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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2012.

Detrás de un libro hay una persona y detrás de ella, la humanidad. La cuestión es dónde pone uno el acento en el trato. Hay grandes libros cuyos autores son desaconsejables y grandes hombres que no escribieron nada, ni falta que les hizo. Un libro te cambia la vida en un momento y unas circunstancias determinadas, como una persona. Ahora bien, lo que está claro es que sin personas no se puede vivir, eso pertenece a nuestra primera naturaleza. Los libros, a la que emerge de ésta y se hace indistinguible. Si desaparece el homo sapiens hay una pérdida biológica, como en el caso de cualquier especie. Pero el homo sapiens conlleva esa segunda naturaleza que llamamos cultura: tecnología, ciencia, arte, religión, ética, derecho, política, en fin una autoconciencia del cosmos que es lo que nos singulariza como especie, que también se perdería. No quiero decir con ello que seamos especiales, pero es nuestra singularidad, como cada especie tiene la suya.

EL RELATIVISDMO COMO JUSTIFICACIÓN DEL MÁS FUERTE.

 

En este mundo traidor,
nada es verdad, ni mentira,
Todo es según el color
del cristal con que se mira.

Campoamor.

 

¿Qué es la Ilustración? Es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. Kant.

 

El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca. Kant.

 

            Llevo gran parte de mi vida luchando contra el discurso relativista. El relativismo se ha instalado en nuestras vidas y en nuestra sociedad para justificar la ignorancia, el miedo y el poder. No  es que yo defienda el absolutismo, con el mismo ahínco lo he combatido. El conocimiento humano es conjetural, hipotética, se reduce a suposiciones. Pero ello no implica que sea universal y objetivo. En democracia es necesario un sano relativismo que se refleja en la pluralidad y diferencia de ideas. Pero ese abanico de ideas hace posible el diálogo. Porque, a pesar del relativismo, hay un fondo común, el de la razón. Todos discutimos desde la razón en el ágora. Las opiniones particulares han de ser trascendidas. Y hay que tener en cuenta que el relativismo radical es fuente de fanatismo. Lo que está detrás del relativismo radical es el poder. Me explico. Si todas las opiniones son equivalentes la predominante es la del más fuerte. Y esto es un peligro porque entonces las opiniones del poderoso son nuestras tiranas sin posibilidad de réplica. Por otro lado, el relativismo radical es una actitud cómoda, perezosa y cobarde. Cuando nos recluimos en nuestras opiniones particulares lo que sucede es que no nos atrevemos a pensar. Y no lo hacemos por pereza, es más fácil que otro piense por mí. Es más fácil seguir y defender al líder. Además somos cobardes porque no nos atrevemos a ejercer la crítica frente al grupo con el que nos identificamos por miedo a la soledad, al ostracismo y el escarnio. Las opiniones, las creencias y las ideologías son mecanismos de control del poder. Mecanismos que incluso se ejercen desde la democracia haciéndonos pensar que somos libres, cuando, en realidad, somos marionetas en manos del poder. De ahí que al poder le interese mucho el fomento del respeto a las opiniones. Pues digo bien alto y por enésima vez, que las opiniones no son respetables, que lo respetable son las personas. Que las opiniones están para ser debatidas y que ése es el único camino de la libertad. Las opiniones particulares cuando se resisten al debate, cuando se nos espeta: “es que es mi opinión y es respetable” entonces se convierten en nuestras tiranas. La comodidad y la cobardía nos convierten en vasallos. Cuando nuestras opiniones obedecen a unas siglas somos robot, replicantes, heterónomos, esclavos del poder.

            Y al poder le interesa enormemente esta situación de sumisión, de esta manera tiene las manos libres para criticar lo que se le antoje, para difamar o para organizar una guerra. Desde las instituciones democráticas precisamente lo que se debe hacer es todo lo contrario. Fomentar el debate para encontrar lo común, que es más de lo que nos separa. Porque, como decía Terencio, “Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno”. Fomentar lo común y discutir desde la razón la diferencia, ésa es la esencia de la democracia, no la verdad absoluta, ni la ausencia de verdades objetivas, que las hay y son sobre las que hay que debatir. En cambio, cuando el poder relativiza el saber, además de esclavizar al pueblo, deslegitima la democracia como diálogo racional en pro de verdades universales y objetivas que favorezcan la convivencia. Por el contrario, de esta forma el poder lo que busca es el enfrentamiento, la deslegitimación de las instituciones democráticas. Es más, basándose en el relativismo radical el poder se permite el lujo del insulto al ciudadano, de faltar al honor a las instituciones del estado, como el poder judicial, mintiendo, por ejemplo, sobre una sentencia. Se insulta al pueblo y se falta al honor de los ciudadanos porque no se admite la verdad jurídica, que es la única verdad conjetural con la que contamos. Se crea la división ciudadana porque el pensamiento está cautivo del poder. Cuando el poder utiliza el relativismo radical actúa maquiavélicamente manipulando los sentimientos de las personas. En fin, de esta manera, el poder político pierde la poca legitimidad ética que le queda.



TRIBUNA: BENJAMÍN PRADO

Dickens sigue diciendo la verdad

A los 200 años de su nacimiento, nuestro mundo, por desgracia, se parece en demasiadas cosas al suyo: la condición de vida de los trabajadores, la usura, el desequilibrio entre ricos y pobres

BENJAMÍN PRADO 07/02/2012

Algunas personas mueren y otras solo desaparecen. El novelista Charles Dickens, por ejemplo, dejó este mundo en 1870 pero sigue estando aquí. Y no solo porque obras suyas como David Copperfield, Cuento de Navidad, Oliver Twist o Historia de dos ciudades, entre otras muchas, sean clásicos imprescindibles en cualquier biblioteca que intente ser tomada en serio, sino también porque la mayoría de sus temas característicos, como la lucha de clases, la explotación infantil o la ineficacia de la justicia, siguen de actualidad y porque sus personajes continúan entre nosotros, con nombres diferentes pero con los mismos problemas. ¿O es que no podrían estar dentro de Oliver Twist, junto a los niños callejeros que la protagonizan, esos otros niños reales que hoy son abandonados en las calles de Grecia por sus familias, con la esperanza de que alguien los alimente? ¿No nos recuerdan los convictos de La pequeña Dorrit, presos en la cárcel de Marshalsea, a orillas del río Támesis, por no poder pagar sus deudas, a los desahuciados que aquí y ahora, en la España del siglo XXI, arrojan a la miseria los bancos cuando ya no pueden pagar la hipoteca salvaje que tenían con ellos? ¿No nos hacen pensar muchos de los métodos y teorías del neoliberalismo a los del usurero Scrooge en Cuento de Navidad o a los del avaro Uriah Heep en David Copperfield? Dickens fue uno de los abanderados del realismo, junto a Balzac, Tolstói, Stendhal o Benito Pérez Galdós, y un escritor social que denuncia en sus libros las desigualdades que se producían en la Inglaterra victoriana y especialmente el modo en que se explotaba a los trabajadores para conseguir la industrialización del país. Su contemporáneo Carlos Marx dijo de él que "en sus libros se proclamaban más verdades que en todos los discursos de los políticos y los moralistas de su época juntos". Y sin ninguna duda, el autor de Grandes esperanzas es la mejor prueba de que Balzac estaba en lo cierto cuando dijo que las buenas novelas son la historia privada de los países. Hoy se cumplen 200 años de su nacimiento y nuestro mundo, por desgracia, se parece en demasiadas cosas al suyo. Para comprenderlo, no hay más que leer el principio de Historia de dos ciudades: "Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación".

En Tiempos difíciles, Dickens critica ácidamente las lamentables condiciones de vida de los obreros ingleses y la desproporcionada distancia que había entre su existencia y la de los ricos del país. Hoy, en plena crisis, con la Bolsa en números rojos, los impuestos por las nubes y los sueldos por los suelos; con los Gobiernos de Europa intentando llenar con dinero público el pozo sin fondo del sistema financiero y las cifras del paro creciendo en nuestro país hasta el borde del abismo, es muy posible que el lector se asombre al ver cómo esa novela publicada en 1854 describe la actualidad. ¿O acaso el desequilibrio entre las miserables casas de los proletarios que dibuja Dickens, frías, oscuras y casi sin muebles, y las lujosas mansiones de los capitalistas, que consideran a sus empleados simples bestias de carga, no es comparable al que hay entre los salarios de los mileuristas y los sueldos astronómicos que se ponen a sí mismos los directivos de los bancos, hoy día? La única diferencia entre aquellos privilegiados y estos es que entonces se llamaban utilitaristas y hoy se llaman neoliberales, y que unos citaban a Stuart Mill y otros a Milton Friedman, pero nada más.

Cuando Dickens retrata en Los papeles póstumos del club Pickwick, David Copperfiel o La pequeña Dorrit a unos seres sin escapatoria y de la familia de los pícaros españoles, el Lazarillo de Tormes, Rinconete y Cortadillo o El buscón, sabía de qué hablaba, porque él mismo había sufrido en su infancia los latigazos de la miseria, cuando su padre estuvo tres meses encerrado en la prisión de Marshalsea, por una deuda con un panadero que hoy equivaldría a 3,50 euros y que hizo que él fuese enviado a trabajar en una infernal fábrica de betún. Su batalla contra la injusticia ya anticipaba el fracaso de un sistema que se basara en la explotación, aunque sus advertencias a los poderosos fuesen voces en el desierto: "¡Oh, economistas utilitarios", escribe, "comisarios de realidades, elegantes incrédulos... si seguís llenando de pobres vuestra sociedad y no cultiváis en ellos la esperanza, cuando hayáis conseguido arrancar de sus almas todo idealismo y ellos se encuentren a solas con su vida desnuda, la realidad se convertirá en un lobo y os devorará". Se equivocó, y no hace falta más que volver una vez más los ojos hacia la Grecia de hoy, verá que los dos extremos siguen en su sitio: las televisiones hablan de niños que a media mañana se desmayan en los colegios a causa del hambre y los diarios dicen que mientras el país solicitaba un rescate de la Unión Europea, sus potentados se llevaban a Suiza más de 200.000 millones de euros. En el fondo, y como demuestran de forma brutal las colas ante las oficinas del Inem y en los comedores de beneficencia de nuestras ciudades, las novelas de Charles Dickens son una constatación de hasta qué punto el capitalismo ha fracasado en su búsqueda del famoso Estado de bienestar.

Otra de las obsesiones de Dickens es la lentitud, ineptitud y en ocasiones impureza del sistema judicial, que tiene su mejor expresión en Casa desolada, donde se refleja la mezcla de incompetencia y prepotencia de una Corte de la Cancillería que a algunos les podrá hacer pensar en ciertos magistrados y causas de nuestra Audiencia Nacional y nuestro Tribunal Supremo. O en Oliver Twist, donde se puede ver la forma en que la ley es cuidadosa con los fuertes y abusiva con los débiles por el modo en que el juez Fang insulta y castiga con desproporción a su desventurado protagonista. O, una vez más, en Tiempos difíciles, donde el escritor se burla de la incompetencia del sistema y de su invento más perverso, la burocracia, un laberinto sin salida simbolizado en un supuesto Departamento del Circunloquio cuya función es "hacer lo que sea necesario para que no se pueda hacer nada". En un país como España, donde solo el 27% de los ciudadanos opina que los medios que el Estado destina para garantizar la defensa jurídica son suficientes y la gran mayoría piensa que funciona mal, está anticuada y es ininteligible, los libros de Dickens siguen contando la verdad: nuestro mundo no ha sabido mantenerse a flote porque no ha sabido ser ni solidario, ni ecuánime, ni flexible, y al final se ha quedado sin respuestas.

En junio de 1865, Dickens viajaba en un tren que sufrió un accidente terrible cuando cruzaba un puente en obras. Los siete vagones que precedían al suyo se despeñaron por un precipicio y él pasó horas atendiendo a los heridos hasta que llegaron las ambulancias y pudo ocuparse de regresar a su asiento y recuperar el manuscrito, aún sin acabar, de su penúltima novela, Nuestro común amigo. No hay que tener una gran imaginación para ver en esa escena una metáfora de esta Europa que hoy descarrila poco a poco, primero Grecia, luego Irlanda, después Portugal... Tal vez el derrumbe se detenga a tiempo, y los que nos conducen a la catástrofe recuperen el sentido común igual que lo hizo el tacaño señor Scrooge en Un cuento de Navidad, que al ver el negro porvenir que le anunciaban los espíritus del Pasado, el Presente y el Futuro, donde podía verse una tumba con su nombre y sin ninguna flor encima, supo cambiar a tiempo y convertirse en un hombre generoso. Es una parábola que, hoy más que nunca, merece la pena no olvidar.

Pues muy bien dicho. Y no ando yo últimamente muy alejado de esas ideas. Sólo te equivocas conceptualmente en una cosa. No puedes hablar de totalitarismo, eso introduce la violencia en el estado, ya sea arbitrariamente o ideológicamente porque se dirige a un fin idílico: una supuesta utopía. Sin embargo, el autoritarismo no tiene porqué utilizar la violencia. Es más, las leyes son autoritarias y garantizan las libertades. De lo que se trata entonces es de sustituir las actuales pseudodemocracias que hablan de libertad y sólo es para unos pocos por un régimen autoritario que garantice, primero la igualdad ante la ley y la igualdad material, eliminación de la miseria y el hambre, así como la posibilidad de la superviviencia en el planeta. Pero también debe garantizar la libertad de pensamiento y de expresión. Parece que la democracia liberal no funciona. Otra cosa sería la republicana. Ésta última tiene dos diferencias importantes. Uno, es más importante la comunidad que el individuo, por tanto de ella se sigue más el principio de igualdad que el de libertad. Pero es tremendamente exigente con respecto al individuo porque lo que se persigue es la excelencia pública del ciudadano. Dos, todo ciudadano tiene que ser ejemplar y ocuparse de la cosa pública. Esto es, que lo prioritario en sus intereses es el estado o comunidad frente al individuo y en eso consiste su ejemplaridad pública. Y aquí es donde yo digo lo de Kant, aquello del fuste torcido de la humanidad. No sé si se puede alcanzar la excelencia por parte de una gran mayoría, no te digo ni siquiera de todos. Ya te digo que vengo pensando esto últimamente. Y hablando de Kant pues me acuerdo que Kant no defendía la democracia, sino un estado autoritario que permitiera la libertad del uso público de la razón. “Pensad sobre todo lo que queráis pero obedeced”. Y ahí es donde él ve la posibilidad del cambio. Porque el uso crítico de la razón es el que debe cambiar al gobernante y sus leyes, no por elección. Y como te dije esta mañana, y además he leído también esta mañana por ahí en un artículo, la democracia es pasajera. La hubo en Grecia y en Roma, ambas acabaron en imperio. Lo nuestro sería acabar en autoritarismo. Tenemos un modelo mixto ahora mismo en el mundo que es el que mejor funciona pero es brutal y no soluciona el problema ecológico porque está anclado en el paradigma neoliberal del crecimiento económico. Como ya sabes es China. Con ello quiero decir que se pueden dar modelos mixtos no democráticos y altamente eficaces en el desarrollo, pero fallidos por otro lado. Por eso no creo yo que sea muy descabellado pensar lo que tú dices. Lo que ocurre es que nos han adoctrinado y han convertido la democracia en algo sacrosanto, cuando en realidad la toman como un mero nombre. Es decir, dos alternativas: República, comunidad, ejemplaridad pública, libertad e igualdad. O autoritarismo, igualdad y libertad.

 

P.D. Da cosa hablar de autoritarismo, pero si nos paramos a pensar vivimos simplemente en un fascismo económico que condena a media humanidad al hambre y a la otra mitad a la insatisfacción, el vacío espiritual y el egocentrismo hedonista y egoísta. No hay nada que perder y mucho que ganar.

Marx MANIFIESTO COMUNISTA.

BURGUESES Y PROLETARIOS [*1*]

 

La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días [*2*] es la historia de las luchas de clases.

Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros [*3*] y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras franca y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases beligerantes.

En las anteriores épocas históricas encontramos casi por todas partes una completa división de la sociedad en diversos estamentos, una múltiple escala gradual de condiciones sociales. En la antigua Roma hallamos patricios, caballeros, plebeyos y esclavos; en la Edad Media, señores feudales, vasallos, maestros, oficiales y siervos, y, además, en casi todas estas clases todavía encontramos gradaciones especiales.

La moderna sociedad burguesa, que ha salido de entre las ruinas de la sociedad feudal, no ha abolido las contradicciones de clase. Únicamente ha sustituido las viejas clases, las viejas condiciones de opresión, las viejas formas de lucha por otras nuevas.

Nuestra época, la época de la burguesía, se distingue, sin embargo, por haber simplificado las contradicciones de clase. Toda la sociedad va dividiéndose, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases, que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado.

De los siervos de la Edad Media surgieron los villanos libres de las primeras ciudades; de este estamento urbano salieron los primeros elementos de la burguesía.

El descubrimiento de América y la circunnavegación de África ofrecieron a la burguesía en ascenso un nuevo campo de actividad. Los mercados de las Indias y de China, la colonización de América, el intercambio con las colonias, la multiplicación de los medios de cambio y de las mercancías en general imprimieron al comercio, a la navegación y a la industria un impulso hasta entonces desconocido, y aceleraron, con ello, el desarrollo del elemento revolucionario de la sociedad feudal en descomposición.

El antiguo modo de explotación feudal o gremial de la industria ya no podía satisfacer la demanda, que crecía con la apertura de nuevos mercados. Vino a ocupar su puesto la manufactura. La clase media industrial suplantó a los maestros de los gremios; la división del trabajo entre las diferentes corporaciones desapareció, ante la división del trabajo en el seno del mismo taller.

Pero los mercados crecían sin cesar; la demanda iba siempre en aumento. Ya no bastaba tampoco la manufactura. El vapor y la maquinaria revolucionaron entonces la producción industrial. La gran industria moderna sustituyó a la manufactura; el lugar de la clase media industrial vinieron a ocuparlo los industriales millonarios -- jefes de verdaderos ejércitos industriales -- , los burgueses modernos.

La gran industria ha creado el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial aceleró prodigiosamente el desarrollo del comercio, de la navegación y de todos los medios de transporte por tierra. Este desarrollo influyó a su vez en el auge de la industria, y a medida que se iban extendiendo la industria, el comercio, la navegación y los ferrocarriles, desarrollábase la burguesía, multiplicando sus capitales y relegando a segundo término a todas las clases legadas por la Edad Media.

La burguesía moderna, como vemos, es por sí misma fruto de un largo proceso de desarrollo, de una serie de revoluciones en el modo de producción y de cambio.

Cada e tapa de la evolución recorrida por la burguesía ha ido acompañada del correspondiente éxito político [10].*** Estamento oprimido bajo la dominación de los señores feudales; asociación armada y autónoma en la comuna [*4*]; en unos sitios, República urbana independiente; en otros, tercer estado tributario de la monarquía [11]; después, durante el período de la manufactura, contrapeso de la nobleza en las monarquías feudales o absolutas y, en general, piedra angular de las grandes monarquías, la burguesía, después del establecimiento de la gran industria y del mercado universal, conquistó finalmente la hegemonía exclusiva del Poder político en el Estado representativo moderno. El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa.

La burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario.

Dondequiera que ha conquistado el Poder, la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus "superiores naturales" las ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel "pago al contado". Ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta. Ha hecho de la dignidad personal un simple valor de cambio. Ha sustituido las numerosas libertades escrituradas y bien adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio. En una palabra, en lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas, ha establecido una explotacion abierta, descarada, directa y brutal.

La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al sabío, los ha convertido en sus servidores asalariados.

La burguesía ha desgarrado el velo de emocionante sentimentalismo que encubría las relaciones familiares, y las redujo a simples relaciones de dinero.

La burguesía ha revelado que la brutal manifestación de fuerza en la Edad Media, tan admirada por la reacción, tenía su complemento natural en la más relajada holgazanería. Ha sido ella la que primero ha demostrado lo que puede realizar la actividad humana; ha creado maravillas muy distintas a las pirámides de Egipto, a los acueductos romanos y a las catedrales góticas, y ha realizado campañas muy distintas a los éxodos de los pueblos y a las Cruzadas.

La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales. La conservación del antiguo modo de producción era, por el contrario, la primera condición de existencia de todas las clases industriales precedentes. Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, una inquietud y un movimiento constantes distinguen la época burguesa de todas las anteriores[12]. Todas las relaciones estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen añejas antes de haber podido osificarse. Todo lo estamental y estancado se esfuma; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas.

Espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a sus productos, la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas partes.

Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía dio un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materias primas indigenas, sino materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del globo. En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas con productos nacionales, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción productos de los países más apartados y de los climas más diversos. En lugar del antiguo aislamiento de las regiones y naciones que se bastaban a sí mismas, se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones. Y esto se refiere tanto a la producción material, como a la producción intelectual. La producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio común de todas. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan de día en día más imposibles; de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal.

Merced al rápido perfeccionamiento de los instrumentos de producción y al constante progreso de los medios de comunicación, la burguesía arrastra a la corriente de la civilización a todas las naciones, hasta a las más bárbaras. Los bajos precios de sus mercancías constituyen la artillería pesada que derrumba todas las murallas de China y hace capitular a los bárbaros más fanáticamente hostiles a los extranjeros. Obliga a todas las naciones, si no quieren sucumbir, a adoptar el modo burgués de producción, las constriñe a introducir la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas. En una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza.

La burguesía ha sometido el campo al dominio de la ciudad. Ha creado urbes inmensas; ha aumentado enormemente la población de las ciudades en comparación con la del campo, substrayendo una gran parte de la población al idiotismo de la vida rural. Del mismo modo que ha subordinado el campo a la ciudad, ha subordinado los países bárbaros o semibárbaros a los países civilizados, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente.

                        EL ÁGORA

 

Prólogo.

 

            Pretendo en esta obra  escribir un librito sobre ética y filosofía política dirigida fundamentalmente a mis alumnos. Todo lo que uno hace en el ámbito intelectual, en el fondo va dirigido a ellos. Pretendo hacerles pensar sobre los temas de la justicia y de la virtud. El alumno piensa que la filosofía, como cualquier otro saber, está muy alejado de la vida. Pues, mire usted que no. El saber está imbricado en nuestra vida a través de nuestra tecnología. Es más nuestra evolución depende la la tecnología. Somos seres tecnoevolucionados. No nos podemos entender sin técnica. El hombre desudo o el hombre natural no existe.

 

            Pero también les quiero decir al oído a mis alumnos, sin que los demás profes se enteren, que el saber más importante, el que realmente merece la pena es el saber filosófico. Este saber es, por lo demás, la condición de posibilidad del resto e los saberes, este saber que parece una antigualla y que sus libros nos parecen que estar marcados por el polvo del olvido es un saber absolutamente presente y, aún más, necesario. Sin ir más lejos pienso, y así se lo comunico a mis sufridos alumnos que la crisis actual es una crisis filosófica; de ahí las dimensiones globales que tiene. Sólo la filosofía afecta a la globalidad. El origen de la crisis está en una cosmología, una forma de ver el mundo y una forma de relacionarnos con él, por eso es una crisis filosófica, porque resulta que la forma que hemos elegido es absolutamente errónea. Urge cambiar de cosmovisión,  de paradigma, que dicen los filósofos cultos.[1] Una nueva visión del mundo y de nuestra relación con la biosfera a la que por más que nos empeñemos pertenecemos es la vía teórica de solución de los problemas. Después vendrá la técnica, pero ésta no existe sin problema. Y no se ha detectado que nuestra crisis es filosófica, por eso andamos parcheando. Y todo esto tiene que ver con el alumno, aunque él no lo crea. Tiene que ver con su presente, con la crisis que está viviendo, con el futuro que le espera, con la información que recibe a través de los medios de comunicación. Estas reflexiones ético-políticas pretenden arrojar un poco de luz en las tinieblas que siempre han sido la mente del hombre.

 

            En tanto que hombres somos el ser del sentido, es decir, nuestra existencia no viene con un catálogo de instrucciones de uso que nos proporcione el ansiado bienestar. Nuestra genética es abierta y nuestra realidad se configura en diálogo con el mundo exterior. Somos seres conscientes de nuestros propios límites. Y esos límites nos enfrenta a la muerte. Nuestra existencia es indiferencia, dolor y sufrimiento, adobado con algún momento de felicidad y algo de bienestar. Pero como el hombre es un ser abierto resulta que es el dueño de su propia biografía. No completamente dueño porque existen determinaciones y condicionantes, pero sí lo suficiente como para cincelar nuestra biografía y ser responsables de nuestra historia.

 

            La pregunta fundamental del hombre es precisamente ¿Quién soy yo? O ¿qué es el hombre? En este escrito vamos a intentar responder a dos partes de esta pregunta ¿qué debo hacer?, que es la pregunta de la ética y ¿qué debo esperar?, que sería la pregunta de la religión. Pero una vez que hemos secularizado el discurso, esta pregunta la podemos plantear en una dimensión histórica filosófica, ¿tiene sentido la historia? La filosofía es un saber radical que se pregunta por las raíces de nuestra existencia. La radicalidad de la filosofía, así como su visión cosmológica es su idiosincrasia. Si abandonamos la filosofía nos abandonamos a nosotros mismos. Decía el viejo Sócrates, que “una vida sin análisis no merece la pena de ser vivida”. Y es cierto, si no nos analizamos nos convertimos en simples replicantes del sistema, en androides, robot, esclavos. Si no nos analizamos no sabemos porqué pensamos, sentimos y actuamos como lo hacemos, no somos libres; y la dignidad del hombre, precisamente reside en su libertad. Por eso no merece la pena la vida sin análisis, porque es infrahumana, sin embargo la vida que no ceja en el análisis es una vida en y desde la libertad.

 

 

Capítulo I

La democracia en Atenas.

 

            Atenas es el cimiento de occidente. Es el baluarte del saber filosófico y de toda la cultura occidental. La cultura occidental podría muy bien no haber existido si los persas hubiesen ganado esa famosa batalla de Salaminas, pero no fue así. A los griegos se les achaca el milagro de la aparición del pensar racional. Aquello que es conocido como el paso del mito al logos. No se puede hablar de milagros en la historia. Hubo una serie de factores que coincidieron y de los cuáles emergió, como algo nuevo, lo que damos en llamar la tradición racional y crítica. Frente a las explicaciones míticas lo que tenemos ahora son explicaciones filosóficas o científicas que requieren la utilización de la razón para explicar el mundo y que no se conforman con la vana creencia, sino que exigen razones y crítica. Y esa crítica se ejerce mediante el diálogo. Eso significa que el logos, la razón, es común al hombre. Nadie posee la razón, ésta es el instrumento para la búsqueda de la verdad. Y de aquí surge una deriva ética muy interesante. Para ejercer el diálogo es necesario el respeto, escuchar las razones del otro, es más, la tolerancia, ponerte en el lugar del otro asumiendo la posibilidad de que uno mismo es el que está equivocado. Es esta actitud del respeto y la tolerancia la que surge del fondo de la historia occidental, la que nos hace estrictamente occidentales o europeos, sin querer caer aquí en ningún etnocentrismo. Las cuestiones sobre la naturaleza no se resuelven desde la creencia, sino desde el diálogo. El diálogo no obliga, sino que exige razones, es búsqueda en común, la creencia, por el contrario, exige obediencia. Genera fanatismo e integrismo y de ahí se sigue rápidamente la violencia. Por eso que el pensamiento ha estado siempre enfrentado al poder. Porque el poder quiere siempre permanecer, no admite la crítica, no es capaz de descentrarse como exige la tolerancia. El ejercicio del pensamiento es una carga de profundidad contra el poder. No olvidemos que el poder es control. Y el control fundamental es el de las ideas. La historia de la humanidad es la historia de la tensión entre el pensamiento y el poder.

 

            Pues una de las grandes ideas que se les ocurre a los griegos, una auténtica revolución intelectual, es el concepto de cosmos. Se les ocurre pensar, nada más y nada menos, que todo lo que hay es un orden. Que todo está sometido al logos, la razón, que nada ocurre porque sí, ni está sujeto a la voluntad de los dioses. En fin, que el mundo es un orden que se explica por sí mismo. Esto elimina del horizonte a los dioses y abre las puertas al ejercicio de la razón y la tolerancia. Y es ésta la idea que nos ha permitido hacer ciencia. Si resulta que todo lo que hay es un orden, regido por el mismo logos, no un caos sujeto a la voluntad de los dioses, pues entonces puedo buscar las leyes que determinan las regularidades del cosmos. Y esto es ni más ni menos que la historia de la ciencia. Y cito esta idea, no sólo por la gran relevancia en la historia de la ciencia, sino por la semejanza que va a tener con el surgimiento de la democracia.

 

            Atenas, tras la batalla de Salamina y la victoria contra los persas se ha establecido en el centro cultural, económico y social de Grecia. Lideraba la liga griega. Todo ello dio lugar a un aumento de su riqueza, todas las polis estaban obligadas a un pago a la metrópolis, y un crecimiento comercial y cultural inédito. Atenas se convierte en la capital del mundo civilizado. Y en Atenas es donde tiene su apogeo la filosofía. Pero para ello tiene que darse una condición, condición que es necesario que extrapolemos a lo que sucede hoy en día. En Atenas surge una nueva forma de gobierno que es la democracia. Ello significa el poder del pueblo. Es decir, que en el pueblo reside el poder. Pero en Atenas el pueblo no son todos los habitantes de Atenas, sino los llamados ciudadanos libres. Y un ciudadano era libre en la medida en la que no necesitaba de otro para subsistir. Es decir, que hay una estrecha relación y una determinación entre hombre libre y economía. El hombre libre es el que económicamente se lo puede permitir. Pero en un sustrato filosófico que trasciende este real determinismo económico y esta lectura marxista de la historia, podríamos decir que el hombre libre es el autónomo, aquel que se da la ley a si mismo. La norma de su vida procede de sí mismo, no es exterior a él. Los hombres libres son los ciudadanos y los ciudadanos son aquellos que pueden darse a sí mismo la norma. Y aquí encontramos la semejanza con la idea del cosmos que analizábamos antes. El cosmos se rige por su propia ley. Pues la democracia supone que el estado se rige por las leyes que el mismo pueblo, ciudadanos, se da a sí mismo. Eso supone que las leyes que rigen a la ciudad no proceden de fuera, sino de los mismos ciudadanos.

 

            Es importante señalar un concepto cardinal en la polis griega. La polis está habitada por los políticos, por lo que hoy en día llamamos ciudadanos. Los políticos, los hombres libres son los que se ocupan del bien de la ciudad, de la cosa pública. La virtud, entonces, está relacionada con la ciudadanía. Ética y política en la Grecia clásica y en la Atenas que estamos describiendo coinciden. Lo importante del ciudadano es su acción pública, lo privado carece de importancia. Además en lo privado no hay virtud. Virtud es virtud civil. Por eso los atenienses llaman “idiotes” a aquel que se dedica a sus asuntos privados, al que no se preocupa de la polis. Y éste es un punto importante para reflexionar. Hoy en día la ciudadanía se ha vuelto sobre sí mismo, digamos que se ha vuelto idiota, sólo se mira y sólo le importa el sí mismo. Estamos ante un ciudadano que no es tal, que es un esclavo, una máquina de obtener placer, un nihilista egocéntrico. Un personaje que no ve más allá de sus propias narices y que se conforma en la vida con la satisfacción perentoria de sus pequeños placeres. Por eso este tipo de ciudadano es antisolidario, no es capaz de ponerse en el lugar del otro. Pero no es él el culpable. Es el modo de sociedad al que hemos llegado, el posmodernismo y el tardocapitalismo el que por medio de los medios de comunicación lo ha convertido en lo que es. El poder es control y el control se ejerce sobre los ciudadanos para que estos dejen de ser tales y se conviertan en replicantes, papagayos y esclavos satisfechos que no vean la miseria del otro y la crueldad del sistema. La verdad es que poco margen nos queda.

 

            Pero no eran las cosas así en Atenas. Aunque también precisamente la democracia en Atenas degenera en demagogia, se corrompe y se pone al servicio de unos pocos, los más fuertes. De ahí la crítica que harán Sócrates y, sobre todo, el aristócrata Platón. La democracia ateniense aporta los siguientes conceptos fundamentales: Excelencia, isonomía, isegoría, asamblearia o directa. Pasamos al análisis de cada una de estas.

 

            No estamos acostumbrados en nuestras democracias caducas y degeneradas, y mucho menos, después de veinte años de Logse-Loe- a hablar de excelencia. El concepto, o, mejor la palabra ha pasado casi al olvido. Incluso, me temo que se la relaciona con el ogro del elitismo. Quiero demostrar y enseñar a mis alumnos, futuros ciudadanos, que la excelencia es el fin de la democracia y de la educación. A lo que la educación y los medios de comunicación (desinformación-control) de masas nos tienen acostumbrado es a la mediocridad. Los títulos se regalan, las exigencias son cada vez menores, la ignorancia de profesores y alumnos va en aumento. El profesor no promociona por sus conocimientos sino por los cursillos pedagógicos impartidos por CPRs y sindicatos que así ven engordadas sus cuentas y encuentran un sentido a su sinsentido. Los alumno vaguean, son irrespetuosos, imitan los modelos mediocres, sino, cuasicriminales e inmorales de los medios de comunicación y de los programas del corazón. La misma política se ha convertido en un espectáculo esperpéntico en el que no hay virtud, sino lucha por el poder. Donde tendría que haber virtud, hay corrupción, donde tendría que haber argumentación fluye el insulto fácil. Y todo éste es el caldo de cultivo de socialización y educación de nuestros jóvenes. Pues, no señor, ése no es el espíritu de la democracia. El espíritu al que yo me refiero está ya en la oración fúnebre de Pericles, fundador de la democracia ateniense en su segundo periodo. Pericles, en su oración ante los cuerpos de los soldados caídos en batalla nos dice algo muy importante y que debemos tener en cuenta si queremos regenerar nuestra corrupta democracia. Dice, hemos vencido porque nosotros defendíamos nuestras leyes, nuestra ciudad. Atenas es el fruto de nuestras decisiones. El pueblo ateniense se gobierna a sí mismo, no obedece a nadie, ni a un tirano, ni al más rico, ni al clero, se obedece a sí mismo. Y eso le da su fuerza, porque defiende lo que es suyo. Pero es que, además, en nuestra democracia, procuramos educarnos en la areté (virtud). La virtud, aclaro, es la excelencia, lo contrario de la mediocridad. Es decir que perseguimos que sean los mejores, los más excelentes los que nos guíen. El ascenso social no es por oportunismo sino por virtud. He ahí la fuerza de Atenas. Sería interesante recuperar aquí que éste es uno de los ideales básicos republicanos. La república exige de ciudadanos virtuosos. Esto es, de lo que llamamos ejemplaridad pública.

 

            La isonomía es una característica esencial a la democracia. Implica igualdad, pero no del ser u ontológica, sino, igualdad ante la ley. En la democracia la ley es igual para todos o la ley iguala a todos. Es lo que llamamos hoy en día el imperio de la ley o, más técnicamente, estado de derecho. Que todos seamos iguales ante la ley implica que no existen diferencias legales en la polis, pero si fácticas. Todos somos diferentes, pero todos estamos bajo la misma ley. La ley evita los enchufismos y los atajos. La ley es igual para todos. Y lo es porque es fruto de todos. Las leyes son el conjunto de normas que hemos decidido tomar para gobernarnos, si las traicionamos, además de traicionar a la ciudad nos traicionamos a nosotros mismos. No hay que olvidar que en este momento, hombre y ciudadano son una y la misma cosa. La pérdida de sentido de la ciudad es la pérdida de sentido del ciudadano. Algo muy distinto ocurre en nuestras democracias representativas y caducas. En primer lugar, los representantes están muy alejados del pueblo y no son, que digamos, un ejemplo de virtud. La ejemplaridad pública del político, por el contrario brilla por su ausencia. El caso es que el ciudadano, entre sus representantes y la corrupción que le transmiten los medios de deformación y control de masas, para nada se siente identificado con la polis y actúa individualistamente porque es consciente de que, de hecho, la ley no es igual para todos.

 

            Tercer principio fundamental, la isegoría. Es la posibilidad de utilizar libremente la palabra en la asamblea. Todo el mundo puede hablar por igual en la asamblea y todos serán escuchados de la misma manera. Es lo que hoy en día llamamos libertad de expresión. Pues bien, esto fue un gran invento griego, sobre todo ligado a la isonomía. Si todos somos iguales, porque somos libres y autónomos todos tenemos la misma posibilidad de hablar. Pues en nuestros días la tan cacareada libertad de expresión no es más que apariencias. Y os lo demuestro para que vosotros luchéis por una auténtica igualdad y libertad de expresión. Primero, no se puede confundir la libertad de expresión con la libertad política, pero eso lo veremos después. Lo que se nos ha vendido como libertad de expresión es la libertad de opinar sobre todo lo que yo quiera, en el momento que quiera y sin el más mínimo conocimiento de causa. Es decir, lo que se nos ha vendido es el espejismo de la equivalencia de las opiniones. La libertad de expresión no es que cualquiera puede opinar sobre lo que quiera, sino que cualquiera pueda expresar sus opiniones fundadamente y estar dispuesto, mediante el diálogo racional a enmendar sus errores y aprender. Hay que tener en cuenta que cada cual sabe muy poco de muy poco. Eso de la equivalencia de las opiniones es prepotencia. Además, con ello lo que se persigue es el control de la ciudadanía. De esta forma, los pseudociudadanos tienen una apariencia de libertad, cuando realmente son esclavos. Porque, precisamente, son las opiniones las que lo tiranizan. Y, en definitiva, si todas las opiniones son equivalentes, al final la que prevalece es la del más fuerte. Y para cerciorarnos de esto sólo tenemos que echar un vistazo a la política internacional. Por otro lado, mi libertad de opinión no es tal, es apariencia. Ya hemos dicho antes que mis opiniones son construidas por la educación y, sobre todo por los medios de desinformación y control de masas. Por tanto, yo no pienso por mi mismo, ideal ilustrado, sino que yo pienso lo que los grandes poderes quieren que piense. Estamos dentro de una caverna en la que todo son sombras. Si me sigues encontrarás un poco de luz para salir de esta esclavitud. Pero decía también que la libertad de expresión no es lo mismo que la libertad política. Una cosa es poder expresar libremente tus opiniones y otra cosa pensar una alternativa política. La democracia liberal nos ha llevado a un sistema bipartidista en  el que los dos partidos enfrentados defienden el mismo modelo político diferenciándose en lo superficial o anecdótico. De esta forma, la libertad política queda cercenada a la hora de votar, porque no existen opciones posibles, sí reales, pero no realmente representables. El control es absoluto.

 

            Decíamos también que la democracia es asamblearia o directa. Los ciudadanos en la asamblea toman las decisiones después de la exposición y el debate de las diferentes posturas. Los ciudadanos son sus propios representantes. Hoy en día, por necesidad, los representantes son la clase política. Pero, una cosa importante, el hecho de que la democracia tenga que ser representativa no implica su corrupción intrínseca. Otra cosa, por muy representativas que sean nuestras democracias ello no implica la posibilidad de arbitrar los métodos y las técnicas de la participación, así como fomentar la ejemplaridad pública que no es más que la virtud civil. Estos son los pilares del republicanismo con el que coincidimos. Digamos que aunamos realismo político y esperanza a la vez.

 

            Y antes de entrar con los sofistas y Sócrates quisiera mencionar una idea muy importante que tomé de Pedro Fernández Liria y que era algo que yo sabía, pero no sabía que lo sabía, o no le había dado la dimensión y la importancia que tiene. El ágora es la plaza, un lugar vacío. El emperador persa Jerjes, se reía de los griegoas por el desperdidicio de ese lugar. Pues bien, precisamente ese lughar vacío es el centro de atenas y de la democracia. El ágora está habitada por la razón, el logos, el lenguaje, la argumentación. Algo absolutamente universal de lo que cualquiera puede participar. Cuando los griegos están e el ágora o que los hace comunes es el logos, el lenguaje. Lenguaje a partir del cual entienden el mundo y se entienden a sí mismos. Nadie puede usrpar el logos, porque el logos es común por igual a todos, de ahí lo de la isonomía. La democracia funciona cuando el logos es común, cuando no hay nadie, ni un grupo que usurpa el lugar del logos. Si alguien usurpa ese lugar se acabó la democracia y empieza el interés particular. Adviértase que filosofía tiene que ver con logos y universalidad. Por eso es muy importante pensar lo siguiente. La democracia es la condición de posibilidad para que se de el pensamiento, así como el pensamiento libre es la condición de posibilidad para que se sostenga la democracia. Filosofía y democracia van unidas. De ahí que haya mantenido que vivimos una crisis filosófica, entre otras cosas, porque nos estamos quedando sin pensamiento libre.

 

            Y llegamos así a los sofistas. Estos eran metecos, es decir, inmigrantes o forasteros que recalan en Atenas como muchos otros porque la ciudad se había convertido en el centro de la civilización griega. Quiero advertir desde el principio, que los sofistas no son los malos de la película. Que su tesis del relativismo, entendiéndolo desde un punto de vista moderado casa perfectamente con la democracia. Si decimos que alguien tiene la verdad absoluta, entonces caemos en el dogmatismo y en el fin de la democracia. Ahora bien, si decimos que todo vale y todo se puede defender, entonces estamos también ante la corrupción de la democracia, la demagogia. Hay que entender a Sócrates en este debate, igual que al aristócrata Platón, enfrentado a los sofistas. La democracia es su enemiga.

 

            Los sofistas son forasteros que se declaran maestros de virtud y cultura. En realidad eran hombres muy eruditos y viajados, pero quizás no les calce bien eso de sabios. El papel de los sofistas en la democracia ateniense es el de enseñar la retórica, el arte de convencer independientemente de la verdad de aquello de lo cual se intenta convencer. Los sofistas sostienen esta idea porque mantiene la teoría del relativismo. Curiosamente una teoría muy extendida hoy en día y sobre la que hablaremos. Los ciudadanos ateniense lo que pretenden es vencer en los discurso, es decir, convencer. Su preocupación, al menos en principio, es la polis. Por eso echan mano de los sofistas para que estos le enseñen el arte del discurso. El peligro de la sofística o de la retórica es que guarda el germen de la demagogia. Los sofistas intercambian su papel, venden su mercancía. Sostienen el relativismo y al sostener tal lo que nos dicen es que todo es verdad. Y si todo es verdad, todo se puede defender. Esa era la idea. La importancia recae sobre la palabra, no sobre la verdad. La verdad absoluta no existe. Como dice Protágoras, “tal y como las cosas aparecen para mi, así son, tal y como las cosas aparecen para ti, así son. Pues hombre eres tú y hombre soy yo. Es decir, que es nuestra igualdad en tanto que hombres la que hace equivalentes las verdades. Y si todas las verdades son equivalentes lo importante es nuestra capacidad de defenderlas, la retórica. Es el imperio o la omnipotencia de la palabra. De lo que se trata es de demostrar qué es lo más útil. La verdad es lo útil, y esto que es útil puede cambiar de un momento a otro. Por tanto, si todo es verdad, todo se puede defender.

 

            Ante esta situación es frente a la que se encuentra el maestro Sócrates. Éste está inmerso en la realidad política de su ciudad, convive con los sofistas, los escucha. Utiliza sus mismas armas, las palabras, pero las formas serán totalmente distintas. Sócrates hace una serie de declaraciones que lo diferencian de los sofistas y lo convierten en un filósofo paradigmático, el modelo del filósofo. En primer lugar, considera que no sabe nada, declara qu “yo sólo sé que no sé nada” En esta declaración va implícita el reconocimiento de cierta ignorancia, cosa que los sofistas no hacían. Precisamente practicaban lo contrario, se autoproclamaban sabios. En segundo lugar Sócrates siempre siguió la máxima de Apolo, “Conócete a ti mismo”. El conocimiento de uno mismo, mediante el diálogo, es el ejercicio ineludible de nuestra vida. Por eso que Sócrates declare al final de su vida “La apología de Sócrates” una vida sin análisis no merece la pena de ser vivida. Si no nos analizamos, si no intentamos comprendernos, si no escrutamos en nuestras ideas, creencias y prejuicios, seremos esclavos. Pensaremos según quieren que pensemos, seremos clones o replicantes. Y esto no es lo propio de una persona. Lo propio del ser humano es el pensar por sí mismo, la autonomía. Eso es lo que vosotros los jóvenes debéis seguir y no dormiros en los laureles de la pereza y la cobardía. Pensar, esa es nuestra divisas. Y pensar es siempre pensar contra, específicamente, pensar contra los que nos quieren controlar.

 

            Pues bien, cuenta la leyenda que un buen día un discípulo de Sócrates se dirigió al oráculo del templo de Delfos, dedicado al dios Apolo, y le preguntó quién era el hombre más sabio de Grecia. La respuesta no se hizo esperar, el hombre más sabio es Sócrates. Nuestro filósofo, al escuchar esto no salía de su asombro. Él veía que los sofistas, los poetas, sabían. Eran poseedores de bellos discurso. Como él que decía que no sabía nada era el hombre más sabio. Pero Sócrates, como acostumbraba sigue al dios Apolo y se dirige al ágora a escuchar a los que se dicen hombres sabios, los sofistas. Y se encuentra con que no son tan sabios. Después de sus elocuentes discursos, Sócrates se dedica a preguntarles sobre las cuestiones tratadas, de tal forma que al final, caen en contradicciones. En realidad no saben lo que dicen saber. Su estado es simplemente el de la ignorancia. Y aquí es donde volvemos a enlazar con el tema de la democracia. Los sofistas están convencidos del relativismo, de que todo se puede defender. Pero resulta que ellos, para tal menester utilizan la retórica, pero Sócrates, que no sabe nada, los lleva a la contradicción. Por medio del diálogo. Aquí ocurre algo extraño. Sócrates cree en  la democracia. Sócrates utiliza la mayeútica, el diálogo para acceder a las verdades, aunque él no las conozca. Pero, claro, si los sofistas no saben, son totalmente ignorantes. Son un perjuicio para la polis. Porque no todo se puede mantener. No puede haber una equivalencia de todas las opiniones, porque en tal caso estaremos ante el gobierno del más fuerte. La democracia de esta forma se pervierte. Sócrates quiere lo mejor para la polis, pero tampoco lo mejor es la verdad absoluta, ése será el derrotero que tomará su discípulo Platón. Los sofistas, sanamente, defienden que en democracia nadie posee la verdad absoluta, que ésta convierte a la democracia en tiranía. Estamos en el fiel de la balanza. La democracia es un gobierno que no es perfecto, sino perfectible. Lo que hay que garantizar es que el ágora esté habitada por el logos y que todos podamos participar de él de la misma manera. Lo que hay que evitar es que algún particular usurpe el lugar del logos y se erija en la razón universal. Por eso la democracia se ejerce desde el diálogo. La propuesta de Sócrates es el diálogo como busca de acuerdo y consenso universal, frente a la retórica que intenta convencer. Y ya sabemos que cuando se intenta convencer no se habla a la razón, sino a las pasiones. El diálogo, por el contrario, se basa en la razón. Aunque tampoco hay que olvidar que la razón no está separada de los afectos, pero, de lo que se trata es de dirigir, por medio de la razón los afectos hacia lo mejor, para el ciudadano y para la polis.

 

 

La política de Platón

 

            A estas alturas ya sabes bastante de política y algo de ética, en la medida que la ética en la Atenas clásica se identificaba con la política. Las únicas virtudes eran las cívicas, las que se realizaban en y para la polis. La vida privada era casi meramente animal y no repercutía en el bien y la justicia de la polis. Y sabes también, a estas alturas que la democracia es algo complejo. Que no es la panacea que nos quieren vender desde los poderes establecidos, que la verdad tiene muchas caras, que, por la noche todos los gatos son pardos. Sabes ya, que sin cierta dosis de relativismo, nadie puede erigirse con la verdad absoluta, no es posible la democracia. Pero también te has percatado de que un relativismo radial nos lleva a la demagogia que es la forma natural de corrupción de la democracia. Hoy en día, precisamente, vivimos en partitocracia en la que los partidos practican la demagogia (engaño consciente de la ciudadanía para conseguir el bien privado) para aumentar su lista de votos y con ello su poder. Todo esto lo sabes e intuyes muchas otras, entre ellas que la democracia no es una forma de gobierno estable, sino dinámico y en construcción, pero esto lo dejaremos para después, porque Platón es el gran crítico de la democracia y la esencia de sus argumentos sigue siendo válida, mal que les pese a muchos.

 

            Platón fue siempre un enemigo declarado de la democracia. Procedía de la aristocracia griega. Confió en la democracia, pero le defraudó, pero mucho más le defraudaría el gobierno de los treinta tiranos, como nos cuenta en la famosa Carta VII. Y, al final, la democracia condena a muerte al hombre más justo de Atenas. Esto no le cuadra de ninguna de las maneras a Platón. Un gobierno justo no puede condenar a muerte a un hombre justo, y Sócrates es un hombre justo, luego la democracia es un gobierno injusto. En última instancia, la democracia para Platón es el gobierno de los ignorantes. La mayoría representa a los ignorantes, a aquellos que no han alcanzado el saber, los que no han salido de la caverna y su saber se reduce a sombras, mera opinión. Los que habitan en el interior de la caverna son la muchedumbre, son la mayoría, el pueblo. Y es este pueblo el que es engañado por los retóricos y demagogos, que hablan a las pasiones y no a la razón. Por eso el pueblo es esclavo de la demagogia. Su libertad es aparente. Lo que Platón propone es que si queremos un gobierno justo tendrá que ser el de los mejores. Pero, ¿quiénes son los mejores? Pues los mejores son los sabios. Así el gobierno justo ha de ser el de los sabios porque estos saben lo que es la justicia. Y hay que tener en cuenta que, desde la tesis del intelectualismo moral socrático-platónico, quien conoce la virtud, se hace virtuoso. Por eso el sabio, que conoce la justicia es justo y a él hay que encomendarle el gobierno. Igual que cuando queremos educar a nuestro hijo en la equitación acudimos al maestro de equitación, cuando queremos curarlo acudimos al médico y nunca al sofista, el retórico o el demagogo. Estos incluso puede parecer que saben más, pero realmente no saben, su único saber es el del engaño del discurso. La conclusión es que hay que abandonar a los retóricos y también el dominio de las mayorías, porque éstas se dejan seducir por los engaños de la palabra, no por el que sabe. Probablemente la mayoría frente a un médico o un profesor y un sofista (los tertulianos o todólogos de hoy en día) hagan más caso a los sofistas que a los expertos. Desde luego, yo como profesor considero que tengo un poder ínfimo sobre mis alumnos comparado al que tienen los medios de transformación y control de masas con sus programas basura y revistas del corazón. Y aquí hay que tener en cuenta también un viejo mito que nos recuerda Popper, es el mito de las mayorías. Se suele pensar acríticamente que las mayorías, por el hecho de serlo, tienen la razón. Falso. Las mayorías pueden estar tremendamente equivocadas y es necesario, en muchos casos, enmendar su opinión. Pero al poder le interesa ese mito porque así se ve legitimado para actuar. Lo que dice la mayoría es lo que la mayoría dice y punto. Y no tienen nada que ver con la verdad. Los sistemas de control de lo que es verdad pertenecen al quehacer científico, no a una campaña electoral sofistico-retórica y a unas elecciones controladas por el poder. Y la historia está plagada de ejemplos sangrientos en los que se ha seguido el pensar de la mayoría. Este mito, insisto, es muy peligroso y aunque lo formula Popper, está en germen en Platón, a pesar de que Popper, políticamente, sea un enemigo sin cuartel de Platón. Pero eso ya lo veremos en su momento.

 

            Podemos concluir entonces que el gobierno de la mayoría, de los llamados hombres libres no es más que el gobierno de los ignorantes, de los que permanecen y quieren permanecer en interior de la caverna sin querer ver la realidad de la luz exterior. Ante esta situación Platón, como digo, se plantea la pregunta de quién debe gobernar. Y la respuesta es clara. Debe gobernar el mejor y éste es el sabio. Y cómo establecemos esta forma de gobierno. Pues bien, para Platón existirían tres clases o estamentos: el pueblo llano, los guerreros y los filósofos gobernantes. A cada uno de ellos se identifica con una virtud. Desde el principio en Platón hay una distinción ontológica entre los hombres una desigualdad, a pesar de que su estado es un comunitarismo. El pueblo llano tendrá la virtud de la templanza, el guerrero la del valor y la del gobernante, la prudencia. Habrá una virtud superior que engloba a todo el estado y ésta es la de la justicia. La justicia es el equilibrio entre todos los ciudadanos. Es decir, que cada cual realice la misión para la cual está capacitado. Dicho de otra forma. Cada uno en el estado tiene una función. Y si todos realizan su función, el pueblo realiza el trabajo productivo, el guerrero defiende y mantiene el orden y el filósofo gobierna, entonces habrá justicia. Esto nos lleva a la concepción de un estado que, por el bien común, elimina al individuo. Es lo que podemos llamar el comunismo platónico. Platón lo que hace es identificar el bien del individuo con el bien del estado. Y para que en el estado exista el bien, es decir, la justicia, entonces cada cual ha de hacer lo que le corresponde. En conclusión se elimina al individuo. Lo único que importa es el estado que además mantiene una única filosofía, curiosamente la “filosofía verdadera” que es lo que declara en la carta VII. Esta justicia expresa la armonía entre las distintas clases o estamentos y ésta es el bien común. Bien articular y bien común coinciden. Por tanto, anulación absoluta del individuo. Ésta es la salida que da Platón a la democracia, un gobierno del sabio comunitario en el que queda eliminada la libertad. Sócrates, a mi parecer no hubiese ido tan lejos. Su natural escepticismo le hubiese hecho pensar que no existen formas de gobiernos perfectas.

 

            Por otro lado, Platón relaciona esta estructura del estado con la estructura del alma. Platón es dualista y su influencia, a través del cristianismo, llega a nuestros días. Considera que el hombre se compone de cuerpo y alma. A su vez, el alma se dividiría en tres partes: el alma concupiscible, que se relacionaría con el pueblo llano, la parte irascible del alma relacionada con los guerreros y la parte racional que es la que se corresponde con los filósofos gobernantes. Si nos damos cuenta, lo que nos quiere decir Platón aquí es que cada cual tiene su naturaleza y ha de ser educado conforme a ella. El pueblo llano tiende a la intemperancia, pues ha de ser educado en la moderación, templanza, los guerreros tienden a la ira, pues necesitan la educación en la valentía y el filósofo ha de aprender la prudencia. Hay que tener en cuenta que en esta sociedad cada cual cumple con su deber, el del filósofo es el de gobernar que se divide en administrar el poder y educar a los ciudadanos. Por eso ha de cultivar la prudencia. ¡Que más quisiera él que pasar todo el tiempo en el mundo del conocimiento! Por eso la educación más larga es la del filósofo. Como decíamos, los encargados de la educación son los gobernantes. Ellos son los que tienen que ver qué parte del alma domina en cada cual y a partir de ahí iniciar el proceso de educación. La educación en la virtud es tremendamente importante. Primero porque según el intelectualismo socrático, quien conoce la virtud, la practica. En segundo lugar, si el ciudadano practica la virtud está perfectamente adaptado a su estamento, es feliz; y de esta manera se evita cualquier tipo de revuelta.

 

            Dos son, para ir terminando, las condiciones que propone Platón. En primer lugar, la eliminación de la riqueza, el comunismo platónico. La propiedad privada genera desigualdad. La repúbica platónica es una aristocracia de los sabios, el dinero sólo serviría para producir división y hacer que la aristocracia degenere en oligarquía. En segundo lugar Platón establece la igualdad entre hombres y mujeres, esto nos llevaría a la abolición de la familia. La única familia es el estado que es el que debe encargarse de la educación de todos los ciudadanos y, de esta forma, se garantiza la igualdad de oportunidades. Ya no hay diferencias por nacimiento. La única familia es el estado.

 

            Es curioso como, en la actualidad, la progresiva introducción de la mujer en el mercado de trabajo ha producido la ampliación del estado de bienestar para que se ocupe de los niños que antes eran cuidados por las madres. En definitiva, y sin cinismo, se sale de una esclavitud a otra. Mi propuesta para solucionar este asunto es proclamar una renta básica igual para todos. De esta manera no existiría discriminación ante el pobre, la mujer…un tema clave y que ya Platón insinuó.

 

 

La crítica de Popper al pensamiento político platónico.

 

            Supongo que después del rapapolvo que le ha dado el señor Platón a la democracia, y con la que está cayendo, corrupción, partitocracia, desigualdad social, pues has acabado desencantado de la democracia. No es que yo quiera encantarte de nuevo. Creo que la democracia es lo mejor que tenemos, pero que es un gobierno tremendamente imperfecto y que necesita del cuidado y de la vigilancia si no queremos que caiga en la demagogia. Creo que el hombre es demasiado imperfecto, creo que es sociable e insociable, cobarde y capaz de los actos más heroicos, por eso creo que la democracia no es propiamente una forma de gobierno, sino una forma de vida que necesita de sus instituciones para ponerse en marcha.

 

            Pero lo que ahora toca no es esto, ya habrá momento para reflexionar sobre la democracia actual, aunque a lo largo de nuestro recorrido vayamos dando nuestras pinceladas. De lo que ahora se trata es de la profunda crítica y del tremendo desacuerdo entre Platón y Popper. Primero hay que decir que Poper considera a Platón uno de los mayores filósofos de la humanidad, y que dice que toda la historia de la filosofía son notas a pie de página de Platón. Pero considera que políticamente está equivocado y que su error es de tal gravedad que, desde el punto de vista político engendra un totalitarismo. La política de Platón puede ser bien intencionada, pero acaba en un totalitarismo y una eugenesia. Toda filosofía que se declara filosofía verdadera corre el riesgo de caer en el error totalitario. Pero varios son los puntos desde los que se puede anunciar el totalitarismo platónico. Después de los cuáles daremos la visión de la sociedad abierta y la democracia en sus líneas más generales porque eso lo trataremos al final del texto.

 

            Platón era un aristócrata, y su gobierno es una aristocracia. Pero su gobierno es el de los mejores, eso sí, entendiendo a los mejores como aquellos que son los más sabios. Pero Platón identifica, y queda claro en la carta VII que los mejores son los que poseen una filosofía verdadera. Si declaramos a una filosofía verdadera, entonces estamos excluyendo a todas las demás. Estamos produciendo un pensamiento único que elimina el diálogo y que, por tanto, genera dogmatismo en la medida que impone la verdad, su verdad, por la fuerza cuando alcanza el poder. El que cree poseer la filosofía o el pensamiento o la política verdadera, cuando llega al poder intenta imponerlo por la fuerza. Esto es un error porque es imposible una filosofía verdadera. Pueden ser muy acertadas las críticas de Platón a la democracia, y yo las comparto en gran parte y creo que son hoy en día aún más actuales, pero de ahí a proponer un pensamiento único va un salto que es el de la negación de la libertad. Pero claro, es que Platón no cree en la libertad, cree en el estado. Y un estado fuerte requiere una única forma de pensar y obediencia. Por mi parte, como digo, a pesar de la razón que le doy a Platón y de mi escepticismo progresivo sobre la naturaleza humana, considero que es mejor optar por la pluralidad y luchar por ella. El exterminio en nombre de la verdad me resulta patético. Será por lo de mi escepticismo que me impide creer en verdad absoluta alguna.

 

            Una segunda perspectiva desde la que se puede analizar el totalitarismo platónico es su concepción de la historia. La idea que de la historia tiene Platón es la de la decadencia, sería la contraria a la actual que es la del progreso, pero cuyo efecto es el mismo. Platón considera que la historia ha degenerado. Que en un principio, en aquellas narraciones de Hesiodo estaría la Grecia perfecta. La organización del estado en este momento sería la de la aristocracia, el gobierno del mejor, porque es el más sabio. Pero aquello degeneró, en timocracia, que serían los que querían el gobierno para su lucro personal, luego vendría la oligarquía que sería los que querrían el poder para obtener riqueza. Pero estos a su vez degenerarían en democracia, que es el gobierno del pueblo y cuyas críticas ya hemos analizado. Y a la democracia le seguirían tanto la anarquía como, posteriormente, la tiranía. De lo que se trata, según Platón es de recorrer el camino contrario y recuperar la aristocracia de los mejores en tanto que sabios. La degeneración ha sido inevitable, pero la filosofía verdadera, basada en la verdadera educación del gobernante recuperaría el estado originario, primitivo y perfecto perdido. El gran fallo de esta idea es que le subyace una idea determinista de la historia. El determinismo sugiere que existen una serie de leyes universales que rigen los acontecimientos. El determinismo histórico está inspirado en el físico. Lo que viene a decirnos es que los procesos históricos están marcados por leyes. Pues bien, sin entrar en la profundidad de este tema, lo que podemos decir es que, ni siquiera existe un determinismo físico. Que la nueva ciencia contemporánea habla de indeterminismo, que no es ausencia de causa, pero no determinismo férreo. En cuanto a la historia, Popper considera que hay tendencias, pero no leyes. Es decir, la historia, como veremos en Marx y la crítica popperiana no se rige por leyes deterministas. Pensar en una decadencia insoslayable es tener una idea determinista de la historia que no tiene ningún fundamento ontológico ni epistemológico. Eso sí, una idea determinista cuadra perfectamente con la filosofía política de Platón porque anula la libertad humana. Y éste es uno de los caballos de batalla de Platón para defender el estado absoluto.

 

            Otro punto en el que vemos el totalitarismo platónico es en la llamada teoría de los metales. Platón, para fundamentar la diferencia de estamentos inventa el mito de los metales. Así, nos viene a decir que cada uno hemos sido construido de la mezcla de tres metales, dependiendo de la abundancia de cada uno de ellos pues seríamos: oro, plata, bronce, pues perteneceríamos a alguno de los estamentos. Y esta teoría le permite a Platón una ley de eugenesia. Lo que hace es prohibir la procreación entre los distintos estamentos para poder, así, purificar la raza. Esto significa la eliminación de la igualdad. Efectivamente, no somos iguales, pero habíamos conseguido una conquista histórica, la de la igualdad ante la ley. Esto para Platón es papel mojado, porque en la realidad mandaría, por medio de la demagogia el más fuerte. Por eso en su filosofía verdadera considera que debe mandar el mejor y este es el de oro. Aquí os dejo esta reflexión, qué es mejor el gobierno de los demagogos o el de los expertos. Hoy en día hay de todo, como si dijésemos una mezcla.

 

            Otro punto más sobre el carácter totalitario de la filosofía platónica es el de su utopismo. Popper está absolutamente en contra del utopismo. La utopía  supone muchos errores y muchos peligros. En primer lugar, la utopía supone que el futuro se puede predecir, lo cual supone que existen leyes deterministas de la historia. Ya hemos demostrado que eso es falso. En segundo lugar, el pensamiento utópico supone que existe un mundo mejor que es perfecto por el cual hay que luchar. Y que merece la pena toda acción para alcanzar  ese mundo perfecto. Pues bien, no hay mundos perfectos. La creencia en un mundo perfecto es una idea inadecuada y alienante que se convierte en el ariete de la violencia, en la justificación del crimen. Podemos pensar en la transformación de las condiciones momentáneas y materiales en algo mejor. Pero las transformaciones globales, que, a su vez, están basadas en la creencia en la existencia de un hombre nuevo, son violentas per se. Sobre todo porque todas ellas están basadas en una supuesta filosofía verdadera.

 

            Frente a todo esto lo que sostiene Popper, pero esto lo desarrollaremos en otro lugar, es que en la historia hay tendencias, que la historia no tiene sentido intrínseco. Que el progreso es accidental y depende del esfuerzo humano. Y que la mejor forma de gobierno es la democracia que permite echar a los gobernantes sin derramamiento de sangre. Que lo que salvaguarda a la democracia son las instituciones y que éstas son corregibles. Que la metodología de la acción social es fragmentaria no global. Y, en fin, que el sujeto de la historia es el hombre. Es decir, que Popper es un liberal convencido. Lo más importante y valioso es la libertad humana. Si el poder atenta contra ella, el poder se está ejerciendo de forma autoritaria.

 

 

Helenismo y política.

 

            A estas alturas ya tienes una buena base para enfrentarte a las discusiones políticas actuales, al menos en su nivel teórico. Prácticamente todo gira sobre lo mismo, hoy en día lo que está en juego es el futuro de la democracia, por un lado, y qué tipo de democracia, si es posible, podemos y debemos construir si queremos salvarnos a nosotros mismos y al planeta. El asunto tiene mucho que ver con la globalización. Hoy en día esto es un hecho inevitable, pero lo que es cierto también es que existen muchas formas de globalización, como sabes. Ya conocerás el lema de que otro mundo y otra globalización son posibles. Nuestra apuesta aquí será por el cosmopolitismo y lo propondremos al final.

 

            Pero resulta que en el helenismo nos encontramos en una situación en gran parte similar a la actual. Se ha derrumbado la estructura de la Polis y se ha dado paso al imperio, ya no existen los ciudadanos sino los súbditos del emperador. Los individuos no se identifican con las leyes, las obedecen simplemente. Se da una fuerte crítica social. Y se piensa más en el individuo que en la comunidad. El imperio es algo que nos queda muy lejos, por eso se dan filosofías de salvación, son los famosos modelos de felicidad. De lo que se trata no es de saber por el mero hecho de saber, sino de ser feliz. Y esa es la cuestión. Mi tesis es que tras la muerte de Sócrates se dividen sus seguidores, por un la está Platón, que fundará la corriente, digamos ortodoxa, y que al unirse al cristianismo forma la cultura y el pensamiento hegemónico, no en vano decía Nietzsche que el cristianismo era platonismo para el pueblo. A esta corriente lo que le interesó primar fundamentalmente fue a la sociedad frente al individuo. Lo importante es la comunidad, el bien individual reside en el bien de la comunidad. Pero hay otras corrientes que hicieron otra lectura individualista y libertaria de Sócrates. No hay que olvidar que en Sócrates está precisamente el germen de la libertad, su demiurgo particular es la voluntad (libertad), a pesar de que esa voluntad le dijese que tenía que obrar conforme a las leyes de Atenas. Entre estos individualistas tenemos a: los estoicos, los cínicos, los epicúreos y los escépticos. Vamos a recoger aquí un análisis de los cínicos por su dimensión política y porque arrancan de los estoicos. Además del análisis de los cínicos, basado en una obra reciente, sacaremos paralelismos con la sociedad actual y con los problemas planteados. De esta manera haremos dos cosas un análisis de la situación en el helenismo y su acción política y una actualizacion de ese pensamiento.

 

 

La actualidad de la filosofía cínica.[2]

 

José Alberto Cuesta. Ecocinismos. La crisis ecológica desde la perspectiva de la filosofía cínica. Biblioteca Buridán, 2011

 

            Para empezar mi más sincera enhorabuena al autor por esta obra magistral. Un libro que aúna la erudición con la sabiduría. No trataré aquí de hacer una reseña de la obra, sino de hacer unas reflexiones, que por lo demás se recogen en el libro, desde mi perspectiva, sobre la actualidad del cinismo helenístico en la sociedad actual y su viabilidad. Sostengo, y ya digo que no añado nada nuevo a lo que en la obra se dice, que el cinismo es una filosofía plenamente actual, con sus deficiencias e incompletudes debido a la diferencia de los momentos históricos, a la mayor complejidad de la actualidad, así como a la emergencia de nuevos fenómenos con los que no se las tenían que ver las filosofías helenísticas, entre las que se encuentra el cinismo. Esas insuficiencias deben ser completadas con las otras filosofías helenísticas y con el pensamiento actual. No con el posmodernismo, por supuesto, que es algo que el cinismo debe combatir.

 

            En primer lugar hay que señalar la semejanza histórica entre el helenismo y la actualidad. En segundo lugar, señalar las características fundamentales del cinismo y en último lugar poner en actualidad esas características para ver su viabilidad, su insuficiencia y el modo de ser complementadas. Como decía, aunque la historia no se repite, sí se dan estructuras semejantes. La historia no se repite porque siempre hay acontecimientos nuevos y voluntades diferentes, pero sí existen semejanzas estructurales que nos permiten aprender del pasado. Por eso mantengo que existen ciertas semejanzas entre la época helenística, que fue el momento en el que emerge el cinismo, como el estoicismo, el epicureismo y el escepticismo, y nuestra época. El helenismo significo un periodo de crisis en el que se produce una pérdida de identidad del ciudadano. Representa la caída de la polis como forma de organizaron social. Y, específicamente en Atenas, la desaparición de la democracia. La polis, sobre todo en Atenas, en la que se daba la democracia, aunque de forma inestable, era una forma de organización social en la que el ciudadano podía intervenir directamente en los asuntos públicos. Con la conquista de las polis griegas por Macedonia y, después por Alejandro Magno, la polis deja de existir y se da paso al imperio. Se produce una separación insalvable entre los ciudadanos, que pasan a ser súbditos y los gobernantes, en este caso el emperador. El ciudadano ya no participa de la polis, de los asuntos públicos. Deja de tener importancia. Sólo tiene que obedecer los dictados del emperador. Ni las normas, ni las leyes, ni las costumbres le sirven como identidad. Está perdido en la inmensidad del imperio. Es esta nueva estructura política y social la que hace emerger la crisis y a esta crisis intenta responder la filosofía helenística, entre ellas, el cinismo. Todas estas filosofías son pensamientos encaminados a la búsqueda del sentido de la existencia. Son filosofías de la salvación. Lo que se intenta es procurar una fórmula para la felicidad individual. En este caldo de cultivo también se encuentra el cristianismo, aunque no vamos a entrar en él. Son pensamientos, en principio, individualistas que buscan un modelo de felicidad que es el modelo del sabio. Las diferentes escuelas dan sus diferentes recetas, aunque divergen entre sí tienen muchos puntos de coincidencia. De todas formas no vamos a entrar en el análisis de ellas. Nos quedaremos con el cinismo.

 

            Cuatro son las características fundamentales, aunque hay mucho más, que quiero señalar para después relacionarlo con el presente y la crisis ecosocial que padecemos y la vigencia del pensamiento cínico a la hora de enfrentarse a esta crisis, a mi modo, Terminal, si no se remedia de nuestra civilización. La primera característica, de una importancia radical es la proclama cínica, y helenística en general, de la vuelta a la naturaleza. Los cínicos consideran que hay que seguir a la naturaleza, que el hombre es naturaleza, aunque se le superpone la cultura. La cultura es el ámbito de la convención, de la hipocresía, de la falsedad, del vicio, de la corrupción. Lo que hacen los cínicos es denunciar la vanidad, el vicio y la corrupción social. Su método es el de desenmascarar por medio de la palabra los vicios sociales: la soberbia, la vanidad. Todo aquello que lo que hace es destrozar al hombre, sumirlo en su degeneración. Por el contrario, si seguimos a la naturaleza, seguimos a la razón, que es la cordura, frente a la locura de los vicios sociales, que no son más que pose y apariencia. El cínico, con su presencia y con su palabra, una retórica sarcástica y teatral, desenmascara la hipocresía social. Frente a la perversión de la cultura proclama la autenticidad de la naturaleza. Es el primer pensamiento ecológico de la historia. Lo característico del hombre es su naturaleza. Lo que nos hace iguales a todos es nuestra naturaleza, de ahí que los cínicos se empeñen en mostrar la naturaleza en cualquier parte. Lo que nos diferencia es lo arbitrario, lo convencional, las costumbres. Y todo esto es una farsa para ocultar lo común, nuestra naturaleza que es la que nos iguala a todos.

 

            De esta primera característica surge una segunda por derivación directa. El cínico es un asceta. La cultura alimenta el vicio, la necesidad. En realidad necesitamos poco. Como decía el maestro de todos los cínicos, Sócrates, porque de él surge el cinismo, como el resto de las filosofías helenísticas, cuántas cosas no necesito. Pues los cínicos siguiendo su ejemplo, y Diógenes, radicalizándolo, se desprenden de todo aquello que no sea necesario para vivir. Pero para vivir conforme a la naturaleza. Los cínicos se ejercitan en la austeridad. Ejercitan el cuerpo y el espíritu. Para vivir necesitamos muy poco, como nos muestra Diógenes, un manto, un bastón y una escudilla, a la que renuncia al ver a un niño comer lentejas en el cuenco del pan y beber agua con las manos. Poco equipaje nos hace falta en este mundo, salvo nosotros mismos. Mientras menos necesitemos más libres somos. Pero, para eso, necesitamos la disciplina del ascetismo. La vida del cínico no es un abandono, todo lo contrario, es un ejercitarse continuo, pero no para la competencia, sino para la libertad. Un continuo educar al cuerpo y el espíritu en la autenticidad. Y la autenticidad se corresponde con las necesidades que marca la naturaleza. No nos es necesario ir más allá.

 

            En tercer lugar tenemos la característica de la parrusia, el uso de la palabra de forma incontinente. Es decir, la plena libertad de expresión. El cínico, como lo haría Sócrates, pero éste desde la refinada ironía porque el momento era otro y las armas a utilizar distintas, pero en su talante está ya el cinismo como forma desesperada de enseñanza y de filantropía. Porque la base afectiva de la enseñanza es la filantropía, el amor al hombre. Y por que se le quiere, pues se le quiere hacer mejor. La libertad de expresión en el cínico es el uso del sarcasmo, de la exageración. Frente a un hombre que vive sumido en el engaño, en el vacío, el sueño, es necesario el bastonazo. Y el bastonazo de Diógenes es el sarcasmo. Se enseña por medio de la burla. La burla nos hace tomar conciencia de nuestro ridículo, no es el cínico el que va por la ciudad haciendo el ridículo, ni un loco, es el que denuncia la ridiculez, la falsedad, la máscara de los hombres bienpensantes y bien instalados en las formas y costumbres sociales. La libertad de expresión llevada hasta sus últimas consecuencias es lo que el cínico reivindica como forma pedagógica. Ya no es suficiente la ironía, es necesario el sarcasmo. Los argumentos sutiles se escapan a la corrupción social. El sueño y el engaño son tan profundos que es necesario no ya el aguijón del tábano, si no el bastonazo, la mordedura del perro. Pero esta libertad de expresión va en la misma línea de autenticidad que la mayeútica socrática. Diógenes pone en juego su vida al utilizarla. Se trata de utilizar la palabra como forma de denuncia del poderoso. Para hacerle ver que todo es efímero, que su vida es un sinsentido. Se trata de utilizar la palabra para enseñar al conciudadano, al hermano, que vive en el error, que se olvida de lo importante, mientras que se dedica a lo superfluo. Y estas palabras pueden doler y se pueden volver peligrosas para aquel que las enuncia. Hace falta valentía para enunciarlas. El cínico pone en juego su vida cuando ejerce la crítica mordaz. Pero, a la vez, enseña, que lo importante es lo que olvidamos, además, su vida ascética nos muestra que el que verdaderamente tiene poder es el que renuncia a todo lo que es superfluo. Por eso el famoso encuentro entre Alejandro Magno y Diógenes, en el que el emperador pregunta al perro que qué era lo que deseaba y éste, Diógenes, responde que lo único que quiere es que se quite de en medio pues le tapa el sol. Con esto, Diógenes se la juega. Alejandro es el hombre más poderos del mundo, Diógenes vive en un tonel, no tiene nada, salvo a sí mismo y su libertad. Y esa libertad, en este caso, es la de tomar el sol. Diógenes muestra su superioridad frente al hombre más poderoso, en realidad, el más poderoso, el que queda a merced de “el perro” es el emperador. Muestra que su poder reside en su libertad de no necesitar. Pero sus palabras muy bien podrían haberle acarreado un serio disgusto, incluso la muerte. Alejandro podía haberle mandado a ejecutar de inmediato. He aquí la valentía y la libertad del cínico, que consiste en ser dueño de sí mismo, auténticamente libre y, por eso ser capaz de enfrentarse al poder. Nada puede el máximo poder con un hombre libre. Lo único que puede hacer es aprender una buena lección. Esta libertad es la del valor, la de no callar nunca ante el engaño, el vicio, la mentira y la injusticia.

 

            Por último, otra de las características del cinismo es su defensa del cosmopolitismo. Diógenes se declara cosmopolita, ciudadano del mundo. No apátrida, que es algo que va incluido, sino cosmopolita. Lo que nos quiere enseñar Diógenes es que el hombre, al seguir a la naturaleza, la sigue en todas partes, porque la naturaleza es la misma, mientras que las costumbres son diversas. Pero va más allá. Diógenes, la filosofía cínica, y de ahí surgirá el concepto de cosmopolitismo de los estoicos, considera que todos los hombres son iguales. Ser cosmopolita es reconocer al otro como otro yo. Es reconocer la dignidad del otro por su propio ser, su propia naturaleza. En realidad, el cosmopolitsmo es la concepción ética de la hermanad, en su naturaleza, de todos los hombres. Y esto nos lleva a la igualdad. Todos somos iguales, las diferencias son superfluas y aferrarse a nuestras diferencias no es más que esclavitud, además de producir guerra y conflicto.

 

            Pues bien, estas son las características esenciales del cinismo que, a mi modo de ver, tienen plena vigencia, aunque son insuficientes. También hay que tener en cuenta una cosa y es la distinción que hace Sloterdijk en su ya clásica obra Crítica de la razón cínica. El autor distingue entre cinismo y quinismo, atendiendo a su raíz griega. Esta distinción es interesante porque el cinismo hoy en día se ha malinterpretado. Para Sloterdijk el cinismo actual es el del poder, el del político. Aquel que se camufla y nos engaña haciéndonos pensar otra cosa de la que es. Y esto queda muy patente en las políticas medioambientales. Las políticas verdes, el tan cacareado desarrollo sostenible, que en boca del cinismo político no es más que crecimiento económico sostenible maquillado de políticas que no van al fondo del problema, que son más de lo mismo. Este cínico no es exactamente el camaleón del que nos habla Garcia Gual es su La secta del perro, sino el cínico en sentido de hipocresía. Y a este cínico le ha venido muy bien el posmodernismo. Porque este no-pensamiento es la forma de discurso en la que caben todos los pensamientos, en la que todo vale y todo es relativo. Lo importante es la utilidad y el poder. De esta forma el cínico sería un camaleón. Pero no es éste el sentido auténtico del cínico, ni el que le atribuye Garcia Gual, ni José Miguel en su La sombra de un farol. Aquí el cínico es un camaleón que se camufla entre la gente para enseñar, no para aprovecharse de ellos ni engañar. Si bien es cierto que el cínico actual tiene que tener, como una de sus estrategias algo de camaleón, no es ésta su característica esencial. En nuestro momento el camaleón se diluye en la nada y pierde la posibilidad del uso de la palabra como forma de denuncia pública, característica esencial del cinismo y necesaria hoy en día. Por su parte, el quinismo es lo que entiende Sloterdijk como la actividad esencial del cinismo hoy en día es la recuperación del cinismo en la praxis actual. Esta distinción es importante para que veamos la actualidad del cinismo contemporáneo.

 

            Repasemos ahora las características. En primer lugar tenemos la vuelta a la naturaleza. Pues bien, eso es lo que hemos aprendido. Desde la teoría de la evolución, pasando por la etología y las neurociencias lo que se nos ha mostrado es que somos seres naturales. Que nuestra diferencia con los animales es una diferencia de grado. Que todos estamos sumidos en una misma biosfera de la cual somos miembros iguales, no privilegiados. Y ésta es una de las bases del pensamiento ecologista actual. Los males de la civilización proceden al triunfar las doctrinas que elevan al hombre por encima de la naturaleza, que hacen del hombre dueño y señor de la naturaleza. En la medida en la que pertenecemos a la naturaleza tenemos que obedecerla, la crisis ecosocial actual procede, precisamente de no seguir los dictados de la naturaleza. Nuestra economía se basa en el crecimiento ilimitado y esto es un error, hay unos límites al crecimiento. Y no se trata ya de un desarrollo sostenible, que como decía ha sido utilizado cínicamente por el poder, para engañar a la ciudadanía. Se trata de asumir que los límites de la naturaleza son nuestros límites y que si queremos sobrevivir tenemos que acatarlo. Por eso tenemos que utilizar la palabra para denunciar con voz clara, con bastonazos, con sarcasmos, si es necesario, la hipocresía de los políticos y la desvergüenza del pensamiento económico único. Son farsas para que unos cuantos sobrevivan a costa del resto. Hay que seguir a la naturaleza y darse cuenta de que nos reducimos a ella y que nunca la venceremos. Sólo nos cabe obedecer o desaparecer. Y de ahí se sigue que nuestro modelo de vida debe estar basado en la austeridad. Y esto desde un punto de vista ético y político. Desde el punto de vista ético debemos aprender que necesitamos poco para vivir, así como debemos aprender, de los epicúreos que el placer es posible, pero con poco. Y que el placer más importante es el intelectual-contemplativo. Esto es algo que habría que añadir desde la filosofía epicúrea a la cínica. Porque la ascética no debe ser total. La inteligencia, en sus múltiples dimensiones, es una cualidad humana que nos produce placer, o elimina dolor. El placer estático, el intelectual debe ser seguido. La educación tiene que enseñar estos valores éticos. Pero, para eso es necesario el uso de la crítica de todo lo que nos rodea, que es lo contrario. Vivimos en una sociedad del despilfarro y de la acumulación de todo lo que no necesitamos. Una sociedad que es la que sufre el mal llamado síndrome de Diógenes (porque éste, como hemos visto, representa todo lo contrario), acumula todo aquello que no necesita. Somos esclavos de lo que consumimos y no somos capaces de pararnos y experimentar ni placer intelectual ni estético. Todo es prisa y superficialidad. Consumimos el mundo mientras nos consumimos a nosotros mismos. Por eso la tercera característica es fundamental. La otra dimensión era la política. Desde la legislación debe fomentarse la austeridad y la responsabilidad con respecto a los otros y las generaciones futuras. No se puede exigir el heroísmo ético, pero sí la obediencia a la ley. Por eso la implantación de nuevos valores tiene que pasar por la educación en estos y por las medidas políticas que nos obliguen a la austeridad. Ello requiere el cambio del capitalismo sin bridas en el que vivimos a una sociedad del decrecimiento. Decía que es necesario explicar, desde la educación estos valores, pero para ello es necesario desenmascarar el engaño de los falsos valores, de los ídolos que se nos imponen. Y para ello es necesaria la tercera característica, la de la libertad de expresión, el uso de la palabra. Aunque en ese uso nos puedan partir la cara, o nos puedan encerrar, como es el caso de los ecologistas en acción que hace poco fueron encarcelados por mostrar la pantomima del poder cuando hablan de medioambiente. Eso fue un acto de cinismo actual, no una payasada, como alguno insinuo, mezcla de argumento, teatro y burla. Pero, como digo, el uso de la palabra requiere valor y como lo que el cínico ecologista actual a lo que se enfrenta es al poder pues verdaderamente corre peligro. Un gran enemigo tiene el cinismo en la actualidad: el relativismo posmodernista. Por eso el camaleón no sirve. El relativismo es una forma de engaño del poder, algo que le interesa para hacer lo que quiera, para tener las manos libres. El cínico tiene que combatir el relativismo por medio del sarcasmo y la burla. Por supuesto que detrás están los argumentos, como no. Pero hay que desenmascarar al relativismo. No todo se puede defender. No hay una muerte del discurso racional e ilustrado, lo que hay es farsa del poderoso. Y el cínico tiene que mostrar esa farsa con todos los instrumentos dialécticos y retóricos a su alcance. Reordemos el zapato dirigido a la cara de Buhs.

 

            Y el último punto es el del cosmopolitismo. Plenamente actual. Si no somos capaces de concebir como ideal ético el cosmopolitismo, nuestra civilización desaparecerá. La globalización ha terminado con las fronteras. Pero estas fronteras siguen existiendo entre los hombres. Hay libertad de mercado, libertad financiera, información al instante en todo el mundo. Pero los hombres están cada vez más divididos entre ricos y pobres, y los problemas ecológicos, con el cambio climático como insignia de todos, agudizarán estas diferencias. Los problemas ecológicos son problemas sociales y llevaran al enfrentamiento entre los hombres por la escasez de recursos naturales, tanto energéticos como alimentarios. Si no somos capaces de pensar al hombre como un igual, desde una ética cosmopolita, basada en el imperativo kantiano de que todos somos fines en sí mismo, y en el principio de responsabilidad de Jonas, que implica nuestra responsabilidad con cualquier otro, ya sea lejano en el espacio o en el tiempo (las generaciones venideras) pues no tendremos salvación. El pensamiento cínico puso las bases de todo esto, sólo tenemos que actualizarlo. Por sí solo es insuficiente, es necesario unirlo al epicureismo en el sentido en el que hablabamos antes y al estoicismo en su visión del orden político cosmopolita. Porque el cinismo tiene una deficiencia, como el epicureismo, son pensamientos para el individuo, no para la sociedad. Hoy necesitamos de los dos. Un pensamiento ético y político. Las armas son las mismas. La libertad de expresión, ya sean discursos sesudos, manifestaciones, burlas, sarcasmos, concentraciones, denuncias, camaleones que desde el camuflaje ponen en evidencia al poder y las instituciones que corrompen…todo lo que aún nos permite la democracia con la que cada vez nos sentimos menos identificados. En un mundo enloquecido, en el que todos hablan y nadie escucha es necesario el bastonazo del perro. Se corre un peligro, y es una de las insuficiencias del cinismo, perderse en esa vorágine de voces. Pero eso es precisamente lo que tiene que combatir el cinismo. Otra cosa que no puede olvidar el cinismo es que hay que partir, si queremos desenmascarar la hipocresía del poder, de un sano escepticismo. Escepticismo como duda y como búsqueda. El tiempo de los dogmatismos ha pasado, sin por ello caer en las manos del relativismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo II Cristianismo y política.

 

Los orígenes del cristianismo.

 

            No es este un libro de filosofía de la religión, ni de teología ni, siquiera, aunque algo lo parezca, de historia de la filosofía. Así que no corresponde aquí hablar de los orígenes del pensamiento cristiano. Lo que ocurre es que algunas cosas deben quedar claras.

 

            El origen del pensamiento cristiano no es Jesús de Nazaret, sino Pablo de Tarso, sin éste último el cristianismo no hubiese existido. Lo que Jesús predicaba es la llegada del reino de los cielos, por otra parte, algo muy frecuente, dentro de la situación política del momento. Los seguidores de Jesús se llamaban los nazarenos y seguían yendo a la sinagoga y cumpliendo con la ley judía. Eran, una secta más. Es Pablo el que le da una dimensión universal al cristianismo y esto tiene que ver con su formación griega y su conocimiento de los estoicos. Pablo y Pedro tienen el primer enfrentamiento que pudo dar lugar al primer cisma cristiano. Pedro pensaba que Jesús había venido a hablar a los judíos, los circuncisos. Por su parte, Pablo, con su ansia universalista y su afán de hacer llegar su mensaje a Roma, considera que Jesús había venido a hablar a todo el mundo. El resultado es bien conocido, vence Pablo. De esta guisa el cristianismo se va formando a lo largo de cuatro siglos. Es un fruto de sincretismos. En el cristianismo se aúnan, religiones del misterio, paganismos, filosofías helenísticas, platonismo… y un sin fin de mensajes. Todo ello constituirá el cristianismo. Además, el cristianismo, se ofrece como un mensaje de salvación universal, sobre todo para los débiles. Esa es su forma de llegar a Roma. La conquista de Roma significaba el triunfo universal del cristianismo puesto que Roma era el mundo. La conversión de Roma sería el paso necesario para el anuncio del fin de los tiempos y la llegada de nuevo del Mesías. De ahí el interés en conquistar el poder romano, de cristianizar Roma. Y la cosa queda meridianamente clara en la obra agustiniana de “las dos Ciudades”. Y Roma se convierte al cristianismo con el emperador Constantino. Lo que se espera entonces es el fin de los tiempos, pero lo que llega son siglos de oscuridad, masacre, fanatismo, dogmatismo y violencia hasta el Renacimiento, salvo en un rincón de Europa que fue Al-ándalus, cuna real del Renacimiento.

 

 

La Monarquía de Tomás de Aquino.

 

            Esta obra del que sea considerado el máximo doctor de la iglesia expresa la política oficial de la iglesia que hunde sus raíces en los conceptos políticos griegos más la doctrina ortodoxa de la iglesia de la relación entre la fe y la razón. Vamos a pasar primero al análisis de los segundo.

 

            Son diversas las formas que la iglesia consideró de relacionarse con la razón o la filosofía. De hecho la religión se encontró con un cuerpo de pensamiento que daba explicación de los fenómenos de forma convincente y entonces tuvo que convivir con él o negarlo. Varias son las formas fundamentales que se adoptaron. Una de ellas es la separación total de la razón y la fe y la eliminación de la razón, creo porque es absurdo, era la doctrina de Tertuliano y Agustín de Hipona. Otra era la separación, de origen árabe, concretamente fue Averroes su creador, pero ésta es considerada herética y la universidad de Paris, desde su formulación se esforzó en refutarla racionalmente y mandar a la hoguera a aquel que la sostuviese. La relación oficialmente admitida desde entonces para acá es la teoría de la subordinación. Esta teoría nos vienen a decir que las verdades de la razón (ciencia y filosofía) están subordinadas a la verdad rebelada. La única verdad es la de la Biblia. Si en el curso de nuestras investigaciones contradecimos esta verdad, pues nos hemos equivocado, porque la Biblia, que es palabra de dios, no puede estar equivocada. De tal forma que esta teoría pone un corsé a la investigación científica y sirve como mecanismo de control de las conciencias. Sólo hay una verdad y esa es la de la Biblia que es palabra de dios y enunciada por el cura en el púlpito. Toda la filosofía anterior, si coincide con la Biblia es aceptada y, sino, es declarada herética y aquel que la sigue será digno de la hoguera previa tortura. Es decir, que Jesús anunció el reino de los cielos, pero vino la iglesia. La razón también tiene una misión, que es la de servir como instrumento de esclarecimiento de ciertas verdades de fe, no de todas. Porque hay verdades inescrutables al espíritu humano.

 

            Toda la filosofía cristiana se basa en la unión de las filosofías griegas, o partes de ellas, que no presentaban contradicción con la fe, es más, que la apoyaban. Lo que hubo durante todo la edad media fue una recopilación del escaso saber antiguo para hacerlo coincidir con la fe. La verdad viene dada ya de una vez por la fe. Pero la razón, como facultad natural que nos ha dado dios no tiene porqué entrar en contradicción con la verdad rebelada. En lo que se refiere a la política, los argumentos que utiliza Tomás de Aquino, en la monarquía están sacados de Platón y Aristóteles directamente. Pero la presentación de la estructura de estos argumentos es curiosa. Una vez que se argumenta una tesis desde la razón, y sin añadir nada nuevo a lo que dijeran los clásicos, se añade, por ejemplo, como ya dijo el profeta en el salmo… y se cita la Biblia que es la verdad. Bien, pues, en cuanto a la teoría política de Tomás de Aquino, que es la de la iglesia y que ella quisiera que fuera la realidad mundial, por aquello de la universalidad, es la defensa de la monarquía. Defiende que el hombre necesita de ser gobernado por otro. Es decir, niega el principio de autonomía que después conquistará la Ilustración. De ahí que haya una guerra sin cuartel entre los laicos ilustrados y los creyentes, siendo el papa actual su máximo estandarte. Demuestra siguiendo a Platón que es mejor el gobierno de unos pocos, y sobre todo de uno que el de muchos. Los muchos no saben, necesitan de un guía, que es el que sabe llevar la nave a puerto. Los otros lo que deben es obediencia. La monarquía crea el concepto de súbdito, a éste lo que le está dado es obedecer. También en lo que se refiere al pensar. El hombre es un animal social, como dijese Aristóteles y, como tal, necesita de normas para poder vivir. No ha sido dotado por la naturaleza de armas para adaptarse, pero en su detrimento tiene el logos, el lenguaje, que le permitirá el desarrollo de la técnica y del discurso del que surgirán las normas de convivencia. Aristóteles, en algún momento defiende la república, pero eso no lo contempla Tomás de Aquino. El gobierno es el de un solo señor, es la aristocracia platónica adobada de cristianismo. Ese señor es como el pastor para su rebaño, sólo quiere su bien. Y lo mejor que puede hacer el rebaño es obedecer. Como digo, al final de cada uno de estos argumentos, Tomás de Aquino, se despacha con un texto de la Biblia, lo cual viene a confirmar la verdad de los argumentos, que por otra parte ya se sabía porque estaban en la Biblia.

 

            Este modelo es el que la Ilustración pone en quiebra. Lo que a la iglesia le interesó siempre fue la alianza entre el trono y el altar, no sólo por la teoría que venimos manteniendo, sino por las prebendas y el poder que ello le daba. Pero la Ilustración, con su declaración de laicismo la pone en su sitio. Desde entonces la iglesia quiere recuperar su lugar. La iglesia se declara universal, y si lo es, como sostiene su doctrina, y su doctrina, por proceder de dios y dios ser la verdad, pues ha de ser verdad, entonces la iglesia debe ser universal. Y por eso declara que todos los males de occidente en la actualidad proceden de la Ilustración y de su laicismo anticlerical. Una cosa es el anticlericalismo y otra es el laicismo. El laicismo va unido indisolublemente a la democracia, no hay tal sin laicismo. Este último proclama la separación de la iglesia y el estado en pro de la libertad política y de la pluralidad religiosa. Lo que sucede es que la iglesia se pretende como verdad absoluta y eso es lo que no cabe dentro de la democracia ni del laicismo. Pero ello no implica, como sugiere Benedicto XVI, que estemos abriendo las puertas al relativismo, el hedonismo… eso es otra cosa, que tiene que ver con cierto fracaso de la Ilustración, sí, pero no con la Ilustración en sí misma. En este aspecto coincido más de lo que parece con el diagnóstico de la enfermedad social que hace la iglesia, pero para nada, ni con la etiología, ni con la terapia. La vuelta al absolutismo es la vuelta a la barbarie. Pero hay que cuidarse mucho de si hoy en día, no estamos cayendo, de alguna manera, en una barbarie totalitaria que se denomina neoliberalismo y que produce individuos hedonistas y egocéntricos, desespiritualizados y sin virtud. Pero la reespiritualización de occidente no pasa por la iglesia, sino pro recuperar el proyecto inacabado de la Ilustración. Y si esto no es así, hemos llegado, junto con la crisis global y Terminal que padecemos, al caos civilizatorio, a la barbarie y al salvajismo. Estamos al pie del precipicio, pero tenemos instrumentos teóricos y prácticos para salvar la grieta que nos separa del otro lado. Los mayores debemos anunciar todo esto, a los jóvenes os corresponde escuchar y actuar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo III. El renacimiento y el realismo político de Maquiavelo.

 

            El Renacimiento es el gran momento europeo en el que se produce, o comienza a producirse la separación entre iglesia y estado. Representa la salida del claustro medieval. No vamos a analizar aquí este momento histórico, sólo me gustaría mencionar sus orígenes españoles en la Al-ándalus del siglo XI. esto es muy importante, en realidad el Renacimiento empieza en España en la época de ilustración árabe andalusí. Es necesario no olvidar este asunto.

No obstante lo que es menester señalar es que el Renacimiento fue una vuelta a los orígenes, pero recreados. Hubo una ruptura en todos los niveles con la Edad Media. Se sale de ese clautro a la luz, se cambia el teocentrismo por el antropocentrismo. El hombre es lo que nos importa. Pero todo ello, sin extendernos más en el Renacimiento tiene una grave consecuencia. Hasta el momento el criterio de validez absoluta era dios, si de dios se puede dudar, o incluso los más osados lo niegan, entonces nos encontramos con un problema de validez. Antes el referente de la verdad era dios, así como de la belleza, del bien y de la justicia. Pero cuando dios es relegado del centro del universo. Cuando el centro es el hombre, entonces las cosas cambian bastante. Ahora nos encontramos con el problema de la legitimidad. Si dios no es el referente, cual es el referente de la verdad, la belleza y la justicia. Al problema de la verdad se enfrenta Descartes que lo resuelve con su duda metódica y con el papel de las matemáticas en el conocimiento. Maquiavelo se enfrentará con el problema político, la justificación de la justicia.

Es eso, precisaamente lo que vamos a hacer ahora. Si dios ya no nos sirve como garantía de la justicia a qué podremos llamar justo. Tenemos que prestar mucha atención a lo que aquí estamos diciendo porque este es el surgimiento de la política moderna. En realidad lo que se está planteando es qué es aquello que justifica un acto político. El problema es eminentemente actual. Es más, podemos considerar a Maquiavelo como el padre de la política, o el pensamiento político moderno. El término maquiavélico tiene una lectura negativa que, a mi modo intentaré desmontar. Lo que Maquiavelo inventa es el realismo político. Es decir, que la acción política no puede escapar de la realidad, esto por un lado; y que la acción del político no tiene que ver con la ética privada de los ciudadanos. Entre otras cosas, estos no son ciudadanos sino súbdito y el príncipe actúa queriendo el bien para ellos, aunque para esto tenga que pasar por encima de la ética privada.

El realismo político nos viene a decir que en política el gobernante actúa mirando los fines. Su acción debe ser fría y calculadora. Por eso, el gobernante separa la ética de la política. Es más, si el gobernante tiene en cuenta los factores éticos privados le sería imposible gobernar. El príncipe gobierna para la mayoría. Pero cualquier decisión sobre el estado puede afectar negativamente a la minoría. Y en esto consiste el realismo político. Que en política el fin justifica los medios. Es decir, que la justificación del poder está en el mismo gobernante al que se le presupone que quiere el bien común. Pero esto supone una separación definitiva y radical de ética y política. Igual que en el mundo griego, en la Atenas democrática había una unión indisoluble entre ética y política, hasta que emerge la libertad y el individuo, en Maquiavelo la separación es total. De ahí que se hable en el lenguaje popular de medidas maquiavélicas, aquellas que se consideran fuera de toda ética.

Es necesario reconocer que ética y política son distintas, pero no existe una separación total. También es necesario reconocer que es Maquiavelo el que ve esto con claridad, lo que ocurre es que su entusiasmo por el poder le aleja del individuo y de la ética. A mi manera de ver, yo entiendo el principio del realismo político como un principio límite de la acción política. Es decir, nuestras medidas políticas, si hablamos en términos democráticos, no pueden venirles bien a todo el mundo. Es decir, que siempre habrá un perjuicio. Pero las medidas deben ser analizadas. Eso en primer lugar, pero en segundo lugar me refiero al papel del político. Me explico, la separación entre ética y política se da en el propio político y esto si que no es de recibo. El sujeto político gobernante, tanto en su vida privada, como es obvio, como en la pública, debe ser virtuoso. Y fijaos que lo que digo ahora es muy importante. El político, la clase política debe ejercer la ejemplaridad pública, es decir, deben ser los primeros en practicar la virtud pública. Ya sabemos que hay un límite a la acción política, que no se puede satisfacer a todo el mundo; pero el político, en su vida civil debe ser intachable desde el punto de vista ético. Y esa ejemplaridad debe transmitirla al resto de la ciudadanía. Y estos son principios republicanos que adelantamos aquí de lo que yo pienso que debe ser una democracia republicana y cosmopolita.

 

Discurso sobre la dignidad humana y discurso sobre la servidumbre humana voluntaria.

Dos obras éstas imprescindibles, la primera de Pico de la Mirandola y la segunda de La Boetie. En la primera se defiende la dignidad humana, con argumentos teológicos, pero, al fin y al cabo se defiende al individuo como fin. Tenemos un antecedente español que es fray Bartolomé de las Casas. De sus reflexiones en defensa de los indios surgirán los derechos humanos. Pero, en fin, lo que a mi me interesa, tanto de uno como de otro, es que están forjando la idea de un hombre nuevo que será el nuevo sujeto de la historia y que emergerá en la Ilustración. El concepto de dignidad es una carga de profundidad contra la monarquía y la tiranía, contra la tortura y la arbitrariedad del poder. La dignidad humana es que cada cual es dueño de sí mismo. Pero os advierto, queridos alumnos, en las sociedades contemporáneas se os otorga la dignidad por derecho, históricamente hubo que conquistarla. Esto por un lado, por otro, el hecho de que se os otorgue la dignidad no supone que la tengáis, sí de iure, pero no de factum. Es decir, sí de derecho pero no de hecho. Y esto es así porque la dignidad del hombre requiere del ejercicio, de la conquista diaria. De la lucha contra el poder y contra el tirano, así como de la lucha contra nuestras tiranas que son las pasiones, como la cobardía.

Y esto nos lleva directamente a la servidumbre humana voluntaria. El libro de La Boetie es dramático. Lo que nos viene a decir es que el hombre, a pesar de ser un sujeto de dignidad, es decir, un sujeto libre, y cuyo bien más preciado es precisamente éste, pues renuncia a su libertad voluntariamente. Y lo hace simplemente por comodidad, por cobardía. El hombre vende su primogenitura por un plato de lentejas, ni más ni menos. Y estos son los mimbres de los que estamos hechos. Es decir, que en la modernidad comienza a aparecer una contradicción. Una contradicción escandalosa que, a mi modo de ver no se ha resuelto y es la piedra angular filosófica del fracaso de la democracia. La democracia no funciona, salvo “de alguna manera” como estado de derecho, porque el hombre no es libre, ni quiere serlo. El hombre quiere bienestar, no virtud. Y esto lo conoce muy bien el poder. Por eso las democracias capitalistas o neoliberales han introducido la ideología neoliberal en las conciencias para esclavizar al ciudadano, pero el ciudadano se siente satisfecho. Y esta contradicción el que mejor la vio fue Kant como veremos, cuando habló de la sociable insociabilidad del hombre y del fuste torcido de la humanidad. Lo que yo veo, como decía antes, es un tremendo antagonismo entre la modernidad como el camino hacia la liberación y la conquista de la individualidad y la libertad del hombre, por un lado; y, por otro, ese yo que se rinde servilmente, que prefiere el bienestar a la libertad. Quizás esto sea fruto de nuestra herencia biológica en tanto que primates jerarquizados, no sé…

 

Capítulo IV: las teoría del contrato social.

Durante la edad media se había mantenido la teoría del derecho natural. En definitiva se venía a decir que el hombre tenía una serie de derechos por naturaleza dado que la naturaleza dependía de dios. Lo que los contractualistas afirmarán es que si dividimos la historia de la humanidad en dos periodos el primero será el periodo de naturaleza en el que prima la ley de la naturaleza, no la divina. Y el segundo periodo es el periodo civilizado en el que prima la ley de los hombres. Las que ellos se dan a sí mismos. El derecho natural cae como los viejos dogmas de la religión. El contractualismo presenta algo de artificialidad, pero en realidad lo que se quiere remarcar o señalar es que hay leyes que son de origen natural y otras de origen humano y que la sociedad procede de las leyes humanas. Que el hombre en su estado de naturaleza no puede vivir.

 

Hobbes.

Una vez que hemos hecho estas precisiones pasemos a uno de los grandes contractualistas, cuyo pensamiento, en parte, está en vigor. Me refiero a Hobbes, el creador del Leviatán. Hobbes pertenece a la corriente materialista. En realidad quiere ser el Newton de las ciencias sociales, o del hombre. Piensa que igual que los planetas y todos los cuerpos celestes y terrestres están sometidos a las leyes de la mecánica, que son fijas, determinadas y no tienen excepción, pues lo mismo debe ocurrir con el comportamiento humano. El hombre no es una excepción en la naturaleza, está hecho de corpúsculos, en movimiento según las leyes de la mecánica. Por tanto el comportamiento humano es predecible. Hay que tener en cuenta que lo que está fundando Hobbes es el absolutismo político. Para que haya un poder absoluto hay que eliminar el poder de los ciudadanos; es decir, hay que eliminar su libertad. Frente a la libertad, lo que Hobbes nos ofrece es la seguridad. Y ésta es la gran actualidad que tiene el pensamiento de Hobbes. La situación mundial podríamos decir que es hobbesiana. Los gobiernos ceden derechos civiles y laborales en pro de mayor seguridad. Pero para que la ciudadanía acepte esto es necesario inocular el miedo en la población. En nuestros días la cosa está clara, el terrorismo, el control de los recursos energéticos, el choque de civilizaciones y demás… Por eso sostengo que nuestra política internacional, y por contagio la nacional es hobbesiana. Su tesis es que el mundo es una guerra de todos contra todos. Pero ya veremos esto. Para nuestro autor materialista y con ansias de desentrañar las leyes que rigen el comportamiento de los hombres, dos son los principios que rigen su conducta. En primer lugar el principio de avidez, todos queremos para nosotros disfrutar de todos los bienes. De lo que se trata es de que, por naturaleza, consideramos que todo lo que está a nuestro alcance es nuestro y sentimos un deseo natural (avidez) de poseerlo. Por su parte, el segundo principio que regula nuestro comportamiento es el del miedo y el temor. Todos tenemos miedo al sufrimiento y al dolor y a la muerte como al peor de los males. De tal forma que el primer principio nos mueve hacia el objeto del deseo y el segundo nos hace huir de él. Y esa es nuestra dinámica en el estado de naturaleza. Ahora bien, esta situación es la de un estado de guerra de todos contra todos. Todos queremos todos los bienes, pero todos tememos perderlos y perder nuestra vida en poseerlos. Como el querer los bienes es equivalente, pues lo que sucede, es que todos caemos en una lucha a muerte por ellos y por protegernos del acoso de los demás. Y esa es la naturaleza de la guerra de todos contra todos. Fijémonos que en la situación actual, la política internacional entiende más las relaciones entre las grandes potencias en términos de codicia y avaricia, que generaría la guerra de todos contra todos, que en términos de cooperación. De ahí que al nuevo orden internacional le interese provocar el miedo, por que es éste el que lleva al hombre aceptar la seguridad y, con ella, el vasallaje.

Ante esta situación de inseguridad y de miedo absoluta, el hombre, como ser racional que es decide realizar un contrato. Un contrato tal que el pueblo delega todo su poder en el soberano de tal forma que éste garantice su seguridad absoluta. Es decir, que el contrato, lo que hace es cambiar la libertad por la seguridad; pero a cambio de un poder absoluto. El soberano hace la ley y está por encima de la ley, el súbdito sólo puede obedecer. Los tres poderes coinciden en el poder absoluto del soberano. Cualquier división en el poder podría generar una nueva guerra de todos contra todos. El ciudadano se ha convertido en súbdito sumiso y obediente. Este es el extremo del absolutismo. Tenemos que fijarnos en una cosa, para mantener el absolutismo hay que negar la voluntad humana, la libertad. Y Hobbes lo ha hecho. El comportamiento humano se rige automáticamente por los dos principios que hemos descrito. No hay opción para la libertad. Nuestra voluntad se reduce al querer o no querer y esto viene determinado por los principios del comportamiento humano. Y si no hay libertad el absolutismo político está justificado, porque en definitiva persigue una buena causa, la seguridad y lo que todos queremos la guerra de todos contra todos.

Es probable que nuestra situación mundial sea muy parecida a la hobbesiana. Somos depredadores. Nuestro mundo se ha reducido, no sólo geográficamente, sino en recursos energéticos y alimenticios. Esta estrechez, sumado a almenaza inminente del cambio climático puede hacer saltar una guerra de todos contra todos. Hay que combatir esta ideología desde la libertad, el concepto de cosmopolitismo de inspiración kantiana y la sustitución de la cooperación por la competencia. El camino es difícil. Las democracias neoliberales están jugando fuerte su baza ideológica. Quieren convencer a la ciudadanía de que éste, el mundo desarrollado, es el mejor de los mundos posibles y de esta forma, por el consumo y el egocentrismo hedonista descentrar la conciencia de los ciudadanos de lo importante. Mientras tanto otros mensajes, basados en el miedo, se les inocula en el cerebro: la guerra internacional contra el terror, el eje del mal, las inmigraciones y sus graves repercusiones, el choque de civilizaciones…todo ello produce un estado de pavor en la ciudadanía que les lleva a clamar por la seguridad, a renunciar a su libertad.

 

Locke y el liberalismo.

            Con Locke llegamos al liberalismo. Es el padre de la democracia moderna en su versión americana. Digamos que la república democrática resurge con Locke y con Rousseau. El primero será el que llevará los principios liberales y la democracia a América, tras su independencia y el segundo el que trae la república y los principios democráticos a Europa. Desde entonces hay dos formas distintas de hacer las cosas y de entender la democracia. Una más liberal, más representativa y más unida al capitalismo y otra más republicana. Pero vamos a pasar al análisis del primero.

Como ya decimos lo podemos considerar el fundador del liberalismo. Para Locke la libertad es un concepto fundamental y es precisamente sobre la salvaguarda de la libertad sobre la que se monta todo el sistema político. Locke también es un contractualista, pero su descripción del estado de naturaleza no coincide con la de Hobbes, sólo en parte. Desde luego que en el estado de naturaleza todos deseamos disfrutar todos los bienes. Esa es nuestra naturaleza. En el estado de naturaleza poseemos la libertad absoluta y la total propiedad. Lo curioso es que renunciamos a todas esas cosas para garantizar nuestra libertad. Es precisamente en Locke donde nos encontramos el fundamento y el sentido de la ley. La ley es una renuncia, por decirlo así, a nuestra libertad que garantiza nuestra libertad. Lo que sucede es que en el estado de naturaleza el hombre tiene miedo y está en estado de desasosiego. Tiene miedo de ser atacado por otro y de que le arrebate su propiedad o su vida. No se da un estado de guerra de todos contra todos, pero sí un estado de miedo y ansiedad que el hombre primitivo decide eliminar creando la ley. Y la creación de la ley es la creación del estado de sociedad. El hombre en el estado de naturaleza posee una libertad absoluta, una propiedad total sobre sus bienes y sobre su vida. Es muy importante el tema de la propiedad en Locke, porque si nos damos cuenta lo une al de la libertad. El hombre libre es el hombre que tiene propiedad, es más la propiedad le da libertad. La libertad es la de poseer tus bienes y la de poseerte a ti mismo y a tu vida. Pues bien, el hombre renuncia a su libertad absoluta y forma un estado civil en el que su libertad es restringida. ¿Cómo es esto posible? Pues porque sin la renuncia a la libertad absoluta nos vemos abocados al miedo, en definitiva, al contrario de lo que pueda parecer, en el estado de naturaleza carecemos de libertad, el miedo elimina nuestra libertad y nuestras propiedades están a la voluntad de cualquiera. De ahí que la ley, siendo una coerción, es una libertad. La ley me permite disfrutar de mi vida y de mi libertad. La ley me protege. Y es por esto por lo que los hombres deciden abandonar el estado de naturaleza. Y es de aquí precisamente de donde surgirán los poderes.

            El hombre es libre de poseer propiedades. La propiedad es la de la propia vida, las propiedades físicas y la libertad de pensamiento y expresión. En el inicio del liberalismo la propiedad está ligada con la libertad y con la libertad de pensamiento y opinión. El meoliberalismo de hoy en día ha pervertido las fuentes del antiguo liberalismo, tanto el de Locke, como el de los padres del liberalismo económico del XIX, como Adam Smith. Los neoliberales reducen el liberalismo a la libertad absoluta del mercado. A la pureza del mercado. Vienen a decir que el mercado por sí mismo soluciona todos los problemas y además nos aporta libertad. Pues bien, tras cuarenta años de neoliberalismo nos hemos quedado sin libertad, sin propiedad, la inmensa mayoría de la población, y los problemas se han hecho más profundos que nunca. Hoy en día, con la crisis que padecemos, que no es estrictamente económica, sino que va más allá, es filosófica, tiene que ver con la imagen del mundo que tenemos, nadie puede decir que el neoliberalismo ha triunfado, salvo los neoliberales, que no son pocos.

            Pues como decíamos, el hombre en el estado civil renuncia a todo su poder, que es el que cuenta en el estado de naturaleza de tal forma que ello le permite vivir a través de la aparición de varios poderes. El hombre renuncia a su libertad absoluta, de esa manera surgen las leyes a través del poder legislativo. Leyes que lo protegen y que le permitirán ejercer su libertad. Es una situación paradójica entre el derecho y la moralidad. Las leyes que coaccionan la libertad son, precisamente, las que las hacen posible. Es importante esta reflexión, porque no nos hacemos libres porque hagamos lo que queramos, sino que nos hacemos libres obedeciendo la ley. Pero como el sistema jurídico es universal eso garantiza la obediencia de los demás, con lo cual se garantiza mi propia libertad, limitada, pero libertad al fin y al cabo. El deseo de una libertad absoluta no es más que una entelequia. La libertad pasa por cumplir con el deber que es el que marca la ley civil y, también, por su puesto, pero en otro orden de cosas, la ley moral.

            También renunciamos a nuestro poder absoluto de venganza. En el estado de naturaleza la venganza es total. Si alguien me infringe un daño pues puedo vengarme. El estado civil establece la magistratura con sus dos poderes el judicial y el ejecutivo. En el estado de naturaleza yo soy juez absoluto, ahora bien, lo que establece el estado civil es la existencia de un tercero, un juez que dirima sobre la naturaleza de los hechos. De esta forma lo que garantizamos es la imparcialidad; además de que, igual que con el poder legislativo, pues contamos con la superioridad de la ley sobre los ciudadanos. Y esto es el nacimiento del estado de derecho. Y, por último, en el estado natural yo puedo vengarme de una ofensa. El estado civil establece un poder ejecutivo que es imparcial y no obedece a la pasión de la venganza sino a la imparcialidad de la ley. De lo que se trata es de aplicar la ley independientemente del sentimiento de venganza. Lo que se persigue en el estado civil no es la venganza sino la justicia y, por eso, la víctima y el acusado deben estar separados.

 

Ilustración, progreso y Rousseau.

            La Ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. Pero no vamos a ir por estos derroteros. Ya tendremos tiempo de analizarlo en su momento, cuando veamos a Kant, tanto en su política como en su ética. Y ya que hemos llegado hasta aquí es necesario hablar de algunas de las ideas de la Ilustración. Toda la tradición occidental que nace en Grecia y que nos precede nos determina. Pero la Ilustración es nuestra madre. Somos hijos y herederos de la Ilustración para bien y para mal. Algunas de las ideas ilustradas nos llegan a la actualidad, como es la de progreso y han tenido consecuencias perversas. Pero analicemos algunas cosas antes.

La Ilustración es la lucha contra la ignorancia, es la lucha contra el poder del clero. La Ilustración es el siglo de las luces que nos ofrece el uso de la razón. La característica esencial de esta Ilustración es que el hombre se da cuenta de que está siendo dominado, engañado. Que el poder se basa en la arbitrariedad, la superstición y el miedo. Que si utilizamos la razón, pues podemos entender la naturaleza. Lo que había pasado es que el hombre utilizando la razón, siguiendo cierto método, el matemático, y siguiendo a los sentidos y el experimento, pues descubre las leyes que gobiernan el cosmos. La realidad, la naturaleza, no es como nos dicen que es. el libro sagrado no es más que un atajo de mentiras para mantener oprimidos a los débiles de espíritu y a los ignorantes. Lo que nos muestra el uso de la razón es que por medio de ella podemos liberarnos. Si desenmascaramos el engaño, entonces, el tirano caerá, porque tiene los pies de barro. Vive del engaño. Pero sólo hace falta la luz de la razón para destruir todo el edificio de la religión basado en la superstición. Y el poder de la superstición es el miedo, y éste se basa en el desconocimiento, en la ignorancia. Ahora bien, cuando alcanzamos el saber nos liberamos del miedo que es nuestro opresor y luchamos contra aquellos que enarbolan la superstición como la verdad absoluta. En este sentido la Ilustración lo remueve todo, lo somete todo a análisis. Se guía sólo por la razón. Pero ocurre una cosa curiosa. La razón había mostrado que si se utilizaba conocíamos el cosmos, pero, además, el conocimiento del cosmos nos permite el dominio de la naturaleza. Conocer es poder. Y dominar las fuerzas de la naturaleza es liberalizador. Esto es, que nos liberamos por medio del conocimiento. Por eso la Ilustración es una promesa de libertad. Además, esa libertad iría aparejada con un mayor bienestar, porque el dominio de la naturaleza nos haría la vida más fácil y cómoda. Y, por otro lado, si aplicamos la razón al ámbito ético-polítco, pues del mismo modo alcanzaríamos la libertad y un mayor bienestar. De tal forma, etonces, la Ilustración es un siglo marcado por el optimismo. El hombre ilustrado es optimista, piensa que habrá un mundo mejor al que accederemos por medio de la razón. Piensa que la razón nos hará libres del poder, tanto del poder basado en la superstición, la iglesia, como del poder político, la tiranía o la monarquía absoluta, que se basa en el poder arbitrario. Y, sobre todo, esa razón ilustrada separará esa alianza contra el hombre que es la del trono y el altar.

            Y es este optimismo el que nos lleva a la que es la idea central de la Ilustración, la idea de progreso. De esta idea hemos vivido y seguimos haciéndolo hasta nuestros días. Los ilustrados, al ser optimistas, pensaban que el libre uso de la razón nos llevaba a una sociedad mejor. Es decir, que el uso de la razón, la secularización de la sociedad y la república, nos llevarían a una mejora de la humanidad de forma ineludible. Lo que ha hecho la Ilustración es secularizar la idea del progreso que procedía del cristianismo. La visión que el cristianismo tienen de la historia es que ésta consiste en una historia de salvación. Primero hay una caída, pero al final de los tiempos vamos avanzando hacia una redención universal. Es decir, que la historia de la humanidad camina hacia mejor. Hay como un proceso ascendente vigilado por dios, en definitiva que es el que el quiere. Pues bien, la Ilustración no abandona esta idea. Pero hay que tener en cuenta, y sobre todo para lo que se refiere a la política actual, que la idea del progreso de la humanidad no es mas que un mito, una creencia, incluso, como sostiene Gray, un autoengaño. Es decir, que lo que podemos decir es que el hombre no se ha visto libre de la religión, sigue siendo un creyente, tiene esperanza en un futuro mejor, y es la idea de esperanza, virtud teologal, no se olvide, la que hace al hombre creer en un fin y un sentido de la historia. Pues no hay nada que de sentido a la historia. La historia no tiene ningún sentido, ni existe un progreso automático, ni leyes intrínsecas de la historia que la dirijan y con ella al hombre hacia una sociedad perfecta. Es decir, que hay que poner en entredicho el optimismo ilustrado y su creencia en la idea de progreso. Y es importante señalar esto por dos cosas al menos de momento. La primera de ella es que la idea de progreso fue la base de sistemas políticos utópicos totalitarios. El progreso hacia una sociedad perfecta funcionó como ideología que llevó a millones de personas a la muerte y la miseria. Y, en segundo lugar, hoy en día no nos hemos desecho de esta idea; nuestro pensamiento político-económico-filosófico dominante, el neoliberalismo, participa de la creencia en el progreso, a pesar de la evidencia de los datos, cada vez más pobreza, más paro, más desigualdad…y, además, cuando ya hemos superado los límites del crecimiento. Lo que nos quedaría ahora seria emprender políticas de crecimiento, no seguir empeñados en el crecimiento cuando nuestra deuda con la tierra es ya impagable y los afectados serán las generaciones futuras.

 

Rousseau.

            Pues bien, hubo un filósofo ilustrado que se dio cuenta de esto. Rousseau no creyó nunca en el progreso, igual que su admirador Kant (este autor, como veremos, habló de un progreso contingente), pensó que el progreso era un engaño. Que en realidad, y esta es la tesis fuerte y contundente de Rousseau, en aquel mar de optimismo. Nuestro filósofo lo que nos viene a decir es que el hombre es bueno por naturaleza, pero que la sociedad lo pervierte. Es decir el desarrollo de la sociedad va minando la voluntad originaria del hombre. La sociedad y su progreso introducen el vicio en el alma humana que en un principio es cándida.

            Rousseau escribe dos discursos con este tema, en primer lugar con el que gana el premio de la academia de las artes y las ciencias, cosa extraña, estando en contra de las ideas vigentes, “Discurso sobre el origen e las ciencia y de las artes”. Este es un discurso retórico en el que defiende que el origen del saber humano no procede precisamente de la virtud, sino del vicio. Son los diferentes vicios los que han dado lugar a las diferentes artes y ciencias. Por ello el progreso de la sociedad no se monta sobre la virtud, sino sobre el vicio.

            El segundo discurso es de más calado filosófico. “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres”. Rousseau era contractualista, por lo que mantenía la existencia de un estado de naturaleza que, para él, era idílico o paradisíaco. En este estado el hombre era bueno por naturaleza. Todos eran iguales y todos podían disfrutar de todos los bienes que estaban al alcance de la mano y eran abundantes. Rousseau lo que cree es en una bondad originaria que se pierde porque surge la desigualdad. Es importante pensar que, aunque el estado de naturaleza descrito por Platón pudiese ser falso, es una metáfora o alegoría para entendernos. Lo que él quiere mostrarnos es que todos somos iguales. Ya sabemos que no somos iguales ontológiamente, pero sí ante la ley, y en este caso ante la ley de la naturaleza. Por tanto lo que va a ocurrir, y será lo que introduzca el mal en el mundo, es que se introduce la desigualdad. La desigualdad es el mal porque da poder arbitrario a unos hombres sobre otros. En primer lugar aparece la desigualdad entre ricos y pobres cuando a alguien se le ocurre decir esto es mío. Es la aparición de la propiedad privada. La primera desigualdad, en la que se fundarán todas, es la desigualdad entre ricos y pobres. Los ricos contrataran al fuerte para que vigile sus propiedades, así aparece el poder militar y la diferencia entre ricos y pobres y fuertes y débiles se agranda. El rico es el fuerte y el pobre es el débil. Y, por último, para justificar esto legalmente, esta desigualdad que ha introducido el mal en el mundo, se crea la magistratura, las leyes que protegen la propiedad privada, que no es real, sino un invento, una apropiación ilegítima del bien común. Y estas leyes producen la mayor desigualdad, la aparición de amos y esclavos. Por eso la idea de Rousseau es que si queremos progresar, ir hacia una sociedad más justa e igualitaria hemos de volver a los orígenes, porque en los orígenes está la igualdad y la bondad.

            De esta manera Rousseau duda del progreso y sugiere una idea curiosa. El progreso consiste en la vuelta a los orígenes, es decir, en la vuelta al estado de naturaleza. Desde luego que no puede haber una vuelta al estado de naturaleza material, eso era inviable entonces y hoy es impensable, ya no existe ni naturaleza, todo está humanizado o civilizado. La vuelta a la naturaleza habría que entenderla de forma metafórica. De lo que se trataría, y esto sí es actual, es de una vuelta a los orígenes en el sentido de una recuperación de la bondad y la igualdad primitiva. La sociedad civil existe, de lo que se trata es de crear las instituciones que hagan posible la recuperación de estos valores o virtudes. N hay que ver en Rousseau a un ecologista avant la leerte romántico. Ya digo que su vuelta a la naturaleza es metafórica. Él propone instituciones que recuperen la igualdad y bondad primitivas en las que cree. Eso sí, podemos ver un pensamiento ecologista en Rousseau en el sentido de que hay que recuperar la naturaleza o el sentido de la naturaleza. Pero, ciertamente, al autor ilustrado no se pueden plantear los problemas ecológicos de la segunda mitad de siglo. Otra cosa es que los movimientos contestatarios y contraculturales, de alguna manera echasen mano de Rousseau como abanderado de la vuelta a la naturaleza. Ya digo, la vuelta a la naturaleza, desde que se dio el paso al neolítico, es imposible.

            Rousseau considera que la vuelta a la naturaleza ha de darse en tres niveles. El primero es el de la educación. a él dedica su obra de Emilio. De lo que se trata es de educar a Emilio fuera de la sociedad, teniendo como modelos las virtudes clásicas. Una vez alcanzada la madurez Emilio puede ser insertado en la sociedad sin el peligro de la corrupción. La segunda institución es el matrimonio, al estudio de ella dedica la novela La nueva Eloisa. Ahí defiende que el matrimonio debe basarse en los sentimientos naturales y no en la conveniencia. Y, en tercer lugar, tenemos la institución más importante que es la del estado. Al estudio de éste dedica El contrato social, la obra más importante del autor. Aquí subyacen los fundamentos de la democracia y la república moderna. El poder reside en el pueblo, que es la voluntad universal. El pueblo elige a sus representantes que ejecutan la voluntad universal. Si los gobernantes no siguen la voluntad del pueblo, éste puede eliminarlo por un plebiscito. Todos los ciudadanos son partícipes de la república. República que, a su vez, se basa en leyes que es necesario obedecer porque son las que garantizan la libertad. Al enfrentar a Rousseau con el liberalismo no se ha hecho mucho hincapié en esto, pero es fundamental. En realidad el descubrimiento de las leyes como garantía de la libertad es fundamental. Y no hay estado sin leyes porque es propio de la condición humana. Como diría más tarde Kant, inspirado por Rousseau, hasta un pueblo de demonios necesita de sus leyes que garanticen la convivencia. La diferencia entre el liberalismo y el republicanismo no es esta. Reside, más bien en que el liberalismo hace hincapié en la salvaguardia de la propiedad privada, relacionando a ésta con la libertad y la vida. Mientras que Rousseau hace más hincapié en la virtud civil. De ahí que de Rousseau surja un modelo republicano que sigue el rastro de Aristóteles, las repúblicas romanas, las del Renacimiento y que debe llegar a nuestros días. Desde el punto de vista teórico es necesario recuperar el republicanismo y su ideal de virtud cívica en tanto que participación en la cosa pública frente al neoliberalismo en el que estamos instalado que convierte al individuo en mercancía. Es necesario, siguiendo a Javier Gomá, y el malogrado Jordi Gracia, recuperar la ejemplaridad pública.

            En conclusión, y antes de empezar con Kant, hemos de decir, que el siglo XX y lo que llevamos del XXI es fruto de la Ilustración. Pero ha habido una perversión de la razón ilustrada que ha consistido precisamente en el endiosamiento de la razón, ya sea política o científicamente y ello nos ha llevado, aliado a la idea mítica del progreso a los mayores genocidios de la humanidad. Debéis tener en cuenta una cosa muy seria. Se suele decir por ahí, ignorantemente, que la filosofía no sirve para nada. Falso, la filosofía, el pensamiento en su modo más general, es el saber más práctico que existe. Es decir, que se incardina en la realidad y la recrea y transforma. A mi me gusta decir que las ideas tienen consecuencias. Las ideas no son fruto de mentes ensimismadas que analizan y piensan en lo que otros pensaron. Las ideas tienen el poder de convencer a la gente, de darles una visión del mundo y un sentimiento que al final transforma el mundo. Pero las ideas, por el hecho de serlas, no son buenas. Pueden ser muy peligrosas, por eso hay que estar siempre vigilantes ante sus conclusiones. Sus consecuencias nos pueden llevar al exterminio o a la paz, la igualdad y la justicia.

 

Kant y la paz perpetua.

                        Kant es el que podemos considerar el máximo responsable de la Ilustración. Su figura más representativa. Realiza, a mi modo de ver, una síntesis de toda la humanidad y abre las puertas a la contemporaneidad. Kant es un filósofo bisagra, imprescindible. Hay un antes y un después de Kant. Nosotros nos vamos a referir aquí a dos aspectos esenciales que afectan a la política; y, para ello, vamos a analizar dos obras ¿Qué es la Ilustración? Y La paz perpetua.

 

            Empecemos por la primera. Pero para ello hay que arrancar (en la parte ética del libro lo desarrollaremos) del concepto de persona. Kant en su cuarta formulación de su imperativo categórico con el que pretendía fundamentar una ética universal nos dice lo que sigue. “Obra siempre de tal manera que consideres al otro como un fin en sí mismo y no como un medio.” Aquí lo que se está definiendo, ni más ni menos, es el concepto de persona. El concepto de dignidad. Toda persona lo es porque es un fin en sí mismo. Pero esto está íntimamente ligado a la primera obra que tenemos que analizar, ¿Qué es le Ilustración? La Ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. Esa minoría de edad consiste en no pensar por sí mismo, en obedecer. Es decir, en no ser libres. La libertad la conseguimos por medio del pensamiento, pensar por uno mismo y no por otro. Es decir, que la Ilustración relaciona el conocimiento con la libertad. Y la libertad con la dignidad y, por tanto con el hecho de ser persona. Así podemos decir que el imperativo categórico es un deber del hombre con respecto a los otros. Pero también tenemos que decir que los otros tienen que alcanzar su libertad. Y no la alcanzamos por pereza y cobardía. Es más fácil que otro piense por mí y es menos peligroso. Esto que nos viene a decir aquí Kant es tremendo porque puede ser la respuesta al porqué de la imposibilidad de la democracia. Hay una línea recta que va de la servidumbre humana voluntaria a la comodidad kantiana. Preferimos que otro piense por nosotros. El trabajo de pensar y de construirse uno mismo la vida desde sus cimientos es arduo. Preferimos que nos lo den hecho, esto es, la creencia, por tanto, la obediencia. Y luego tenemos la cobardía. El pensar por uno mismo te lleva inevitablemente al enfrentamiento contra el poder establecido, contra su ideología hegemónica. Por eso la libertad te convierte en un hereje o un proscrito. Y esto nos lleva a la soledad, por eso es difícil. Y conociendo lo del fuste torcido de la humanidad, pues ya está todo dicho.

 

            De lo que se trataría entonces es de conseguir la máxima ilustración. Por eso Kant se pregunta en el escrito que venimos comentando si estamos en una época ilustrada o de ilustración. La respuesta está clarísima, de ilustración. Pero doscientos cincuenta años después ocurre lo mismo. ¿Y no será esto por aquello del fuste torcido de la humanidad? O por el peso de nuestra estructura biológica que, como primates, configura una sociedad jerárquica? Pues no lo sé, o ambas cosas. La cuestión es que hoy en día, desde hace cuarenta años para acá hemos ido perdiendo calidad democrática a la par que derechos civiles y laborales, mientras que, por otro lado, se ha producido más hambre y miseria, más desigualdad y la riqueza se ha acumulado cada vez más en menos manos.

 

            En lo que se refiere a la política Kant es republicano y cosmopolita. No cree, y esto es importante señalarlo en la Ilustración, en un progreso inevitable y determinista de la humanidad, es más, plantea sus dudas desde la perspectiva de la comodidad y la pereza y el fuste torcido de la humanidad. El progreso es accidental y no está regido por leyes, si no que tiene mucho que ver con la acción humana. El progreso es contingente. Por eso se pregunta Kant si existe un quiliasmo (fin de la historia en sentido cristiano) de la humanidad y contesta que no. No se puede hablar del fin de la historia, para eso tendríamos que creer en la determinación de la misma o, como la religión, la intervención de la divinidad. La historia no tiene un fin. Ahora bien, lo que sí podemos hacer es plantearnos un ideal práctico de la historia que haga posible una praxis. Y a esto es a lo que llama Kant una asociación libre de repúblicas libres. Y esto sería entendido como idea regulativa de la acción política. No como el fin, porque, en tanto que tal, ni es posible, ni deseable. Es la idea que debe dirigir la acción política. Kant lo que defiende, y es de plena actualidad es una asociación libre de repúblicas. Es decir, estado que mantengan su identidad pero que estén asociadas en lo que a lo universal se refiere. Y cuando se refiere a repúblicas libres pues a lo que se está refiriendo es que en esas repúblicas el ideal sea el de la ilustración, alcanzar la mayoría de edad. De esta manera entendemos el fin como un camino. Y, por eso, considero yo, que en esta línea, la Ilustración es un proyecto inacabado. Es un gran proyecto ético y político de la humanidad. Un proyecto que aúna el bien, la felicidad y la libertad con la justicia. Pero es, ni más ni menos que un proyecto. Y todos participamos en él, poniendo nuestro grano de arena o pegándole la patada al montón, como ha hecho la razón ilustrada pervertida: hegelianismo, nacionalismo, stalinismos, marxismos y todo aquello que ha sembrado de cadáveres el siglo XX. Pero también el siglo XX está lleno de conquistas. Tenemos los derechos humanos, la socialdemocracia y el estado del bienestar. El problema es que a principios del XXI y desde hace unas décadas todo esto está en serio peligro. Podemos caer, sin darnos cuenta, en nuevos fascismos. Hay espesos nubarrones que oscurecen el horizonte de la humanidad. Esperemos que nuestra acción sea la más adecuada. De lo contrario estaremos asistiendo al principio del fin de la civilización occidental tal y como la conocemos.

 

Marx. Ideología y alienación.

Introducción.

            Parecería anacrónico hablar hoy en día de Marx. Pero no lo es. Está claro que la idea que tenía Marx sobre la historia están científicamente superadas, pero eso no quiere decir que las ideas marxistas no sirvan para darnos una idea amplia y general del decurso de la historia. Como veremos en la crítica que hace Popper, podemos decir que la teoría científica de Marx está falsada, que su falsación tuvo lugar en la crisis del 29 y con la revolución rusa. Pero cuando una teoría se falsa sigue siendo válida en un margen de realidad más estrecho. Es decir, que aparecen teorías más amplias que engloban más aspectos de la realidad.

            Pero, a mi manera de ver, en lo que realmente es actual el marxismo es en su reivindicación de la justicia como equidad. En lo que podemos llamar también su impronta ética.[3] Si podemos decir que ha quedado algo seguro del marxismo después de la debacle de la caída del muro de Berlín, es precisamente su impronta ética. Pero es que además, el esqueleto de la historia, no el cuerpo, se puede interpretar de forma marxista. Y lo curioso es que esa interpretación nos ofrece una gran luz, brillante y clarividente sobre la situación actual, sobre la crisis global que padecemos y, además, nos ofrece una ética humanística basada en la colaboración y solidaridad, frente a la competitividad que ha sido lo que nos ha llevado a la situación de precolapso en la que nos encontramos. Resulta que después de la segunda guerra mundial hay dos bloques vencedores que tienen y apuestan por sistemas económicos absolutamente opuestos: el capitalista y el comunista. La crisis del 29 se resuelve, al final, con la guerra mundial. Pero la alternativa europea no puede ser el capitalismo liberal y salvaje que nos llevó a la quiebra. De ahí que la salida sea la socialdemocracia. Una especie de simbiosis, capitalista, eso sí, entre el socialismo y el capitalismo. La socialdemocracia mantenía la tesis de la libertad de merado, por un lado, pero sostenía que el estado era regulador y el último responsable. Por otro lado el estado, vía impuestos y regulación del mercado, obtendría las riquezas suficientes como para sostener lo que se ha llamado estado de bienestar. El estado de bienestar lo que garantiza no es, ni más ni menos, que los derechos humanos: la libertad, la educación, la sanidad, el trabajo… Es decir, que la socialdemocracia hacia realidad los derechos humanos a partir de una regulación económica del mercado. Y este sistema funcionó perfectamente durante cuarenta años. Pero fue el cambio del patrón oro por los EEUU., por un lado, y, sobre todo, la crisis del petróleo del 1973, la que puso patas arriba todo esto. Y, en lugar de pensar que nuestra economía, nuestro mundo estaba mal organizado porque había chocado con los límites del planeta que son los límites del crecimiento, pues lo que se pensó es que era la socialdemocracia la que no producía riqueza porque era mucho el gasto social que producía. A partir de ahí empiezan a introducirse las teorías liberales, ya neoliberales en la política; y, lo que va a ocurrir es que se produce una transición del poder. El poder comienza a cambiar de manos. El poder político va a ser asumido por el poder económico. Es decir, que los políticos, a pesar de pertenecer a la izquierda (socialdemócratas) pues siguen la agenda que les marca el poder económico y así hasta la actualidad en la que esta afirmación es absolutamente evidente a los sentidos y a la inteligencia. Ha habido, pues, un retroceso social y político inmenso. Y ese retroceso se cifra en las conquistas sociales, civiles y laborales que se hicieron desde la izquierda. Por eso, lo que ha habido es, no sólo un abandono de la política en manos de la economía, sino un abandono de la izquierda, en manos del liberalismo de la derecha. Liberalismo que, por otra parte, nada tiene que ver con sus fundadores, Locke, Adam Smith, Hayek… el liberalismo de los fundadores es un liberalismo filosófico. Defienden la libertad. Y, por su puesto, dentro de la libertad está la propiedad privada, algo que consideran fundamental. Pero lo que nunca un liberal de entre los fundadores aceptará es desligar la economía de la ética. Es decir, no aceptará la eliminación del estado de tal forma que todo quede regido por la economía, más bien por el mercado. Es más. Los liberales defienden el estado como garante de la libertad individual y del derecho de propiedad, pero éste no es el único derecho. El neoliberalismo lo que ha hecho, como veremos en las reflexiones sobre la globalización, es eliminar al hombre en tanto que sujeto, convirtiéndolo en un objeto, un instrumento, en este caso de consumo, de tal forma que mantiene al sistema. Podemos ser más socialistas, con lo cual seremos más comunitaristas y menos liberales. Pero lo que no es cierto es que en sus orígenes el liberalismo estuviese desvinculado ni de la ética ni de la política. Eso es precisamente algo nuevo. Algo que ha ocurrido en estos últimos cuarenta años. Y de ahí la actualidad y la necesidad del marxismo.

            El marxismo prevé que una sociedad capitalista lo que hace es alienar a toda una clase social que es la de los productores o trabajadores. Y los aliena, como veremos en el desarrollo del tema, de muchas formas. El caso es que esencialmente el fenómeno de la alienación es la conversión, a través del trabajo, porque el trabajador sólo cuenta con su fuerza productiva, de una persona en un objeto. Es decir, lo que sucede es que el trabajador sólo tiene tiempo para descansar y al día siguiente comenzar la nueva jornada de trabajo y con el escaso dinero que gana comprar lo que él mismo produce en la fábrica. El trabajador no tiene ningún derecho laboral, ni civil, ni social (nos referimos al trabajador del XIX) pues bien, eso es lo que poco a poco viene ocurriendo ahora en nuestra sociedad. Todos esos derechos que se habían adquirido a lo largo del siglo XX con las luchas de la izquierda, porque el capital no da nada, salvo lo que le interesa se están yendo al garete. Cada vez más el trabajador es un trabajador precario y cada vez más el trabajador es un esclavo, un instrumento un objeto incrustado en el sistema para que éste funcione. Mientras tanto los neoliberales, políticos que obedecen al mercado, van desmontando progresivamente el estado de bienestar eliminando el gasto público y privatizando; sometiéndolo todo a la ley de la competencia. A un darwinismo social, a lo Spencer, mal entendido. Porque en el darwinismo hay más de cooperación que de competición. Por otro lado, a medida que los estados se van viendo reducidos sus ingresos, a la par que su gasto público disminuye, con lo que esto conlleva de eliminación de los servicios sociales que garanticen los derechos humanos: sanidad, educación, justicia, jubilación, trabajo… pues nos damos cuenta de que en realidad la opción ultracapitalista no ha funcionado, o ha funcionado sólo para unos pocos. Unos pocos que se han hecho ultraricos. Uno de los aspectos actuales de Marx está en una de sus predicciones. En la sociedad capitalista cada vez habrá menos ricos que son más ricos y más pobres que son más pobres. Esto hoy en día es una verdad innegable. Pero lo gordo es que ha sido, desde hace cuarenta años, la progresiva instauración del sistema capitalista neoliberal el que lo ha producido. Y la clase política, carente de voluntad, en parte, y connivente, también, lo han permitido. Y también la ciudadanía ha caído en el engaño de la retórica, aquellos felices noventa en los que había dinero para todo y la economía crecía, pero ficticiamente, sobre la nada, especulativamente, es culpable. Porque estamos obligados a saber algo de la res pública, que es lo que reclama el republicanismo, pero al haber caído en un sistema de partidos representativos que sólo se representan a sí mismos y que crean unas leyes que faciliten el bipartidismo y, además, oligárquicos, pues no hemos sido capaces de hacerles frente. En realidad, hemos ido llegando progresivamente a esta plutocracia que nos rige. De ahí la actualidad de Marx. En primer lugar es necesario recuperar la impronta ética del marxismo, que no es más que la de la justicia como equidad. La función pública debe realizar la justicia y para ello ha de estar por encima de las leyes del mercado. La política, cargada de moral, debe gobernar, no el mercado que está por encima del bien y del mal. Y resulta que Marx, grosso modo tiene razón en su visión de la historia económica cuando analiza el devenir del capitalismo. Por eso hoy en día, actualizada, es necesario echar un vistazo a esta visión. No se puede reducir la historia a una lucha de clases, eso es lo que ocurre ahora. Bueno, más bien ahora no hay lucha sino sumisión, la rebelión vendría después. Pero sí hay que tener en cuenta que el poder económico que se concentra en pocas manos siempre va a querer más y va a crear todos los sistemas de control a su alcance para conseguirlo, como son los medios de comunicación de masas, los partidos políticos y, con ellos, la educación (Plan Bolonia); y esto hay que evitarlo desde otro poder. Y ese otro poder es el de la política que tiene que tener una profunda raíz democrática: la política como búsqueda de la justicia en tanto que equidad; y un profundo asidero en la ciudadanía. La política no se puede aliar con el gran poder, que es lo que ha pasado, sino que la política se debe y surge de la ciudadanía. En fin, lo que estamos reclamando aquí son los ideales republicanos, ideales que también coinciden con la filosofía de Marx, de ahí su actualidad y su necesidad de recuperación, tanto en la teoría como en la praxis ética.

            Hay algo que el marxismo no previó por falta de perspectiva y que está en el centro de la crisis actual, a la que yo califico de crisis global y Terminal. Es el problema ecológico o ecosocial. Tampoco, ni mucho menos, lo hace el neoliberalismo. De todas formas el marxismo ha sido susceptible a este problema y se ha unido a las políticas verdes. Cosa que el neoliberalismo considera algo así como el hombre del saco. La teoría que mantienen es que el crecimiento es ilimitado. Pero esto es absurdo, en un planeta limitado, y con unas leyes físico-químicas que nos los prohíben, no podemos pensar en un crecimiento sin fin. Su fe está puesta en la tecnología. Es su nuevo mito que no es más que la traducción de la tecnobarbarie. De momento lo único que ha hecho es aumentar progresivamente la pobreza y poner en peligro inminente a la humanidad en su totalidad en cuestión de unas décadas. A lo mejor es que el neoliberalismo, siguiendo a Susan George tiene un plan secreto como especula en su ensayo de política ficción Informe Lugano, y prevén que para final de siglo sólo subsistan entre mil quinientos o dos mil millones de habitantes. En fin, el problema ecosocial es un asunto que habría que tratar a parte, pero que es una de las piezas angulares del problema económico y social en el que andamos metidos. El caso es que el neoliberalismo ni lo considera, pone todo su optimismo en el avance de la tecnología; pero, mientras tanto, la pobreza, la miseria y la injusticia crecen por doquier. Y ya ha llegado al primer mundo. Europa está cayendo, y si cae Europa cae la tradición de la democracia y de los derechos humanos.

 

Marxismo y crítica popperiana.

            La FILOSOFÍA que había en Alemania en tiempos de MARX es lo que se llamó "el idealismo absoluto alemán" Esta es la FILOSOFÍA posterior a KANT. Este último había señalado que la METAFÍSICA era imposible como CIENCIA; que no podíamos hablar de DIOS, ALMA, y MUNDO. La filosofía tiene que ser crítica trascendental. Después de KANT hay una serie de filósofos: FICHTE, SCHELLING Y HEGEL que siguen el camino opuesto al kantiano. Hablan del mundo del alma y de Dios; y constituyen la FILOSOFÍA  idealista alemana que comienza con FICHTE y termina con HEGEL. Este último sintetiza todo el conocimiento en Dios o la "idea absoluta" También hubo otro gran filósofo que siguió la línea kantiana. Estamos hablando de SCHOPENHAUER. que es el padre de la filosofía pesimista moderna.

 

La FILOS0OFÍA de HEGEL se transforma en la FILOSOFÍA oficial del ESTADDO ALEMÁN. El pensamiento de HEGEL  es la justificación filosófica de este estado. Entre los conceptos más importantes de la filosofía de HEGEL que heredará posteriormente MARX tenemos:

 

. Concepto de DIALÉCTICA. Según HEGEL la historia es un desarrollo dialéctico de la "idea absoluta".

La dialéctica es un movimiento que tiene tres momentos: La tesis, antítesis y síntesis. La HISTORIA es un movimiento dialéctico en el que la tesis es la "idea absoluta" la realidad auténtica es la IDEA EN SÍ Pero esta idea se aliena.

ENGELS

 

. Concepto de ALIENACIÓN. La conciencia sale fuera de sí. La idea en sí ya no es en sí, sino que está fuera de sí. Cuando la idea absoluta sale de sí se transforma en materia (que es la antítesis) Si la HISTORIA es el desarrollo dialéctico de la idea y la materia, entonces la síntesis será el fin de la historia. Al decir de HEGEL el estado alemán de aquel momento es la culminación de la historia; en la filosofía, el arte y la religión.

 

MARX estudia derecho, pero sus inclinaciones son desde un principio filosóficas y literarias. Una vez terminada la carrera realizará la tesis doctoral; pero ésta será de FILOSOFÍA; en la que podemos entrever su carácter materialista. Se llama: "Sobre las diferencias en el materialismo de las filosofías de DEMÓCRITO  y EPICURO."

 

Los discípulos de HEGEL se agrupan en dos tendencias:

 

a. La derecha hegeliana: son todos aquellos filósofos que consideran la filosofía de HEGEL como la más verdadera y la más completa.

 

b. La izquierda hegeliana o los jóvenes hegelianos: que no consideran que la FILOSOFIA  de HEGEL sea la culminación del pensamiento humano. Sería un momento más en la historia del pensar dialéctico. Estos últimos admiten la crítica, y uno de los más importantes y que influye mucho sobre MARX es FEUERBACH. Su obra más importante es "la esencia del cristianismo." En esta obra FEUERBACH pone las bases de lo que es el ATEISMO antropológico moderno. Una de las críticas al sistema hegeliano es la siguiente:

 

 

 

 

"El hombre en tanto que individuo proyecta en la idea de DIOS su necesidad de inmortalidad, eternidad y perfección. Lo que ocurre es que el hombre en tanto que individuo inventa esa idea de DIOS por su propia necesidad; pero no es una existencia auténtica, sino que es una existencia alienada; porque el hombre proyecta -en algo que está fuera de sí mismo- su propia conciencia. Lo que sucede es que el hombre en tanto que individuo es un ser mortal; y la muerte es el triunfo de la especie sobre el individuo. El hombre muere para que la especie sobreviva. Nosotros proyectamos lo que realmente somos en la idea de DIOS El contenido de la idea de DIOS es lo realmente en la especie. En consecuencia; la idea que tenemos de DIOS es la ALIENACIÓN (existencia inauténtica) de nuestra conciencia como especie. Para que el hombre vuelva a sí mismo tiene que negar la idea de DIOS. Y considerar que los atributos de DIOS son realmente los del hombre en tanto que especie. Por tanto, la existencia auténtica del hombre es una existencia atea."

 

 

MARX empieza en la izquierda hegeliana; pero no admite de ninguna manera el idealismo. Realiza una crítica a los jóvenes hegelianos que se basa en el materialismo. Mientras que para HEGEL y los idealistas la realidad auténtica es la de las ideas; para MARX la única realidad es la de la materia.

 

Por otra parte, la FILOSOFÍA DE MARX no es teórica; sino que concibe la FILOSOFÍA como forma de transformación del mundo. En la tesis 7 de su obra "Tesis sobre FEUERBACH" MARX dice:

 

 

"Hasta ahora los filósofos lo que han hecho es contemplar el mundo; desde este momento, lo que hay que hacer es transformarlo."

 

 

Con MARX aparece una nueva dimensión del pensamiento que es la acción o la revolución.  La FILOSOFÍA como actividad revolucionaria tiene que ayudar a que los cambios históricos tengan lugar con mayor rapidez y más facilidad. El FILÓSOFO REVOLUCIONARIO tiene como misión crear conciencia revolucionaria.

 

 

ANTROPOLOGÍA MARXISTA: Filosofía sobre el hombre.

 

 

Es el centro de la FILOSOFÍA de MASRX. En primer lugar, MARX elabora un concepto de filosofía  que es opuesto al de la filosofía absoluta anterior; esa nueva noción aparece en sus "Tesis sobre..." En primer lugar lo que nos hace falta es un nuevo concepto de hombre. MARX piensa que no existe propiamente la esencia humana, que no existe el hombre en general -de una forma definitiva- como pensaban los filósofos idealistas. Por el contrario, el hombre es algo concreto. No existe el hombre sino que existen los individuos. Los "hombres" en concreto se constituyen por sus relaciones, que son con los demás hombres y con la naturaleza.. Y estas relaciones son fundamentalmente de trabajo.

 

Lo que ocurre, según MARX, es que el concepto de trabajo está desvirtuado por la religión. El concepto de trabajo que tenemos nos viene dado por la RELIGIÓN; de la tradición judeo-cristiana. Y viene a consistir en un sacrificio que hay que soportar. Según MARX, eso no es el trabajo. Éste último es aquello que constituye al hombre y lo dignifica. Lo primero que habrá que hacer es cambiar ese concepto de trabajo.

 

 

 

MATERIALISMO HISTÓORICO.

 

MARX considera que el desarrollo de la historia se puede explicar desde el desarrollo dialéctico de la materia; es más, consiste en dicho desarrollo. Esto es totalmente opuesto a lo que decía HEGEL

 

Para MARX toda sociedad consta de dos estructuras:

 

 

1. La infraestructura económica. La economía. Es la base material de una sociedad y está constituida por los medios de producción y por las fuerzas de producción. Las dos cosas forman el CAPITAL.

2. La superestructura. La ideología. Está constituida por el mundo de la cultura, la política, el derecho, el arte, la ciencia, la filosofía y la religión. MARX dice que la superestructura de una sociedad viene determinada por su economía; según sea ésta así será aquella.

 

 

No es la ideología la que transforma la sociedad; sino que es la base material la que determina el desarrollo de la historia, y por tanto, el cambio en las ideologías o superestructuras.

 

"No es la conciencia la que determina el ser social; sino           que es el ser social lo que determina la conciencia."

 

Todos los cambios en la historia son cambios en los distintos modos de producción. Para explicar estos cambios hay que distinguir en toda sociedad dos clases:

 

1. La clase dominante u opresora. Está formada por aquellos que poseen los medios de producción.

 

2. La clase oprimida. Los que no poseen ningún bien salvo su capacidad de trabajo. Ésta es la clase explotada por la clase dominante.

 

Lo que ocurre es que cuando la clase oprimida toma consciencia de clase, entonces es cuando comienza la revolución. Esto genera la lucha de clases que es el motor de la historia; y tiene como origen intentar poseer los medios de producción. El oprimido se quiere liberar de esa explotación y sufre por parte del opresor; y eso solamente lo puede hacer si consigue los medios de producción: el poder económico.

 

Lo que ocurre después de una revolución es que se establecen dos nuevas clases y lo único que ha cambiado son los medios de producción. En la actualidad el medio de producción es el capitalista. En esta sociedad tiene que tener lugar la última revolución.; que es la revolución de los proletarios, será sangrienta y se alzarán contra los capitalistas para arrebatarles los medios de producción. De aquí surgirá una nueva sociedad -sin clases- que será la sociedad comunista. Y tras la revolución del proletariado se acabaría la prehistoria del hombre. Y con el comunismo comenzaría su verdadera historia.

 

"En la producción social de su existencia los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su identidad, en relaciones de producción que corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cuál se alza una superestructura jurídica y política y la cual corresponden formas determinadas de la conciencia social. En general, el modo de producción de la vida material condiciona el proceso social, político y espiritual de la vida. No es el conciencia de los hombres la que determina su ser; sino, al contrario, su ser social es el que determina su conciencia."

 

 

 

 

LA ALIENACIÓN.

 

Es un concepto que procede de HEGEL. La alienación en HEGEL es un estado de la conciencia en el que ésta se encuentra fuera de sí. La conciencia alienada es inauténtica. MARX traslada este concepto a la historia y la sociedad. En este sentido existen dos alienaciones importantes.

 

En el trabajo. El trabajo es la forma propia que tiene el hombre de relacionarse con los demás y  con la naturaleza. Lo que ocurre en toda sociedad que no sea comunista es que el trabajo no realiza al hombre; sino que lo aliena. Es decir, lo transforma en una cosa. El máximo estado de alienación que alcanza el hombre tiene lugar en la sociedad capitalista. Y sus formas de expresarse son las siguientes:

 

1. Por la división del trabajo: Manual e intelectual. Esta división es injusta; puesto que el trabajo productivo (manual) es lo peor pagado.

 

2. El trabajo se transforma en una MERCANCIA (SÓLO EN LA SOCIEDAD CAPITALISTA). El obrero no tiene nada salvo su fuerza de trabajo; de esta forma se ve obligado a vender su fuerza de trabajo para poder sobrevivir. Tiene que trabajar la mayor parte del día, y sólo le queda tiempo para descansar para el día siguiente comenzar una nueva jornada de trabajo. En este sentido el trabajo no realiza al hombre sino que lo destruye.

 

3. El obrero no tiene tiempo para el ocio y la familia y no vive; sino que sobrevive.

 

4. El capitalista compra el trabajo al obrero; esto es, es una mercancía sujeta a la ley de la oferta y la demanda.

 

En la religión El obrero en la sociedad capitalista cada vez se encuentra en una mayor situación de miseria y para que no se rebele, la clase dominante, "inventa" la religión. Consiste en que el obrero cree que tiene que soportar esta vida y que ha de resignarse -aunque lo pase mal- puesto que el sufrimiento es señal de felicidad en el otro mundo. En este sentido dice MARX que "la religión es el opio del pueblo" El capitalista desea que el obrero no se rebele y no le arrebate la propiedad privada. Así podrá mantenerse la explotación.

 

 

 

EL COMUNISMO

 

MARX al hablar de comunismo se refiere al comunismo científico. Este estado no es una ideología sino algo que tiene que llegar necesariamente; por la propia dialéctica necesaria de la historia. En aquel momento había dos concepciones del comunismo:

 

 

El comunismo primitivo Consiste en la abolición de la propiedad privada para que pase a manos de la comunidad. Al decir de MARX este comunismo no es el auténtico porque de esta manera no hay abolición de las dos clases sociales; sino que nos encontramos en una sociedad en la que todos son proletarios.

 

El comunismo utópico. La sociedad comunista es algo que hay que buscar, un deber ser de la sociedad. Una idea que hay que perseguir.

 

Pero MARX dice que el comunismo es un estado de la sociedad que tiene que llegar necesariamente y que por tanto no depende de las ideas de nadie. Como ya hemos visto en el MATERIALISMO HISTÓRICO las ideas no cambian la historia sino que es la infraestructura económica la que cambia las ideas.

 

Se producen una serie de contradicciones internas que terminarán con el propio capitalismo y la burguesía generando la revolución de los obreros. Dice MARX que la sociedad capitalista produce a sus propios sepultureros.

 

 

Crisis internas de la sociedad capitalista.

 

El proletario se ve obligado a vender su trabajo al burgués para sobrevivir. Entre el producto que se vende en el mercado y el sueldo del obrero hay una diferencia que se llama PLUSVALÍA  o PLUSVALOR. El burgués se enriquece con ese plusvalor; esto es, que el obrero compra las mismas mercancías que el mismo produce, pero, encarecidas.

 

El capitalista, intenta que la plusvalía sea la mayor posible; bien bajando el sueldo del obrero, la calidad de la mercancía (el coste de los materiales) o aumentando más el precio de los productos. Se haga lo que se haga, el poder adquisitivo de los obreros disminuye; y entonces no puede comprar los productos -y si no los puede comprar el capitalista no se enriquece- produciéndose la "acumulación de la mercancía", cierre de empresas, etc...y todo esto genera un mayor estado de MISERIA de los proletarios que da lugar a la conciencia DE CLASE; y esto es el principio de la revolución del proletario que ha de terminar con la propiedad privada, con la diferencia de clases y con la lucha de clases.

 

Esto es el origen del comunismo y el final de la prehistoria, y el inicio de la historia del hombre. Ya no hay cabida ni para la miseria ni para la alienación y podemos decir de esta sociedad que "cada uno según su capacidad y a cada cual según su necesidad." ESte es el auténtico concepto de igualdad en MARX.

 

 

El origen del comunismo se produce por la dialéctica capitalista que genera contradicciones internas dentro de la economía burguesa que se podrían explicar con la siguiente ley:

 

"En toda sociedad capitalista, cada vez hay menos ricos que son más ricos, y más pobres que son más pobres."

 

 

 

CRÍTICA DE POPPER AL MARXISMO.

 

Ya vimos en Platón la crítica que hace Karl Popper a la política platónica. Es un caso parecido al que ocurre con el marxismo. Popper en sus orígenes fue marxista. Pero fueron, por un lado los fascismos y, por otro, el stalinismo los que lo convencieron de la inviabilidad de los sistemas cerrados o que pretenden ser perfectos. Los análisis popperianos de lo que él denomina sociedades cerradas se desarrollan fundamentalmente en dos obras clásicas ya que son: “La sociedad abierta y sus enemigos” y “La miseria del historicismo.” La crítica que hace al marxismo es de un carácter un tanto diferente a la que se realiza a la filosofía platónica. Pero, en definitiva, ambos tipos de sociedades constituyen sociedades cerradas; con todos los peligros de intolerancia y corrupción que ello entraña. Pero lo que está a la base del sistema y la idea de sociedad marxista es lo que llama Popper el historicismo. Se considera historicismo a aquella corriente de pensamiento que sostiene una visión de la historia, según la cual, el proceso de la misma sigue leyes necesarias. Una vez que conocemos estas leyes podremos predecir el futuro de la historia.

 

El modelo de la ciencia que sirvió como copia o imitación de los historicistas fue el de la física del XIX. Los estudiosos de las ciencias humanas consideraron en este siglo; y, en muchos casos en el nuestro, que la historia estaba sujeta a leyes necesarias del mismo tipo que aquellas que gobernaban los planetas y las piedras al caer. Y, por ello, la ciencia de la historia debe buscar esas leyes últimas y definitivas. Y éste, precisamente, es el caso de Marx y el marxismo. Se consideró que la historia se explicaba -de forma completa e incontestable- desde las leyes dialécticas del desenvolvimiento económico. Pues bien, es precisamente aquí donde reside el error al decir de Popper. Y el error es de carácter epistemológico (teoría de la ciencia); pero las consecuencias político practicas son los totalitarismos marxistas y la represión que ello conlleva.

 

El fallo está, precisamente en que no existen estas leyes deterministas, definitivas y últimas. Ni siquiera existen en el caso de la física; menos aún en el ámbito de lo humano.  Pretender una visión racional, definitiva y última del hombre y su historia es consecuencia de la concepción romántica de la razón como facultad infinita de comprensión de lo real. Las leyes que rigen el cambio histórico no son única ni determinadas. No se puede, pues, anular, la libertad humana y la impredicibilidad del futuro (al menos en parte). Y, es más, aunque existiesen esas leyes deterministas y últimas es imposible el conocimiento humano de las mismas, precisamente por el carácter limitado de la razón humana.

 

El devenir histórico no es el resultado necesario de la obediencia a unas leyes ciegas de la infraestructura económica; sino que está sujeto a la intervención directa del hombre en tanto que individuo irrepetible, racional y creador. Toda visión determinista de la historia es una visión sesgada de la misma, que hace hincapié en unos factores olvidando otros. En definitiva, un reduccionismo. Por ello, el marxismo es -en su versión científica- un reduccionismo económico. Se pretende reducir el quehacer humano en la historia al mero desenvolvimiento dialéctico de la economía que produce los enfrentamientos sucesivos de clases.

 

La crítica popperiana, de esta forma, se dirige al centro mismo de la teoría científica de Marx sobre la historia. De todas formas, ya desde los inicios del marxismo existió la contradicción en la misma teoría refiriéndose al papel que juegan los intelectuales (las ideas, en definitiva) en la revolución. Si intervienen los intelectuales, aunque sea solo para acelerar los dolores del parto, ya se dan, entonces, otros factores que no son los meramente económicos. Y, si no intervienen cómo es posible llegar a la conciencia de clase “oprimida” que hace posible el salto a la revolución. En verdad, lo que sucede es que intervienen más factores de los sospechados por Marx. Y esto implica que no es posible predecir ni el futuro próximo ni lejano del hombre. No se puede plantear ningún fin de la historia. Aquí coinciden, (en considerar un fin último de la historia) tanto Hegel como Marx. Bueno, podemos decir que es una constante de todo el romanticismo: el pensamiento utópico. Después en el siglo XX, tras las experiencias de las dos guerras mundiales aparecerán las utopías negativas. Esto es, el futuro del hombre como una catástrofe. Estas consisten en una reflexión tras el desengaño de toda utopía basadas en la ciencia o en un modelo de estado perfecto.

 

Frente a todo ello, lo que propone Popper, como ya sabemos, es la sociedad abierta. Aquella en la que los sujetos son liberes. El modelo político que puede garantizar la sociedad abierta es la democracia. Ahí sí es posible la existencia de individuos libres. Pero, la democracia también corre serios peligros; y en este fin de siglo es tarea de todos los hombres ilustrados que creen en el individuo y la libertad del hombre como conquistas de la historia el desenmascarar los totalitarismos que se cuelan por las entretelas del sistema. Ánimo...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Reflexiones sobre la actualidad de la democracia y la globalización.

 

    Hemos empezado este librito, si recuerdas, hablando de la democracia, de cómo surge en Atenas y de cuáles eran sus características. Y llegamos ahora al final, después de haber anunciado el renacimiento de la democracia a partir de la Ilustración. Pero estas democracias, como bien sabes ya no son directas, sino que son representativas. Y, además, las democracias actuales, o, mejor, las que se desarrollan en el siglo XX van ligadas al desarrollo del capitalismo. Al surgimiento de la revolución industrial y de un nuevo factor que es el del trabajo asalariado y productivo. Esto, unido al descubrimiento de energía barata hizo posible que la población mundial en un siglo se sextuplicara. Pero no os voy a hablar aquí de las democracias en el siglo XX, ni de las dos grandes alterativas democráticas, el liberalismo y la socialdemocracia. Frente a la otra gran alternativa que sería el socialismo que devino rápidamente en totalitarismo. Lo que yo pretendo es hacer una lectura de la situación actual de la democracia. Haceros pensar desde la actualidad. Auque no hayamos explicado las democracias liberales y la socialdemocracia tenéis los instrumentos para entenderla. Además un conocimiento del siglo XX os lleva directamente a ello.

 

    ¿En qué ha quedado la democracia? Pues bien, creo que hoy en día padecemos un serio déficit de democracia, tan serio que, pienso, la estamos perdiendo, si es que no la hemos perdido ya. Y esto va ligado al fenómeno de la globalización, por eso los trato bajo el mismo epígrafe. Si recordáis hemos partido de la analogía del ágora. Decíamos que el ágora, la plaza, era el lugar vacío, ocupado por el logos, y que el logos es lo común, que es aquello que nos permite el diálogo lo cual implica que nadie tiene la razón, sino que ésta es común y nos permite autogobernarnos por acuerdo y consenso. El poder emanaría del pueblo en diálogo. Pero si alguien se apropia de la razón, si quiere ocupar ese lugar vacío del ágora, entonces se está terminando con la democracia. Pues bien, eso es lo que está ocurriendo hoy en día. Desde los años setenta, con la conversión del patrón oro y la crisis del petróleo se le declaró la guerra a la socialdemocracia y al estado de bienestar. La socialdemocracia surge después de la segunda guerra mundial como solución a la crisis que el capitalismo liberal había producido y que se manifiesta con el crack del 29 que arrastraría toda una década de crisis económica profunda y que no alcanzaría su solución hasta el final de la guerra. El final de la guerra trajo también la declaración de los derechos humanos, y esto es muy importante decirlo, porque estos irán indisolublemente unidos a la democracia. Pero, para que estos derechos se cumplan y para regular el capital y su voracidad será necesario el estado, de ahí surgirá la socialdemocracia. A su vez, la socialdemocracia asume el espíritu de la izquierda socialista al hacerse responsable del bienestar de los individuos, no sólo en tanto que libertad de expresión, derecho a la vida, etc, sino también, derecho a la sanidad, a la justicia, a la educación, a los servicios sociales, etc. Digamos que la socialdemocracia fue un modelo que intenta corregir los exceso del capitalismo, pero que asume este modelo económico, solo que regulado por el estado, aunque manteniendo la libertad del mercado, pero con límites, que no son, ni más ni menos, que los de la justicia y los que están plasmados en los derechos humanos. A su vez, asume el reto socialista convirtiéndose en estado benefactor. Esto último es algo que ha sido muy criticado desde las democracias liberales que se basan en la libertad del mercado y en la iniciativa privada de cada ciudadano que está en lucha contra el resto. La inspiración filosófica de las democracias liberales es el darwinismo de Spencer, que es una mala interpretación de Darwin. Entienden la teoría de la evolución como una lucha a muerte por la supervivencia. Pues esto no es así, en la evolución hay lucha, pero hay más colaboración. Y ya lo señaló Darwin, no hay que esperar a la biología contemporánea.

 

    En fin, que lo que yo venía a decir es que esa crisis de los setenta da lugar al nacimiento de un nuevo modelo de democracia, que, a mi modo de ver, acaba con ella, como estamos viendo hoy en día y que es el llamado neoliberalismo. De lo que se trata es de asumir que todos los males de la crisis, o que la causa está en el modelo de la socialdemocracia y, por tanto, la medida que hay que tomar es eliminar al estado y liberar el mercado. Los neoliberales dicen echar mano de los economistas liberales. Pero esto es una mentira y un engaño. Esto es una máscara para hacerse pasar por corderos. Los liberales no separaron la economía de la ética, no cayeron en la religión del cientificismo, no separaron la economía de la naturaleza, con lo cual se habrían dado cuenta de los límites del crecimiento. En definitiva, los liberales mantenían la propiedad como una señal de la libertad y que el estado debería, por ley, garantizar, creían en la libertad del mercado, que el mercado se autoregulaba, eso fue un error, pero que, por activa y por pasiva, mantiene el neoliberalismo, quizás el único punto en común con el liberalismo. De todas formas el liberalismo filosófico no superpuso el mercado por encima de las personas, otra cosa es el desarrollo empresarial de las ideas liberales. De todo esto lo que podemos deducir es que el neoliberalismo pretendía acabar con el estado de bienestar e instaurar una dictadura del mercado basada en la liberación absoluta de la economía y del mercado. Y eso es lo que llevan haciendo, con el consentimiento de los políticos, ya sean de la derecha o de la izquierda (izquierda moderada, la realmente existente. Me refiero a ésta como la que tiene capacidad de gobierno). El resultado es la actualidad que podemos describir como el fin de la política. La actividad de los políticos está absolutamente sujeta a los mandatos del mercado, pero el mercado no es un ente abstracto, sino una serie de multinacionales, bancos y una serie de señores que manejan todo esto y quieren poseerlo todo. Y por eso quieren acabar definitivamente con el estado.

 

Desde los años setenta para acá la democracia ha ido degenerando progresivamente. A medida que los políticos perdían poder frente al mercado. A medida que los ideales dogmáticos del neoliberalismo, como sostiene lúcidamente Stiglitz: liberalización y flexibilización, como pilares de las reformas estructurales, disminuía la calidad democrática. Los políticos progresivamente dejaban de ser representantes del pueblo. Muchos de ellos tenían altos intereses económicos en las grandes multinacionales y en la banca. La política empieza a representar al propio poder que le da las órdenes, que fija la agenda de acción que, poco a poco, ha ido diezmando la democracia. Por otro lado, un vicio común de la democracia de partidos, y sobre todo cuando esas democracias tienden al bipartidismo, es que los políticos dejan de representar al pueblo y representan a su propio partido. Entonces ya no estamos hablando de democracia, sino de partitocracia. El político necesita al ciudadano para gobernar, solicita su voto, le hace sentirse importante y responsable de la polis. Pero lo único que quiere es que se realice el acto del voto y, por su puesto, que a ser posible voten a su partido. Es la forma de garantizar la democracia. Pero esto no es democracia como hemos visto. Es partitocracia. Los partidos se han adueñado de una parte del ágora, ya no hay pluralidad, sino un par de voces que no dialogan sino que interpretan una pantomima. Por otro lado, el poder económico se ha hecho con lo que quedaba del ágora, hoy en día ya es casi todo, queda un pequeño reducto de resistencia que es donde está nuestra esperanza. De ahí que nuestras democracias se hayan convertido en oligarquías. De tal forma que lo que podemos decir es que nuestro régimen político es una plutocracia. Y a esto hay que sumarle algo más, y, además, importante. El posmodernismo. Esta pseudofilosofía, dañina y peligrosa, ha perforado las mentes de los ciudadanos dejándolos huecos y vacíos. De tal forma que actúan como títeres egocéntricos y narcisistas y que se creen muy libres, cuando su realidad no es más que una realidad simulada, al modo de Matrix, por renovar el mito platónico. Todo ello nos hace vivir en un mundo orwelliano en el que el pasado ha sido reconstruido y se ha creado una neolengua para entender esa realidad-apariencia que se nos impone.

 

    Y en todo esto juega un papel importante la globalización. Ésta es un hecho. Y realmente comienza, como bien señala Marx al inicio del Manifiesto Comunista, libro excesivamente olvidado, en el Renacimiento. En primer lugar, hasta la revolución industrial, la globalización fue una globalización de la civilización occidental, es decir, colonialismo. Pero tras la revolución industrial, y cuando emerge un nuevo sistema de producción, que es el capitalista; lo que se globaliza es, precisamente, el capitalismo. Se nos ha querido encandilar con lo de la globalización relacionándola con los nuevos medios de comunicación de masas, sobre todo Internet, cuando realmente es un fenómeno muy antiguo. Y se nos ha querido mostrar las bondades de esta globalización, como la posibilidad de la comunicación con todo el mundo y en un instante, como la posibilidad de acelerar el progreso. Otra vez el mito del progreso. Pues nada de esto. La globalización ha sido pura y simplemente mercantil. Todo lo demás no es más que la ideología que recubre el hecho real. Y esta globalización ha llegado a su cenit con la globalización financiera que ha saltado por encima de todos los estados creado una red mundial manejada por los mercados, que tienen dueños, como ya he dicho. Mientras tanto ni siquiera existe una globalización de las mercancías, los países ricos se protegen de la producción de los pobres creando aranceles. Digamos que el neoliberalismo echa manos del estado cuando le interesa. Mucho menos hay una globalización y libre tránsito de personas. La categoría de personas solo sirve para unos cuantos privilegiados. La globalización es un tremendo engaño, o peor, una pura barbarie, un genocidio encubierto. La globalización participa del ideal de crecimiento ilimitado, algo absurdo cuando estamos en un planeta con límites. Es curioso que el informe sobre los límites del crecimiento, el informe del Club de Roma, saliese en los años setenta, cuando la crisis. Entonces se plantearon dos posibilidades, o poner límites al crecimiento y crear, a tiempo, un nuevo tipo de sociedad y de relaciones humanas, u optar por la huida hacia delante. Y ésa fue la opción que se escogió, la del neoliberalismo. Y ahora nos encontramos ante una crisis de dimensiones globales, que no es una simple crisis económica, sino filosófica, total. Una crisis de la visión del mundo, de la relación con la biosfera y de la relación del hombre con él mismo. Es la crisis global del capitalismo como sistema de producción. Hemos llegado a una tremenda encrucijada. Nuestras decisiones de ahora tienen que ver con la viabilidad de la humanidad de aquí a unas cuantas décadas. Y estas acciones deben estar inspiradas en el principio de responsabilidad de Jonas. Pero encima tenemos el problema añadido de que nos hemos quedado casi sin democracia y sin política. Nuestro futuro depende de los movimientos de resistencia y de los disidentes. Hay alternativas, pero necesitamos dos cosas importantes, una masa crítica de ciudadanos implicados que se enfrenten al poder y valentía. Hace falta una guerra de guerrillas intelectual. Hay que camuflarse y utilizar los instrumentos del enemigo. Nos vemos en la resistencia entre trincheras.

 

 



[1] Desde ahora mantengo que el tipo del filosofar que levaremos aquí será antiacadémico. Tiene que ver con el filosofar mundano. Lo podemos entender de la siguiente manera. El filósofo en los tiempos actuales no debe hablar a los filósofos sino al común de los mortales. Porque los problemas filosóficos son problemas estrictamente humanos y de la humana condición surgen.

[2] Tomo esta reseña de la estupenda obra “Ecocinismo”  de mi obra, actualmente en prensa, “Escritos desde la disidencia”.

[3] En mi obra Filosofía desde la trinchera hago un análisis de esto a partir de la celebración del 150 aniversario del Manifiesto comunista.

Yo también estoy perplejo. Pero es pura ideología. El marxismo, como teoría económica o teoría de la historia lo podemos considerar refutado en el sentido que decía Popper. Me explico. Si el marxismo predecía que tras una crisis económica como la del 29 tendría lugar la revolución de los proletarios y tras ésta el estado comunista y con él el fin de la historia, pues resulta que se equivocó. Luego la teoría de Marx es falsa. Pero eso no quiere decir que sea totalmente falsa. Lo mismo ocurrió con Newton y la nueva teoría de Einstein. Todavía seguimos utilizando ampliamente la teoría de Newtn y reservamos la de Einstein para las grandes distancias. Con ello quiero decir que el marxismo tiene explicaciones válidas o que nos sirven para entender la realidad histórica y económica, como son, por ejemplo sus conceptos de ideología y alienación y, por su puesto, su impronta ética: la consecución de la justicia universal por la emancipación de los oprimidos. Pues bien. Marx tiene una frase que yo les cito a mis alumnos al principio de su explicación y hago que poco a poco la vayan desgranando. Y dice así, “No es mi conciencia la que determina mi ser social, sino mi ser social el que determina mi conciencia”. Dicho más fácilmente yo no soy lo que pienso, sino que pienso según lo que soy socialmente, el conjunto de relaciones sociales que me construyen. Pues bien, lo que pensamos es la ideología y ésta es una falsa conciencia, un conocimiento erróneo de un mismo y de la realidad que me rodea. Pero este pensamiento es interesado. Es, a las distintas formas de poder a las que les interesa este estado de falsa conciencia o alienación, así no podemos revelarnos contra lo establecido. Por eso vemos esas contradicciones. El tardocapitalismo es la mejor ideología y religión creada por el hombre; es un inmenso engaño en el que todos (los países ricos) participamos y en el que nos encontrábamos felices y realizados. Pero todo era un velo, y es un velo de Maya. Y está cayendo delante de nuestras narices. Por eso cada vez más personas ven esas contradicciones y caen en el sinsentido y el desencanto. Pero ése es otro enemigo.

Miguel, excelente reflexión y bella prosa como siempre. Sé que mi artículo y lo que digo levanta ampollas en los lectores de literatura, sobre todo los de buena literatura, cómo no. Pero lo que sucede es que hay como un mito en torno a la literatura. El primero, que enseña. Yo digo que sí, pero a la sensibilidad. (No hubiese sido posible la formulación de los derechos humanos si a través de la literatura no se hubiese creado el clima de empatía que nos acerca al dolor del otro. Y esto lo hizo la novela. Es una de las hipótesis más actuales sobre porqué consideramos evidentes y naturales los derechos humanos, cuando en realidad son una construcción que es accesible por nuestra capacidad de empatizar (sensibilidad) con el otro. Y otra que la lectura es imprescindible (la mayor parte de mi vida la he pasado leyendo), pues tampoco. ¿Hay más sabiduría en Tolstoi, autor atormentado, que nos ha enseñado y deleitado tanto, que en un hombre normal, honesto y con un buen equilibrio afectivo que no lee y tiene otras aficiones. O con un hombre del paleolítico, algunas tribus quedan en el Amazonas? Tanto la escritura como la lectura son inventos culturales que nos han transformado. Incluso era distinto la escritura que no tenía signos ortográficos al momento en el que se inventa la grafía, cambia hasta el cerebro. O el paso de leer en voz alta a leer para sí mismo. O lo que está ocurriendo hoy en día con la lectura en Internet y especialmente con las redes sociales, cambian realmente las redes neuronales de nuestro cerebro. Nuestros jóvenes, irremediablemente, no pensaran como nosotros. Y hay un aspecto que creo que ha pasado desapercibido porque no he hecho hincapié, pero es el que realmente defiendo, leemos, como hacemos cualquier cosa, por dar un sentido a nuestra existencia mientras aseguramos nuestra pervivencia a través de nuestros genes. La cultura es nuestro entretenimiento, nuestra religión. Bueno, la religión pertenece a la cultura. La cultura es lo contingente, por eso es plural y diversa, la biología necesaria. La cultura es el instrumento que nuestros genes han inventado para poder seguir viviendo. Éste es uno de los aspectos de mi tesis naturalista nihilista y que desarrollé en “Pensamientos contra el poder”. Un saludo y a seguir deleitándose con todo texto que merezca la pena.

La crisis de la democracia, de los partidos y de la política procede desde el momento en el que los partidos se transforman en organismos de poder, no en representantes del pueblo. Es entonces cuando pasamos de democracia a partitocracia. Y cuando el sistema capitalista se va inflando pasamos a la partitocracia oligárquica por la evidente connivencia de partidos y capital. De tal manera que los partidos dirigen el Estado (en realidad su existencia es posible, económicamente, por éste), es más engullen al Estado y con él al ciudadano. De ahí que los partidos sean sólo representantes de sí mismos. Y de ahí que se produzcan guerras entre partidos por el poder igual que guerras internas de los partidos por el poder. Lo enmascaran de democracia. Pero es falso, porque no hay ideas. Y donde no hay ideas hay ideología y búsqueda del poder. Por eso esta crisis ha llevado a gritar a algunos que no nos representan, y es cierto, mal que le pese a Savater. Si acaso nos representan, y no es más que por darle una concesión a mi amigo Savater, es por nuestra idiotez en el sentido griego. El idiota es el que sólo se interesa por sí mismo. Los partidos se encargan de entretener al ciudadano produciendo vasallos-tiranos. No somos libres, pero somos tiranos (pensamos en derechos, no en deberes) con los funcionarios públicos: médicos, profesores, por ser los más vilipendiados…En fin, que se ha construido una casta política, como tú sugieres, que debe desaparecer por el bien de lo que queda de política y democracia.

Por qué cada vez leo menos literatura.

 

            Ayer, en el campo, durante la sobremesa, entre sol y sombra salió el tema de los libros. Es decir de los libros que cada uno estaba leyendo, de los que últimamente había leído y lo que les habían parecido. Por su puesto, todos ellos de literatura, contemporáneos fundamentalmente y buena literatura, dentro de lo que cabe, alguna muy buena. El caso es que yo permanecí callado. En realidad, porque no tenía nada que decir por una razón muy sencilla, no había leído esos libros, algunos de ellos ni los conocía. He sido un lector voraz de literatura, hubo un tiempo en que mi biblioteca se reaprtía equitativamente entre la literatura y la filosofía. Pero, sin darme cuenta, he dejado de leer literatura, escasos libros al año que se pueden contar con los dedos de una mano, comparado con las decenas de tratados, ensayos, biografías… Ha sido este un tema que me ha preocupado, o, más bien, me ha hecho pensar. La verdad es que lo que me sucede es que la literatura, así, dicho claramente, me aburre, no me llega, no es suficiente alimento para el cerebro. Es como si a un carnívoro lo quieres convertir en herbívoro. Hay un dato claro, realmente no dispongo de tiempo suficiente y entonces es cuestión de prioridades. Pero, me temo, que si dispusiese de más tiempo lo dedicaría a la lectura de ensayos que están en un segundo plano en mis intereses intelectuales.

 

            Y todo esto por qué. Por qué he dejado de leer literatura. Entre los que estábamos allí uno citó la última obra de Umberto Eco. Obra que, por cierto, compré el verano pasado, circunstancialmente, me había quedado sin la llegada de mis pedidos, cosa que es fácil que ocurra en verano. Pues bien, tenía este libro para tales ocasiones. Lo empecé, y le puse empeño, pero me aburrí, estaba ante uno de los mayores escritores del siglo XX y estaba aburrido. La verdad es que creo, sin criterio suficiente que esta obra El cementerio de Praga es peor que sus últimas tres novelas. El nombre de la rosa, El péndulo de Foulcoult y La isla del día de antes. Lo sorprendente es que estas tres obras las leí con una tremenda pasión. Y las leí en un largo periodo de tiempo, según las sacó el autor. Es decir que la última la ley a los treinta y pocos y la primera a los veinte, más o menos. Qué es lo que ha ocurrido.

 

            Pues creo que la respuesta está clara. La literatura habla a la sensibilidad, a la facultad del conocimiento que llamamos de la sensibilidad. La buena literatura hace que a través de la sensibilidad el autor se plantee cuestiones psicológicas, filosóficas, históricas, medite sobre la condición humana. Pero sobre todo la literatura lo entretiene y le proporciona el placer de la sensibilidad. La literatura no debe perseguir la evasión, a no ser que consideremos como evasión todo el mundo de la cultura, la huida de nuestro sufrimiento originario como diría Freud en El malestar en la cultura. La buena literatura, por sí misma produce placer y es precisamente porque habla a la sensibilidad. Pero la buena literatura no se queda ahí, señala más, quiere mostrar el mundo, la vida, la condición humana. Pero la literatura como arte sólo puede mostrar, de ahí que el lector se deleite con la literatura y ésta te lleve a la meditación. Pero ésta última sólo insinuada. Y es aquí precisamente donde encuentro el hecho de por qué cada vez leo menos literatura. Los tratados, las memorias, las biografías y sobre todo, el ensayo, se dirigen a la razón y a la sensibilidad. Un ensayo trata los temas desde la razón, pero tiene que conmover primero, es decir, que tiene que proceder de la sensibilidad. Por eso en un ensayo hay mucho de demostración y poco de mostración. El ensayo no pertenece al arte por mucho que se lo pueda clasificar como un estilo literario. El ensayo persigue el saber, de ahí que el ensayo, riguroso racionalmente y bello estilísticamente es la unión entre las facultades de la sensibilidad y la razón. Con razón dice Adela Cortina que toda razón auténtica es razón cordial. Es más, no se puede separar la razón del corazón. Lo que ocurre entonces es que la lectura de ensayos y tratados es el plato fuerte en el que encontramos lo que nos insinúa la literatura, pero sólo al nivel del mostrar. Desde luego que nunca hay tanto deleite en el ensayo como en la literatura. Pero la literatura, que siempre está ahí, como fondo, y aquí me refiero a los clásicos, que son los que han tocado alguna tecla de la condición humana, sólo muestra y no enseña. Su problema no es la verdad, sino la belleza y lo sublime. El nivel de enseñanza de la literatura es el de adentrarnos en los misterios de la condición del hombre, de la vida y del universo. Los cuentos infantiles abren el mundo al niño de lo posible y lo imposible, les ofrece los arquetipos cognitivos y afectivos que se han ido fijando filogenéticamente en nuestra evolución y que son los a prioris de nuestro cerebro que nos permiten entender el mundo. Por eso la literatura en la infancia y en la juventud juega un papel formador importantísimo y casi imprescindible porque todavía no se tienen los instrumentos del análisis. Pero pasada cierta edad, o bien la literatura es un mero entretenimiento, un pasar el tiempo, ya digo que quizás toda la vida no sea más que eso mientras que dejamos nuestros genes asegurados, no es un desprecio a la literatura, o un deleite de la facultad de la sensibilidad, en este caso sólo para la buena literatura y los clásicos. Pero sin ningún afán de enseñar. Los temas sólo quedan sugeridos. La literatura es una expresión de algo que hay más abajo y es la realidad social y es ésta la que el análisis de los ensayos y tratados analizan aunando sensibilidad y razón. De ahí que cada vez lea menos literatura. Lo que se dice en un libro de trescientas páginas se reduce a un párrafo bien escrito, expresado y constatado. Por eso el ensayo me parece el mejor vehículo para aunar las facultades de la sensibilidad y la razón. Pero con la ventaja de que el ensayo, si está bien escrito, además de mostrar, demuestra. Su discurso es universal es un instrumento que deleita e ilustra. Y lo que hace falta es ilustración, no distracción. Y tras la ilustración la acción. Pero la literatura no mueve a la acción, sino a la contemplación, mientras que el ensayo mueve al diálogo, base de la democracia, a la crítica y, por último, a la acción.

TRIBUNA

No acato, ni respeto un escándalo supremo

La condena anunciada del Tribunal Supremo al juez Garzón pone en evidencia la politización corporativa del poder judicial

El linchamiento o juicio inquisitorial a Garzón resume, como pocos, nuestros males nacionales, en este caso, las aberraciones del poder que se convierten en afrentas a la ética civil y la justicia.

La condena anunciada del Tribunal Supremo pone en evidencia la politización corporativa del poder judicial.

El primero de ellos es la soberbia y prepotencia clasista de los que se consideran todavía hoy vencedores de la guerra civil y luego también de la interpretación de la transición. Los que no están dispuestos a que nadie cuestione, revise o interprete el pasado: ni de la impunidad, ni de las leyes, como ha hecho con el caso de las víctimas del franquismo, Baltasar Garzón. A él se le podía permitir sacar a la luz los trapos sucios de las “dictaduras bananeras”, pero ni hablar de sacar los colores a la Metrópoli del Imperio ¡Aquí somos más serios, aquí la impunidad del franquismo no se toca!

Se trata también de un juicio que simboliza el conflicto entre las Instituciones del Estado

La utilización burda de la Ley de Amnistía como ley de punto final y el menosprecio de derecho internacional en materia de Derechos Humanos reanuda la apropiación de la Constitución por los sectores que más la combatieron.

El segundo es un mal, tan viejo como el mundo, la codicia, que extiende un manto de silencio sobre la ominosa corrupción que durante décadas y, con pasividades y complicidades de muchos, se ha enseñoreado de nuestro sistema económico y social (especulación urbanística y financiera) y de nuestra clase política, contaminando “a todas” las Instituciones del Estado. La codicia de los plutócratas del Estado. Los Gürtel, Palma Arena y demás resumen la corrupción ramplona y una exhibición hortera por parte de empresarios, políticos y demás corte de los milagros.

Por ello, la defensa sin matices del derecho de defensa, interpretada como inmunidad de los despachos de abogados, deja inermes a los jueces en su lucha contra el delito de guante blanco.

El tercero de los males es muy nuestro, tan nuestro como la envidia. Envidia del éxito del juez Garzón que se puede permitir organizar cursos en el centro del imperio. Envidia de su valentía y de su trabajo, mientras otros dormitan a la sombra de los viejos muros de la Audiencia. Envidia de su soltura para mantener la profesionalidad y opinar políticamente. Envidia de su compromiso con las causas justas. Envidia de su imán mediático, de sus contactos internacionales, incluso de sus errores, de todo.

Pero envidia también transformada en rencor corporativo e institucional. Se trata también de un juicio que simboliza el conflicto entre las Instituciones del Estado. Un juicio al papel político y mediático en la lucha antiterrorista, a la persecución internacional de los crímenes contra la humanidad, y luego en la lucha contra el crimen organizado y la corrupción. Un rencor supremo, una ira sorda. Por eso no es casual que todo empiece por las escuchas. Un debate jurídico transformado en un juicio por prevaricación. Una patología suprema.

Una factura también al papel de Garzón en la lucha antiterrorista, por parte de los mismos que le jalearon antes, y que no perdonan ahora su papel comprometido ante la opinión pública en el intento fallido de proceso de paz. Había que abortarlo y con la ayuda de los bárbaros de ETA se abortó, y ahora se trata de eliminar a todos sus actores “simbólicamente”.

¡Qué mejor forma de meterle mano ante la opinión pública que un juicio a sus supuestas extralimitaciones en materia de garantías! ¡Qué mejor forma de linchar a Garzón que cuestionando su compromiso con los derechos humanos! Una jugada maestra.

Nunca un tribunal tan alto pudo volar más bajo. Un esperpento, tan nuestro. ¡Una vergüenza nacional!

Y una estrategia también suprema donde se coordinan los tiempos, los temas y los actores. Todo ello encaminado a una crónica de una condena anunciada. La condena del juez Garzón, es la condena una vez más, de las víctimas de los juicios franquistas a la luz de las leyes de la transición, utilizadas como ley del silencio.

La condena también de la persecución penal internacional y del papel de la Audiencia Nacional en materia de derechos humanos. La condena del éxito de un juez mediático y polémico para que todo vuelva a la normalidad de los grises muros como diría García Lorca.

Pero también una factura atrasada de la política que no perdona. De la derecha y una llamada izquierda que comparten las razones y los pecados de la soberbia y la codicia. De una parte también de la izquierda que no olvida las viejas afrentas, ni las nuevas ambiciones.

En el fondo también la vieja aspiración a constituir al Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional en una suerte de tercera Cámara que vigile y castigue los excesos de la política: el Estatut de Catalunya o el proceso de paz.

Una politización judicial que ha crecido al calor de la judicialización de la política, que junta extraños compañeros en el Consejo General del Poder Judicial y que desde ahí se extiende como una mancha de aceite. Despolitizando la justicia mediante el corporativismo conservador. Desjudicializando la justicia, degradando y privatizando el servicio público. Despolitizando la política al servicio de los mercados.

Todo junto se explica, pero todos juntos, estos juicios en cadena como bombas de racimo son una infamia. Nunca un tribunal tan alto pudo volar más bajo. Un esperpento, tan nuestro. ¡Una vergüenza nacional! ¡Un escándalo internacional!

Las injusticias que se comenten con la cobertura del derecho no deben ser ni respetadas, ni acatadas, precisamente en aras de la justicia. Como en el caso Dreyfus la justicia española, situada entre la verdad y el prestigio corporativo, ha preferido lo último, quedándose sin verdad y sin prestigio.

Es necesario que junto al legítimo derecho que asiste al juez Garzón para recurrir a todas las instancias se produzca un amplio movimiento en pro de la democratización profunda del poder judicial, así como del desarrollo social de la justicia como servicio público, a partir de la demanda de verdad y justicia para las víctimas del franquismo.

Porque el futuro está en la memoria ofendida de nuestros abuelos y el sentido de sus luchas, tanto como en la rebeldía de nuestros hijos.

Gaspar Llamazares es diputado de IU.

La fugacidad. Se ha perdido el sentido del relato, del tiempo, de la pausa, del deleite. La información al instante es nuestra tirana. Tan tirana que si no estamos en el instante creemos no existir. Hay que derrumbar esta ideología porque sin pasado no hay ni biografía ni historia y eso es lo que persigue el ensalzamiento del instante.

 

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Hay que trascender las siglas. No basta tampoco con decir que no se está de acuerdo, es necesaria la argumentación. La idea del artículo no es ésa exactamente, lo que usted pone es una idea secundaria, algo que se deriva de la idea principal que es que la policía surge como instrumento que utiliza el poder para mantener el poder en nombre de la seguridad. Con respecto a los controladores aéreos puede ser, no estoy informado, que fuese una huelga brutal. De ahí, a sacar al ejército y declarar el estado de excepción es un exceso de poder único, y no porque fuese el PSOE, sino porque era el poder. Y o de los crímenes de estado sólo existe en las dictaduras y eso lo hizo el PSOE, muy bien, pienso yo también lo hubiese podido hacer el PP si hubiese estado el poder y la situación de extrema violencia de ETA hubiese sido la misma. En ambos casos es la misma lectura. Desde hace tiempo defiendo la abstención masiva que llevaría a la disolución de los partidos porque se han convertido sólo en representantes de sí mismos. Han eliminado la democracia y la han transformado en partitocracia. Lo que curre es que tememos el que haremos sin esos partidos. Habría una transformación una refundación republicana representativa del estado en la que existirían partidos con listas abiertas, autosubvencionados y ciudadanos indepedientes (grupos o aislados) y el distrito electoral sería, o bien la comunidad, o bien el distrito único. Éste sería más democrático, pero nos plantearía el problema de las autonomías, eterno problema español con el que debemos convivir. Los partidos, igual que nacieron se desarrollaron, pues tienen que morir en su forma actual, pues carecen de sentido. Son mastodontes orgánicos de poder que engullen a la democracia y al ciudadano. Una democracia republicana es la idea. Y ello consiste en que la soberanía, el poder, este lo más cerca del pueblo que se pueda. Que sea el pueblo. Eso fomentaría la virtud cívica y la ejemplaridad, participar de la cosa pública, la política y eliminar el poder ajen al ciudadano.

 

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Ese narcisismo imperante que es la base del sujeto posmoderno, de ahí la letra de la canción, es la ideología que tiene idiotizados a la juventud, alienados en lenguaje más filosófico. Engañados, sumisos, domesticados, sin capacidad de empatía, ni de fraternidad, la gran olvidada de la Ilustración. Ese narcisismo ególatra de sujetos egoístas y hedonistas es el opio de la nueva religión del pueblo (esclavos) o mejor vasallos-tiranos que los adormila en un sueño prepotente cuando en realidad son monigotes de trapo en manos del poder. Y, mientras, el orden establecido por la democracia, por los derechos humanos, por los derechos laborales se derrumba.

 

¿Son posibles los cantautores hoy en día? La dictadura está diluida y no es identificable. Ya no hay a qué agarrarse, el tardocapitalismo aunado con el posmodernismo ha vaciado todo relato de sentido, ha eliminado el sentido que está en el tiempo, porque se ha tragado el tiempo y lo ha reducido a un instante efímero. Hoy el hombre es un vasallo-tirano, inconsciente, sumiso, caprichoso y domesticado. Mal mimbre éste para los contestatarios. Hoy poseemos la libertad material, una pequeña libertad material y una tremenda esclavitud espiritual e intelectual. No es tiempo ni para la lírica, ni para la épica. Todo se diluye en un clic de ordenador. El presente se hace eterno y vacío. Nirvana budista pero sin espiritualidad. Han conseguido transformar la conciencia en una máquina inconsciente que pretende existir a base de estar informado de lo que nunca cambia, la condición humana. Han creado el espejismo del cambio para mantenernos ocupados y la tecnología que sirve de vehículo de esa ocupación. La liberación de la tecnología se ha convertido, paradójicamente en nuestra tirana. Soy filósofo y no profeta, pero esto parece el principio del fin. Se han creado las condiciones, pero a lo grande, de la posibilidad del gran exterminio, como ocurriera en la Alemania nazi, los judíos dejaron de ser personas y eso fue lo que hizo posible su exterminio y la connivencia pasiva de la población. Hoy hablamos a nivel mundial. Siguiendo la teoría de los colapsos civilizatorios de Desmond, éste, al ser global puede ser definitivo.

Para mí no creo que sea muy importante, sí para toda la industria del periódico y del libro, el formato en el que vayamos a seguir leyendo. Pero lo que sucede es que éste nuevo formato dará lugar a la disolución del libro como tal. Cualquiera puede escribir y publicar en la red. Si a esto le añadimos que la lectura en la red es superficial y no lineal, entonces, lo que se nos avecina es una nueva mentalidad en la que, entre otras cosas, lo histórico carece de sentido, lo único válido es el instante, que a su vez, es absolutamente efímero. Me reitero en que, a pesar de los avances tecnológicos, la seducción de las nuevas tecnologías, que están hechas para eso, para seducir –nuevo opio del pueblo- la estética del mundo contemporáneo es fea, vacía, efímera, superficial y subyugante, nos esclaviza.

La historia debería ser maestra moral y política. Pero vivimos en la posmodernidad. Más allá de la historia. Lo que interesa es la competitividad y la producción. Y, si no, vean los planes de estudio y el plan Bolonia. El triunfo del mercado es absoluto y los genocidios del siglo XX no son nada para los que se están cometiendo en nombre del progreso y el crecimiento.



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