Facebook Twitter Google +1     Admin

Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2013.

Una reflexión pedagógica.

Hay un concepto de la ética que siempre he puesto en relación con la educación y que algunos, sino la mayoría, lo considerarán como un idealismo optimista fuera de la realidad. Me refiero al concepto central de la ética socrática que viene a decir que es mejor padecer una injusticia que cometerla. Esto por un lado, por otro, hay un principio filosófico, que algo tiene que ver con el anterior y que también intento aplicar en mi quehacer en la enseñanza de la filosofía. Me refiero a la famosa máxima kantiana de que no se aprende filosofía, sino que se aprende a filosofar. Bien, pues me gustaría reflexionar brevemente sobre estas dos cuestiones. Desde luego, como ven, nada que ver con la palabrería psicopedagógica al uso, pero, desde luego, mucho más sensato.

            En primer lugar la máxima socrática tiene cierto parecido con la cristiana de poner la otra mejilla, pero no es lo mismo, la primera muestra una actitud de orgullo, mientras que la segunda de humildad y sometimiento. Es mejor padecer una injusticia que cometerla. La labor de la enseñanza filosófica es fundamentalmente de valores. Los conocimiento filosóficos van cargados de valores. Cometer una injusticia implica corromperse, es decir, destruir nuestra alma. Por eso es mejor padecer la injusticia, porque, de esa forma, nuestra alma queda incólume, además de libre. Y esto es lo que nos permitirá el ejercicio de la tolerancia y el respeto. El respeto es la consideración del otro como persona, no como cosa. Mientras que la tolerancia, partiendo del respeto, da un paso más e implica la posibilidad de ser capaz de ponerse en el lugar del otro. Pues bien, esta es la base, ni más ni menos, de la que hay que partir para poder dar clases y, más aún, para que nos dirijamos en la vida. Y es aquí donde la mayoría dirán que esto es un idealismo utópico. Pues no. El hecho de que no se realice, ni en la docencia ni en la realidad social, no implica que sea el valor más deseable. Porque lo contrario a esto o es la corrupción, o el utilitarismo, o el poder del más fuerte. Que es precisamente lo que vemos. De ahí que sigamos bajo la sombra de Sócrates y de que su pedagogía no haya sido superada, ni lo será. La sabiduría no es como el conocimiento científico, éste último progresa paulatinamente, la otra se da de una vez, y es reinterpretada continuamente a lo largo de los tiempos.

            El otro principio de mi pedagogía es el kantiano. Efectivamente, no se enseña filosofía, sino a filosofar. De lo que se trata es que los conocimientos sean la vía para el pensar. Y lo importante es el pensar sobre quién soy, qué puedo conocer, qué debo esperar y qué debo hacer. Pero esto no es una labor que se limite a las clases de filosofía, sino que en ellas (como en otras disciplinas) encontraremos los instrumentos conceptuales que nos ayudarán durante toda nuestra vida a resolver estas cuestiones. De ahí que al final, a mí no me preocupa lo que saben los alumnos, sino el cómo lo saben y si lo han asumido como parte de su personalidad. Y estos principios están ligados porque la búsqueda del saber que nos lleva a la libertad y a la autonomía, está por encima del trepa, el ambicioso, el vanidoso, el perezoso,…todos esos que encontramos en nuestras aulas, como en la sociedad. El pensar por uno mismo es más importante que todo lo demás y es lo que te da fuerzas ante las injusticias que ves a tu alrededor e, incluso, algunas que pueden dar contra ti. Ninguna injusticia te corromperá, a menos que seas tú el que la cometas. Y éste es el fondo ético y didáctico, que no se pueden separar, como hacen los pedagogos, en tanto que cientificistas que son, desde el que emprendo la labor, cada año, de desaprender.

Efectivamente, señor García, usted está planteando un problema difícil que es el del multiculturalismo frente al etnocentrismo. Saltándome absolutamente toda la argumentación le diré que la solución es el interculturalismo objetivo. Y de esto es de lo que quiero hablar un poco. No existen derechos naturales, es decir, por naturaleza no tenemos ningún derecho, todos son artificiales, son tecnología, por decirlo de alguna manera, técnica, que diría Ortega. Porque el hombre es animal cultural y su animalidad la construye culturalmente y su cultura la construye por la base animal que tiene. Naturaleza y cultura en el hombre son indisolubles. Dicho esto habría que decir lo siguiente. No existe ninguna fundamentación de los derechos humanos, me refiero a fundamentación ontológica. Los derechos tienen su base en la propia naturaleza biológica del hombre, pero surgen culturalmente, son una conquista histórica. Y desarrollo estos dos puntos. Siguiendo a los etólogos los sentimientos básicos del homo sapiens son iguales, aquí y en Pekín, ahora o hace 50.000 años. La alegría o la tristeza, el odio y el rencor. La empatía, que es la base de todo lo demás y que tiene su base neurológica en las famosas neuronas espejo. Esto es lo que permite al niño sonreír a la madre, encontrarse a gusto y seguro en sus brazos, llorar frente al extraño o lo desconocido. Son estos sentimientos los que hacen posible la sociabilidad humana. Pero el problema es que esta sociabilidad debe estar regulada, aquí entra la ética, la religión y la norma jurídica. Y, por ello, de estos sentimientos es de donde surgen las diferentes regulaciones ético-jurídicas de la historia desde el neolítico para acá. Y han sido diferentes e incluso contrarias. Pero en lo que se llama época axial, tuvimos la aparición de un concepto de persona similar que se desarrolló de diferentes modos en la historia. Es la época de Sócrates, Jesucristo y Buda. Aquí emerge el concepto de persona y de dignidad, la ética, en definitiva. Y todo ello con ansia de universalidad, pero no por imposición, no estamos en el nivel político.

Culturalmente los derechos universales se desarrollan en occidente y hay muchos factores que lo explican, empezando por la religión, siguiendo por la filosofía y terminando por el arte. Me voy a referir a este último porque es curioso y es una tesis que defiende una historiadora americana. Y dice que los derechos humanos pudieron surgir en Francia, con la revolución, no sólo por el desarrollo filosófico, también teológico, no olvidemos a fray Bartolomé de las Casas cuando defendía que el indio era también humano; sino también gracias al arte, concretamente la pintura y, en especial, la novela. Aparecen los retratos y autorretratos y esto nos permite vernos desde fuera, como otro, lo cual hace posible, o más fácil dar el paso a considerar al otro, otro como yo, que es la base de los derechos. Si el otro no es otro yo, por qué va a ser digno de respeto. Hasta que no dotamos de humanidad al otro no lo respetamos y esta es la base de los derechos humanos. Pero el ciudadano tuvo que conquistar este sentimiento para el que biológicamente estaba preparado, pero sólo funcionaba a nivel de tribu, no de sociedad. En definitiva es lo que nos señalaba la parábola del buen samaritano. La novela fue fundamental porque permitió describir los sentimientos ajenos: de dolor, de alegría, de tristeza…y el lector pudo descentrarse y verse reflejado en ellos. Por ejemplo, la tortura era la forma normal de tratar a un presunto culpable, que todos lo eran, no había presunción de inocencia. Y la sociedad estaba acostumbrada a ver la tortura y las ejecuciones posteriores como un espectáculo. Ahora bien, cuando a través de la novela siente el dolor del otro, se siente identificado con otro que no le es nada y entonces empieza a tener repugnancia de la tortura como si la ejerciesen contra su hijo. Y es este paso cultural, sumado, como he dicho, a la argumentación filosófica y a la situación política la que hace que surjan los derechos del hombre y del ciudadano. Y es curioso que al principio no son universales, no entra la mujer, ni los negros…todo ha de ser conquistado poco a poco.

Pasamos a otro punto. Los derechos, como hemos dicho, no son naturales, son inventados, son artificiales. Artificios que nos permiten vivir mejor que antes de la Ilustración o que en cualquier parte donde no se respeten. No hay fundamentación dije antes. Lo que tenemos es un argumento histórico-pragmático que los justifica y los hace ético-políticamente deseables. Es mejor la libertad que la esclavitud, la igualdad, que el dominio del más fuerte, la justicia, a la venganza. Y todo esto es universal y no interfiere en las distintas culturas, es objetivo. Cuando interfiere hay que ver si esa cultura se salta la dignidad humana, es decir, si trata al hombre como un objeto o no. Si es lo primero esa forma cultural no es deseable. Como por ejemplo la discriminación de la mujer en muchas culturas, también ha sido así siempre en la nuestra, la esclavitud de los niños…y esto es la base del interculturalismo objetivo que nos lleva al cosmopolitismo y que tiene su principio filosófico en la siguiente sentencia de Terencio, “Hombre soy y nada de lo humano me es extraño” Es decir, que todos somos iguales y anhelamos igualmente la libertad y la felicidad y esto constituye la comunidad universal que es la fraternidad, la gran olvidada de la Ilustración y que hoy se entiende como un sucedáneo, la solidaridad.

Ahora bien, otra cosa muy distinta es que esto, políticamente, se ha utilizado por el poder imperialista y etnocentrista para someter a los países y esquilmar sus riquezas y sus culturas en nombre de la democracia y la libertad. Esto no, esto es una farsa del poder. Un engaño para justificar el propio poder. Y es lo que occidente ha hecho. De ahí la reticencia ante la universalidad de los derechos humanos. Los derechos humanos no es que sean una conquista, sino conquistables. Estamos en ello, son una guía ético-política de acción y de regulación, incluyente y no excluyente y en pleno desarrollo. Pero esta es la teoría. La práctica es el imperialismo y el poder. Pero por eso los derechos humanos nos pueden ayudar a ir contra ese imperialismo y ese poder. En la sociedad neoliberal en la que vivimos hemos dejado de ser sujetos paras convertirnos en objetos, concretamente, mercancías. Es decir, el poder nos instrumentaliza, otra forma de vasallaje. Y, por eso, es necesaria la lucha contra ese poder que, de momento, nos va ganando la partida.



Eso es lo que pasa, pero es debido a la propia disposición humana ante las explicaciones de lo real y el propio hombre. El hombre es más un animal de fe que de razón. Insisto mucho en esto cuando explico la ciencia, que es el caso ahora mismo. El propio Mario Bunge advierte de que la ciencia no es la verdad. Y tiene una frase muy ilustrativa al respecto. “Hay más verdades en una guía de teléfono que en toda la ciencia junta”. La ciencia o el saber tecnocientífico es muchas cosas y una de ellas es la búsqueda de la verdad. La actitud escéptica y de duda es fundamental en el quehacer científico y filosófico. Y esto es todo lo contrario a la actitud dogmática de la creencia. Tampoco toda creencia o, mejor, vivencia religiosa, tiene que ser dogmática.

                                               ---o---

Estamos sumergidos en el pensamiento único, en el discurso de que no hay alternativas. Hemos asumidos que nosotros los ciudadanos somos los culpables. Votamos por las reformas neoliberales, no nos rebelamos ante la pérdida de derechos. Cada vez estamos más al fondo de la caverna. O cada vez nos identificamos más con Matrix. Veo mala solución. Hemos aceptado voluntariamente nuestra minoría de edad, nuestra servidumbre. Somos vasallos. Nos hemos dejado engañar por un discurso económico críptico que no entendemos, pero que no habla de nuestra realidad, sino de la de los ricos que cada vez son más ricos y hemos quedado seducidos por ese lenguaje. Hemos aceptado la nueva religión del mercado, la nueva religión de la ciencia económica, que no es ciencia, sino ideología, y nos dirigimos hacia la oscuridad de una nueva Edad Media en la que triunfa la desigualdad entre amos y esclavos, en la que hemos perdido la dignidad, en la que triunfa la superstición, esta vez enmascarada de ciencia, la nueva religión, la nueva redención. Y los medios de comunicación (de control de las conciencias) al servicio de la nueva religión y del poder que para eso son sus dueños y desde sus púlpitos pontifican cómo ha de ser el mundo y así nos lo presentan y nosotros lo aceptamos. El gran engaño está servido y la civilización se hunde en la barbarie.

 

Cuando la ciencia se convierte en religión. El cientificismo.

Estoy explicando a mis alumnos el momento en el que surgen las ciencias y se desplaza a la filosofía declarándose incluso su muerte o desaparición. A la par un debate en las redes sociales sobre la ciencia en la que una amiga señalaba el carácter dogmático de la ciencia y la identificaba con la religión a la que la propia ciencia pretendía criticar me ha llevado, de nuevo, a reflexionar sobre el cientificismo. Pues bien, esta corriente de pensamiento, que pretende ser filosófica y, declarar, a la vez, que la filosofía ha cumplido su cometido y debe desaparecer y que cualquier otro discurso sobre la realidad no tiene sentido y que declara la primacía absoluta de la ciencia, no es ni ciencia, ni filosofía. Es una creencia ideológica infundada. Una creencia que se transforma en religión secular en manos del poder.

Y, curiosamente, el positivismo científico del XIX y el neopositivismo lógico del XX, que son los que han defendido esta posición se nos han colado en la política actual. Y esto es importante porque contamos con un discurso ideológico, de carácter religioso, aunque secular, que seduce al ciudadano y lo deja sin capacidad de pensar ni de ejercer la crítica. Se convierte, como todo dogmatismo, en una forma de control por parte del poder. Y es curioso que, el neopositivismo, aun pareciendo que estaba muerto y enterrado, el que le dio la estocada fue Popper y el que lo enterró fue Kuhn, pues está vivito y coleando. Lo que ocurre es que no aparece con este nombre. La religión de la ciencia, o la tecnofilia, o el digitalismo que dicen algunos, han abarcado todos los ámbitos de nuestra vida, porque ya no hablamos de ciencia, sino de tecnociencia, e inunda todas nuestras actividades. Esto hace que la tecnociencia, como el propio discurso que la sostiene, sean omnipresentes y su aceptación se viva como una evidencia; es decir, como una creencia. Porque lo característico de las creencias es que en las creencias se está, como decía Ortega, mientras que las ideas se tienen. Y en la medida en la que se está no se tiene la capacidad de salir fuera, de mirar con perspectiva para poder ejercer la crítica. Pues bien, este hecho que ha convertido la ciencia en creencia para el pueblo y que el poder utiliza como  instrumento de domesticación sirve y actúa en todos los ámbitos de la vida. Pero, como botón de muestra, y para que se vea el alcance de ello, me voy a fijar sólo en el orden económico establecido.

El orden económico vigente, el que defienden a capa y espada todos los partidos con capacidad de gobierno es el que se ha dado en llamar neoliberal. Es el capitalismo sin bridas, salvaje y desbocado. Este capitalismo está basado en una forma de entender la economía que se fue construyendo desde los años cincuenta hasta que comenzó a aplicarse al final de los setenta y principio de los ochenta y cobra su mayor fuerza con la caída del muro de Berlín, porque ello representó, lo que no es real, la caída de la alternativa al capitalismo. Pues bien, esto fue el paso que convirtió a la economía liberal en una religión. Se empezó a considerar que no había ningún discurso económico alternativo. La enseñanza de la economía en las universidades siguió esta dogmática de tal manera que no se enseñaba ni había la capacidad de aprender otro tipo de teorías económicas que cuestionasen la ortodoxia. Fue una conversión de la economía en teología dogmática. Por eso el economista Stiglitz habla del catecismo neoliberal cuando se refiere a las medidas que el neoliberalismo dicta a los estados para, supuestamente, salir de las crisis y crecer. Y esta teología dogmática se transforma en religión secular en manos del político cuando aplica dichas medidas. Y es en este momento en el que el ciudadano queda reducido al conjunto de creencias dogmáticas de esta nueva religión. El neoliberalismo reduce la sociedad a la economía, sólo existen los valores económicos, las personas son en tanto que son sujetos económicos, mercancías, con lo que dejan de ser sujetos y se convierten en objetos. Y es curioso como el nuevo Papa lo dice “la sociedad del mercado nos está robando la dignidad”; es decir, que estamos dejando de ser personas para ser tratados como objetos intercambiables. En definitiva, lo que decía Marx, el capitalismo reduce las relaciones humanas a relaciones de producción, es decir, de trabajo, por tanto aliena, es decir, elimina la dignidad. Me da igual quien lo diga, ni voy a clasificar, lo que sí voy a decir y mantengo es que es una descripción veraz de lo que está ocurriendo hoy en día. La religión secular de la ciencia económica en manos del poder económico y político nos promete la redención: las desigualdades desaparecerán por la mano invisible del mercado. (No sabemos cómo, porque lo que vemos es todo lo contrario, pero es que es lo que ha ocurrido a lo largo de toda la historia, una lucha de clases entre ricos y pobres y resulta que la van ganando los primeros.) No hay redención, ni paraíso, es una nueva utopía que nos promete el cielo pero nos trae el infierno. El problema es que los ciudadanos están inmersos en esta creencia y la viven religiosamente. Creen que habrá una salida de la crisis por las medidas de austeridad que enriquecen a los más ricos, aceptan, acríticamente, que han vivido por encima de sus posibilidades, cuando son los bancos y la especulación financiera quien ha producido la crisis y quienes han creado un mundo por encima de las posibilidades del propio mundo. Creen que el crecimiento económico es la solución, cuando el crecimiento económico es el motor del capitalismo y el origen de todos los males y del problema central que es el problema ecosocial. Pensar que se puede crecer ilimitadamente en un planeta finito es una locura, como decía un economista lúcido: eso sólo lo puede pensar un loco o un economista. El capitalismo ha rodeado al ciudadano de objetos y lo ha impulsado a un frenesí de consumo que no es más que un sucedáneo de felicidad. El consumo se ha convertido en un acto de redención. Claro, el consumo es lo que interesa al capitalismo. Pero esto es insostenible y es la raíz y el fondo de la crisis. Y, por último, el poder ha reducido al hombre a mera economía. Incluso el sistema de educación es un sistema de crear mercancía intercambiable. El plan Bolonia nos hablaba de que el objetivo de la enseñanza era la adaptabilidad al mundo cambiante en el que vivimos. La LOMCE, en España, nos lo dice mucho más claro, el objetivo de la educación es la empleabilidad. Es decir, se trata de producir mano de obra, mercancía en el mercado laboral. Nada de ciudadanos, ni de cultura, ni de ciencia, ni, mucho menos, de personas. La persona es un ser libre y autónomo, por tanto un enemigo del poder. La religión fabrica clones, el pensamiento da lugar a la diversidad. De lo que se trata es de educar a personas. A ciudadanos, no vasallos, que sean capaces de pensar este mundo y si lo creen necesario, mejorarlo. Pero para ello hay que salir de la religión secular en la que vivimos y entrar en el mundo de las ideas. La economía ha secuestrado el ágora y la razón. Es hora de recuperarla, pero para ello es necesario ser consciente de nuestro estado de alienación, de falta de dignidad, de domesticación y de vasallaje. En fin, creo que con esto se demuestra que el exceso de ciencia nos lleva a un dogmatismo religioso secular que tiene como dogma fundamental el de que el único discurso con sentido es el científico. Y, a partir de aquí, cuando este mensaje entra en la praxis política, pues caemos en el fanatismo mesiánico y en la violencia.

El fascismo y la xenofobia se extienden. Y se extiende entre los jóvenes y soy testigo de ello, como cualquier ciudadano, y como profesor de ética y educación para la ciudadanía. El problema es la crisis y las medidas de austeridad y recortes a la ciudadanía en beneficio del gran capital. Los ciudadanos empiezan a echar las culpas a los inmigrantes. Si no hay trabajo para nosotros, que se vayan los inmigrantes que ocupan nuestros puestos de trabajo, argumentan desde la ignorancia y el odio. Eso es xenofobia e inicio de fascismo. Curiosamente, también, esta posición se da entre los menos cultivados y los más domesticados. A aquellos que les queda capacidad crítica son capaces de ver que eso no es el problema; sino uno de los síntomas y de las consecuencias del problema. Y hay que tener conciencia histórica y humanismo. Primero hay que ser capaz de ponerse en el lugar del otro y pensar que todos somos personas. Y llegar a pensar en el libre tránsito de personas, porque por desgracia, en la globalización económica, que es lo que hay, lo que se ha globalizado es el capital y las transacciones financieras. En segundo lugar hay que tomar conciencia de que hemos sido un pueblo de inmigrantes, lo fuimos especialmente en la conquista de América, lo fuimos, desgraciadamente en el régimen tiránico nacionalcatólico del franquismo y, lo somos ahora. Encima, en este momento, nuestros emigrantes son los más cualificados. Nos estamos quedando sin la intelectualidad que sostenga el estado. Y, mientras, triunfa el discurso xenófobo en el que se demoniza al otro, el inmigrante, el pobre y se le acusa de ser el malvado, el criminal, el ladrón, el violador… Como si todos esos crímenes no se diesen también entre el común de los españoles, por no decir entre los ricos y poderosos, los ladrones de guante blanco, los estafadores del estado que llevan sus riquezas a paraísos fiscales ahorrándose la fiscalidad española, por un lado y, por otro, explotando al obrero, cuando no, contratándolo ilegalmente. Además de favorecerse de una reforma laboral hecha a la carta, para ellos, se entiende. Ni siquiera para el pequeño y mediano empresario, para el Ibex 35, por lo menos. Se avecina un peligro que acecha a toda Europa, a la vez que las democracias se descomponen y las instituciones, los que las encarnan, se corrompen, surge el discurso mesiánico de los nacionalismos, la xenofobia y el fascismo. Como he señalado muchas veces, el fascismo económico es la antesala del fascismo político. Y esta reflexión, y cierto miedo, han salido de los comentarios en una clase de educación para la ciudadanía. Verdaderamente estamos en peligro.



Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris