Facebook Twitter Google +1     Admin

Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2013.

La ética como regulación del derecho y la democracia como proyecto ético-político.

                Ni la ética se reduce al derecho ni a la inversa. Pero tampoco son ajenas. Existe una relación histórico-sistemática entre ambas. No hay ética sin derecho ni derecho sin ética. El derecho, enunciado de forma positivista, podríamos entenderlo como la normalización de la ética o conjunto de normas que hacen posible la convivencia. Pero, aún así, ni el derecho agota la ética, ni la ética el derecho. Lo que sí podemos decir es que el hombre es un animal social y necesita de normas para sobrevivir, como dijera Kant, “hasta un pueblo de demonios necesita de sus leyes…” El derecho es la plasmación positiva de la ética. Ahora bien, el objetivo del hombre es una ética universal. Pero para poder tener una ética universal, o buscarla, tiene que ser, como diría Adela Cortina, una ética de mínimos. Unos mínimos exigibles y consensuados por el diálogo comunicativo entre seres racionales que coinciden con todas las diversas morales existentes. En cuanto nos vayamos a unos máximos empezarán las diferencias. Y por eso el marco político de organización social que haga posible esta ética y que se plasme en el derecho es la democracia. Por eso, tanto la ética, como el derecho, como la democracia son conquistas del hombre. Conquistas en las que el hombre se ha ido autoconociendo o reconociendo o inventándose o construyéndose. Y por eso constituyen una forma de vida.

                Y, también, por este motivo, la democracia es contraria al pensamiento utópico. La utopía es producto de un pensamiento cerrado y acabado. Mientras que la democracia surge del pensamiento en creación, en diálogo, inacabado. La democracia se va haciendo y obedece a la ley de la entropía, si no se la persigue y perfecciona continuamente, degenera. Lo característico del pensamiento utópico es un pensamiento ya construido, que se cree conocedor de la historia y, por tanto, de su devenir y, por ello, puede marcar y delinear el futuro. Este pensamiento es excluyente, elimina al disidente y acaba en totalitarismo. Por el contrario, el esfuerzo de la democracia es la búsqueda de la universalidad, pero no la imposición de mi supuesta creencia universal. La democracia debe de ser capaz, mediante su reglamentación jurídica, de dar cabida a todas las expresiones éticas, siempre y cuando cumplan los mínimos exigibles. Pero es aquí donde se suscitan las mayores cuestiones. ¿Cuáles son esos mínimos exigibles? Yo creo que la cuestión está clara desde la Ilustración y que en lo que consiste el asunto es en proseguir con el proceso inacabado de la Ilustración. Me refiero a la concepción del hombre como sujeto. Cosa que viene formalizada en el imperativo categórico kantiano en su más suculenta formulación: obra siempre de tal forma que consideres al otro como un fin en sí mismo y no como un medio. Es decir, que aquí lo que se nos está definiendo es el concepto de persona. La persona es un fin, por tanto, un sujeto, alguien como yo. Por eso me hace falta la empatía para reconocerme en el otro y actuar moralmente, ser capaz de ver su alegría o su sufrimiento. Es decir, que la persona es un sujeto, por ello tiene dignidad y, en tanto que tiene dignidad, es persona. De todo ello se desprende que es merecedor del máximo respeto, lo que implica que no puede ser instrumentalizado. Pues bien, esta base ética es la que debe defender políticamente la democracia y jurídicamente el derecho. Ahora bien, esto implica que la democracia no es sólo una cuestión formal, sino de contenido. La democracia es una forma de vida, algo que ya inventaron los griegos y que redescubrimos, pero que debe ser guía de nuestros principios y acciones, de nuestra ética, porque es la ética mencionada la que la alimenta, pero sin esfuerzo, ni compromiso, todo se viene abajo. Esto, por un lado, es decir, en lo que compete al ciudadano. Y, en cuanto a lo que compete a los poderes e instituciones pues también están sometidos a una misma ley, como hemos dicho, la de no instrumentalizar. Cada vez que cualquier forma de poder o institución nos toma como instrumento, nos mediatiza, nos convierte en objeto, está destruyendo la democracia. Pero aquí viene algo muy importante. Cuando esto ocurre en una sociedad que se llama a sí mismo democrática es necesario actuar de inmediato. Y la forma de actuar es la desobediencia civil, porque en definitiva el poder, cuando nos mediatiza, se convierte en una tiranía. Y contra la tiranía es legítima la desobediencia civil; eso, si queremos conservar la democracia. Por eso en la sociedad actual, en la española, es necesario un proceso constituyente para recuperar la democracia.

                               La ambigüedad de la utopía.

                El pensamiento utópico es atractivo per se. Responde a la connatural esperanza del hombre. A la tercera pregunta kantiana, ¿Qué nos cabe esperar? A esta pregunta hasta el siglo XVIII daba respuesta la religión. De esta manera la teología tenía un discurso sobre el sentido de la historia y de la vida particular. El sentido de la historia es el de la salvación del hombre y el de nuestra vida, pues el de la salvación de nuestra alma, la salvación particular. El cristianismo consigue dar un sentido a los hechos de la historia. Sustituye a las estructuras políticas del imperio romano y da un sentido de trascendencia a la ciudad terrenal. De ahí su doble discurso de la ciudad terrenal y la ciudad de dios. La primera es la ciudad física, Roma y todos los imperios que han existido, la segunda es la iglesia. La iglesia ocupa Roma físicamente, pero la trasciende espiritualmente. Donde hay un cristiano allí está la ciudad de dios. La ciudad de dios no tiene límites, es la cristiandad. De ahí el proselitismo del cristianismo. Éste quiere extenderse por doquier y llevar el mensaje de dios a todas las criaturas. Porque una vez que dios sea conocido en toda la tierra y aceptado por todas sus criaturas tendrá lugar la segunda venida del mesías. Y esto supone el fin de los tiempos, el apocalipsis y la llegada del reino de dios y, con él, la restauración de la justicia universal y divina.

                Como se ve subyace a esta visión de la historia, la primera filosofía de la historia que existe y que cuaja en el pensamiento de Agustín de Hipona, la idea de progreso. De ahí que el progreso no sea una idea, sino un mito. Y de ahí precisamente todos los problemas, porque todas las filosofías de la historia beben de la filosofía de la historia primera, la del cristianismo. El progreso es un mito, una creencia. No hay nada que lo justifique. Sí podemos pensar que existe un progreso científico-técnico, pero nada garantiza que perdure o permanezca, que se desvanezca, como ha ocurrido en más de una ocasión en la historia. Pero el problema es cuando esta creencia o mito se aplica a la historia y a la praxis política. Y es esto precisamente lo que ocurre tras la muerte de dios en los siglos XVIII y XIX. Si dios ha muerto todo carece de sentido. Y el hombre es un ser de sentido. Y lo que hace es buscar un sentido a lo que ha quedado sin él. El hombre, en tanto que individuo y en tanto que ser histórico, tiene que dar respuesta a la tercera pregunta kantiana, ¿Qué nos cabe esperar? Si ya no nos cabe esperar el reino de los cielos pues lo que hacemos es que nos inventamos un reino de los cielos en la tierra. Y de ahí nacen todas las utopías políticas. Pero, ¿cuál es el problema? Pues que todas las utopías políticas se basan en una falsa y mítica visión de la historia. En primer lugar consideran que la historia tiene un sentido, un principio y un fin. Que hay una historia de la salvación de la humanidad, que existe un fin en el que habrá justicia, paz y felicidad y se acabará el sufrimiento. Esto es un mito. Una idea del cristianismo que se cuela en los discursos históricos y políticos porque el peso del cristianismo, a pesar de la muerte de dios es demasiado grande. Y porque la condición humana es así, quiero decir, que el hombre vive de sus esperanzas. Cuando realmente, u ontológicamente, sólo hay un sentido biológico. Y el sentido biológico es que somos una especie más, como podríamos no haber sido y, como seguramente, dejaremos de ser. De modo que en el discurso histórico político se cuela el mito del progreso, la creencia de que vamos hacia algo mejor. En segundo lugar, el discurso político se fundamenta en supuestas teorías de la historia, como el hegelianismo, el marxismo, el liberalismo, el capitalismo, el cientificismo… que creen que la historia está determinada y ellos conocen las leyes de la historia que la determinan. De modo que sólo es necesario actuar, y ésa es la praxis política y lo peligroso, es la perversión de la razón ilustrada que se endiosa y cae en lo mismo que critica, para dirigir la historia hacia la emancipación del hombre y, con ello, hacia el estado de justicia y felicidad. Pues bien, todos estos pensamientos, ideologías, filosofías y políticas, como también el cristianismo, lo que han producido es precisamente lo contrario: el genocidio y el exterminio, el infierno en la tierra. Y este es el fundamento filosófico de los totalitarismos: el mito del progreso y la visión determinista de la historia aliada a una razón endiosada y absoluta que, contrariamente a su origen, deshumaniza al hombre y lo convierte en un objeto.

 

En qué situación nos encontramos. Pues como digo el hombre es un ser de esperanzas y esperanzado pero que se ha quedado sin dios. A las utopías que nos han prometido un mundo mejor pero nos han llevado a la catástrofe se les ha llamado utopías negativas. Hay todo un género literario de este tipo, no sólo las que se han producido en la realidad histórico-política. Las utopías en este sentido son un pensamiento cerrado, un pensamiento único y una anulación y exterminio del pensamiento y del disidente como portador de ideas heterodoxas. De ahí que en las ideas totalitarias esté el germen del exterminio, porque es necesario eliminar al disidente, al que piensa de otra manera, al hereje, que eso es lo que significa en griego. De ahí que en otro lugar haya definido a la democracia como disidencia. La democracia es el modelo político que te permite la disidencia. Y esto nos lleva directamente a la situación actual. Hoy en día estamos instalados, y casi sin saberlo, o sin saberlo la mayoría, en un totalitarismo que elimina el pensamiento y la disidencia. Ese totalitarismo es la unión del neoliberalismo como teoría económica y praxis política unida a la religión de la tecnociencia y su avanzadilla las tecnologías de la información. Lo que se nos promete desde este conjunto de pseudoteorías económicas y cientificotécnicas es la salvación del hombre y de la humanidad. Sólo hay que “comulgar” (estar en comunión, en comunidad de fieles y creyentes) con estas creencias para ser dignos de entrar en el reino de los cielos. Estamos viviendo, porque estamos instalados en ello, una utopía negativa. El pensamiento único que se nos ofrece como alimento y que se nos despacha por los medios de control y manipulación de masas, a los que se les llama medios de comunicación, o, incluso, medios de conocimiento, como internet, es un pensamiento único, sin alternativas, sin posibilidad de disidencia. Y es un pensamiento que mata, porque el capitalismo, en su afán de crecimiento, que le es consustancial, mata. Es una forma de exterminio en la medida en la que el crecimiento no es homogéneo, sino que se basa en esquilmar al otro para que una parte crezca. Eso, por un lado, por otro, se trata de esquilmar el planeta para que las generaciones futuras se queden sin nada. El grave problema es que la utopía negativa en la que estamos instalados y esclavizados, porque nuestro pensamiento ha sido secuestrado por los medios de control y manipulación de las masas, nos lleva, a la larga, al colapso global. De ahí que no estemos en una crisis, sino en la quiebra del capitalismo global y que lo que nos espera en el futuro es la guerra y la depredación, algo que ha empezado ya hace tiempo y que hace poco ha empezado a llamar a nuestras puertas. Porque el capitalismo se autodevora.

                Por tanto, la utopía es un pensamiento negativo. Pero nos encontramos con la naturaleza esperanzada del hombre. No renunciamos a la esperanza porque es un mecanismo instalado en nuestro cerebro y adquirido por la selección natural que ha sido exitoso y nos ha permitido sobrevivir. De ahí que nos agarremos a la esperanza como a un clavo ardiendo. Pues esto me parece bien, nunca debemos cejar en nuestro intento de mejorarnos. Pero hay que hacer una serie de advertencias. No confundir la esperanza con la utopía, en primer lugar, en segundo lugar, ser conscientes de que no existen leyes deterministas de la historia y, en tercer lugar, aceptar los límites de nuestra razón, que son los límites de la falibilidad del conocimiento, y los límites de nuestra acción. Y, por último, aceptar que no existe un progreso ni un fin de la historia. Que todo progreso es parcial y contingente, fruto del esfuerzo humano, pero que, en cualquier momento, puede venirse abajo. En la historia, como en nuestra vida, todo es provisional; y todo depende de nuestra voluntad para mantenerlo y mejorarlo. Si ésta falla todo se viene abajo. Estamos, que sepamos, solos en el universo, somos una de las miles de millones de especies que hay y han existido en el universo, somos contingentes, podríamos no haber existido. Y no hay una trascendencia que guíe nuestro destino. Por eso, una vez que hemos cometido el grave error de los totalitarismos, anclados en el mito cristiano del progreso, debemos ser cuidadosos y regular nuestra esperanza de tal forma que no se convierta en un pensamiento megalómano. La esperanza, y esta es nuestra vuelta al inacabado pensamiento ilustrado, a la corrección de su perversión, debe ser la guía de nuestra acción política. Y el fin de nuestra acción política es la consecución de una sociedad cosmopolita de repúblicas libres y la paz dentro de ellas y entre ellas, pero desde la libertad y el diálogo. Es decir, que la esperanza (es un sentimiento, no una idea), no la utopía (que es una idea, un pensamiento cerrado) debe ser la guía de la acción política. Por eso hay que cuidarse mucho del pensamiento utópico, de los grandes ideales y poner los pies sobre la tierra. Pero lo primero de esta praxis es desmontar el mito sobre el que estamos instalados. Una utopía negativa, como hemos dicho, definitivamente letal. Nuestro proceso de construcción pasa por la deconstrucción. Si no somos capaces de hacer esto, la deconstrucción o el derrumbe, mejor, vendrá por sí mismo.



¿Quiénes están detrás de la LOMCE?

                Pues una pandilla de sinvergüenzas. Y en el más puro sentido ético. Una serie de señores que no sienten vergüenza de sus actos ni de sus ideas. Sus actos son estrictamente criminales. Condenan a toda una sociedad a la precariedad, crean un plan de enseñanza para aborregar, es decir, para adiestrar en el trabajo. Para crear mano de obra, no personas ni ciudadanos. Y son una serie de señores, y es decir mucho de esta pandilla de indocumentados, que ocultan el robo a gran escala, que defienden a los grandes banqueros y al capital. Que les importa un bledo la ciudadanía, la democracia y la persona. Sólo les interesa el rendimiento económico. Y son unos auténticos sinvergüenzas en el sentido ético porque no sienten vergüenza ante los demás de lo que están haciendo, incluida la nueva ley de educación.

                La base de la ética es la vergüenza y la empatía. El sentir vergüenza ante el otro de nuestros actos es lo que nos hace responsables de ellos. Pero estos no tienen vergüenza de sus actos, los ocultan o, peor, se vanaglorian. Están por encima del bien y del mal, es decir no son sujetos éticos, sino sinvergüenzas. Y el segundo pilar de la ética es la empatía, el sentirse identificado con el otro, con su alegría, tristeza, dolor o sufrimiento. Pero estos, no, estos actúan como autómatas y nos dicen que son necesarios sacrificios. Sí, sacrificios para que el gran capital siga devorando a la clase media, al estado social y de derecho. No sienten el dolor en la cara del otro, ni su sufrimiento. Lo que ellos llaman sufrimiento nos lo venden como un mal necesario. Y, por eso, no es necesaria la ética en el sistema de enseñanza. Porque la ética es conciencia del otro y eso entorpece la marcha del capital, lo que sí es necesario es la instrumentalidad, más matemáticas (instrumentales, no teóricas, claro) y más lengua (sintaxis y lectura, no verdadera literatura) Todo conocimiento que nos lleve a la autoconciencia y a la crítica no es que sea peligroso, para el gran poder ya no hay peligro en nada, simplemente entorpecen y son un gasto superfluo. Lo mejor es eliminarlo. Y como el objeto de la LOMCE es el de la empleabilidad, pues tampoco hacen falta sujetos éticos, sino prácticos. El retroceso ético-político ha sido de 250 años. El nuevo sistema de educación ya no nos considera sujetos, fines en sí mismos dotados de dignidad, sino que nos considera meros instrumentos al servicio del sistema. Un sistema de darwinismo social (que no tiene nada que ver con el darwinismo de verdad) de una lucha de todos contra todos en la que prima la supervivencia. En definitiva, un estado hobbesiano, absoluto y totalitario, de guerra de todos contra todos. Para qué queremos la ética en este contexto. Simplemente es algo anacrónico. El poder está por encima de la ética, como el príncipe de Maquiavelo, y el pueblo deja de ser sujeto para convertirse en objeto, por tanto deja de ser ético, por consiguiente la ética no es más que un adorno. Precisamente lo que nos humaniza, como hemos dejado de ser humanos, para ser meros animales, pues lo tiramos por el retrete.

                Y qué pasa con la historia de la filosofía. Pues miren ustedes, les guste o no a mis compañeros, eso me da ya igual. Es la disciplina más importante de todo el bachillerato, también por su inmensa dificultad la más incomprendida por los alumnos y, por su puesto, por los profesores, que tampoco la entendieron en su tiempo, ni ahora, a la vejez les interesa. Porque el aguijón de la filosofía comienza en la juventud. Y si en la juventud eres inmune a él, pues… En fin, que la historia de la filosofía es la disciplina más importante del bachillerato por la sencilla razón de que es el fundamento último de todas las demás. Pero esto no es lo que nos interesa aquí. Lo que nos interesa es que la historia de la filosofía es la conciencia o, mejor, la autoconciencia de Europa u occidente, con sus luces y sombras. Es lo que nos permite entender la actualidad y entendernos y, sobre todo, forjar un proyecto de futuro. Pero resulta que la ideología dominante nos dice que hemos llegado al fin de la historia –una mentira, una ideología, una falsa conciencia- que estamos en el mejor de los mundos posibles y que todavía vamos a mejorar más hasta llegar a la perfección. Que el mercado, las nuevas tecnologías y la tecnociencia, sobre todo, las ciencias de la vida, eliminarán definitivamente el sufrimiento en el mundo. Señores, todo está resuelto. Todo ha sido pensado y el último pensamiento es el neoliberalismo posmoderno. Pero para que esto surta su efecto el ciudadano, que, por su puesto, ya no es ciudadano, ha de perder el sentido del tiempo, de la pertenencia a una tradición, la tradición occidental, precisamente. El supuesto ciudadano, obediente y sumiso, adaptable hasta la máxima maleabilidad a las exigencias del mercado, debe vivir en un eterno presente. Ése es el mundo que se les ofrece. De nuevo, la historia de la filosofía, o de las ideas que configuraron Europa o la tradición occidental no es que no sirvan, o carezcan de relevancia, es que son un estorbo. No son útiles. Y el principio que rige el ultraliberalismo es el de la máxima utilidad e instrumentalidad, para instrumentalizar. Por tanto, es necesario eliminar la historia de la filosofía. Y los grandes señores del poder no cayeron en esto en el primer borrador, o quisieron que nos fuésemos acostumbrando, y lo dejaron para el segundo y así, ellos ausentes de ética y dominadores del pasado, el presente y el futuro, lo mantuvieron pese a la leve resistencia del domesticado profesorado. En definitiva, la coherencia de la ley es impecable e implacable.

Algunos hombres buenos. De la excelencia a la valentía.

                Mucho ha sido ya comentado el asunto del desaire que los graduados con máxima excelencia en España hicieron al ministro Wert a causa de su política educativa. Fundamentalmente su ley de educación y sus recortes en investigación así como en el profesorado universitario. Y lo que a mí me asombra es que todavía gran parte de la población vea el acontecimiento (la retirada del saludo a Wert, por parte de algunos premiados con la excelencia académica) como un desaire, una falta de educación, e, incluso, como una falta de respeto. Si esto es así, que me temo que sí, es que no tenemos la más mínima conciencia ciudadana, política, civil y ética. Nuestros políticos están para representarnos, no para mandar, ni imponer. Y, mucho menos, para imponer una ideología refugiándose en la manida crisis que, por lo demás, no es más que una consecuencia del capitalismo sin bridas que ellos mismos defienden. Son nuestros propios verdugos los que quieren poner los medios para salvarnos, más bien esos medios nos llevan al abismo. Pero vayamos a la educación y a la investigación que es lo que motivó, fundamentalmente, el acto que estos excelentes y, además, valientes, porque se enfrentaron al poder político y al mediático (recordar que TVE ocultó o censuró las imágenes, medio que pertenece al pueblo, pero gestiona el gobierno, que como digo nos deben representar, por tanto la manipulación de la información en este caso fue un acto, simplemente, dictatorial) llevaron a cabo.

                La LOMCE es una ley en contra de los principios básicos de la democracia, en contra de la igualdad de oportunidades, en contra de la aconfesionalidad del estado, en contra de la escuela pública y a favor de la enseñanza privada, que en España es, fundamentalmente de carácter religioso. Por otro lado es una enseñanza absolutamente ideologizada, no sólo religiosamente, sino, mercantilmente. El alumno aprende para la empleabilidad, y no lo digo yo, sino el señor Ministro. Es decir, que el alumno es un instrumento, una mercancía para el mercado laboral al que ha de enfrentarse. A esto se le llama cosificación, es decir, tratar a un sujeto como un objeto o cosa, por tanto, pérdida de la dignidad humana. Por todo ello, es una ley dictatorial. Obedece a la dictadura del mercado. Estos son motivos suficientes como para retirar el saludo al Ministro, y, además, exigir su inmediata dimisión, por antidemócrata e inconstitucional, si es que la Constitución sirve ya para algo. No es falta de respeto ni de educación, es una exigencia, un plante ante alguien que ni representa al pueblo, ni a la institución, porque, al contrario, utiliza la institución para imponer una ley que viola los principios básicos de la democracia. De ahí la valentía de estos doce excelentes. Han tenido valor, por medio de un gesto, de decirle al Ministro que su gestión es nefasta y que como se salta la propia dignidad humana habría de dimitir. Lo que pasa es que este país está lleno de tibios, y así nos va. Hay una cosa importante: el mal se produce, no sólo porque exista un autor material del mal, sino porque existe el mal consentido y este es el caso de la sociedad española que sigue en silencio y no sigue la consigna que un señor como Federico Mayor Zaragoza aconseja: insumisión generalizada. Lo que está ocurriendo en la educación desde los noventa es una debacle, porque la LOGSE-LOE es una preparación de esto (la LOMCE) que se nos viene encima. También esta ley se ha hecho desde el paradigma neoliberal.

                Y en cuanto a lo de la investigación, pues es una ironía, sino un sarcasmo o cinismo político. Se premia a los excelentes, para qué, ¿para que tengan que irse a otros países a desarrollar su producción intelectual?, ¿para ser eliminados, arrojados al paro, de programas de investigación en curso? ¿para cobrar sueldos de miseria que no les permiten casi vivir y, menos, formar una familia? Hombre, esto es una burla. Y que encima tengamos que soportar toda la corrupción en la que los menos virtuoso, los más cobardes y los menos excelentes, se llevan el dinero a paraísos fiscales, nos roban a los contribuyentes, ocupan cargos ficticios sin hacer nada, sólo medrar durante años en el partido para escalar posiciones. ¿Dónde está la ética y la excelencia de estos señores? En ninguna parte. Son escoria y miseria, no hablo del señor Wert, sino de la corrupción en general, son la sangría del pueblo. Un pueblo autoculpable por su indiferencia, su cobardía y su pereza. Es normal, por España, exceptuando un breve periodo con la constitución de Cádiz, no pasó la Ilustración. Y así nos va. Sumidos en la superstición y el folclore y ansiosos de un nuevo líder que nos ilumine, incapaces de pensar por nosotros mismos, obedeciendo consignas y con el miedo en el cuerpo, siempre mirando hacia un lado con el temor al qué dirán. No señalarse, otra de las consignas.

                Pues señores, felicito y agradezco a estos doce excelentes y valientes, que no se quedan en lo meramente académico, por eso son excelentes, y tienen sensibilidad ética y política y que con un simple gesto señalan, no sólo el malestar de la población, en este caso de la educación, sino que en el fondo están diciendo que el que manda es el pueblo. Estos señores constituyen un modelo de ejemplaridad pública, nos han enseñado con su gesto que debemos recuperar el poder que se nos ha arrebatado.



Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris