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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2014.

Cada vez creo más en la fuerza de las ideologías, ahora que dicen que han muerto, y, sobre todo, en las conspiraciones. Nunca pensé que un racionalista crítico como yo acabase defendiendo teorías conspirativas de la historia, pero es que los hechos son tozudos.

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La necesidad de un mesías, un salvador, un paraíso es connatural al hombre. Forma parte de la esperanza, pero esta esperanza, generalmente da lugar a la creación de infiernos en la tierra, las menos hace posible un avance ético-político de la humanidad.

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                               Teocracia o ley del aborto.

                Les suelo decir a mis alumnos que nuestra civilización se asienta sobre dos pilares: uno en Atenas, la filosofía y la ciencia y otro en Jerusalén, el origen del cristianismo que cuajaría definitivamente en Roma y éste sería un tercer pilar con su estado, su derecho, sus comunicaciones, su ciudadanía y su inmenso sincretismo. Pues bien, cae el imperio romano y retrocedemos ocho siglos. Llega una época de barbarie, oscurantismo, superstición, vasallaje y teocracia. Es decir que el fundamento de la ley social va a residir en la ley divina. Pues esto es lo que está ocurriendo en nuestra España en la que se aúna el dios mercado con el dios cristiano más reaccionario y sectario. Y lo digo por lo que está ocurriendo con el aborto y lo que llevamos soportando, en todos los gobiernos, y en todo el mundo, con la eutanasia.

                Hay varios errores que me gustaría señalar. El primero de ellos es la primacía que se da a la vida como valor fundamental. Es obvio que la vida es uno de los valores fundamentales. Es más, y no hay que confundir, la vida es el soporte de los valores y los bienes, en realidad, no es un valor en sí. Pero el cristianismo considera que la vida es un valor, es más, es un don divino. Es decir, que es un regalo otorgado por dios y que, por ende, no nos pertenece. De ahí que ni aborto ni eutanasia, ni suicidio asistido, ni cuidados paliativos. Pero el catolicismo tiene la vocación de universalidad, para eso se llama católico (universal) y pretende que su creencia, siempre particular, sea convertida en ley universal. Pues bien, a esto se le llama teocracia y es un atropello contra la libertad de conciencia, de creencia y de acción. Las leyes en una democracia deben ser abiertas, es decir, que dejen margen a las prácticas que se derivan de las creencias particulares, siempre que éstas no atenten contra la dignidad de la persona y contra la propia democracia. Porque la tolerancia también tiene sus límites que son, precisamente, los de la intolerancia.

                En segundo lugar, en el caso del aborto, se atenta contra el derecho de la mujer a decidir sobre su propia vida. Se antepone un “derecho” con fundamento teológico del no nacido, que ni siquiera es persona, aunque lo sea en potencia, sobre la persona real y en acto. Esto es una auténtica barbaridad moral. Es la pérdida de la dignidad de la mujer, de su autonomía y de su libertad. Es caer en la desigualdad entre hombre y mujer que la iglesia defiende y practica. La lucha por la igualdad ha sido ardua y ha dejado muchos cadáveres en la cuneta, como para que ahora, un gobierno pseudodemocrático, la tire por la borda. El fundamento de la ley no puede caer nunca del lado de la religión, sino de los principios éticos que animan el espíritu de los derechos humanos. Bastante tiene la mujer con sufrir la violencia de género, cuyo origen está también en la tradición cristiana que la considera inferior y posesión del hombre así como la vía de la entrada del mal en el mundo, como para verse ahora tutelada por un estado inspirado en el más rancio catolicismo. Un catolicismo que ha olvidado la ética evangélica.

                Una tercera observación es sobre el no nacido. ¿Quién es el gobierno y la iglesia a sus espaldas para permitir el sufrimiento atroz y de por vida de una persona? Esto sólo se puede entender desde el fanatismo, el sadismo y la hipocresía (claro porque los ricos, como lo han hecho siempre, se irán a abortar a otro país) Y esto es el resultado de anteponer la vida como valor supremo a la dignidad y la felicidad. Es lo mismo que ocurre con la eutanasia, aunque a ésta le dedicaremos otro escrito. La vida sin dignidad no merece la pena de ser vivida y uno debe ser libre de decidir si quiere seguir viviendo o no. Pero en el caso del no nacido no se puede ni siquiera plantear la cuestión. A éste se le obliga por ley a vivir en el sufrimiento. Y se condena a los padres a una existencia limitada al cuidado del hijo enfermo y sufriente. Doble condena, el cuidado permanente y soportar el sufrimiento de tu hijo. Cuando un hijo es todo lo contrario, es alegría, afirmación de la existencia, su cuidado es una proyección hacia el futuro, verlo crecer es ir vislumbrando su autonomía, que algún día, aunque nos duela, se hará total. Un hijo es libertad y dignidad. Pero la moral católica nos enseña la resignación, que en el fondo no es más que resentimiento.

Mi deseo a todas las mujeres en particular y a la sociedad en general de que esta ley nunca se lleve a cabo.

 

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Me encanta coincidir con los creyentes, pero esto sólo ocurre cuando no son fundamentalistas teológicos, sino seguidores de la ética evangélica. Al fin y al cabo, creyentes y ateos, procedemos de la filosofía griega y la religión cristiana. Esos pilares son irrenunciables por muy afilosófico o ateo que uno sea, o ignorante de la filosofía y la religión. Ambas forman parte de nuestro inconsciente colectivo o de la cultura.

Me encanta coincidir con los creyentes, pero esto sólo ocurre cuando no son fundamentalistas teológicos, sino seguidores de la ética evangélica. Al fin y al cabo, creyentes y ateos, procedemos de la filosofía griega y la religión cristiana. Esos pilares son irrenunciables por muy afilosófico o ateo que uno sea, o ignorante de la filosofía y la religión. Ambas forman parte de nuestro inconsciente colectivo o de la cultura.

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Lamentable e impresentable. Yo no entiendo como la ciudadanía en general permite esto, menos como los simpatizantes y los militantes lo permiten. Está claro que vivimos en una democracia de cartón y que es necesario refundarla. De lo contrario aceptemos de una puñetera vez que estamos y queremos ser dominados por una casta, una élite impresentable y corrupta. Pero si lo admitimos no tenemos el derecho de llamarlos así, porque somos nosotros los que lo permitimos votándolos.

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Cierto, la LOMCE, es un engaño, pura retórica. No se trata de un modelo meritocrático, dentro de una democracia, que es lo suyo. Sino de un modelo competitivo inspirado en el capitalismo salvaje. En cuanto a la autoridad también es cuestionable. El profesor como autoridad legal no es algo necesario si el marco educativo fuese distinto. La LOGSE ha democratizado la enseñanza convirtiéndola en algo horizontal, ése es su modelo pedagógico, y eso, entre otras razones, arruina el aprendizaje y la autoridad del profesor. Hay que entender que hay ámbitos no democráticos, como es precisamente el proceso de aprendizaje y es aquí donde surge la autoridad moral e intelectual del profesor, por un lado, y la meritocracia, por otro. Sin abandonar al que menos da de sí, pero fomentando la excelencia. Y esto está ya en el discurso fúnebre de Pericles sobre la democracia. La democracia no es igualdad ontológica, sino de oportunidades y nada más. La democracia, en la enseñanza, debe fomentar la excelencia intelectual y, para eso sólo hace falta autoridad intelectual y moral del profesor.

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Ejemplaridad moral y política. El secreto de la no exclusión es la concepción del hombre como uno, como humanidad. Ése debería ser el imperativo moral de todo dirigente político. Pero el problema es que, de hecho, en el mundo de la política la moral ha sido tirada por el desagüe.

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Democracia y educación.

 

Queda claro que en cualquier régimen autoritario o totalitario la educación viene dirigida por el poder. Lo que no está claro es que eso ocurra en las democracias. Lo que yo voy a mostrar aquí es que eso también ocurre en democracia, sobre todo cuando éstas han dejado de ser tales y el logos nos es el centro, sino, en nuestro caso, el mercado.

La democracia surge en Atenas como realización del diálogo. Y éste se realizaba en el ágora. La característica del ágora es que es un lugar vacío, la plaza rodeada de los edificios públicos. Y nos preguntamos quién habita el ágora. El ágora está ocupada por el logos: la razón, el discurso, el lenguaje, la argumentación… Y es esto lo que hace posible la democracia y la educación. Porque el diálogo es asumir que nadie tiene la razón, por tanto, tampoco la verdad, sino que la razón es compartida y, a su vez, instrumento de la conquista de verdades provisionales que habrá que ir perfeccionando con el tiempo. Ahora bien, cuando este espacio ocupado por el logos es desalojado por la fuerza y ocupado por algún poder, religioso, militar, tiránico…entonces se acaba el diálogo y se acaba la democracia y todo lo que ello conlleva. En nuestros días ese espacio lo ocupa el mercado. De ahí que nuestras democracias sean partitocracias oligárquicas, democracias de muy baja intensidad en la sque los ciudadanos son cada vez más vasallos y menos ciudadanos.

Nuestra democracia al ser representativa acaba en partitocracia. El problema es que se gobierna para el partido, el partido busca el poder. La educación se convierte en un arma del poder a través de la cual transmitir el pensamiento único.

Sin embargo el objetivo de la educación debería ser la ciudadanía y la libertad. Es el objetivo con el que nace la educación moderna desde la Ilustración. Pero ya en el siglo siguiente lo vio claro Niestzche y se dio cuenta de que la educación es una forma de adoctrinamiento de masas. Los objetivos de la educación como los contenidos son marcados por el poder y el poder no quiere ni libertad, ni disidencia, sino obediencia y sumisión. En un totalitarismo está claro que la educación es un instrumento del poder. Pero la democracia no escapa a esto. Tanto en su conjunto o estructura, el poder en tanto que tal, trata de perpetuarse, como particularmente, en este caso el partido que gana las elecciones pretende encontrar en la educación un vehículo de transmisión de su ideología.

En cuanto al mito de la democracia dentro de la educación. Pues eso es algo que ha venido con la nueva pedagogía. Y aquí el problema es que hay zonas donde la democracia no existe ni se puede aplicar y una de ellas es precisamente el proceso de aprendizaje. La nueva pedagogía lo que hace precisamente es intentar democratizar este proceso convirtiéndolo en un proceso horizontal (maestro-alumno) De ahí el sofisma de que hay que enseñar a aprender a aprender y de ahí lo de las competencias. El proceso de aprendizaje es vertical y va desde el que no sabe al que sabe. Por supuesto que se puede hacer mediante un diálogo socrático, en muchos casos, que no siempre (el alumno tiene que aprender conceptos y memorizarlos y, a partir de ellos aprender. Desde la nada no se puede aprender), pero en este diálogo el que pregunta ya sabe la respuesta y dirige el aprendizaje, el camino que ha de seguir el que aprende. Le ayuda a reconstruir el conocimiento, pero previamente él tiene ya el conocimiento. Y para que el conocimiento quede fijado el alumno deberá memorizar, fijar conceptos y esto es lo que requiere del esfuerzo. Si seguimos el modelo horizontal la educación se convierte en una mediocracia. Y eso ha sido lo que ha ocurrido con el modelo LOGSE-LOE. Ahora bien, esto procede de un mal entendimiento del concepto de igualdad. La igualdad se refiere a la igualdad de oportunidades, no un igual aprendizaje para todos, ni una igualdad natural u ontológica. Y este falso concepto de la igualdad se une a otro falso concepto que es el de la obligatoriedad. Si la educación es obligatoria, necesariamente es un instrumento del poder. Ahora bien, el que no sea obligatoria no implica que no sea accesible absolutamente a todo el mundo: desde la educación infantil al doctorado. Una educación pública y gratuita desde la infancia al doctorado. Así, concluyendo, el proceso de aprendizaje debe ser vertical porque ésa es su propia naturaleza y no puede ser democrático, porque las diferencias existen y son reales. Y ese proceso vertical basado en el esfuerzo y el respeto a la autoridad intelectual y moral se convierte en una meritocracia. Pero de ésta ya hablaremos en otro momento.

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Vamos a ver la justicia si lleva a la igualdad, siempre que ésta sea de oportunidades. La igualdad es una consecuencia, no es algo de lo que se pueda partir. La justicia viene dada, es algo de lo que se parte, por imperativo legal tras la aprobación de un conjunto de leyes. La libertad es el germen del que puede surgir la justicia, pero sólo la justicia, a su vez, el sistema de leyes, puede garantizar la persistencia de la libertad. Libertad e igualdad son compatibles siempre desde un marco que las limita y las regula que es la justicia. Y, todo ello, sólo es posible desde un marco más general y previo que las pone como praxis política, es decir como algo que hay que conquistar, porque la democracia no es ni será nunca algo hecho y dado de una vez, que es, como digo, la democracia.

 



Pero es que en la antropología impera un mito que es el del relativismo en todas sus versiones y esto, desde los tiempos de Sócrates y ahora, en la actualidad, queda demostrado que es un error sin caer ni en absolutismos, ni en etnocentrismos. El relativismo en la actualidad es defendido por el posmodernismo y éste como ideología solapada del poder nos está haciendo un tremendo daño. Es la cuartada para el gobierno del más fuerte y para, en el fondo, defender un discurso fuerte, nada relativista, al contrario, absolutista y de carácter religioso, que es el neoliberal. Y, por último, hay más antropología que la oficial u ortodoxa, como ocurre igual con la economía. El relativismo es un peligro y nos lleva a la degeneración moral y política.

Democracia y educación.

 

Queda claro que en cualquier régimen autoritario o totalitario la educación viene dirigida por el poder. Lo que no está claro es que eso ocurra en las democracias. Lo que yo voy a mostrar aquí es que eso también ocurre en democracia, sobre todo cuando éstas han dejado de ser tales y el logos nos es el centro, sino, en nuestro caso, el mercado.

La democracia surge en Atenas como realización del diálogo. Y éste se realizaba en el ágora. La característica del ágora es que es un lugar vacío, la plaza rodeada de los edificios públicos. Y nos preguntamos quién habita el ágora. El ágora está ocupada por el logos: la razón, el discurso, el lenguaje, la argumentación… Y es esto lo que hace posible la democracia y la educación. Porque el diálogo es asumir que nadie tiene la razón, por tanto, tampoco la verdad, sino que la razón es compartida y, a su vez, instrumento de la conquista de verdades provisionales que habrá que ir perfeccionando con el tiempo. Ahora bien, cuando este espacio ocupado por el logos es desalojado por la fuerza y ocupado por algún poder, religioso, militar, tiránico…entonces se acaba el diálogo y se acaba la democracia y todo lo que ello conlleva. En nuestros días ese espacio lo ocupa el mercado. De ahí que nuestras democracias sean partitocracias oligárquicas, democracias de muy baja intensidad en la sque los ciudadanos son cada vez más vasallos y menos ciudadanos.

Nuestra democracia al ser representativa acaba en partitocracia. El problema es que se gobierna para el partido, el partido busca el poder. La educación se convierte en un arma del poder a través de la cual transmitir el pensamiento único.

Sin embargo el objetivo de la educación debería ser la ciudadanía y la libertad. Es el objetivo con el que nace la educación moderna desde la Ilustración. Pero ya en el siglo siguiente lo vio claro Niestzche y se dio cuenta de que la educación es una forma de adoctrinamiento de masas. Los objetivos de la educación como los contenidos son marcados por el poder y el poder no quiere ni libertad, ni disidencia, sino obediencia y sumisión. En un totalitarismo está claro que la educación es un instrumento del poder. Pero la democracia no escapa a esto. Tanto en su conjunto o estructura, el poder en tanto que tal, trata de perpetuarse, como particularmente, en este caso el partido que gana las elecciones pretende encontrar en la educación un vehículo de transmisión de su ideología.

En cuanto al mito de la democracia dentro de la educación. Pues eso es algo que ha venido con la nueva pedagogía. Y aquí el problema es que hay zonas donde la democracia no existe ni se puede aplicar y una de ellas es precisamente el proceso de aprendizaje. La nueva pedagogía lo que hace precisamente es intentar democratizar este proceso convirtiéndolo en un proceso horizontal (maestro-alumno) De ahí el sofisma de que hay que enseñar a aprender a aprender y de ahí lo de las competencias. El proceso de aprendizaje es vertical y va desde el que no sabe al que sabe. Por supuesto que se puede hacer mediante un diálogo socrático, en muchos casos, que no siempre (el alumno tiene que aprender conceptos y memorizarlos y, a partir de ellos aprender. Desde la nada no se puede aprender), pero en este diálogo el que pregunta ya sabe la respuesta y dirige el aprendizaje, el camino que ha de seguir el que aprende. Le ayuda a reconstruir el conocimiento, pero previamente él tiene ya el conocimiento. Y para que el conocimiento quede fijado el alumno deberá memorizar, fijar conceptos y esto es lo que requiere del esfuerzo. Si seguimos el modelo horizontal la educación se convierte en una mediocracia. Y eso ha sido lo que ha ocurrido con el modelo LOGSE-LOE. Ahora bien, esto procede de un mal entendimiento del concepto de igualdad. La igualdad se refiere a la igualdad de oportunidades, no un igual aprendizaje para todos, ni una igualdad natural u ontológica. Y este falso concepto de la igualdad se une a otro falso concepto que es el de la obligatoriedad. Si la educación es obligatoria, necesariamente es un instrumento del poder. Ahora bien, el que no sea obligatoria no implica que no sea accesible absolutamente a todo el mundo: desde la educación infantil al doctorado. Una educación pública y gratuita desde la infancia al doctorado. Así, concluyendo, el proceso de aprendizaje debe ser vertical porque ésa es su propia naturaleza y no puede ser democrático, porque las diferencias existen y son reales. Y ese proceso vertical basado en el esfuerzo y el respeto a la autoridad intelectual y moral se convierte en una meritocracia. Pero de ésta ya hablaremos en otro momento.

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Vamos a ver la justicia si lleva a la igualdad, siempre que ésta sea de oportunidades. La igualdad es una consecuencia, no es algo de lo que se pueda partir. La justicia viene dada, es algo de lo que se parte, por imperativo legal tras la aprobación de un conjunto de leyes. La libertad es el germen del que puede surgir la justicia, pero sólo la justicia, a su vez, el sistema de leyes, puede garantizar la persistencia de la libertad. Libertad e igualdad son compatibles siempre desde un marco que las limita y las regula que es la justicia. Y, todo ello, sólo es posible desde un marco más general y previo que las pone como praxis política, es decir como algo que hay que conquistar, porque la democracia no es ni será nunca algo hecho y dado de una vez, que es, como digo, la democracia.

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Pero es que en la antropología impera un mito que es el del relativismo en todas sus versiones y esto, desde los tiempos de Sócrates y ahora, en la actualidad, queda demostrado que es un error sin caer ni en absolutismos, ni en etnocentrismos. El relativismo en la actualidad es defendido por el posmodernismo y éste como ideología solapada del poder nos está haciendo un tremendo daño. Es la cuartada para el gobierno del más fuerte y para, en el fondo, defender un discurso fuerte, nada relativista, al contrario, absolutista y de carácter religioso, que es el neoliberal. Y, por último, hay más antropología que la oficial u ortodoxa, como ocurre igual con la economía. El relativismo es un peligro y nos lleva a la degeneración moral y política.

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Sobre la nueva enseñanza que pretende una innovación total. Contra el prejuicio y el tópico de las clases magistrales para desacreditar la educación como proceso que va del que sabe al que no sabe y quiere aprender.

¿Qué es una clase magistral? A mí me han dado pocas, pero cuando lo han hecho mi cerebro se ha conmovido y mi ser entero. Por otro lado esa innovación no es tal, es algo ya sabido desde siglos, como la educación emocional, ya Aristóteles lo decía en la “Ética a Nicómaco”, y Platón lo decía con su teoría del alma al decir que el alma racional debe guiar a las pasiones o emociones o sentimientos y que en ello ha de basarse la educación. Sócrates inaugura el diálogo, la mayeútica, ahora lo llaman, con un sofisma y una tautología, aprender a aprender porque lo han vaciado de contenido. El problema es que la psicopedagogía cree descubrir cosas ya descubiertas, eso por un lado y, por otro, su cientificismo la ha hecho caer en un empirismo ramplón que se ha dejado muchas cosas en el tintero a la hora de tratar la educación por el hecho de no ser observables en el sentido neopositivista, como es el caso de la voluntad, la disciplina, la autoridad, el hábito, la costumbre. Por mi parte no me resisto al cambio, precisamente en este momento estoy leyendo tres libros a la vez de pedagogía (recogidos en J.A. Marina, Talento, motivación e inteligencia. Las claves de una buena educación. Ed. Ariel) en el que se mezcla lo tradicional con los nuevos descubrimientos de la psicología y la pedagogía que vienen a confirmar mucho de lo tradicional. Y cuidado con lo nuevo muchas veces no son más que espejismos, en el caso mejor, y en el peor, intereses económicos, como en el caso de las nuevas tecnologías, otro mito, para vender cacharrería. Y con ello no quiero decir que no sean interesantísimas las posibilidades de las nuevas tecnologías en la educación.

Y sigue:

Como siempre, Paco, te vas por los cerros de Úbeda, personalizar no está dentro de la argumentación. Pero te responderé con algo que ya escribí en un diario filosófico “Pensamientos contra el poder”, decía: “me temo que cada vez soy peor profesor y quizás mejor filósofo” y ahora añado que, para los mejores, quizás en algunos momentos haya sido un maestro. Lo que sí te digo es que el fin del conocimiento es la comunicación, hacer partícipe al otro, provocar la inquietud, la admiración y el reconocimiento de su propia ignorancia. Esto abre las puertas de la motivación. ¿Puede hacerse esto con todos los alumnos y en todos los niveles? Pues no. Ese es el fallo de la ley, la obligatoriedad. Ni el sermón de la montaña conmovería a gran parte de nuestro alumnado. Ah, por cierto, se me acaba de ocurrir, magistralmente enseñaba Jesús de Nazaret, como todos los sabios que en el mundo han sido.

Hay un tremendo prejuicio en torno a la clase magistral. Ésta no tiene nada que ver con el dictar viejos apuntes, o seguir un libro de texto, que es lo que hacen la mayoría. La clase magistral es creadora, inquietante, inquisidora ante el saber de los alumnos, deslumbrante, conmovedora para el que es capaz de participar y se une en la comunidad de diálogo que ha creado el maestro. Y, por su puesto, son irrepetibles. Cuando uno empieza a no ser capaz de dar dos clases iguales está empezando a dar clases magistrales. La repetición es lo contrario de una clase magistral. El prejuicio contra las clases magistrales es el experimento progre de que el profesor tiene que estar en la misma altura que el alumno. Vamos, la democratización del proceso de aprendizaje, algo muy progre, pero que es una aberración, además de una mentira. No todo es democratizable, ni debe serlo, porque crea problemas, como ha sido el caso de nuestro sistema educativo.

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Lo que le digo a mis alumnas. No hay independencia ni libertad real para las mujeres sino es por la independencia económica, por el trabajo. Lo importante es encontrar un trabajo que te realice, claro. Pero, a la vez, esto plantea dos problemas, uno es que el trabajo es el arma a través del cual el capitalismo nos esclaviza. Hoy en día incluso el trabajo está dejando de existir y se está transformando en precariado. Y, en segundo lugar, como decía alguien al que leí hace poco, la mujer ha salido de casa, pero el hombre no ha entrado, con todo lo que ello conlleva.

 



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