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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2013.

                Enseñar y adoctrinar.

                No para uno de sorprenderse de la cara dura que tienen estos políticos, ni de su supina ignorancia. Ahora resulta que el profesorado puede ser acusado por los alumnos de ser adoctrinados en clase, vaya por dios. ¡Cómo si fuesen pocos los males ya en la enseñanza! Primero, pero quién es un alumno para saber si se le adoctrinas o no, si es un ignorante en la materia, cómo diferenciar la educación y la enseñanza de cierto adoctrinamiento y, tres, para adoctrinamiento el de la nueva ley que pone la asignatura de religión católica evaluable, optativa a la ética o valores éticos.

                El alumno no puede percibir, ni ser juez de adoctrinamiento. Su ignorancia se lo impide. Yo creo que lo que hay detrás de esto, de esta ocurrencia de café, copa y puro, una chapuaza, vamos, es darle un escarmiento a aquellos profesores díscolos con la nueva ley y con el sistema de enseñanza en general, que pretenden criticar el quehacer del gobierno en materia educativa. Y es muy distinto, si no lo contrario, ejercer la crítica a adoctrinar. Mientras que adoctrinar es introducir una serie de creencias de las que no se puede dudar y en las que hay que tener fe, por un lado y, además, si se critican se es tachado de hereje y disidente y se es castigado. Por el contrario, la crítica lleva consigo el adoctrinamiento, es decir, el alumno, que se nos presenta como ignorante, tiene que aprender una serie de doctrinas, teorías y conceptos, que le servirán después como instrumento de aprendizaje, de profundización y de valoración que le irán permitiendo, a lo largo del tiempo, toda la vida, si se me permite, ir perfilando. Y no es lo mismo el concepto utilizado en las asignaturas de ciencia que en las de humanidades. La ciencia necesita del conocimiento de un cuerpo doctrinal o teórico, la tarea crítica e investigadora es muy posterior. Como diría Khun, primero hay que aprender la ciencia normal, después, si tenemos la ocasión, haremos ciencia extraordinaria, y ahí la crítica es fundamental. Porque mientras la ciencia normal se aprende dogmáticamente, la extraordinaria requiere de la imaginación, la creatividad, la disidencia y la crítica. En cambio, en las llamadas, que no soy partidario de ello, ciencias humanas y en las sociales, sobre todo en las primeras, la doctrina, en tanto que teoría es fundamental. Pero lo que sucede en las humanidades, que por cierto, punto de mira del ministerio de educación, es que las teorías interpretativas de la realidad de la que se ocupan, a pesar de ser objetivas, basadas en hechos y producto de la argumentación, son menos definitivas que en las ciencias duras. Y esto es precisamente por la naturaleza de su objeto. Pero es que resulta que en las humanidades estamos tratando a un objeto que se está construyendo y que es irrepetible, por eso no existen experimentos en las humanidades. Y claro, la exposición de las teorías en las humanidades da lugar a la discusión, pero también, por parte del poder –y por medio del vehículo de los planes de educación- da lugar al adoctrinamiento. Es decir, que el adoctrinamiento no viene precisamente del profesor, éste es el que desenmascara el adoctrinamiento impuesto por el poder. Y esto es lo que al poder no le interesa. Por el contrario, la exposición de las humanidades da lugar al sano diálogo en el que la razón es lo común, a la controversia, en el que la guía es la argumentación y no la demagogia y el interés privado. La doctrina, como cuerpo teórico, como conjunto de conocimientos, es necesaria, pero es discutible desde la razón. Y, sobre todo, lo que es importante es que no podemos admitir –y es lo que el profesor enseña y debe enseñar- es el adoctrinamiento por parte del poder. La máscara y la farsa del poder que se transmite por medio del vehículo de la educación. Toda educación está cargada doctrinal e ideológicamente y el humanista, el filósofo, como ejemplo de virtud pública ha de hacer un uso público de la razón y desenmascarar al poder, venga de donde venga. Otra cosa es que tendrá que obedecer, puesto que es un funcionario, pero aquí también existen sus límites.

                Lo que no es de recibo, es demencial, es dar patente de corso al alumnado para que denuncie a un profesor porque supuestamente lo está adoctrinando. Pues bien, aquí tienen a un adoctrinador, que es el oficio que ha hecho desde que empezó a enseñar. Un adoctrinador que enseña que no existen verdades con mayúsculas, que el poder enmascara la realidad, que la tarea del profesor y del alumno es desenmascarar esa realidad. Que lo importante no es adaptarse al mundo que nos ofrecen, máxime cuando éste es una auténtica miseria fruto de la guerra del fuerte contra el débil, sino transformarlo. Un adoctrinador de la docta ignorancia, del sólo sé que no sé nada. Un luchador contra la farsa y el gran teatro del mundo. Alguien que cree que la educación, aún sirve para algo, además de crear empleados. Alguien que no puede hacer callar su razón, porque la razón es razón universal, es la forma de entendernos y se enfrenta a las opiniones, creencias, dogmas, doctrinas cerradas y fanáticas. En eso consiste mi adoctrinamiento y el de todo verdadero, humanista, científico y profesor. El resto, lo que pretenden, no es sólo adoctrinar, sino aborregar, instrumentalizar y eliminar la dignidad humana que se alcanza por el libre uso de la razón.

La crisis del pensamiento occidental

Aristóteles definió al ser humano como “animal político” y como “animal dotado de logos”. Y atribuyó a este término griego tres significados: es el lenguaje con el que pensamos y nos comunicamos; es la ley con la que juzgamos nuestras acciones y discriminamos entre lo justo y lo injusto; y es, en fin, el medio de conocimiento con el que nos representamos el mundo.

El logos (la ratio de latinos) nos permite pensar libremente, convivir con los otros y conocer el mundo. Gracias a él, podemos modelar reflexivamente nuestro ethos, debatir con los demás las leyes de la polis, poner nombre a los fenómenos del kosmos, y transmitir toda esa experiencia a través de la educación. En la antigua Grecia había un vínculo inseparable entre la subjetividad ética, la convivencia política y el conocimiento del mundo. Y el koinon logon o “razón común” de Heráclito (según la traducción del recientemente fallecido Agustín García Calvo) es el hilo sagrado que permite tejer entre sí esos tres grandes ámbitos de la experiencia humana.

Esta es la herencia y la tarea que los filósofos griegos legaron a la tradición cultural de Occidente, y que fue convertida en un proyecto civilizatorio con vocación universalista por los filósofos de la Ilustración y los padres fundadores de las primeras democracias modernas.

Sin embargo, la civilización occidental tenía un lado sombrío: de la “razón común” estaban excluidas las mujeres, los asalariados, los esclavos y los “bárbaros”. Por eso, a partir del siglo<TH>XIX, surgieron tres grandes movimientos emancipatorios: el feminismo, el socialismo y el movimiento antiesclavista y anticolonialista. Todos ellos se rebelaron contra una sociedad “civilizada” que jerarquizaba a los seres humanos en razón de su sexo, clase social, etnia, etcétera.

Pero la autocrítica y renovación de Occidente no ha seguido un camino lineal y ascendente. La terrible “guerra civil europea” (1914-1945) dio paso a los “30<TH>años gloriosos” (1945-1975) que, a pesar de la amenaza nuclear y la guerra fría, hicieron posible la ONU, la Declaración Universal de Derechos Humanos, la descolonización, los Estados de bienestar, la Unión Europea y los nuevos movimientos sociales (ecologismo, pacifismo, etcétera). Pero, en las tres últimas décadas, hemos asistido a la gran ofensiva del capitalismo neoliberal, que pretende desmantelar una a una todas las conquistas civilizatorias conseguidas en Occidente y en el resto del mundo.

Un signo de la crisis es la reducción de los estudios de artes y humanidades en los países de
ideología neoliberal

En pleno ascenso del nazismo, el judío alemán Husserl escribió La crisis de las ciencias europeas, para denunciar el divorcio entre el progreso tecno-económico y el retroceso ético-político, y para exigir a los filósofos que asumieran no ya el papel de tábanos de la polis, como Sócrates, ni el de profesores del Estado-nación, como Hegel, sino el de “funcionarios de la humanidad”. Hoy estamos viviendo un nuevo retorno de la barbarie, pero la amenaza no viene ya de tal o cual Estado totalitario, sino de un capitalismo depredador, desregulado y globalizado. No solo estamos viviendo la más grave crisis económica y social desde la década de 1930, sino también una crisis ecológica global, una crisis de legitimidad de la democracia parlamentaria y una crisis civilizatoria que afecta al conjunto del pensamiento occidental.

En Sin fines de lucro, la filósofa estadounidense Martha Nussbaum ha alertado de esta “crisis silenciosa” del pensamiento occidental, una de cuyas manifestaciones es la reducción de los estudios de artes y humanidades en todos los países que han adoptado la ideología neoliberal y, con ella, una concepción economicista y tecnocrática del conocimiento y la educación.

Citaré dos ejemplos cercanos. Uno: el VIII Programa Marco de la UE (Horizonte 2020) establecía cinco áreas estratégicas de investigación y excluía a las Ciencias Sociales y las Humanidades; se las incluyó cuando protestaron 25.000 investigadores; en España, el Plan Estatal de Investigación 2013-2016 sigue la misma línea tecnocrática. Dos: el borrador de la LOMCE concibe la educación como una preparación profesional para competir en el mercado, segrega al alumnado en función del rendimiento, convierte la formación moral en un sucedáneo de la religión y suprime dos de las tres materias filosóficas impartidas durante toda la democracia.

La humanidad se enfrenta hoy a retos inmensos que ponen en riesgo la vida, la libertad, la convivencia y la supervivencia misma de millones de seres humanos. Pero carecemos de una “razón común” que nos permita afrontarlos. Vivimos una globalización de facto, pero no de iure. Por eso, hemos de repensar la relación entre ethos, polis y kosmos, para adecuarlas a las condiciones de una sociedad global cada vez más compleja, interdependiente e incierta.

En resumen, necesitamos renovar profundamente el ejercicio del pensamiento. Por eso, lejos de ser un oficio anticuado e inútil, la filosofía tiene ante sí una gran tarea y una gran responsabilidad: ayudar a reconstruir la “razón común”, para que la humanidad viviente, entretejida ya en una sola sociedad planetaria, se haga cargo de su pasado múltiple y se enfrente al porvenir con una actitud reflexiva y cooperativa.

Antonio Campillo es catedrático de Filosofía de la Universidad de Murcia, coordinador de la Red Española de Filosofía (REF) y autor de El concepto de lo político en la sociedad global (2008).

 



Humanismo o barbarie.

¿Para qué sirven la filosofía y las humanidades?

                Pues para nada. Por eso el ministerio es coherente al intentar casi eliminar la filosofía de los estudios de secundaria y reducir a la mínima expresión las humanidades, así como las ciencias teóricas o fundamentales. Pero esto último lo dejamos a parte en este escrito aunque esté íntimamente ligado. No nos engañemos, desde hace décadas vivimos en un mundo plano, un mundo unidimensional en el que los valores se han ido reduciendo a los valores del mercado, los valores de cambio, valores económicos. Por eso surge la pregunta de para qué sirve la filosofía, la ética, el arte, la música clásica, la literatura. Pues dentro de este esquema de valores que es el predominante, el pensamiento único del stablisment, que se extiende por doquier, en virtud de los medios de manipulación y control de masas, la respuesta es, lógicamente, que para nada. El mundo que vivimos, que han construido para nosotros, para esclavizarnos, para eliminar las conquistas sociales, antropológicas y laborales de doscientos años para acá, está siendo fagocitado por una forma de pensamiento (ausencia de tal) y un conjunto de valores (contravalores o valores económico exclusivamente) que excluye del mundo y del pensamiento el humanismo y dentro de él, su piedra angular, la filosofía. No, no dan palos de ciegos, ni son tontos, ni estos del PP, ni los del PSOE con su famosa LOGSE que de forma tan siniestra ha preparado el terreno para lo que se nos viene encima que no es más que la consecuencia lógica de lo anterior.

                La visión de la educación es una visión tecnocrática que se apoya en dos pilares; primero, el mercantilismo. La educación debe ser un negocio y el fin ha de ser la empleabilidad, es decir, servir al mercado, o la adaptabilidad a la sociedad cambiante y del conocimiento en la que vivimos. Es decir, que es el mercado el que debe regular los planes de estudios, sus currículos y sus fines. Y aquí entra el segundo pilar, los tecnócratas de la educación, los pedagogos. Estos han creado una ideología que sustenta las supuestas formas de aprendizaje y, curiosamente, esas supuestas formas de aprendizaje se adaptan perfectamente al ideal del funcionamiento de una empresa, más aún, de una empresa privada. Se vacía el contenido y se prima la competencia, se elimina el aprender y se introduce la falacia de aprender a aprender, se elimina la autoridad moral e intelectual del profesor y se sustituye por la empatía y las TICs, bochornoso, pero cierto y, por supuesto, se elimina la ética y la educación para la ciudadanía, porque los ciudadanos no interesan, interesan los obreros, la mano de obra intercambiable y oprimida, ausente de derechos, cabizbaja y obediente.

¿Y las humanidades, y la filosofía? Pues no sirven para nada de esto. La filosofía nos enseña a ser personas, porque la filosofía, y las humanidades en su conjunto, inventan el concepto de ley, de persona, de libertad, de igualdad, de fraternidad, de derechos y deberes, de democracia y así sucesivamente. Pero todos estos valores no están dentro del mercado. Es más, nos interesa, o les interesa, que salgan de la circulación. Que no exista un pensamiento que los recoja; en definitiva, que caigan en el olvido y una gran losa se cierre sobre ellos. La filosofía es el ámbito de la libertad civil, de pensamiento y política. Cuestiona el poder, analiza al hombre, jerarquiza los valores, desenmascara el engaño del poder como el de la unidimensionalidad de los valores económicos. No sirve, porque no es útil, entendiendo lo útil por aquello que es eficiente económicamente. La filosofía, las humanidades tienen que ver con el ser, no con el tener. Y, precisamente por eso, han sido las humanidades, la filosofía, las que han construido al hombre. Pero al hombre como ser autónomo, libre, capaz de decidir sobre el futuro, capaz de transformar el mundo en el que vive si éste no le gusta. El hombre que crea y decide las leyes que le gobiernan, leyes que son un imperativo para todos. Las humanidades, simplemente, nos han hecho humanos, pero esto ni se compra ni se vende, no es un valor económico. De lo que se trata ahora, en la barbarie en la que nos hemos adentrado, es de despojar al hombre de todo lo humano, de convertirlo en un nuevo vasallo, un esclavo, un siervo de la gleba posmoderno. Y lo están consiguiendo. Por eso estamos en un momento de retroceso de siglos. Adentrándonos en una nueva y oscura edad media. Y la humanización del ser humano no puede competir con el poder económico y las nuevas tecnologías, sus seductoras y demagógicas aliadas. Es más, el humanismo no entra en competitividad, ese valor excede al humanismo pertenece, precisamente, a su poderoso enemigo, el capitalismo. Este capitalismo salvaje y bárbaro está fagocitando el humanismo duramente conquistado a través de la denostada, pero real, lucha de clases, y con él se está llevando por delante al propio hombre. Pero insisto, esto no es de hoy, políticamente tiene más de cuarenta años y, educativamente, en España empieza en el 1990 con la aprobación de la LOGSE. La nueva ley, la LOMCE no es más que dar un paso más y hablar con claridad.

 



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