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                Desde la perspectiva de la muerte.

Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
  contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
  tan callando;
  cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
  da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo passado
  fue mejor.

               

  Ved de cuán poco valor
son las cosas tras que andamos
  y corremos,
que, en este mundo traidor,
aun primero que muramos
  las perdemos.
  Dellas deshaze la edad,
dellas casos desastrados
  que acaeçen,
dellas, por su calidad,
en los más altos estados
  desfallescen.

Jorge Manrique. Coplas a la muerte de su padre.

                De nuevo el tema de la muerte al que nunca se puede ser ajeno. Ya lo decía Platón, filosofar es prepararse para la muerte, pero un sabio Spinoza nos decía desde su alegría intelectual, que en nada piensa menos el sabio que en la muerte. De cualquiera de las maneras la muerte es un tema eterno e inevitable. Tan inevitable como el que la muerte es algo inminente. Algo que está ahí, y que, de alguna manera pone sentido a la vida. La vida sin muerte no tiene sentido. Lo mismo que la vida, conocida la fecha y causa de la muerte, tampoco tiene sentido. Conocemos de la muerte lo justo para que nos dé el sentido de nuestra existencia: que vamos a morir. “Morir tenemos, ya lo sabemos” que dicen los monjes de clausura con juramente de silencio, salvo este saludo. Lo cual nos recuerda que hay que tener presente el recuerdo de la muerte.

                Ya decía también Heidegger que somos seres avocados a la muerte, que ese es nuestro sentido y nuestra angustia. Porque eso nos marca un tiempo, nos hace temporales. Convierte nuestro ser en un existir. En la medida que tomamos conciencia de nuestra mortalidad, la tomamos de nuestra limitación y finitud. Pero el hombre aspira a lo contrario, a lo infinito, a persistir. Por volver a Spinoza, todo ser intenta permanecer en su ser. Y el hombre no iba a ser menos, lo que ocurre es que nosotros procuramos permanecer en nuestro existir. Lo cual es una contradicción, y eso genera nuestra angustia metafísica, porque en el existir va la muerte implícita, como la conciencia. Una piedra es, una persona existe. Dios, en el caso improbable de su existencia sería un ser en el que esencia y existencia, como decían los escolásticos, coincidiría. Su ser y su existir serían lo mismo: ser necesario, es decir, que no puede dejar de ser. Pero, de todos modos, como decía Borges, creo, la teología es un género de ficción. Así que ciñámonos a la antropología. No tendríamos proyectos, ni nos interesaría el futuro, sin el conocimiento, más o menos consciente, de nuestra propia muerte. Sin la consciencia de nuestra temporalidad o de ser seres arrojados, literalmente, en el tiempo o en nuestro existir. Somos arrojados al tiempo y nos las tenemos que arreglar como podamos. Y no hay ni manual de instrucciones ni repetición de la jugada. Estamos dotados de emociones, sentimientos, razón y memoria y a partir de ello, haciendo un uso supuesto de la libertad, libertad condicionada, debemos construir nuestra existencia que, inexorablemente, está abocada a la extinción. La muerte es pasar del todo a la nada, del ser al no ser, de ser uno (tener consciencia) a ser muchos (todas aquellas individualidades que nos componen y aquellas que el propio proceso de descomposición (putrefacción) generan. Y esa nada vuelve al todo a través de un conjunto de reacciones físico-químicas. Porque nada se crea ni se destruye, sino que se transforma. Pero la unidad sistémica que nos constituía como un yo desaparece para siempre. Vence el principio de entropía. Todo tiende al mínimo estado de energía. La muerte es menor energía que la vida, como lo frío lo es de lo caliente. Y nos aferramos a nuestro cuerpo inservible y caduco como tabla de náufrago. Aquella tabla de náufrago en la que hemos navegado desde que nacimos y en la que nos hemos afanado. Pero esa tabla se ha ido desgastando, se ha convertido en añicos.

                Y esto si hablamos de nuestro yo biológico al que vemos a diario deteriorarse. A nuestro yo psicológico y cultural le ocurre lo mismo. Por eso es que los viejos se quejan de la falta de ganas, y no es sólo porque el cuerpo, como se dice, no les acompañe, es que realmente nuestra voluntad se va extinguiendo. A pesar de que queremos persistir en el ser, no morir, porque es un imperativo biológico. Pero la vejez conlleva la desgana, la dependencia, la humillación, la perspectiva de nuestra falta de autonomía, la mirada a la muerte frente a frente cada mañana, como si fuese un milagro el haber sobrevivido un día más. Y todo se va perdiendo, y todo va careciendo de importancia, todo se vuelve plano y gris. Por eso el viejo siente la soledad, huye de ella porque le enfrenta a la muerte. Porque el viejo empieza a carecer de horizontes, porque empieza a ver claro que su único horizonte es la muerte. La vida, el tiempo, su biografía ha sido un eterno dejar, un dejar aquello que no se eligió, o que no se pudo elegir, la vida se contempla como un camino de bifurcaciones no vividas, con lo cual se transforma en una línea que es, se supone, el sentido que quisimos darle a ella desde nuestra libertad. La vida como tarea, que decía Ortega. Pero ya no hay tarea, hay una espera desesperada. Es lo común, hay viejos esperanzados y con proyectos y tareas, quien ha dicho que no. Porque uno de sus proyectos ha sido hacer de la vida un proyecto, una pasión, una tarea y no pensar en la muerte porque alcanzaron la sabiduría, o bien naturalmente, o bien, por medio del estudio y la reflexión.

                Pero decía que lo íbamos abandonando todo, lo que fuimos, lo que construimos, los hijos que tuvimos, las amistades y enemistades, las riquezas y posesiones. Todo se va alejando poco a poco de nosotros. Y aquí quería llegar para mirar la vida desde la perspectiva de la muerte y que nos sirva como experiencia y aprendizaje filosófico. La muerte es la nada, la ausencia de sentimientos y de un yo que es el que alberga los sentimientos. La muerte, en este sentido es la serenidad. Y, con el tiempo, será el olvido. Todos seremos olvidados. Algunos serán reconocidos por sus obras en los distintos ámbitos de la cultura. Pero existencialmente son olvidados. Los muertos, de alguna manera, persisten en la memoria de los vivos, pero cuando estos mueren, desaparecen. No está mal que queden las obras de uno, que de alguna manera expresan lo que fueron. Pero esto no es inmortalidad si no hay un yo que sea su sustrato, ese yo es el que desaparece con la muerte. Acumular conocimientos tampoco nos sirve entonces, ya nos lo dice el Eclesiastés. Todo empeño en acumular, ya sean bienes materiales, como espirituales no es más que vanidad de vanidades. Pues bien, la muerte es la expresión de la serenidad, aunque no exista un yo y del olvido. Dentro de cien años nadie nos recordará, ni sabrá de nuestras pasiones, de nuestros celos, rencores, amores, odios, diversiones aficiones. La vida es un frenesí que nos arrolla hacia la muerte. Frenesí del que no queda nada. Pues sería interesante mirar a la vida desde esta perspectiva, desde la perspectiva de la nada. Desde la perspectiva de la inevitabilidad de la nada, desde esa nada que es la ausencia de pasiones. Y es esa nada la que debemos vivir como anticipo en nuestra vida. Nada importa, porque todo pasa inevitablemente, inexorablemente. Nos vamos haciendo viejos y caducos. Si anulamos nuestro yo, como nos recomiendan los viejos sabios y algunas religiones encomiables, recuperaremos nuestro ser. Ya decíamos que el hombre no tiene ser, sino existencia. Pero es que nuestra existencia es fruto de la temporalidad y ésta del deseo. Y el deseo constituye el yo. Si abandonamos, mirándonos a nosotros mismos desde la perspectiva inexorable de la muerte, desde la única certeza que tenemos, que vamos a morir, tarde o temprano, todo deseo, entonces abandonamos la existencia. No existimos, sino que somos. Y, quizás, nos quede la alegría intelectual de la que hablaba el gran sabio, Sapinoza, de vivir, simplemente. Escapar de la rueda de la existencia es escapar del imperativo del deseo, de nuestro propio yo que se alimenta de pasiones. Pero sólo son lícitas las pasiones adecuadas, aquellas que consideramos buenas, como la alegría, que es el pilar. Por eso una mirada de la vida desde la perspectiva de la muerte es terapéutica. Nos reconcilia con la nada, con el olvido, lima las asperezas de la vida, elimina o apacigua los deseos, tranquiliza cuando estamos desasosegados, porque nos recuerda que todo tiene un final. Por eso una buena vejez, la que es una culminación de una vida buena, nos reconcilia con la vida, nos da la serenidad, porque hemos perdido el fuego de los sentimientos. La serenidad de la muerte nos hace percibir la vida y nuestra existencia, como lo que es, apariencia, un afán inútil, una lucha perdida. Sólo los sentimientos nobles nos pueden ayudar a vivir, todo lo demás es superfluo. Desde la serenidad de la muerte, los altibajos de los deseos no existen, la vida aparece plana. Pensar en la muerte tranquiliza, como un narcótico que nos hunde en la nada del sueño al que nos dirigimos y que encima no sabemos cuándo va a llegar. Todo sufrimiento es inútil. Pasado el tiempo forma parte de nuestra memoria, como nostalgia, como una herida, mal o bien cicatrizada, depende de la sabiduría que hayamos tenido a la hora de resolver el trauma. Sartre decía que la vida era una pasión inútil, pienso que no tiene porqué serlo. Hay que fomentar los afectos (sentimientos) positivos, aquellos que nos encaminan al bien y no producen sufrimiento. Pero no hay que estar atados a nada, puesto que los sentimiento, y aquí no somos libres, los tenemos, más bien nos tienen. Desprenderse de ellos y verlos desde la perspectiva de la muerte, de la nada, es de lo que se trata. O disolverse en ellos hasta convertirse en su dueño, puesto que ya que no somos libres de tener sentimientos de lo que se trata es de dominarlos. No se trata de eliminar la tristeza o no, sino de ser dueño de ella, de sumergirte en ella sin ser absorbido, de no negarla, porque es tu propia naturaleza. Y la tristeza, la melancolía, en su justa medida, no son malos afectos, no son como la ira, el odio,…estos sí destruyen el ser, son un cáncer del alma. Y son estos sentimientos destructivos, que nos producen infelicidad, los que deben ser mirados desde la perspectiva de la muerte, la nada y el olvido. Quién recordará dentro de cien años el objeto de nuestra ira, de nuestro desprecio, de nuestra indiferencia, que nos corroe ahora. Ahora bien, todo sentimiento que participe en la alegría (que es el objeto propio del vivir), como la amistad, el respeto, el amor, la justicia, la templanza, la buena educación…no deben ser rechazados, sino fomentados, siempre y cuando nosotros seamos los dueños. Porque con el tiempo también serán nada. Y la muerte –desde su perspectiva- debe enseñarnos a desprendernos de todo. Y en esta tarea consiste prepararse para la muerte, que decía Platón. Y cuando uno ya está preparado, pues en nada piensa menos que en la muerte (porque vive desde la perspectiva de ella: desde el todo y la nada, que  vienen a ser lo mismo) como decía Spinoza. Y así quedan nuestros dos sabios reconciliados en su pensamiento sobre la muerte y nosotros, espero, con la vida.

 

 

Donde habite el olvido.

 

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.


Luis Cernuda.

 

                Dos fascismos recorren Europa.

 

Es conocido que el Manifiesto Comunista comienza con la frase: un fantasma recorre Europa, es el fantasma del comunismo. Pues hoy en día son dos los fantasmas, aliados entre sí, y además, destructivos de todo lo que es Europa y de las máximas conquistas de la humanidad. Esos fantasmas son: el fascismo neoliberal y el fascismo político. Incluso podemos hablar de la cara y la cruz de una misma moneda. Si estos fantasmas toman cuerpo y se hacen totalmente reales, Europa está acabada y nos habremos sumergido en la barbarie, el odio y el totalitarismo.

                El neoliberalismo es un fascismo porque es una forma totalitaria de gobierno. La intención del neoliberalismo es, en pro de la supuesta libertad del individuo y, por ello, su supremacía sobre el estado, la acumulación de las riquezas en las manos de los más fuertes económicamente. Es una ultradefensa del capitalismo que se alimenta de un ataque al estado y a todo lo que él representa en tanto que salvaguarda de los derechos civiles: libertad, igualdad, fraternidad, sociales: educación y sanidad y sociales: vivienda y trabajo. Nos engañan con que este estado es un estado protector que engaña al individuo y lo aniquila, cuando realmente es el que salvaguarda su libertad. El neoliberalismo es un reduccionismo económico. La libertad no tiene ningún sentido para él. No es más que la libertad del mercado, del tener, del dinero. Que, por otro lado, no es una libertad, sino una esclavitud. Esa libertad es una ficción. Porque la libertad no consiste en el tener, sino en el ser. Por eso la intención del fascismo neoliberal es la de crear una ideología del deseo. Por otra parte, la ideología neoliberal es reduccionista, elimina todos los valores, salvo el valor del mercado. Eso implica que la libertad es ficticia, porque es la libertad del mercado y ésta no es ni libertad ni nada, es desigualdad. Porque la libertad consiste en comprar, poseer. Pero el dinero es el límite de mi posesión, luego soy esclavo. Pero aún peor, soy esclavo de mis deseos. De lo que la sociedad del hiperconsumo me obliga a poseer. Porque es esta sociedad la que produce mi sistema de valores con el que yo veo el mundo y esos valores son engañosos y reduccionistas: son los del mercado, la juventud, el éxito y el tener. Y esto genera a una serie de individuos, que aun creyéndose ciudadanos son vasallos satisfechos que sólo son capaces de ver su propio deseo, su propio ombligo. Esto impide la capacidad crítica; impide la posibilidad de ver al poder de forma crítica. Al contrario, se le rinde vasallaje. Es una forma sutil, pero perfecta de esclavismo.

                Pero la situación de bienestar absoluto, de crecimiento desmesurado, no podía durar siempre. De ahí, que desde el final de los años noventa se produzcan una serie de crisis económicas, tanto en EEUU, como en Europa. Y las fórmulas para salir de esta crisis ha sido el ultraliberalismo. La eliminación de lo que quedaba de socialdemocracia y, sobre todo, de socialismo. La derecha económica ha triunfado en Europa. Y con ella ha arrastrado nuestras mayores conquistas, que son la democracia y los derechos humanos. Pero no sólo esto, sino que ha traído la pobreza, la miseria, la desigualdad, la indigencia, la inhumanidad… Ha fracasado estrepitosamente. Pero sigue insistiendo en su política, porque su intención es el dominio de Europa, por parte de los países céntricos, con respecto a los del sur. Es un nuevo imperialismo alemán en el que los países periféricos quedan relegados al sector servicio y a la recolección de mano de obra barata y, de momento, especializada. Pero éste es otro tema. Lo que ha traído consigo el fracaso de las políticas neoliberales es el fascismo político: el totalitarismo. Ante los problemas de paro, miseria, pobreza, se responde, no con un discurso social. Sino con un discurso excluyente: xenofobia, nacionalismo, exaltación de los pueblos y las razas…que ha de ser dirigido por caudillos salvadores. Y el régimen que deben imponer es el totalitario. Este fantasma se extiende por Europa haciéndose realidad velozmente. Arremete contra la democracia, contra el ciudadano, contra la dignidad. Es un movimiento mesiánico que necesita sus sacrificios. Bueno, como mesiánico es también el neoliberalismo. Y es la otra cara de la misma moneda. Dos ideologías para un mismo sistema: la posmoderna y la fascista. Pero ambas son reconvertibles y están a un paso. La una, el posmodernismo relativista, nos lleva a la otra. Si todo vale, que es el lema del posmodernismo (ideología neoliberal creadora de zombis) entonces la opinión que más vale (porque ya no hay ni ideas ni ideales, solo creencias, opiniones y mitos) es la del más fuerte. Y entonces se instaura el totalitarismo, el régimen del terror y la barbarie. Pensemos y pongamos nuestro empeño en volver a los orígenes de Europa: Grecia, Jerusalén, el Renacimiento, el Humanismo y la Ilustración o Europa será un erial de barbarie.



                               Philip Roth. La humillación. Debolsillo, Barcelona, 2012.

                Esta intensa novela de Roth, que acaba de anunciar su retiro de la literatura, es una tragedia humana, psicológica, filosófica y antropológica. De nuevo el autor bucea a través de sus páginas en la condición humana y en la temporalidad y caducidad de la vida. El argumento es muy sencillo. Un actor importante, de repente, pierde la capacidad de actuar. Pierde, dice él, el talento. Y piensa que nunca lo ha tenido. No es capaz de recordar los papeles, no sabe qué decir en público. Sus compañeros lo animan y le advierten que es cosa pasajera. Pero el protagonista sabe que algo profundo se ha producido en su ser, un cambio, una transformación. En el fondo, es la vejez lo que se nos está enseñando. Por recomendación acude a un psiquiatra y es ingresado por un breve tiempo en un centro para su rehabilitación. Tratar su depresión y por medio de terapias de grupo renunciar a la idea de suicidio y recuperar su capacidad o talento perdido. Una vez que es considerado curado y es dado de alta, pues no se le encuentra ninguna alteración, el artista sigue sin ser capaz de actuar. No encuentra su talento perdido, del que sospecha que nunca tuvo, que todo fue fingir. Se retira a vivir solo y lleva una existencia monótona, gris y autocompasiva. Hasta que aparece una mujer. Precisamente la hija de unos amigos suyos que conoció hace décadas en el mundo del teatro. Es veinticinco años mayor que ella. Él tiene sesenta y cinco y ella ronda los cuarenta. Tras unos meses de una relación intensa y de un conocimiento de la extrañeza de su nuevo amor, que le ha dado la vida, pero que no le ha hecho plantearse, hasta el final, el volver a actuar, es abandonado. Y aparece de nuevo el tema del suicidio.

                En qué sentido podemos entender aquí la humillación. Pues podemos particularizar. Humillación de no ser capaz de actuar, de hacer lo que uno sabe hacer y, de pronto no ser capaz de hacerlo. Humillación de que una mujer mucho más joven a la que amas y que te corresponde tenga que cuidarte dentro de unos pocos años, humillación porque esa mujer te deja. En definitiva, la humillación, a mi modo de ver, es la propia vida. Es lo que el autor nos quiere decir. Vivir es humillarse. Porque vivir es morirse. Es renunciar a lo que se tiene, es perder lo más querido, tanto de lo que te rodea como de ti mismo. Vivir es un desgarro. Es una pasión inútil, que decía Sartre. Es un dejar continuo, por accidente, o por elección, o por la propia naturaleza humana: el existir, la temporalidad. Y, de ahí, que la frontera última de la vida sea la muerte, la última humillación. Pero en el libro, esta humillación también es entendida como una liberación. Y es el tema del suicidio que es continuo en él. En la muerte, humillación y liberación se unen. Y el suicidio es una lucha contra la humillación, un rebelarse contra ella, contra la vida y contra la condición humana, en última instancia.

                Tema delicado, este del suicidio, donde los haya. Ya lo decía Camus en su “Mito de Sísifo”: la única cuestión filosófica de relevancia es el suicidio. Y así es, efectivamente. Cada mañana, cuando nos levantamos tenemos que inventarnos un afán, una pasión, un por qué, un sentido de nuestra existencia. Porque el sentido de ésta no nos viene dado, sino que lo tenemos que poner, inventar o crear, nosotros. La vida, per se, es un sinsentido. Somos nosotros los artífices del sentido. Y si la vida no tiene sentido y lo que sentimos es el abrazo de la humillación, del tiempo, del deterioro, del desamor, de la soledad, del abandono; en definitiva, de todo aquello que nos irá ocurriendo con el tiempo, pues lo mejor es abandonar, por esa puerta ancha, que decían los estoicos, que es el suicidio. Una muerte digna frente a la humillación a la que la vida nos ha sometido. Un erguirse con dignidad frente a la humillación, frente al sinsentido y la angustia del existir. Hay que advertir aquí que la ética se ha medicalizado. Que se ha considerado el suicidio como el resultado de un trastorno psíquico. Esto no es cierto en todos los casos, aunque lo sea en muchos. Del suicido del que aquí se habla, es del suicidio por todo lo contrario, por extrema lucidez y por una decisión absolutamente libre, quizás la más libre, porque es en la que pones todo tu ser bajo esa decisión. Echas toda la carne en el asador, como si dijésemos. El suicidio como muerte digna y como liberación. Si la vida nos infringe una humillación constante, una humillación insoportable, siempre nos queda una salida. La cultura occidental cristiana nunca ha aceptado esto. Ha tachado el suicidio de cobardía. No lo creo, la decisión del suicidio, de nuestra propia muerte es un acto de valentía. Y ser capaz de ejecutarlo con la frialdad necesaria, aún más. Al pensamiento cristiano lo que le pasa es que no puede aceptar el suicidio, ni al suicida, porque es considerado como el mayor pecado. Es atentar directamente contra la voluntad de dios. Porque nosotros, según la religión, no somos los dueños de nuestra vida, sino dios. La vida es un don divino. Rechazarla es la peor afrenta a dios. Pero ya, cuando las religiones tradicionales han muertos y sus dioses han sido sustituidos por otros, nos encontramos solos. Y no tenemos que dar explicación a nadie de nuestra propia existencia. Somos dueños de ella. Por ello, lo que se nos viene a decir en “La humillación” es que, a mi modo de ver, si la vida es humillación (no casos puntuales de humillación) pues la muerte es un acto de libertad frente a ella. Porque recordemos, la humillación es un sufrimiento tremendo. Es el sentimiento de desgarro en el que nuestro yo, lo que somos, se va disolviendo, se va convirtiendo en nada, ante los demás y ante nosotros mismos. Pero es lo que tiene nuestra propia naturaleza: el desgarro. Nos vamos dejando el alma a jirones en la vida. Lo vamos perdiendo todo. La lucidez es conciencia de este desgarro. Y esta lucidez tiene dos caminos. Uno, inventarse pasiones para sobrevivir, no hay día sin un afán y el suicidio. Y estas dos salidas no son contradictorias. A menor lucidez, la existencia es más gris, más esclava y robotizada, pero menos penosa y menos riesgo de suicidio, ni siquiera de pensar en él. Y una última nota reivindicativa, cuando hablo de muerte libre: de suicidio, también me estoy refiriendo a la eutanasia y al suicidio asistido. De ahí que la eutanasia signifique: muerte digna. Ante la humillación en la que nos ha postrado la vida, nos debe quedar nuestra última decisión de una muerte digna.

J.J. Rousseau. Cartas a Sofía. Correspondencia filosófica y sentimental. Alianza editorial, Madrid, 1999.

“Heme, pues, en el mundo sin más prójima, hermano, amigo ni compañía, que yo mismo.” Rousseau Meditaciones de un paseante solitario.

“Lo que constituye la miseria humana es la contradicción que se encuentra entre nuestro estado y nuestros deseos, entre nuestros deberes y nuestras inclinaciones, entre la naturaleza y las instituciones sociales, entre el hombre y el ciudadano; convertid al hombre en uno y lo haréis feliz tanto como lo pueda ser. Dadlo por completo al estado o dejadlo por completo a él mismo, pero si compartís su corazón lo destrozáis”. Rousseau. La felicidad pública.

“Nada es más triste que la suerte de los hombres en general; sin embargo encuentran en ellos mismos un deseo devorador de un futuro feliz, que les hace sentir en todo momento que han nacido para serlo”. Rousseau.

                Nos encontramos con un excelente texto del ilustrado Rousseau. Un escrito en el que podemos rastrear el origen de su pensamiento moral, así como la vinculación con un amor no correspondido que llega sólo a ser amistad, pero llena de guiños y seducción, un amor pasión convertido a base del género epistolar en un amor cortés, y que al final, incluso ésta, por diferentes vicisitudes, se disuelve.

                La obra se compone de diferentes partes. La primera es un estudio general de la moral de Rousseau y su evolución. Haciendo alusión al papel que ocupan las cartas morales en la construcción de esta moral. Una segunda parte muy importante que es la contextualización vital de Roussaeu, de Sofía, su marido el duque, su amante, su protectora. En fin todos los personajes que configuran la trama en la que se desarrolla la realidad biográfica del filósofo y que de una manera u otra están dentro de la trama de su enamoramiento y son testigos activos y pasivos de ella. Aquí podemos ver desde el inicio de esta amistad, que se transforma en amor, después en amistad y que al final se disuelve. También se nos habla de un Rousseau anterior y de sus respectivas relaciones con las mujeres. Ya digo que esta parte es importantísima para entender la personalidad de Rousseau, su extrañeza, su carácter solitario, su búsqueda de la virtud, su infelicidad permanente, a pesar de considerar que el único objetivo de la vida es la felicidad, como declara en las cartas morales. La filosofía de un filósofo refleja lo que es. Y lo que se es, es una perspectiva para ver el mundo. Y esto no le quita objetividad, o lo convierte en subjetivo. Sino que encarna el pensamiento en una biografía y una historia. Lo peculiar y lo genial del filósofo es que desde su particularidad biográfica e histórica trasciende hacia lo universal. De ahí el ansia por encontrar la virtud universal, algo que habite en el corazón humano y sea común a todos los hombres. Y de ahí también que Rousseau, a medida que va desarrollando su filosofía, se va creando enemigos entre sus propios amigos ilustrados. Está condenado a la soledad, por lo demás, algo muy propio (yo diría que común) del filósofo.

                Luego vienen lo que se han dado en llamar las cartas morales. Estas cartas surgen después de la ruptura con Sofía. Su amistad queda en el aire, ya no pueden verse, demasiadas sospechas y suspicacias. Y creo que demasiada presión sobre Sofía, que tiene un marido y un amante y esto es una forma de estar atada y aunque reconoce la superioridad moral de Rousseau sobre el común de los mortales y llega a apuntar en los márgenes de sus cartas que será de los pocos que pasará a la historia, y no se equivoca. Había mucho charlatán en la Ilustración, demasiada filosofía de salón, demasiada pose. Y Rousseau arremete contra todo esto. Busca la virtud y para ello necesita del retiro, de la soledad, la sociedad es un foco de perversión. Pues estas seis cartas son escritas a Sofía con la intención de mantener la llama de la amistad, que en el fondo es la del amor no correspondido, y con la intención de enseñar. Además de su contenido sensual, son cartas estrictamente filosóficas, morales, en las que el filósofo intenta guiar a Sofía por el camino de la virtud. Y, en el fondo, independientemente de los sentimientos del filósofo, lo que hace a estas cartas extremadamente hermosas, son un tratado de moral. Hay que tener en cuenta que en la época, gran parte de la filosofía se transmite de forma epistolar. Haciendo un paréntesis. Doscientos cincuenta años después aún las conservamos, pero en nuestra era digital, autoproclamada de la comunicación y el conocimiento, nuestros pensamientos y sentimientos no duran ni un día. Qué quedará de nosotros, si en realidad somos pensamientos y sentimientos. Por eso el soporte de papel es indispensable. Una cosa que es necesario tener en cuenta es que mientras Rousseau escribe las cartas morales está escribiendo Julia o la nueva Eloísa. Una novela romántica en la que Julia es dirigida por un preceptor que le enseña a encontrar su virtud siguiendo al corazón, a la voz interior. Es una defensa de los sentimientos auténticos, el amor en este caso, frente a los convencionalismos sociales. Rousseau arremete contra estos en esta novela.

                La última parte son las cartas sentimentales e íntimas entre Sofía y Rousseau. Aquí nos encontramos los sentimientos al desnudo. Una correspondencia sentimental más en la que vemos a un Rousseau abrasarse en las llamas del amor y en lucha con la virtud para no traicionar a sus amigos. A la par vemos a una Sofía que sólo puede ceder su amistad. Pero que no está dispuesta a perder esta amistad y que hace malabares para conservarla a pesar de no corresponder al solitario Rousseau. En fin, cuestión de leer.

                Nos vamos a ceñir brevemente, porque la obra, por su intensidad emocional y filosófica, es más para ser leída que para ser contada porque hay una imbricación, como dije, entre vida y teoría que es inefable. Todo intento de comprender es una falsificación o, al menos, un reduccionismo. No podemos adentrarnos en las razones del corazón de cada uno de los participantes: y menos en los de Rousseau y Sofía. Pues bien, la cuestión moral. En los primeros escritos de Rousseau, que son los dos discursos: el del origen de las ciencias y las artes y el del origen de la desigualdad entre los hombres, mantiene la bondad originaria del hombre. Éste es uno de los principios fundamentales de nuestro filósofo ilustrado que en ello se enfrenta a Hobbes: el hombre es un lobo para el hombre. Para Rousseau el hombre es bueno por naturaleza y es la sociedad la que lo corrompe. La sociedad es el origen de los vicios. El hombre en su estado de naturaleza posee una bondad originaria que se caracteriza por la igualdad entre todos, la libertad y la fraternidad. Pero, precisamente, el origen de la sociedad es el que ha creado la desigualdad entre los hombres. Es decir, que moralmente no hemos progresado, sino que nos hemos pervertido. La sociedad es el origen de la desigualdad, de la esclavitud y de la guerra. Los tres mayores vicios a los que habría que añadir todos los demás. Por eso el progreso, para nuestro filósofo, consista en una vuelta a la naturaleza. Pero, cuidado, hay que evitar la ingenuidad. Y el primero que lo hace es el propio Rousseau. No se puede volver al estado natural, probablemente éste ni existió. Sino que de lo que se trata es de recuperar la bondad primitiva y ello ha de tener lugar en los tres niveles de la sociedad: la educación (escribe Emilio o de la educación), la familia (escribe, La nueva Eloísa) y el estado y escribe su obra fundamental, El contrato social. Las cartas morales están en este trayecto. Es más, el pensamiento de Rousseau se va construyendo dialécticamente, en diálogo con su propia vida, marcada por la soledad, a pesar de las ocasionales compañías, y con los demás.

                Nos encontramos aquí con un problema, del que Rousseau es culpable, pero más lo son las falsas interpretaciones. Es el mito del buen salvaje. Es decir, la teoría roussoniana de que el hombre es bueno por naturaleza o de la bondad originaria. Es cierto que no hay tal bondad, la etología nos lo demuestra, pero tampoco hay una maldad absoluta, una guerra de todos contra todos, como decía Hobbes. No hay evolución sin cooperación y, en los animales sociales, como el caso de los homínidos, no hay evolución sin sociabilidad y ésta es imposible sin la empatía que es la capacidad de ponerse en el lugar del otro, sentir el dolor ajeno. De modo que la bondad originaria la podemos considerar un mito, pero también tiene un fundamento biológico, como acabamos de decir, por mucha agresividad intraespecie y extraespecie que exista en los homínido. Ahora bien, tenemos que mirar la intención filosófica de Rousseau; y, su intención es recuperar la bondad primitiva que consiste en lo que el corazón nos dicta, no la razón, no los libros de los filósofos, que cada cual dice una cosa y nos confunden, además de ser vanidosos y petulantes. Hay que escuchar la voz interior ese es el consejo de las cartas morales, como lo es el del preceptor de Emilio en su proceso de educación. Y para escuchar esa voz interior hay que alejarse de la fuente del vicio que no es ni más ni menos que la sociedad. No se trata del abandono de la sociedad, de un retiro monacal, sino de un retiro parcial e intermitente para reunirse consigo mismo. Para ir a nuestras raíces. Para contemplar que en nuestro estado de naturaleza todos somos iguales, libres y fraternos. Y con estos mimbres se podrá construir una sociedad republicana o democrática.

                Pero hay otro principio, y esto es muy importante porque se les ha olvidado a los nuevos pedagogos, a los pedagogos que dirigen ahora la educación con los trasnochados eslóganes de un 68 fracasado (aunque hubo mucho positivo, pero no esto, precisamente). La bondad originara del hombre se expresa por medio del instinto natural. Ahora bien, este instinto natural, si bien es el universal ético, y creo que de aquí surge el imperativo categórico de Kant, por sí solo es ciego, debe ser educado. Y, ¿cómo?, pues aquí reside el olvido de la progresía y mira que Rousseau insiste tanto en Emilio, como en La nueva Eloisa, como en Las cartas morales. El cómo es la virtud. Hay que educar (dirigir la pasión natural, de por sí buena, para que no se disipe en la nada y la pereza), en y desde la virtud. Y virtud en el sentido clásico y latino del término. Virtud es valor, fortaleza, entereza, valentía. Para enfrentarse al vicio y alcanzar las virtudes es necesaria la virtud y ello requiere esfuerzo y disciplina. Y no olvidemos que la disciplina es simplemente guiar. Que no nos confundan estos progres, con el aprender a aprender, aprender jugando y el dejar al niño hacer su santa “voluntad” (es decir, capricho) no vayamos a coartar su creatividad y cosas así. Sin el esfuerzo, la disciplina, no conquistamos nuestra autonomía y caemos en manos de los vicios de la sociedad, no somos libres sin leyes autoimpuestas. La mala lectura del Emilio y de Rousseau en general ha dado lugar a un enredo pedagógico, ideológico e interesado, como pasa con las nuevas lecturas que se están haciendo desde el marxismo y el ecologismo. Rousseau es mucho más complejo y ambiguo y eso nos muestran sus cartas morales. Como su propia vida.

La esperanza es intrínseca a la naturaleza humana. Es lo que nos permite sobrevivir por encima de nuestra propia finitud. Pero si perdemos los referentes de la esperanza: primero perdimos a dios, en manos de los ateísmos, luego la justicia, la verdad y la bondad, en manos de la posmodernidad, entonces nos hundimos en la miseria del nihilismo, la desesperación y el relativismo. A menos que optemos por un escepticismo esperanzado.

No sólo es la desaparición de la filosofía sino de todas las humanidades y el saber científico teórico o puro: matemáticas, física, biología y química. Es la muerte del humanismo. No olvidemos que todo esto iba y resurgió como una unidad, no cosas unidas, en el Renacimiento y la actitud del Renacimiento era la humanista. Que después cuaja en la Ilustración. Pero el saber teórico, igual que surge, muere. Y eso es lo que está ocurriendo hoy en día. Y la causa es el fanatismo. En otro tiempo, Alejandría, fue el fanatismo religioso. Hoy en día es el fanatismo del mercado, el pragmatismo y la utilidad. Y eso es lo que tenemos. Pero, claro, sin la actitud humanista lo que nos queda es la barbarie a la que ha ayudado mucho, no sólo la ideología del mercado, sino también la filosofía o el pensamiento posmoderno. Más bien, la ausencia del pensamiento.

Por mucho que nos empeñemos la soledad es nuestro destino. No hay comunicación plena, no hay posibilidad de sentir lo que siente el otro. Vivimos solos entre la multitud, para morir solos ante lo inefable.

Buen filón que ha encontrado el capital para extender sus garras. A través de la ideología del emprendimiento el mercado se extiende y siembra el mito del crecimiento y el progreso por doquier (especialmente el tercer mundo: otra colonización). Las Nuevas tecnologías más la actitud emprendedora son el nuevo mesianismo de la nueva religión, la salvación. Quien no se suba al carro, se queda atrás y sucumbe. Pues yo digo como decía aquel: “que se pare el mundo que me quiero bajar”. Ya no es que sea inmoral, es que es feo o, peor, esperpéntico.

 



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