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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2014.

La actitud de la iglesia con respecto al conflicto de Gaza es, como siempre lo ha sido, endeble, oscura, hipócrita, sin compromiso. Vamos, que no se pringa. La iglesia nunca se opone a los poderosos. Desde que empezó la secularización, la iglesia no ha querido perder el norte del estado para obtener cualquier prebenda. Ante la injusticia mira hacia otro lado y no señala a los culpables. No quiere enemistarse con el poder. Pero no se puede ser neutral en un mundo que no lo es. En un mundo en el que hay ricos y pobres, fuertes y débiles, desalmados y nobles e injusticia por doquier. Y el núcleo de la religión es la moral, todo lo demás es mito y ritual. Por eso la iglesia rechaza la teología de la liberación, porque ésta se posicionó al lado de los pobres. Como decía Jon Sobrino “fuera de los pobres no hay salvación”. La iglesia se refugia en la oración. Ésta, sin señalar al culpable, no sirve de nada, salvo para anestesiar la conciencia del creyente, para no ver. La oración sigue siendo el opio recomendado por la iglesia contra la injusticia. Desde luego una gran lección de política maquiavélica, pero, a la vez, de inmoralidad.

 

 

La secularización y la Ilustración del mundo islámico es algo que no se puede exportar desde occidente por medio de la guerra y la sangre. El colonialismo hizo un daño tremendo a la posibilidad de esta secularización. Y el poscoloniamismo, lo mismo. Luego vinieron las guerras geoestratégicas y de control de las riquezas energéticas que se recubrieron del mensaje de exportar la democracia a los países musulmanes. Una patraña de los poderosos. El proceso de democratización del mundo musulmán es un camino que deben recorrer por sí mismo los países árabes. Pero es curioso que nosotros, los occidentales, estamos recorriendo el camino al contrario: perdemos democracia, perdemos derecho, perdemos dignidad...nos encaminamos a una nueva Edad Media. Quizás la esperanza esté en la emergencia de los BRICS y, con ello, de un mundo multipolar económicamente que exija, por ello, más democracia y más derechos humanos. Pero la cosa no pinta nada bien. Estamos bajo el influjo del espíritu prometeico. ¿Seremos una especie fallida que arramble con ella misma y gran parte de la biosfera, o tendremos solución? La respuesta está en nuestras manos.



"Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura si no justicia"...

Es la cordura de Don Quijote. Hoy se les enseña en los institutos y universidades que hay que adaptarse al mundo, por muy injusto que nos parezca. Y es el discurso hegemónico, todos lo admiten y lo consideran como inevitable. Hasta que no recuperemos la idea de que somos nosotros los que debemos cambiar el mundo y no el mundo a nosotros seguiremos siendo esclavos. Marionetas en manos de unos cuantos poderosos.

La vida como una ilusión. Existe, lo único, la disolución de todos tus átomos en el todo. Desaparece la unidad de la conciencia que es determinada forma de organizarse la materia y se acabó. Eso es la muerte.
Felicidad y tristeza son estados de ánimo. Juicios subjetivos. Cuando desaparece el yo, desaparecen esos juicios, por tanto, también el dolor. Pues eso es la muerte y lo que persiguen las religiones, la eliminación del dolor. La existencia del tiempo es la que marca la felicidad y el dolor. La eternidad es la ausencia del tiempo, por ello no hay ni felicidad ni dolor. Ése es el sentido de la vida eterna que nos promete la religión o el nirvana budista, mucho más realista, claro.

Bueno, pues ya tenemos aquí la alerta mundial. Como siempre el brote aparece en los países pobres y los ricos nos protegeremos cerrando nuestras fronteras a cal y canto. Y, esta vez, la cosa no es de broma. Estamos hablando de una enfermedad letal, en torno al 80% de mortalidad. El miedo a la muerte ayudará a las decisiones políticas de seguridad, nos gusten o no. Pero, mientras, hemos ido viviendo, durante décadas, en una burbuja de crecimiento ilimitado a costa de producir pobreza, miseria y muerte. Ahora son enfermedades, pero llegará la escasez de alimentos (grandes hambrunas), la de agua y la de los recursos energéticos. Y, mientras, se sigue pensando en las contradictorias políticas de crecimiento económico. No puede haber un crecimiento ilimitado en un planeta limitado. Estamos asistiendo a los avisos (crisis económica, emergencia de autoritarismo mercantil, países emergentes, desaparición de la democracia y los derechos humanos, guerras geoestratégicas y geoenergéticas, cambio climático, olvidado, pero es el epicentro), de un colapso civilizatorio. Tenemos que poner remedio, pero para ello hace falta voluntad ciudadana y conciencia. Los poderosos no lo van a hacer por nosotros.

En el mito del progreso que nace entre el Renacimiento y la Ilustración, el progreso se va a reducir al progreso científico-tecnológico, que supuestamente tendría una repercusión ético-moral dando lugar a una sociedad justa y feliz. En el Renacimiento y la Ilustración se unen el ideal religioso cristiano “Creced y multiplicaos y dominad la tierra” con el imperativo de la nueva ciencia “Conocer para dominar”, ya no se trata del mero hecho del saber por el mero hecho de saber de la antigua ciencia griega, como aparece en sus orígenes. Luego el optimismo ilustrado identifica educación con ilustración y ésta con liberación o libertad. Pero ésta ecuación resulta que no es cierta. Pasado los siglos nos hemos dado cuenta de que no existe esta relación causa efecto. Pero sólo unos pocos. La inmensa mayoría, incluidos nuestros gobernantes, piensan que el progreso, ahora visto como crecimiento económico, nos lleva a un estado justo y feliz. Y todo porque ha habido una pseudociencia, la economía, que se ha endiosado y ha embrujado a los poderosos. Y porque, por debajo de todo esto está el mito del cientifismo, que nos viene a decir que la ciencia es igual a la verdad, así, de forma religiosa o rebelada. Y de eso se ha recubierto hoy en día la economía y por eso el poder político obedece; eso, cuando no, el mismo poder político se identifica con el poder económico.

 

La historia no se puede reducir a ningún tipo de causalidad unívoca. Ello quita el protagonismo al sujeto de la historia que son los hombres. Tampoco se puede reducir a los grandes protagonistas de las historia, los grandes nombres. Estos son sujetos que estaban ahí en el momento justo y que canalizan todo un movimiento social. Hay tendencias en la historia, causalidad multívoca y responsabilidad y protagonismo de todos y cada uno de los hombres. Por eso no se podría hacer una historia estrictamente universal, porque necesitaríamos la historia de cada uno de los hombres. Los grandes nombres de la historia, para lo que nos sirven es para renunciar a nuestra responsabilidad y libertad. Lo mismo que ocurre con las teorías conspirativas de la historia. Nuestra debilidad nos lleva a la superstición y a la creación de héroes (o antihéroes) que asuman sobre sus espaldas toda la responsabilidad de determinadas circunstancias históricas.

 

El mal es connatural al hombre. Ello no quiere decir que el hombre sea malo por naturaleza, esto es un absurdo, por naturaleza el hombre no puede ser ni bueno ni malo. Puede ser agresivo o cooperativo. Y es las dos cosas. Pero el hombre ha generado cultura. Y de las múltiples formas culturales ha triunfado la nuestra, que es una cultura de la violencia, la depredación y la autodestrucción a la larga. La historia podría haber sido otra, pero es la que es. Cuando se habla de progreso no es más que un engaño, unas anteojeras reduccionistas que sólo nos dejan ver lo que a los poderosos les interesa impidiéndonos ver toda la maldad que las distintas formas de poder han utilizado para llegar donde han llegado. El resto de la humanidad no somos más que títeres engañados. Pero que, a pequeña escala nos comportamos como los grandes poderosos: nos mueve la ambición, la codicia, la fama, el dinero, las apariencias, parecer lo que no se es ante los demás. Me gustaría, no ya que la historia, sino la base de ésta, que el hombre, su condición, fuese otro. Pero nuestra condición humana es la que es, puede alcanzar lo más sublime y lo más bárbaro. Pero el hecho es que la historia de la humanidad, desde que comenzó el neolítico es una historia de horror y de crimen, de ambición, de poder, de desigualdad, de engaños, mentiras, crímenes, genocidios, torturas, dominación, esclavitud, vanidad e hipocresía. Algunas antorchas iluminan esa historia: grandes logros culturales, científicos, actos altruistas, descubrimiento de principios éticos cuasi universales, la conquista teórica de los derechos humanos, el arte, una de las formas que la cultura nos proporciona para escapar de la barbarie y que nos acerca a los dioses. Pero, el balance, a mi modo de ver, es negativo. Sólo hay que mirar a nuestro alrededor y contemplar el mal, por un lado, y, por otro, lo cerca que estamos del fin, de un colapso civilizatorio.

Yo pienso que la historia no tiene sentido. Perfectamente podría haber sido otra. Igual que el hombre, podríamos, perfectamente no haber existido y todo hubiese seguido igual. Todo lo que hemos construido es para nuestra supervivencia. Y, como resulta que somos seres sociales, pues necesitamos leyes para sobrevivir. Esas leyes son construcciones convencionales. No hay un derecho natural, porque no existe un dios trascendente. Existen las leyes de la naturaleza y de ahí emanamos nosotros y nuestra capacidad cultural. Nuestro único sentido es el de la naturaleza. Ahora bien, podemos dar un sentido a la historia, intentar transformar el mundo, porque al no haber sentido nada está determinado. Yo creo que el fin del que decide no jugar es, o bien, intentar cambiar las reglas, o aislarse monacalmente (asumiendo otras reglas, claro) o el suicidio. De ahí que Camus decía que la única cuestión filosófica relevante sea la del suicidio. La última opción es mejor evitarla hasta el final, al modo de los estoicos, mientras, hay que persistir aunque sea como observador. Pero, bueno, uno en ese momento es absolutamente libre.

 

“No concibo una vida feliz sin placer” Epicuro, fundador del hedonismo la teoría según la cual la felicidad reside en el placer. Ahora bien, el placer es fruto de la mesura, la sofroné griega es un concepto muy sutil y que se contrapone a la Hybris, la desproporción, lo prometeico. Nuestra civilización se ha fundado sobre este espíritu prometeico y así tenemos los problemas que tenemos. Por otro lado, el mismo Epicuro considera que el placer máximo es o son los placeres estáticos, los que proceden de la contemplación (la ciencia, el arte, la filosofía y la misma prudencia). Los placeres naturales, que son los necesarios para la vida misma están sujetos a la prudencia o la sabiduría. Es curioso que el fundador del hedonismo considere que el placer está en la austeridad. Así lo predica y así lo hace.  Obtenemos el máximo placer únicamente de lo necesario para vivir, si nos excedemos, nos produce dolor: una gran comilona, beber en exceso… El problema es que el hedonismo tiene mala fama porque ha sido transmitido por el cristianismo que ha visto en el cuerpo el mal. Otro problema es que lo que nos plantea Epicuro es un ideal de sabiduría, un camino. Por cierto, nada fácil. No hay que confundir hedonista con libertino.

Y otra cosa importante, éste ideal del sabio epicúreo o hedonista sería el prototipo del hombre transformado. Es decir, del hombre actual: consumista, hedonista, egoísta y nihilista que ha perdido la posibilidad del placer y con su actitud destruye el planeta y la humanidad, por el hedonista epicúreo, que es austero, que disfruta de los placeres naturales y necesario y de los placeres de la inteligencia, la conversación, la amistad, el arte, el conocimiento en general, la cooperación frente a la competencia. Este tipo de hombre sólo puede surgir de un nuevo modo de producción: el ecosocialista ligado a la economía del decrecimiento que conlleva todos estos valores.

Contra la moda de la inteligencia emocional.

Igual que ha habido un predominio de la razón calculadora desde el Renacimiento, ahora se pretende dar rienda suelta a las emociones y los sentimientos, por encima, incluso, de la mesura y la prudencia. Esto es un problema que, por lo demás, tiene graves consecuencias en la educación. Porque elimina: la disciplina, el hábito, la costumbre, el esfuerzo y la autoridad. Confundiendo el dar rienda suelta a los sentimientos y emociones con la creatividad. Lo primero no es más que anarquía y capricho. Y este último no es más que una forma de esclavitud. Frente a la virtud que es el dominio de las pasiones por medio del ejercicio, la disciplina y la autoridad. Y esto no es, de ningún modo, extirpar las pasiones, ni emociones, ni sentimientos. Es canalizar. Tampoco es domesticar, porque no somos todos iguales ni tenemos la misma intensidad en nuestras emociones y sentimientos, como tampoco en nuestra capacidad de dominio sobre ellos. Razón, emociones y sentimientos van absolutamente unidos. Y no se ha descubierto ningún Mediterráneo al hablar de razón emocional. Lo que sí es cierto es que las neurociencias están aportando un contenido empírico a lo ya sabido. No hay más que leer a Spinoza o, mejor aún, Dostoiesvki. El primero hace el mayor estudio que sobre las pasiones se haya hecho jamás, de cómo nos afectan, de cómo dirigirlas y de cómo a través de ellas (los afectos) conquistar la libertad. El segundo nos ofrece una descripción de las profundidades del alma humana. Por eso no es raro que los grandes neurocientíficos (Antonio Damassio escribe un libro siguiendo el hilo de la Ética de Spinoza y otro en la senda de descartes, lo mismo podemos decir de francisco Rubia…) acudan a estos autores en busca de inspiración. Otra cosa es su trabajo empírico. Ciencia, filosofía y literatura son formas distintas de conocimiento.

Los sentimientos son sentimientos, no actos morales. De los actos morales sí podemos hablar de buenos y malos, aunque no nos pongamos de acuerdo en cuáles sean buenos o malos. Yo he hablo de canalizar los sentimientos, no de negarlos ni reprimirlos. Sin ira no hay valentía, ni indignación, por ejemplo. Sin concupiscencia no hay placer, y sin placer no hay felicidad. Cuando yo hablo de vicios me refiero a los sentimientos no canalizados que te esclavizan. Otra cosa importante es que hay que dar rienda suelta a los sentimientos. Absolutamente cierto. Y la cultura, por medio de sus rituales, se ha encargado de ello. La tragedia, por ejemplo, que nace en Grecia, precisamente es eso lo que hace. Pero la catarsis de los sentimientos, que es lo que se pretende, es precisamente una forma de educación de los mismos y de socialización. Los sentimientos, por sí mismos nos esclavizan, cuando se convierten en mero vicio, no en una explosión catártica que lo que hace es “limpiar” de alguna manera la psique. La virtud, que es la mesura, la medida de los sentimientos, nos hace libres. El valiente es libre, no es que no tenga miedo, sino que está por encima de él. El cobarde es esclavo del miedo, éste le domina. Razón y sentimientos, éticamente hablando ( es decir, lo que ocupa la mayor parte de nuestra vida) son indistinguibles, por eso podríamos hablar, junto con la catedrática de ética y filosofía política, Adela Cortina, de razón cordial (cordial viene de corazón en latín, símbolo de la sede de los sentimientos), o, junto con el filósofo José Antonio Marina, razón ética o inteligencia ética. El problema es que cuando hablamos de razón siempre la reducimos a la razón lógico matemática, pero ésta es sólo una clase de razón, y, precisamente, no tiene nada que ver con la vida. Y el problema viene precisamente por el triunfo de la ciencia moderna al utilizar esta modalidad de razón o inteligencia que ha reducido la inteligencia y la razón a esta modalidad. La recuperación de los conceptos de inteligencia emocional hasta cordial y ética (que sería la inteligencia superior en el sentido de que engloba a las demás) ha sido un gran logro. A la par que recupera la sabiduría del pasado, tanto de la filosofía, como del arte y la religión lo fundamenta con los nuevos estudios empíricos de las neurociencias.

Echar la culpa a los docentes, acusarlos de corporativismo…es absurdo. Son muchos los defectos del cuerpo de profesores: su indiferencia, su falta de conciencia, no creen en sí mismos y su importancia,… Pero, todo ello, no tiene nada que ver con la calidad de la enseñanza. Ésta emana de las leyes educativas que son las que ponen el marco desde el que se actúa. De modo que los máximos responsables son los políticos y sus leyes. Leyes que están sustentadas por una ideología mercantilista y por otra ideología pedagógica. Lo del anacronismo de la educación es una tontería. Qué más da enseñar con un libro electrónico que con una pizarra y una tiza, o, como Euclides, Escuela de Alejandría, un palo y arena. El proceso de la transmisión del saber y los valores, entre ellos el fundamental: el amor al saber, está por encima de las tecnologías. Las NN.TT. son un mito creado por los mercados que necesitan demanda y nos intentan convencer de que si no nos montamos en el carro la educación se queda atrás. Pues yo pienso que esto es un gran engaño y que, si bien las NN.TT. a veces ayudan, son un simple medio, no un fin. Pero, digo más, a veces, entorpecen y mucho. Las nuevas tecnologías transforman nuestro cerebro y en muchos casos para peor. Ya está bien de mitos y nuevas redenciones. La educación está mal y llamada a desaparecer, sobre todo la pública, por cuestión legal e ideológica. Todo lo demás es pura paja.

El mito y la religión han sido formas de explicación del mundo, la naturaleza. El surgimiento de la ciencia (su segundo surgimiento, en el Renacimiento, ya existió antes en Grecia, pero desapareció, como está ocurriendo hoy en día) desplaza al mito y la religión como formas de entender y explicar el mundo. Las instituciones religiosas se resisten. La batalla al principio es dura y cruel, porque en el fondo es una cuestión de poder. Poco a poco se cede el terreno a la par que la religión (la iglesia) pierde poder. Pero el conflicto permanece. Y, luego, curioso, nuestro cerebro funciona en este ámbito de forma esquizofrénica. Se puede ser un gran científico y un perfecto creyente. Y eso es así porque las áreas del cerebro implicadas son distintas. Claro, al científico creyente pues hay que decirle que delira cuando intenta explicar fenómenos naturales por medio de la fe, o creer en un dios uno y trino, o la virginidad de Mario, sin comentarios… Ya digo, fruto de una escisión en nuestro cerebro. Y ello no implica que la ciencia sea la única manera de entender el cosmos. Para empezar la ciencia no es la verdad, sino la búsqueda de la verdad, además de muchas cosas más y, para seguir, la ciencia entiende la naturaleza desde su dimensión lógico matemática. Un poeta interpreta un atardecer de otra manera igualmente válida. Lo que ocurre es que no está dentro de la metodología científica.

El asunto de la psicología positiva y las promesas de felicidad, no sólo es que se desmontan científicamente, aino que filosóficamente son también una barbaridad. Para fundamentarlo habría que extenderse, pero no lo haré. Sólo un par de matizaciones. La primera es que, el concepto que se usa de felicidad en la psicología positiva basada en la inteligencia emocional, es muy pobre. Sólo se refiere a las sensaciones positivas, al sentirse bien. El mero bienestar. No se relaciona ni con las virtudes, ni, mucho menos, con la libertad. Y, en segundo lugar, está incardinada absolutamente en el posmodernismo. En el paradigma de un hombre hedonista, egoísta y nihilista. Sólo busca su propio bienestar para llenar el vacío de su ser tras la muerte de la modernidad: el sentido del mundo, de la vida, la esperanza… frente a esto nos queda la desesperación y el nihilismo. Pero el nuevo dios, el mercado, que no es un ente abstracto, son unos cuantos de nombres, nos proporcionan las recetas de la felicidad por medio del consumo. Y la felicidad que nos promete la psicología positiva no es más que un objeto de consumo y una adaptación al mundo en el que vivimos. Todo es competencia y nada es cooperación, todo es adaptación y nada es transformación. Sumisos y esclavos, pero todos sonrientes.

¡Qué cansancio de gente que descubre el Mediterráneo y le pone nombre a su ignorancia! Si puede ser un nombre técnico para pasar por científico, mejor, así no se duda de su verdad. Lean a Aristóteles, a Séneca, Marco Aurelio, Kant, Spinoza, Schopenhauer, Kierdkegar, Nietzsche, Cioran, Leopardi, Fernando Pessoa...  Allí encontrarán esa inteligencia emocional de la que tanto hablan y sin salirse de la cultura occidental. Ya está bien de renegar de occidente. La civilización grecoromana y cristiana (soy ateo, pero eso no tiene nada que ver) nos ha librado de la barbarie. Sus valores han encumbrado al hombre. Otra cosa es la historia del poder, que no es la de la civilización ni la de las ideas, aquí ha habido crimen, genocidio y todo lo horrendo que el hombre puede hacer. Pero igual que en el resto del mundo. Y ya vale de tanto snobismo oriental. Escuchen el mensaje de Buda, de Lao Tze y verán las similitudes con los estoicos o con el maestro Eckhart, Juan De la cruz,…Ya está bien de neolengua y doble pensar. Vaya farsa de mundo orweliano. Abandonamos la civilización y emprendemos el camino hacia una nueva barbarie.

Una vez que hicimos la crítica a la psicología positiva lanzo aquí un esbozo de lo que sería una propuesta constructiva en la que se unen ética, política y derecho.

Lo que defienden los epicúreos, los padres del hedonismo o de la teoría según la cual no hay vida feliz sin placer. Ése es el modelo del sabio o del hombre feliz. Riechmann también y yo mismo lo considero así. Pero el placer es el de los bienes naturales y necesarios para la propia vida. Y, aun así, de forma mesurada, prudente. Por eso la prudencia, la sophrone es la mayor de las virtudes: la sabiduría. Y es cierto también que pasado un límite de riqueza, no aumenta el placer, ni la felicidad, sino la frustración y la ambición.

Unir el decrecimiento con la ética epicúrea es algo necesario. Pero no es suficiente. Esto lo he discutido con Riechmann. La sabiduría no se le puede exigir a todo el mundo. Ya sabemos que ésta se encuentra en la mesura de los placeres naturales y necesarios y en el placer que proporciona la inteligencia: la ciencia, el arte, la contemplación. Pero no todo el mundo puede alcanzar esto por sí mismo. Por eso lo que le falta, y es lo que yo discutía, es un programa político que dé lugar a una legislación que nos obligue a la austeridad. Y eso sería la política del decrecimiento enmarcado dentro del ecosocialismo. Por tanto, una política y una ética ecológica recogida legalmente. Y, de esa manera, pasaríamos del paradigma del antropocentrismo al del ecocentrismo. A su vez, la ética ecológica estaría basada en el principio de responsabilidad de Hans Jonas. No sólo somos responsables (ética y jurícamente) de nuestros actos del presente y el pasado, sino también de aquellos que repercuten en el futuro del hombre, en las generaciones futuras o en el otro que está distante. Y, claro, como decía, esta ética necesita de una nueva legislación. Por eso el individuo por sí sólo no puede cambiar el mundo, hace falta la política. En el ecosocialismo, pues, se unen ética, política y derecho. Creo que es la única alternativa viable para la humanidad y al modelo de producción capitalista. Porque decrecer vamos a decrecer, o, a la fuerza, como ahora, pero todavía más a lo bruto, o programado políticamente y de forma progresiva.



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