursos energéticos, alimenticios, acuíferos y el calentamiento global. La transición será dura y durará décadas. Pero lo que sí está claro es que habrá un decrecimiento. Pero este decrecimiento puede ser forzoso, como lo está siendo ya, o puede ser guiado. Y eso último exige una recuperación de la política frente al poder del mercado. Pero para recuperar la política es necesario la recupoeracuión del pensamiento y éste tiene lugar cuando el ciudadano deja de ser vasallo, como lo es ahora y es capaz de tomar las riendas de su propio ser y de su polis. Por eso es necesario el pensamiento y de ahí el valor de la filosofía, pero no la académica, sino la que tiene lugar en la polis.

 

            Mi propuesta es el ecosocialismo. La unión del pensamiento y filosofía ecologista con el socialismo entendiendo a éste como justicia universal. Sino organizamos un sistema de producción en el que el centro sea la biosfera y no el hombre será inviable la supervivencia de este último o sufrirá retrasos de siglos. Y para esto es necesario un cambio de paradigma. Como decía Sacristán, pasar del paradigma de la producción al paradigma del cuidado. Un cambio de paradigma requiere una revolución. Y no me estoy refiriendo a una revolución violenta, aunque violencia ya la hay, y bastante, por parte del neoliberalismo, sino a una transformación profunda. Y esa transformación implica una transformación ética, social, filosófica y, por supuesto económica. Para empezar la economía es una ciencia humana. Su desarrollo desde la Ilustración la ha pretendido convertir en una ciencia neutral cuando realmente no lo es. Su matematización la ha pretendido equiparar a la reina de las ciencias, la física. Pero esto, en lugar de producir claridad ha producido oscurantismo. Y cuando nos referimos a una transformación ética me refiero a la recuperación del principio de responsabilidad de Jonas. Y esto lo uno a una ética cosmopolita. Hay que tener en el horizonte la frase de Terencio y la filosofía de los cínicos de que “hombre soy y nada de lo humano me es ajeno” como nos recordaba M. Noussbaum. El principio de responsabilidad de esa ética ecocéntrica y verdaderamente humana abarca al que está lejano y al no nacido. Y, a su vez, ello incluye que es cosmopolita. De ahí que la propuesta sea ecosocialista. Nuestro sistema de producción tiene que tener como centro el ecosistema, puesto que nosotros somos ecosistema, por un lado, y la equidad, de ahí lo de socialismo por otro. El cosmopolitismo ético nos lleva al reconocimiento de la igualdad de todos los hombres. Pero, además, al ser el centro el ecosistema, nuestra vida está ligada, como así es realmente, a la biosfera. Y estos son los principios, antropológicos, éticos y económicos que el nuevo sistema o paradigma debe introducir. Y, a su vez, deben desarrollarse desde una política del decrecimiento y realmente democrática que haya recuperado al pensamiento y, con él, al ciudadano. Y, como digo, no hay alternativa a la política del decrecimiento.

 

 

                                               Juan Pedro Viñuela

 

                                               22 de junio de 2012

Como cualquier religión "del libro", por otra parte.

 

 

 

Los mundos orwellianos. Tendremos que acostumbrarnos a ellos. Es el principio del fin. Son los límites del crecimiento que no cabe en las cabezas de aquellos que piensan en el crecimiento ilimitado. Bueno, no piensan, creen inconscientemente.

El fin.

 

            El hombre sigue empecinado en crecer. No acaba de entender que el crecimiento es limitado. Es más que ha llegado a su fin. Lo que nos resta es adecuarnos al decrecimiento. La opción o es política o es por fuerza. La tierra obrará sin piedad. Se ha roto el equilibrio y, si concebimos la tierra como un sistema, se reorganizará. Así podemos entender el cambio climático que hará inviable la vida tal y como la conocemos, como una respuesta de la ecosfera a la acción humana. Sólo escucho la palabra crecimiento, incluso crecimiento sostenible. Pero no hay sostenibilidad en el crecimiento, solo en el decrecimiento que, por otro lado, ya estamos viviendo. El hombre no acaba de tomar conciencia de ello. Vive como en una nube, en una creencia. La idea del progreso basado en la ciencia y la técnica, aliada al capitalismo ha creado una conciencia que a la inmensa mayoría no le permite ver fuera de sí. Es una conciencia alienada, el hombre es víctima de un autoengaño. Pretendemos parchear la crisis, creyendo solucionarla. Es necesario el cambio revolucionario de sistema, si es que aún es posible, o, lo peor, si es que el hombre es capaz de salir de su estado de alienación. Y éste es el verdadero problema, el único problema filosófico, político y moral, la supervivencia de la humanidad. Todo lo demás es secundario. La crisis no es más que una consecuencia de este problema. consecuencia dramática que nos puede llevar a salir de nuestro estado de letargo y contemplar lo que es importante. Pero mi pesimismo, y mi nihilismo naturalista me impiden verlo. Quizás estemos abocados a un colapso civilizatorio que acaba de comenzar y que irá en aumento y acelerándose progresivamente. Otra cuestión es si merece la pena que la humanidad se salve. Sólo tenemos que echar un vistazo a la historia de la humanidad. Es curioso, el periodo más largo de paz en todo ella ha tenido lugar en Europa durante sesenta años, desde la segunda guerra mundial hasta la guerra de los Balcanes, pero en el resto del mundo había luchas, guerras y genocidios, además de la guerra fría que fue lo que de alguna manera determinó ese periodo de paz. Pero nos armamos hasta los dientes. Lo suficiente como para destruirnos varias veces. Es incomprensible una especie así. Es la especie más depredadora que existe. Confundimos emprender y transformar el medio con depredar. Además, la especie humana es depredadora de sí mismo. Esto explica la guerra entre imperios, la aniquilación de culturas y civilizaciones enteras. Lo bueno que el hombre ha creado no es más que una isla en un océano de maldad, genocidio, crimen y sinsentido.  El hombre es capaz de pelearse por las ideas más sublimes. Qué contradicción, la guerra de religiones. Discurso que predican la paz y la fraternidad y que se convierten en el arma ideológica para la guerra o para el totalitarismo y el exterminio del disidente. ¿Quién puede dar algo por esta especie? Somos primates y nuestra organización es jerárquica, la democracia es imposible y los derechos humanos papel mojado que los países poderosos utilizan para dominar a los débiles que tienen la riqueza que ellos codician. No creo que nadie sensato pueda defender a esta especie. Y, sin embargo, sólo la sonrisa de un niño, nos hace olvidar todo esto. Por eso, quizás si merezca la pena, pero lo que ganaremos será sufrimiento, mucho sufrimiento. A los grandes poderes no les interesan los individuos aislados, esa sonrisa. A los grandes poderes lo que les interesa es el dominio. Representan la hybris, la ambición desmedida y descarriada. Una ambición, que, como vemos, se autodevora. Hemos tenido un inicio y tendremos un final. Un final tras una gran apoteosis. El desarrollo tecnológico ha llegado a su límite porque ha traspasado los límites del crecimiento. Desarrollo tecnológico y capitalismo son los que nos han permitido este crecimiento desorbitante que ahora toca a su fin. Pero, no lo olvidemos, nada homogéneo, crecimiento para unos cuantos, porque el crecimiento mata, Quizás lo que nos quede es contemplar y, mientras tanto, cultivar nuestro jardín.

 

Artículo publicado por Vicenç Navarro en el diario PÚBLICO, 28 de junio de 2012

Este artículo analiza el contexto político estadounidense que ha ido configurando en gran manera las canciones y la poesía de Bruce Springsteen, análisis que no se hizo en los medios de mayor difusión del país durante su última gira en España.

 

No me tendría que haber sorprendido, pero me sorprendió ver la manera como la mayoría de los medios de información de mayor difusión españoles cubrieron la visita de Bruce Springsteen (BS a partir de ahora) a España en su ciclo de conciertos. Salvo contadísimas excepciones, la figura y la música de tal cantautor se presentó analizando su calidad musical sin referirse al significado de su música y de su narrativa, imposible de entender sin referirse al contexto político que lo configura. Esta manera de cubrir la música es semejante, en la esfera pictórica, a analizar el “Guernica” de Picasso sin hacer referencia al bombardeo nazi de la ciudad vasca Guernica. Es imposible entender la música de BS (o de cualquier otro cantante) sin conocer el contexto que la ha ido configurando durante su vida artística. Veamos.

 

Bruce Springsteen nació en uno de los Estados más industriales de EEUU, Nueva Jersey, en un pueblo llamado Long Branch, de un padre de clase trabajadora que hizo muchos tipos de trabajo durante su vida (desde trabajador textil a conductor de camiones) y de una madre, secretaria, que le influenció enormemente. En su pueblo había una estratificación clara del territorio según clase social y raza. Esta estratificación territorial jugaba un papel clave en dividir a la clase trabajadora según su raza. En su juventud y adolescencia BS fue un rebelde sin conocer, sin embargo, de dónde venía ni a dónde quería ir. Le gustaba la música rock y sus primeros pasos eran de crítica a la música del movimiento estudiantil (de procedencia burguesa, pequeño burguesa y clase media profesional de renta alta) que había hecho de los conciertos y música de Woodstock un símbolo. Su rechazo a la cultura de la droga y del hedonismo que representaba aquella cultura, así como el concepto de libertad que tenía, interpretándola como la satisfacción del individuo (“hacer lo que te dé la gana”) sin frenos y responsabilidades colectivas, marcó sus canciones iniciales como “Take LSD and Off the Pigs”, que eran una protesta frente a los flower children (los niños flores) de Berkeley y de toda California. Era, sin definirlo así, una lucha de clases dentro del movimiento de protesta. Aunque Bruce Springsteen no había desarrollado todavía su conciencia de clase, su discurso, lírica y narrativa eran de protesta de clase frente a una cultura también anti establishment, pero marcada por el privilegio de clase. Su lírica y narrativa se separaba de la de Joan Baez o Bob Dylan, que representaban el movimiento pacifista, basado en un mundo estudiantil de base universitaria. En Born to Run era una voz alternativa que hablaba directamente a y desde la clase trabajadora, olvidada en las canciones del movimiento pacifista.

 

Su voz de protesta fue recuperando la tradición fundada por el gran punto de referencia en la música popular de EEUU, Woody Guthrie, y más tarde Pete Seeger, ambos marginados durante muchos años por su pertenencia al Partido Comunista de EEUU. Esta evolución le llevó a escribir Born in the US, inspirado en el libro de Ron Kovic’s Born in the Fourth of July que analiza críticamente la experiencia de un trabajador durante la Guerra del Vietnam. Como civil y como soldado (se olvida en Europa que los que luchan en las guerras del Imperio son hijos de la clase trabajadora estadounidense). Esta voz de protesta intenta denunciar el falso patriotismo del establishment americano, pero lo hizo con cierta ambigüedad que explica que incluso el presidente  Reagan, que es el prototipo de este falso patriotismo, intentara utilizar tal canción en su campaña, creando una protesta por parte de él frente a la manipulación política por parte del Partido Republicano. El intento de identificar el país, EEUU, con la clase trabajadora, auténtica constructora del país, con su diversidad étnica y de razas, aparece más claramente en sus discos posteriores. Su Ghost of Tom Joad es, como han documentado Eric Alterman y otros analistas de la poesía y música de BS, el equivalente de The Grapes of Wrath de John Steinbeck. En este disco ya desaparecen todas las ambigüedades y llama a las cosas por su nombre, enriqueciendo una larga lista de aportaciones a la lírica y a la música estadounidense, de clara tradición popular, cuyo mayor componente es la clase trabajadora (por cierto, es importante clarificar que cuando en EEUU se le pregunta a la ciudadanía “usted, ¿qué es? ¿clase alta? ¿clase media? ¿clase baja?”, la mayoría se autodefine de clase media. Cuando se le pregunta, sin embargo,  “usted es ¿clase corporativa (Corporate Class, equivalente a la burguesía)? ¿clase media?, o ¿clase trabajadora?” la mayoría contesta clase trabajadora. Un tanto parecido ocurre en España).

 

En 2008 apoyó al candidato Obama, siendo el momento álgido de la campaña presidencial el festival frente al monumento a Lincoln el día antes de su nombramiento como presidente de EEUU, en que frente a Obama había una multitud de casi medio millón de personas. Springsteen terminó su concierto cantando con Peter Seeger el himno de la izquierda estadounidense “This Land is your Land”, cantándolo por primera vez en EEUU con los versos completos de la canción (escrita por Woody Guthrie) que habían sido vetados durante todos los años de la Guerra Fría que todavía no habían terminado. Los que estábamos allí nunca lo olvidaremos.

LA DARWINIZACIÓN DEL MUNDO.

 

A Carlos Castrodeza, In Memoriam.

 

            Hace unos meses ha fallecido uno de los filósofos de la ciencia y biólogo más competentes en España y más relevante en lo que concierne al estudio y el conocimiento de la teoría de la evolución. Gran parte de su vida la dedicó al estudio de ella y sacó las consecuencias últimas que la teoría evolucionista encierra a todos los niveles. Su última obra, escrita hace un par de años, la podemos considerar como su testimonio teórico, sus conclusiones más refinadas sobre el evolucionismo. Esa obra lleva el título, sugerente y provocativo de “La darwinización del mundo”. Y arranca también de la obra del filósofo darvinista Dennet “La peligrosa idea de Darwin.”

 

            La cuestión es que la teoría de la evolución, la idea ontológica que ella conlleva nos ofrece una visión del mundo absolutamente distinta a la que nos hemos ido creando y construyendo a lo largo de la historia. Todo en la historia es construcción. Todo en la historia es una búsqueda de sentido a lo que no es más que azar y necesidad. La idea de Darwin tiene consecuencias y las consecuencias de la idea darviniana es, en primer lugar la eliminación del antropocentrismo. Poco a poco el conocimiento nos había ido minando nuestra vanidad, pero el darwinismo acaba con ella definitivamente. Lo que el darwinismo nos dice y su consecuencia ontológica nos muestra a las claras es que todos los seres de la evolución son, desde el punto de vista evolutivo iguales, además de que su existencia depende de un equilibrio sistémico. No podemos entender la existencia de los individuos y especies por separado. Todos existen en la medida en la que se produce un equilibrio ecológico. Si éste se rompe, se rompe la unidad y múltiples especies desaparecen o se transforman. El hombre no está escindido de la evolución de los demás seres. El hombre ha producido cultura, pero la cultura procede de su cerebro y de la interacción entre los individuos dotados de cerebros y de éstos con el medio. La cultura es un producto natural emergente que nos permite nuestra propia subsistencia. Por ello la cultura no tiene valor absoluto, lo que no implica que caigamos en un relativismo. El valor de las culturas es un valor objetivo y biológico. Por tanto, la peligrosa idea de Darwin nos lleva a la eliminación definitiva del antropocentrsimo y a la igualdad de todos los seres vivos, con las consecuencias éticas que ello conlleva. La supervivencia del hombre depende de la supervivencia de la ecosfera. Esto es lo que podemos llamar el nihilismo naturalista. El hombre no es nada, en sentido especial, y lo que es lo es desde el punto de vista natural. Pero la darwinización del mundo nos lleva más allá. Como decía el origen de toda nuestra cultura es estrictamente biológico. Así, la base de aquello que consideramos estrictamente humano, la moral y la política, no son ideosincráticos del hombre, sino que se pueden rastrear sus orígenes en la etología de los primates a los que pertenecemos. Nuestra ética surge de nuestra sociabilidad, y de ahí también la política. La sociabilidad se basa en la empatía, la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de sentir su dolor y su placer. Pues de aquí surge todo principio ético. Es lo que podemos llamar altruismo recíproco o egoísmo recíproco, según seamos más o menos optimistas sobre la condición humana. En definitiva, la cooperación y colaboración es posible gracias a la empatía natural del hombre que hace posible la colaboración interesada, un quid pro quo. Y ésta es la base de la ética. De ahí que, para mí las dos patas de la ética naturalista sean las que he mencionado. La primera es la de la cooperación sistémica con el resto de los seres naturales en pie de igualdad ontológica y, la segunda, la de la cooperación interesada entre los miembros del clan que es lo único que permitirá su subsistencia. De ahí el concepto de nihilismo naturalista. Cuando hablo de nihilismo a lo que me estoy refiriendo es a que no existe un discurso que apunte a algo trascendente a la propia naturaleza. Que todo se reduce a la naturaleza, aunque en esta existan propiedades emergentes, que eso es otra cosa. Por ende, no existe nada más allá de la naturaleza y el hombre se reduce a la naturaleza. Pero lo que rige en la naturaleza es el azar y la necesidad. Existimos, tanto a nivel de especie, como individual, como bien podríamos no existir. Formamos parte de una gran cadena evolutiva cósmica. Una cadena evolutiva, sin sentido, sin finalidad, sin referencia trascendente. Lo único que nos queda es el conatus spinozista, la reafirmación en nuestro ser. El nihilismo al que me refiero, entonces, apunta a la contingencia de nuestro ser y del universo. Y cuando hablo de naturalismo lo que quiero decir es que no debemos intentar trascender la naturaleza y sus leyes, porque entonces caeremos en discurso alienantes, autoengaños, como la idea de progreso, el antropomorfismo, el amor al prójimo desinteresado y demás quimeras que nos han permitido sobrevivir, pero que no son más que discursos autoreferenciales. Lo importante es que nos han permitido vivir, o sobrevivir, pero no son reales. El naturalismo lo que quiere es precisamente señalar esto, que todo es naturaleza, que nada tiene sentido, salvo el propiamente evolutivo. Cuidado, no confundir evolución con competencia ni supervivencia del más fuerte. Esto fue una lectura sesgada e interesada del capitalismo del XIX que se ha reactualizado. Hay más de colaboración que de competitividad en la evolución. Por tanto, todo discurso cultural pierde su valor absoluto y se reduce a la contingencia evolutiva, como la forma de una hoja o la de las garras de un felino. No hay más, ni hay para más. Pero, ni más ni menos. Porque el discurso nihilista-naturalista nos saca del gran error de la humanidad, la concepción de un ser, el hombre, por encima de los demás seres y que es dueño y señor. Un ser humano que ha inventado historias para justificar su masacre y exterminio de la ecosfera a la que pertenece por naturaleza. El nihilismo nos vuelve a nuestra posición, destruye la vanidad humana y nos sume en la humildad. Y si aprendemos el valor exacto que tenemos pues quizás actuemos éticamente para la preservación de la biosfera, sin olvidar que nosotros somos biosfera.

 

            Además una idea mística se desprende de todo esto. En realidad, la cultura al separarnos de la naturaleza ha producido una conciencia escindida, una conciencia de dualidad. La propuesta naturalista es panteísta. Sólo existe un ser que está constituido por todo lo que hay y las individualidades que lo constituyen todas ellas están interrelacionadas, de tal manera que su relación es sistémica. Y, desde el punto de vista ontológico, todas son iguales, desde los átomos, pasando por las bacterias y terminando por los grandes saurios o los mamíferos. Debemos tomar conciencia cósmica de esto. Nuestra materia es la matera que existe desde los orígenes del universo organizada en una singularidad que es mi especie y una singularidad con cierta conciencia que yo llamo “yo”. Sería de gran interés recuperar esta conciencia cósmica, que no es ninguna novedad, puesto que algunas religiones la tienen, más que nada por dos razones, nos produce paz y sosiego: un reencuentro con uno mismo a través de lo demás. Y porque sirve de base teórica para una ética de la responsabilidad. Una ética naturalista ecológica sin la cual la supervivencia del hombre en la tierra es inviable. Y no es un problema de desaparición de especies, sólo, o de calentamiento global. Esto no son más que respuestas de la biosfera a la situación de stress a la que está siendo sometida. Metafóricamente podemos decir que somos un mal resfriado para la tierra: la tierra sanará, nosotros casi nos extinguiremos.

 

 



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