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A Don Agustín García Calvo.

Pensamiento vivo. Pensador por los cuatro costados, siempre contra el poder, siempre disidente, siempre preclaro, siempre solitario y abandonado por sus discípulos que se convierten en intelectuales orgánicos. Un disidente, un hereje. Un filósofo, todo un ciudadano. Un ejemplo, no para seguir, eso es su negación, sino para forjarnos en el ejercicio de la soledad en el pensamiento contra el poder, contra lo establecido. Contra las apariencias, y contra las apariencias de las apariencias. Una máscara, una pose que desenmascara. Una palabra que derrumba al poder, al mediocre, al sinvergüenza y al trepa. Su poder, la palabra, en definitiva, nuestro poder, el que viene de abajo, del pueblo, la sabiduría acumulada de siglos. Pensar es pensar a la contra, lo otro es obedecer consignas. Pensar a martillazos, contra esas consignas, contra lo gregario, lo hegemónico, lo establecido, lo muerto. Pensar es vida, la muerte el no pensar, el mero sobrevivir animal.

¿Es más fácil ser creyente o no creyente?

                La creencia es una actitud natural. El hombre, por su propia construcción biológica tiende a la creencia. Es más, la construcción de mitos, magia, religiones, son, en definitiva, los que le han permitido sobrevivir. Primero la magia, luego los mitos y más tarde las religiones, que lo engloban todo, han sido las que han hecho posible la supervivencia del hombre.

                El ser humano se encuentra a la intemperie, sin resguardo de nada, a merced de las fuerzas de la naturaleza. Pero con una mente que no está cerrada. Sus respuestas ante el medio no están cerradas, es más, está abierta al tiempo, es decir, a la angustia. El hombre se caracteriza porque se cuestiona su existencia y el porqué de todo lo que hay, el sentido del mundo y de la vida. La magia, el mito y la religión dan respuesta a ello. Una respuesta, que no sólo explica el porqué de las coas, sino que nos ofrece un sentido de cómo debemos hacer las cosas. Porque el mito y la religión no sólo son formas de explicar el mundo, sino de darle sentido y parte de ese sentido está en cómo debemos relacionarnos con él y con nosotros. El mito y la religión crean las  condiciones para que nos podamos relacionar con la naturaleza y con nosotros. A su vez, crean las condiciones de pertenencia. El hombre es un animal social y la magia y el mito, centro o núcleo de la religión, ofrecen una forma de socialización o, dicho de otra forma, de pertenencia. La religión crea una identidad. No sólo encontramos el sentido de nuestra existencia, sino una identidad a través de los ritos que son sociales y que nos hacen sentirnos partícipes de una sociedad. La religión es pues una forma de socialización indispensable y que ha demostrado su valor como mecanismo adaptativo en la medida en la que hoy en día la especie humana sigue existiendo y sigue utilizando el mecanismo de la creencia como un mecanismo fundamental para guiarse en la vida, mucho más que la razón. Fue Aristóteles el que nos definió como animales racionales, pero somos más animales de creencias, entre otras cosas, que racionales. Aristóteles lo que quería señalar es la capacidad racional como capacidad humana para el conocimiento científico. A diferencia de la carencia que de ella tenían los animales. Pero se ha confundido históricamente esto con una definición esencial del hombre, ya digo somos y actuamos cotidianamente más por creencias que de forma racional. Y, por otro lado, también hay un problema con la interpretación de la razón. Desde el Renacimiento, y con el surgimiento de la ciencia moderna, habrá una identificación entre razón y razón matemática y lógica, separada absolutamente de lo emocional. Y, por otro lado, habrá también una identificación entre inteligencia y capacidad lógico matemática. Todo esto no está en los orígenes aristotélicos. La razón en Aristóteles va unida a las emociones y los sentimientos sin los cuales está vacía. La propia actividad del conocimiento está dirigida por la admiración y la perplejidad, que son las que despiertan a la razón. Y, por otro lado, la vida superior es la de la prudencia que es un saber sobre los sentimientos. Toda esta modernez de la inteligencia afectiva y emocional está ya en la “Ética a Nicómaco.”

                Y una vez hecha esta aclaración tendríamos que vérnosla con la respuesta a nuestra pregunta. Pero para ello tengo que hablar un poco del no creyente. Cuando me refiero a tal, me refiero al que de ninguna de las maneras cree en nada. Es decir, a aquel que niega el sentido, tanto trascendente, como inmanente de la naturaleza. Aquel que se queda del lado de la naturaleza contingente, aquel que acepta la intemperie, el sinsentido, la nada, como única realidad y lo efímero como su expresión. Aquel que vive, por tanto, aunque pueda tener muy altos ideales, en la provisionalidad. Y cuando digo no creyente, insisto, que también se refiere a lo inmanente, es decir, que no ha sustituido la creencia en lo trascendente dador de sentido, por lo inmanente, como la historia, la política, la ciencia; es decir, todo aquello que se basa en el mito de la idea de progreso. El ateo hasta sus últimas consecuencias. Aquel que ha sido capaz de trascender el lenguaje. Porque, como decía Nietzsche, no nos veremos libres de dios mientras que sigamos creyendo en la gramática. El sentido del mundo basado tanto en lo trascendente, como en lo inmanente, está en nuestro lenguaje porque éste ha crecido con y desde el mito. Si no trascendemos nuestro propio lenguaje caeremos en las trampas del sentido. Pero el no creyente, el ateo de verdad es aquel que niega la existencia absoluta del sentido, venga de donde venga, insisto, aunque pueda abrazar la provisionalidad. El no creyente es el que describe Camus en el mito de Sísifo. Así empieza su libro, “La única cuestión filosófica de relevancia es el suicidio” Es decir, el cada día y cada momento encontrarle un sentido provisional, una creencia provisional a la existencia, o, sino, simplemente, suicidarse, porque, realmente, nada tiene sentido, ni el acto del suicidio. Sólo quedará un breve comentario y tu nombre en una lápida o urna que pronto el tiempo (el que elimina el sentido) borrará para toda la eternidad del universo.

                Otra cosa es el indiferente. Este es un creyente encubierto. Alguien que puede haber dejado de creer en la religión, pero esta creencia la ha sustituido por otras  múltiples y, probablemente, espiritualmente, ha perdido mucho con el cambio. Desde luego que para éste la vida es más sencilla que para el creyente. Sobre todo en los tiempos que corren y en nuestro entorno en el que la religión no está de modo o, peor, está mal vista y es objeto de burla. Malos tiempos son estos cuando toda una tradición ética es echada por la borda y sustituida por sucedáneos de autoayuda y demás zarandajas. El creyente se tiene que enfrentar a esta situación, lamentablemente desagradable y que de partida lo da como perdedor, pero, aún más. El creyente, a pesar de tener la respuesta religiosa al sentido de su existencia, y el sentido de la historia de la humanidad, como la historia de la salvación del hombre y demás, pues todo ello no implica que su fe no se tambalee y que en muchas ocasiones dude. Ha de aferrarse a la fe para no hundirse, pero, a veces, ésta falla. Sobre todo si nos planteamos el problema del mal y del mal radical, ¿Dónde está dios cuando muere un inocente? ¿Dónde está dios cuando el hombre se extermina a sí mismo? Es lógico que estas preguntas le llevan a la duda, que han dado lugar a muchos ateos pero la religión, o las religiones, tienen respuestas adecuadas para ello. Por eso el índice de depresiones exógenas es menor en el creyente que en el no creyente, porque tiene un asidero. La creencia es un antídoto contra el dolor y el sufrimiento, una forma de supervivencia altamente exitosa, lo ha sido para la especie y lo es para el individuo. El no creyente, en tanto que ateo radical, no tiene ningún asidero, su sufrimiento puede ser infinito, pero sabe que siempre tiene abierta esa ancha puerta que es la del suicidio. Por otro lado, el saber o aceptar, porque no se puede saber nada con certeza, eso sería una contradicción del ateo, que es un escéptico, que nada tiene sentido quizás es también una forma de serenidad y, sobre todo, si uno tiene proyectos provisionales que llenan el absurdo y el sinsentido de la existencia. Porque es verdaderamente donde reside el sentido, en las pequeñas cosas, pero que, en el fondo son efímeras, pero su sentido se da en su misma existencia, no trasciende el tiempo. Lo que si es bien cierto es que los ateos de los que hemos hablado son muy pocos y ello es, en última instancia, porque no es una opción adaptativa triunfante. Provoca sufrimiento, depresión, angustia y, al final, muerte. Salvando las distancias, eso sí, de aquel que encuentra el sentido provisional de la provisionalidad de pequeños proyectos biográficos, pero siempre el abismo estará al acecho.



Ha sido un prejuicio mío, precisamente por saber a ciencia incierta que eres creyente, por otros comentarios que habíamos tenido. Desde luego que, en el sentido que tú dices es más difícil creer que no creer, pero es más difícil porque estás situada en la “docta ignorancia” que decía Nicolás de Cusa “Saber que no se sabe”. Tu conocimiento te hace saber que de todo lo demás, que encima se presenta como dogma, se puede dudar. Pero, ya digo, esto es una actitud sabia. El creyente en este caso sería un ignorante, alguien que no se ha planteado la posibilidad de que sean falsos los discursos que se le ofrecen o que sean interesados. Obviamente, y estoy totalmente de acuerdo con tu exposición, es más difícil ser creyentes. Es más, yo diría que es imposible. Se es escéptico, pero aquí hay que hacer una distinción, el escepticismo como negación absoluta, que hay rechazarlo, es una vía muerta, mientras que la vida es búsqueda. O el escepticismo en su raíz griega, que es el que busca desde la duda, desde la docta ignorancia. Creo que ésta es la actitud. Ahora bien, es menester también no caer, por el hecho de ser escéptico y de que todo es provisional, en el relativismo posmoderno, porque esto nos lleva directamente a la equivalencia de todas las opiniones, lo cual elimina el saber y lo sustituye por el poder de la fuerza que es lo que hoy en día viene ocurriendo en el mundo. En definitiva, la pregunta de a quién creer, se disuelve. No se trata de a quién creer, sino de buscar junto con otros que buscan y, sobre todo, al menos en el caso de los filósofos, deshacer engaños, desenmascarar las apariencias, que es el primer paso y no es poco. Y luego, además, la creencia es mejor dejarla en confianza en ciertas verdades, políticas, económicas científicas (las religiosas no cuentan porque son vivencias: la fe es una vivencia de un misterio) que son provisionales y que forman parte de una cosmovisión más general que hay que intentar que sea coherente y consistente.

Y yo también prefiero los pequeños proyectos biográficos que, por su puesto, pueden ser unos más grandes que otros. Tan grandes como al que tengo confiada mi esperanza de ateo, el proyecto ético político de la humanidad que arranca en Atenas y renace en la Ilustración.

“El catedrático de física de la Universidad de Edimburgo ha asegurado que "España ha tenido gobiernos que no han mirado nunca a la ciencia" y que ahora "necesita más ciencia, de lo contrario tendrá consecuencias para la economía".

España prefirió especular con la industria inmobiliaria. Desaprovechó la oportunidad de la democracia y restituir la enseñanza que la censura del nacionalcatolicismo había destrozado. En lugar de ello, se dedicó al negocio fácil. Como decía Solchaga, España es el país donde es más fácil hacerse rico en el menor tiempo. Vaya socialismo de pacotilla. Y encima hacen una ley de educación que la destroza para varias generaciones.

Pero el mal es muy antiguo. Procede del Renacimiento, de la contrarreforma y la expulsión de los judíos y musulmanes, que eran los sabios de este país. A partir de ahí, ciencia y filosofía fueron considerados anatema para la iglesia y el castigo por dedicarse a ellas en libertad era la tortura y la muerte. De esta forma España nunca pudo pasar ni por la revolución científica que se hacía en Europa ni por el impulso científico y ético-político de la Ilustración. Hay un renacimiento que pronto muere con la constitución de Cádiz. Pero el mejor momento fue la II República. Pero el golpe de estado terminó por medio del genocidio premeditado con la ciencia y la cultura en España empezando por el exterminio de los maestros de escuela hasta los catedráticos de universidad. El que pudo escapar se exilió y no regresó más o cuando pudo, ya había dado todo lo que podía dar en otro lugar, además de vivir en el desarraigo y contemplar un país que se hundía en la miseria, la incultura, el analfabetismo, la beatería, la superstición y la violencia arbitraria. Y luego llegó la democracia y los socialistas, que hicieron, por un lado, la LOGSE, cuna del fracaso de generaciones y se olvidaron de la investigación científica porque el ladrillo era más rentable, además de que siempre se podía escapar alguna que otra comisión, corrupción política de los ayuntamientos. El arte, y las letras en particular, sí florecieron. No se puede olvidar el siglo de oro y el romanticismo y la generación del 98 y el 27, pero el arte permite burlar la censura por los símbolos y las metáforas. Es más, permite hasta reírse de ellos, como magistralmente han demostrado nuestros escritores. Es en esta clave en la que podemos leer El Quijote. Pero, además de Cervantes están Quevedo, Góngora, Larra y muchos más. Por lo menos de esto podemos sentirnos orgullosos. Son maestrols de sabiduría. Pero, curiosamente, los planes de estudios hacen adaptaciones de sus obras (para que los alumnos analfabetos los entiendan y sigan siendo analfabetos con móviles e internet) y se inventan un plan de fomento de la lectura que se queda en lo políticamente correcto y el pensamiento único. Al final esta joya también se perderá. Porque, por otro lado, han llegado estos bárbaros de la derecha que quieren acabar con las humanidades. Estos lo dicen claro, no como los otros, quieren empleados. Y ése es el objetivo de la educación, el conocimiento del latín, de Góngora o de Platón está de más, o, peor, puede ser hasta peligroso. Ésta es nuestra España.

La monarquía sobra en una democracia por definición, con lo cual es una contradicción que la padezcamos. Y la iglesia en un estado laico o aconfesional debe autofinanciarse y tener leves ayudas del estado como cualquier otra ONG. No debe tener trato de favor, ni ocupar el lugar privilegiado, de favor e influyente, que ocupa la iglesia católica en España. Eso es otra contradicción. Y, más, si una democracia no es laica no es democracia.

Me preguntan, La muerte no existe, ¿verdad?

Sí existe y es lo que da sentido a la existencia. El hombre es un ser para la muerte. De ahí su angustia vital, por muy oculta que algunas veces esté. La existencia auténtica es la de la conciencia de la muerte, la inauténtica la inconciencia de ella, que en definitiva es la distracción del yo, su disolución en los demás, su abandono en la mera diversión, que no es el ser. Desde muy joven definí la vida como un dejar, la muerte sería el último dejar. También la muerte se nos puede presentar como una puerta ancha, el suicidio de los estoicos, no del enfermo o contrariado. Sino del sabio que acepta lo vivido y no encuentra ni sentido ni dignidad en la vida que lleva. La eutanasia, por ejemplo. Ése es su sentido. Sin muerte, la vida no tiene referente porque no tiene final. Y lo que hacemos lo hacemos en la medida en que sabemos que hay un final. Lo que sucede es que nunca somos capaces de contemplar nuestra propia muerte, se mueren los demás, nosotros, no. Parece que nos es ajena, sin embargo convive con nosotros minuto a minuto, día a día. La muerte al final es un descanso de una tarea. Porque la vida es tarea y debe ser una tarea bien hecha, de la que uno se sienta satisfecho. Una tarea que roce la obra de arte, porque nuestra vida, la de cada cual, es única e irrepetible, como el arte. Saludos.

El sentido de la existencia se lo plantea el hombre porque es consciente del límite. De otra forma no hubiese aparecido el pensamiento mágico, el mito y la religión. El hecho de que a mayor edad uno se plantee más el asunto de la muerte es una opinión banal y sin fundamento. Es curioso que el índice de suicidios es mayor entre jóvenes que entre adultos, salvo circunstancias sociales especiales como ahora, la crisis. El libre albedrío, mejor la libertad, para entendernos o la voluntad dan sentido a la existencia, pero claro, siempre en la medida en que ésta es limitada, sin límite, insisto, no hay referencia. Y el límite, no es cronológico como tú te lo planteas, eso es una distorsión psicológica de la juventud. La juventud no suele tener presente la muerte porque biológicamente tiene presente la supervivencia, la procreación. Y no es una contradicción con lo del suicidio de antes. En la juventud hay un planteamiento más radical de la existencia. Pero, a lo que iba, por supuesto que la libertad es o forma parte del sentido de la existencia. Pero yo ya había dicho eso cuando dije que la vida es tarea, una obra de arte o, al menos, una obra única. Pero la libertad tiene varios sentidos. Te menciono sólo dos. El primero es el de la obediencia. Libertad es hacer lo que se debe hacer. No lo voy a explicar ahora porque no es el sentido que viene al caso. En segundo lugar la libertad es la idea y las acciones que conllevan un proyecto de vida. Y aquí aparece el límite. Todo proyecto se realiza sabiendo que es limitado, que tiene fin. Insisto, también he dicho que nuestro estado psicológico, sino no podríamos vivir, es el de que la muerte nos es ajena. Vivimos y actuamos como si no fuésemos a morir. Pero en nuestro fuero interno lo sabemos y llevamos una existencia auténtica cuando sabemos que somos seres para la muerte, por más libertad que tengamos, que, por otra parte, no es tanto como tú piensas. La muerte es algo inminente, que nos puede ocurrir en cualquier momento, no es menester ser viejo para ello. Sólo desde que se descubrieron los antibióticos cambió la percepción, los niños dejaron de morirse, pero antes, o en el mundo subdesarrollado mueren muchos más de la mitad de los que nacen y un tercio llega a los tres años. Por otra parte la mortalidad en el parto de la madre es brutal. Tu percepción está contaminada de prejuicios de tiempo, historia y cultura. Para pensar hay que pensar desde lo general, desde el nivel de lo abstracto. No desde mi opinión o percepción personal. La muerte es nuestra compañera puesto que estamos vivos, para el joven y para el viejo, curiosamente he sobrevivido a alguno de mis alumnos. Nada garantiza la persistencia. Por otro lado, la cuestión es que quien lleva una vida auténtica es aquel que si le anuncian que le quedan unos meses de vida, pues no cambia su forma de vivir, porque ya vivía según su proyecto de vida y sabía que tarde o temprano iba a morir. Mientras tanto la muerte le es lejana. Como decían los epicúreos, mientras yo estoy, la muerte no está, cuando la muerte está, yo ya no estoy. Un cordial saludo.

Un debate en torno a un artículo de francisco Rosa en La Gaceta.

  • Juan Pedro Viñuela Rodríguez Buena reflexión, pero la alternativa al liberalismo, mejor neoliberalismo y pensamiento único, pasa por la desaparición del paradigma que ellos representan. Son la última forma del capitalismo. Y es esta forma capitalista la que ha quebrado. No es una crisis más, como sostengo siempre, sino la quiebra del capitalismo global. Y esta quiebra durará décadas hasta que, o bien se sustituya por otro paradigma, el ecosocialismo, (habría que desarrollar esto por extenso, pero no es el lugar), o bien, nos lleve al caos civilizatorio. Al colapso de la civilización. Que no es el fin de la humanidad, sino de nuestra civilización. Lo que ocurre es que, por primera vez, nuestra civilización es global.
  • Francisco Rosa Juan Pedro, sinceramente no creo que esta crisis sea una crisis del sistema capitalista, sino una crisis generada por él para hacerse más fuerte. Solo hay que ver cómo se han cargado el Estado de Bienestar en España, cómo han terminado con muchos derechos laborales y sociales adquiridos hace décadas. El capitalismo no está en decadencia, está en uno de los momentos más fuertes de su historia. Esa es mi opinión.
  • Juan Pedro Viñuela Rodríguez Eso es la apariencia. El capitalismo no se puede entender sin crecimiento. Y el problema no es el de la crisis, tanta crisis nos ha obnubilado. El problema es el modelo de sistema productivo que ha agotado el planeta. Que hemos chocado con los límites del crecimiento. Y al ocurrir esto pues es necesario cambiar del sistema o el sistema colapsa, que es lo que está ocurriendo. De ahí que el sistema esté devorando el estado de bienestar, como ha devorado el tercer mundo y todo lo que se le ponga por delante para seguir creciendo, pero el planeta tiene unos límites y hemos tocado techo en muchos de esos límites. De ahí que estemos ante una quiebra del capitalismo global y al borde de un colapso civilizatorio definitivo. Algo así ocurrió en el fin del imperio romano. Se produjo un colapso que nos hizo retroceder más de ocho siglos. La historia está plagada de colapsos civilizatorios y en ellos intervienen precisamente el sobrepasar los límites. Lo que ocurre es que los límites esta vez son los de la misma tierra. Por otro lado, creo que tienes un prejuicio que es el de pensar que sólo existe el capitalismo. Y esta forma de capitalismo. Existen alternativas al capitalismo y muchas formas de capitalismos. Un cordial saludo.
  • Francisco Rosa La crisis que vivimos no viene derivada del agotamiento de los recursos naturales, eso no se convertirá en un verdadero problema hasta dentro de unas décadas. La crisis actual es producto de la desregulación financiera, que ha servido para que las entidades que operan en este sector saquen beneficio de la ruina de países y ciudadanos, ruina que a la vez se ha utilizado para infligir miedo y anular capacidad contestataria. Y otra cosa, no es que no crea que solo existe el capitalismo, es que defiendo constantemente otros sistemas, como el socialista, a los que considero más justos y humanos. Y eso de que existen varios tipos de capitalismo, lo siento, pero no me lo trago. Capitalismo hay uno, pero con diferentes disfraces. Pero la obsesión por el beneficio, las ganancias y el crecimiento es inherente al propio sistema.
  • Juan Pedro Viñuela Rodríguez Quien ha dicho que la crisis venga derivada del agotamiento de los recursos. Yo no. Lo que sí he dicho es que el sistema capitalista conlleva un problema de relación con la naturaleza que hemos obviado y que está presente ya. El informe del club de Roma tiene cuarenta años y se titulaba “Los límites del crecimiento”. Y los límites del crecimiento son los límites del capitalismo. Por otro lado, estoy de acuerdo cuando dices que el capitalismo solo es uno, eso si lo entendemos en un sentido fuerte. Es cierto, lo demás son disfraces. La esencia del capitalismo es el crecimiento y devorar. Pero entonces el capitalismo europeo, el llamado capitalismo renano, el de rostro humano, el del estado del bienestar que tanto defiendes, igual que yo, es el mismo capitalismo. Entonces yo creo que hay que irse a una definición más débil. Por ejemplo, si pensamos que lo que ha sucedido, además de todo lo que tú muy bien describes, da como resultado el que el poder político ha sido absorbido por el económico financiero, pues entonces un modo de capitalismo humano sería el de la primacía del ámbito ético-político sobre el económico. Y eso se puede conseguir mediante la lucha. Pero, insisto, seguimos en un modelo capitalista que está basado en el crecimiento. Por eso la alternativa tampoco es el socialismo, porque es otra forma de capitalismo social cuyo centro es el crecimiento. Y, el crecimiento, es, literalmente imposible por la ley de la entropía. Recordar la obra fundamental “Economía y entropía” por eso la salida es el ecosocialismo. Pero la izquierda no está preparada para este discurso ecológico que exige una nueva ética y una nueva visión del mundo. El socialismo por sí sólo está anclado en el paradigma anterior, el del crecimiento. Hemos de pasar, como decía Sacristán, del paradigma del crecimiento, al del cuidado. La salida, para mí, es el decrecimiento. E, insisto, éste se dará, y ya estamos en él, o bien de una manera forzosa, o bien dirigido política y jurídicamente. Siento dejarlo ya aquí y si tienes algo que aportar, que me ha parecido todo muy interesante, hasta mañana no podré responderte. Un saludo.
  • Francisco Rosa Eso de que el socialismo es otra forma de capitalismo... ejem, ejem. Socialismo es justicia social, es redistribución de la riqueza, es sobreponer el poder político al poder económico, es expropiar y nacionalizar empresas que no operan en pro del bien común. El socialismo también es promoción de la autosuficiencia intelectual para avanzar en la democracia participativa y, por ende, es democracia. No creo que ninguno de los atributos que acabo de enumerar puedan asociarse al capitalismo. Y otra cosa, yo no defiendo el capitalismo con Estado del Bienestar, sino que, puestos a vivir en esta mierda de sistema prefiero que al menos se asegure a los ciudadanos un nivel mínimo de satisfacción de sus necesidades. Creo que el que peca de prejuicioso eres tú Juan Pedro, dando por hecho que pienso y defiendo cosas que en realidad no pienso ni defiendo. Un saludo y seguimos!
  • Juan Pedro Viñuela Rodríguez Estimado Francisco, tú dices: “Socialismo es justicia social, es redistribución de la riqueza, es sobreponer el poder político al poder económico, es expropiar y nacionalizar empresas que no operan en pro del bien común. El socialismo también es promoción de la autosuficiencia intelectual para avanzar en la democracia participativa y, por ende, es democracia. No creo que ninguno de los atributos que acabo de enumerar puedan asociarse al capitalismo.” Vamos a ver, cuando hablas de socialismo entendiendo éste como redistribución de la riqueza ya estás dentro del marco del capitalismo. Y así ha funcionado el socialismo en las democracias. Todas las democracias occidentales son capitalistas gobiernen o no los socialistas, redistribuyan más o menos. Hugo Chavez sigue dentro del marco capitalista, y es, socialista, en el sentido que tú lo dices y en el que yo lo veo, redistribuye la riqueza, disminuye la pobreza, nacionaliza los recursos energéticos y alimenticios. Socialismo, pero dentro del marco y paradigma del capitalismo. Y esto es así porque el fin es el crecimiento. Y lo que define al capitalismo, su razón de ser, sin lo que no existiría es el crecimiento. Todas las propuestas de salida de la crisis pasan por el crecimiento económico, todas son, pues capitalistas, incluso las que proponen los socialistas de verdad, no los que tienen capacidad de gobernar, a esos no me refiero. La salida, y eso no aparece, aunque existen miles de libros y estudios, pero sólo se vende el pensamiento único, todo está atado y bien atado, es el decrecimiento político. También dices que socialismo es sobreponer el poder político al económico. Pues eso ya lo he dicho yo. Pero eso no es socialismo, eso es algo más amplio, eso es democracia. Cuando un poder, como el económico, usurpa el poder ciudadano, político, entonces desaparece la democracia. Y, perdona, la democracia es previa al socialismo. Dices también, muy acertadamente, o a medias, pero estoy de acuerdo, igual que con lo anterior, sólo que confundes conceptos. O llamamos a las mismas cosas con distintos nombre, que pudiera ser, que socialismo es incrementar la autosuficiencia intelectual. Efectivamente, pero, insisto, esto no es específico del socialismo. Es específico de la democracia. Más aún, específico de la república, que es lo que creo que al final dices cuando hablas de la participación. La autosuficiencia intelectual, es decir, la ilustración, que no la educación, hace a los ciudadanos libres. Y, en tanto que son libres a través del conocimiento pueden dirigir su vida y la sociedad. Y es su deber y su virtud intervenir en la res pública, de ahí lo de república, a lo que tú llamas una democracia más participativa e identificas con socialismo. En fin, que participo de todo lo que dices en el párrafo, pero creo que se comete un error lógico, tomar la parte por el todo, el socialismo por la república, o, si quieres democracia participativa. Prefiero llamarla república, porque también hay diferencias entre esas dos cosas. Por otro lado, yo discutiría mucho lo de la democracia participativa. No es que no quiera más democracia participativa. La cuestión es si el hombre, el ciudadano, es capaz de ello. Mi escepticismo se quedó con La Boètie y su “La servidumbre humana voluntaria”. No soy tan optimista como el ilustrado Kant. No creo que todos podamos llegar a la ilustración; es decir, libertad y autonomía. Me temo que no. Pero eso no impide el luchar por una república cada vez más virtuosa y en la que los ciudadanos se involucren cada vez más en la cuestión pública.
    Y, en cuanto a la segunda parte de tu escrito creo, sinceramente, que no me has entendido. No he pretendido decir lo que tú dices que he dicho. Si así lo he hecho no era mi intención. La intención de mi discurso es y era otra. A lo mejor no me he expresado bien. Un saludo y hasta la tarde, si tienes algo que decir. Insisto, creo que estamos en lo esencial de acuerdo, es cuestión nominal y no merece la pena la discusión sobre nombres. En lo que no te has pronunciado es en lo del decrecimiento. O el ecosocialismo. Ahí si veo un debate abierto. Un saludo y gracias.
  • Francisco Rosa Una cosa es implantar un modelo capitalista y otra muy distinta (me vale el ejemplo de Chavez) implantar el socialismo en un mundo capitalista. Nada que ver. Como te decia, la planificacion economica estatal, las expropiaciones y demas se oponen a la maxima liberal de cuanto menos estado mejor, por lo que si somos justos no podemos llamar a Chavez capitalista precisamente. Sobre el decrecimiento y el ecosocialismo, creo son conceptos aun por definir, muy incipientes, pero estoy de acuerdo en lo que se plantea. No tengo mucho que discutir sobre eso. Si los recursos y la capacidad fisica humana son limitados, evidentemente la produccion de bienes y servicios debe adaptarse a esos limites. Es de cajon. Un saludo y hasta otra!
  • Juan Pedro Viñuela Rodríguez Sólo una cosa. Yo no he llamado a Chavez capitalista, sino socialista que actúa dentro de un marco capitalista y desde un paradigma capitalista. Y dos, los conceptos de ecosocialismo y decrecimiento no son incipientes. Existen miles de libros sobre ellos. Tienen más de cincuenta años o sesenta sus raíces teóricas. Otra cosa es que el stablhisment los mantenga ocultos desde los medios de comunicación y que, por otro lado, como pertenecen al nuevo paradigma, por su puesto no se enseñen en las facultades donde se transmite la ciencia normal (economía, ciencias políticas, sociología…), no lo que se llama la ciencia revolucionaria o extraordinaria en término de Khun. Leer a Khun “La estructura de las teorías científicas”. También, para que veas que la cosa está muy trillada te recomiendo leer sobre decrecimiento a Carlos Taibo, su último libro titulado “Decrecimiento” Tres clásicos: Hans Jonas, “El principio de responsabilidad, Rogen Georgescu, “Economía y entropía.” El club de Roma “Los límites del crecimiento humano.” También la obra de Illich sobre la ciencia, la técnica y la sociedad. Para una política práctica del decrecimiento Latouche, toda su obra. Para un conocimiento de la complejidad adaptado a las sociedades modernas la obra de Edgar Morin. Y, como no, para un conocimiento de la ética y la filosofía que subyace a todo ello, la lectura del poeta, matemático y filósofo español Jorge Riechmann, sobre todo su trilogía de la autocontención (ensayos sobre ética ecológica) Esto sería una buena iniciación. Y, también, para un análisis de la sociedad en la que estamos, al sociólogo y filósofo Bauman, imprescindible para el concepto de lo líquido en la posmodernidad. Un saludo y ha sido todo un placer.

La huelga, Juan, no la han promovido esos sindicatos, ellos se han sumado y aprovechado la ocasión. La huelga procede del clamor de la calle. Y la vida no te la vas a ganar con tu trabajo. Tu trabajo te está explotando y te explotará más, tus derechos los vas perdiendo y los perderás más y, al final, te quedarás sin trabajo. Y vivirás semiesclavizado y sin ningún derecho. Y esto es para todos, también para esa inmensa mayoría de funcionarios que se creen seguros y no hacen huelga (después de cornudos apaleados, hay que joderse). Y hoy se protesta por todo, por el hecho de que esos sindicatos no nos representan, también, que los pagamos de nuestro bolsillo y viven del cuento. Contra los políticos que forman parte de los consejos de las grandes oligarquías del mundo que son precisamente los que gobiernan el mundo, los nuevos amos que están más allá de la democracia. Sí, Juan hay que hacer huelga. Y te digo más, hay que ir a la desobediencia civil. Hay que desenmascarar a los políticos, a los sindicatos. Es el momento de rehacer la democracia, la crisis es otra cosa. Pero, por lo menos viviremos mejor sin mentirosos. Juan no se puede adoptar una actitud porque otros lo hagan mal. La lucha por los derechos conquistados y ahora perdidos, y estamos en el comienzo, no es sólo un derecho, es un deber de un auténtico ciudadano. El cartel que has puesto me parece una manipulación de la derecha más reaccionaria, del neoliberalismo que nos transmite un pensamiento único. De los amos del mundo que nos llaman a obedecer sumisos y esclavos. Es un engaño. La huelga no la han propuesto los sindicatos, ha sido el pueblo…y la voz del pueblo es la que cuenta, la que viene de abajo, la de los oprimidos. Ese cartel es una farsa, una estrategia de dominación. Y pienso lo mismo que tú sobre los sindicatos y sobre la subvención a los mismos que dice dicho cartel. Pero me doy cuenta de que es una máscara más del poder, otra apariencia, otro molino que derribar. Hay que estar más atento. No se pueden buscar justificaciones, ni se puede rehuir el deber del ciudadano.

Un gran ejercicio de autoanálisis. Cuando nos miramos a nosotros mismos encontramos todas las explicaciones del horror de la historia. Esta mañana he sentido una vergüenza infinita, ya ni siquiera rabia. Dónde estaban esos veinte mil interinos menos. Esto explica el mal radical. Piensan esos del sueldecito seguro que la barbarie del genocidio nazi se hizo con unas pocas cabezas pensantes y unos cuantos ejecutores. Pues no, fue un mal consentido y todo fue legal, absolutamente legal y votado democráticamente. El mal radical fue un mal y siempre lo es, como ahora, un mal consentido. Lo que está ocurriendo ahora mismo es todo legal, justificado por las mayorías democráticas. Pero, paradójicamente, esas democracias están secuestradas por el poder no democrático. El poder económico, que no son entes abstractos, sino gente con nombre y apellidos. Los nuevos amos del mundo. Los causantes del genocidio que se está estableciendo por todo el mundo. Primero el capital acabó con el tercer mundo heredero del orden colonial, ahora se está autodevorando tragándose el estado del bienestar. Porque el fin del capitalismo es el crecimiento. Y el crecimiento ya es imposible. Se ha crecido todo lo que se podía, pero de forma desigual, creando muerte y miseria alrededor de los grandes ricos. Y ahora se trata de devorar al estado y de convertir al ciudadano en esclavo, más aún. Ese es el fin. Y los del sueldecito, esos funcionarios insolidarios, que precisamente son los representantes del estado, son el próximo alimento del gran capital. Sus sueldecitos están en peligro. Nada está seguro. Esos acomodados, inconscientes y consentidores del suledecito deben espabilar nadie habrá detrás que les saque las castañas del fuego. En fin, la triste condición humana, la servidumbre humana voluntaria…

Vivimos en un país de locos o de payasos, un país en el que da risa y una profunda tristeza a la vez todo lo que ocurre. Los políticos que hicieron ayer huelga, unos treinta, y no acudieron a su puesto de trabajo, que por lo demás, lo frecuentan poco, pues según ley “en su condición de parlamentarios” no se les retirará el sueldo del día. Mientras tanto los pringaos que fuimos a la huelga en pro de derechos sociales para todos perderemos nuestro sueldo. Por otro lado, un inepto, deja sin la extra de navidad en Extremadura a decenas de miles de ciudadanos, por no saber apretar un puto botón. Es decir, no saber hacer la o con un canuto. Y aquí no pasa nada. Todo sigue igual. Y ahora me dirán que no existe una clase política privilegiada. Dónde está la democracia que exige isonomía (igualdad ante la ley) Esto es una fantasmada.

Estoy cansado ya de oír el discurso de la normalidad. Del derecho al trabajo y del derecho a la huelga. Eso es un engaño del poder para amordazar a las conciencias críticas, para paralizar las movilizaciones, para canalizar las protestas. A ver cuándo nos vamos a enterar que lo de las clases sociales no es una antigualla, que siguen existiendo los explotadores y los explotados, que hay un enfrentamiento de clases que se quiere ocultar. Esa es la forma ultramoderna de lucha del poder opresor contra la clase trabajadora. Primero la dividen y nos enfrentan a unos con los otros, luego nos engañan haciéndonos pensar que estamos en el mejor de los mundos posibles y que no hay alternativas y, poco a poco, nos van quitando los derechos conquistado con la sangre de miles de hombres ejerciendo no su derecho a la huelga, sino su deber para conquistar la ciudadanía y, de paso, la desobediencia civil, desde hace doscientos años. Todo es una farsa. Hay un conflicto de clases y ese conflicto siempre ha existido en la historia, no se puede eliminar, la lucha ilustrada, no salvaje y revolucionaria, ha sido la que ha hecho posible la evolución y el progreso ético-político de nuestras sociedades. No hay que tener miedo al conflicto, porque el conflicto ya existe. El poder está ejerciendo un genocidio, a nivel mundial, encubierto, desde hace muchas décadas. Ahora estamos viendo como esa miseria se acerca a nuestras puertas. Pero los servidores del poder, la clase política, nos engañan con el sacrosanto concepto de orden público, de normalidad y del derecho a trabajar. La normalidad son seis millones de parados, normalidad son quinientos mil desahucios y cuatrocientos mil pendientes, normalidad es que se saca a los bancos de la quiebra con el dinero público y estos con este dinero llevan a la ruina a los ciudadanos hipotecados. Normalidad es la falta de igualdad ante la ley. Normalidad es que el presidente del gobierno obedezca al FMI, BCE y Bruselas y no a los que lo votaron, normalidad es la ausencia de democracia. Esto es un totalitarismo. Todo empezó por un fascismo económico y estamos llegando a un fascismo político, si es que no hemos caído ya en él. De modo que basta ya de engaños, hay que desenmascarar al poder, filosofar a martillazos, derruirlo todo para hacerlo todo de nuevo. Hoy la política está donde debe estar, en la calle, no en los parlamentos. Los parlamentos no representan a nadie porque ellos no son los que mandan. Aquí no manda el partido popular por imperativo democrático, aquí mandan, entre otros Botín y el presidente de la patronal, junto con unos cuantos ricachones más. Esos treinta políticos que ayer hicieron huelga, para ser coherentes no deberían volver al parlamento. Deberían pedir una disolución de las cortes e iniciar un proceso constituyente. Ése es el primer paso.

Silencio cómplice y el sacrosanto orden social.

                Vivimos en tiempos de crisis, no sólo de crisis económica, que como ustedes saben, para mí más que crisis es una quiebra del capitalismo global, de nuestro actual sistema de producción. La crisis es más aún, es social, en tanto que tal, es política y ética. El ciudadano se ha quedado mudo ante la crisis. Más aún, el ciudadano ha sido absorbido por el poder como una mercancía más. Su conciencia ha sido absorbida, en eso consiste hoy en día su estado de alienación. Tras la época de consumo compulsivo ha llegado el paro, la miseria y los desahucios. La conciencia del ciudadano se ha quedado paralizada. Y el poder ha aprovechado para instigar el miedo. Al poder le interesa, sea quien sea y venga de donde venga, perpetuarse. Por eso todo poder es reaccionario y derechiza en el sentido de que se hace conservador. Es decir, al poder le interesa más la seguridad y el orden establecido, la normalidad democrática, que de normalidad y de democrática tiene poco, que la libertad. De ahí que intente por todos los medios, por un lado callar a las conciencias críticas, anular los discursos alternativos, y para ello tienen todos los medios de comunicación en su poder y, por otro, instigar el miedo. Porque insisto, aquí coinciden todos, aunque ahora, engañosamente, el partido de la oposición quiera seducirnos con otro discurso. Lo que hemos aprendido hasta ahora es que el oficio fundamental del político ha sido el del engaño, el endiosamiento y la corrupción. Sólo hay que echar un vistazo a la reciente historia. Y no me refiero sólo a la de nuestro país. Por eso es necesaria una refundación de la política y de la democracia. Y por eso estos partidos, los que están en ellos y nuestra constitución, así como la UE, necesitan desaparecer para renacer siendo otra cosa que se parezca algo más a la democracia y en el caso de la UE que se parezca algo más a una unión política que a un mercado. Como digo el discurso del poder, con su base en el miedo del ciudadano, es la defensa de la supuesta seguridad, la normalidad y el orden establecido. El que parezca que todo marcha igual, esa es la normalidad. Y todo ello viene al caso de que en épocas de crisis la ciudadanía se rebela contra, precisamente, ese orden establecido. Y en épocas de crisis profunda se rebela contra las propias estructuras que mantienen ese orden. Y ése es el caso actual. Pero la misión del poder es la del engaño, la de intentar mantener esa supuesta normalidad democrática creando una ficción, el miedo y la confusión en la ciudadanía. Por encima de los derechos fundamentales que son violados por el poder a base de leyes, es decir que se legaliza la desigualdad y la pobreza, se establece para mantener las apariencias de la normalidad, el derecho a ir trabajar. En definitiva, lo que el poder persigue con ello son varias cosas, crear una falsa conciencia en el trabajador, crear el miedo en el que quiere hacer huelga e informar para crear conciencia de explotación y conciencia de fraternidad en el ciudadano y, sobre todo, dividir a los trabajadores. Esa es la estrategia. Y todo en nombre de la sacrosanta normalidad democrática. Pues miren ustedes. Todo es un engaño, una farsa, se tienen que reír de nosotros como bellacos, después de robarnos nuestros derechos y nuestro dinero, conseguidos a lo largo de la historia con sangre, sudor y lágrimas, encima, vamos y los apoyamos. El sector de los funcionarios ha sido ejemplar en esto (después de cornudos, apaleados, es increíble) el engaño surte efecto, el egoísmo, también, como si el puesto de los funcionarios o su sueldo estuviesen garantizados. Pues bien, todos ellos, aquellos que han sido engañados, aquellos que participan en el desmantelamiento del estado de bienestar y privatizan los bienes comunes, todos participan del silencio cómplice, más dañino que la pura acción de los políticos. Porque a los políticos los podemos parar y los paramos movilizándonos. Y no hay cambio sin conflicto. La sociedad, aunque nos pretendan engañar, es una sociedad de clases, éstas no han desaparecido, aunque nos hayan dividido y con la división haya surgido una conciencia distinta en cada sector de los trabajadores. El silencio es cómplice porque deja las manos libres al poder, y el pueblo, cuando el poder se descontrola es el que debe poner en su sitio al mismo poder. No se puede admitir el silencio ante seis millones de parados, no se puede admitir el silencio cómplice ante quinientos mil desahucios más cuatrocientos mil expedientes más abiertos, no se puede admitir el silencio ante el desmantelamiento de la educación pública y la sanidad pública. No se puede mantener el silencio ante el enriquecimiento de los bancos con dinero público, no se puede mantener el silencio ante el pago de la deuda, que procede de pagar con dinero público a los bancos para que no quiebren y ahora desahucian amparados en leyes hechas por los políticos, no se puede mantener el silencio ante la corrupción reiterada de los políticos, no se puede mantener el silencio ante las mentiras de los políticos en sus programas electorales. Si mantenemos el silencio somos cómplices, absolutamente activos, de este mal consentido. Y hemos dejado en manos del poder, allende la democracia, el único resquicio de democracia que nos quedaba, porque la democracia hoy en día es una palabra hueca. Pues bien, fíjense ustedes en la ironía, el sarcasmo y la sinvergonzonería de los políticos, ante esto que no debemos guardar silencio, y una larga lista más, pues a esto es a lo que el poder llama normalidad democrática. La normalidad es el saqueo del sistema económico social por las grandes corporaciones oligárquicas y la banca, y la democracia es que este robo se haga con absoluta normalidad y, además, legalmente, como la ley que regula los créditos hipotecarios y tantas otras leyes más, como la liberación del suelo y demás que favorecen el enriquecimiento de unos pocos y que, en definitiva, han producido la pobreza de muchos y, cada vez más, la miseria de una parte considerable. Por tanto, el deber del ciudadano es la acción. Y la acción requiere el cambio del propio sistema. Esto está agotado. Y no me refiero al uso de la violencia, sino al uso pacífico de la fuerza del pueblo. Es necesario que todo el pueblo esté unido para que la clase política tome conciencia e inicie el cambio de la refundación de la democracia y la propia clase política. Pero mientras que la mitad de la población mantenga este crimen el poder seguirá aplastándonos con su dura bota el grito ahogado de nuestras gargantas.

                Y no puedo olvidar aquí mi denuncia moral contra la iglesia preocupada de la dogmática y olvidada de los pobres. Es increíble, cómo pueden ser creíbles. Mi denuncia a la iglesia, connivente con los crímenes del franquismo, de acuerdo con el gobierno actual que, por supuesto, no le ha practicado ningún recorte; y hay que recordar aquí que este gobierno no ha reconocido la verdad histórica del golpe de estado del 36 que genero una guerra civil con cerca de un millón de muertos de ambos bandos, pero que el ejército vencedor inició un programa de exterminio y genocidio, históricamente probado, consentido por la iglesia. Es bochornosa esta alianza con el partido del gobierno por ganar unas prebendas económicas y un status social. Bochornoso. Es la peor iglesia, la más corrupta, la más hipócrita, la iglesia criminal de la contrarreforma y la inquisición, del genocidio de América. ¿Es ésta iglesia la que quiere enseñarnos moral? Es una desfachatez. Igual que denuncio moralmente a esta iglesia y hago apostasía de ella, alabo la misión de organizaciones eclesiásticas, como Cáritas, que con la voluntad de creyentes de base, inspirados en el principio moral evangélico de la caridad, están haciendo, junto con otros no creyentes un esfuerzo ímprobo contra la pobreza. Es digno de admiración y de alabanza. Aquí se recoge el principio moral básico, el de la caridad. Una gran enseñanza del cristianismo para la humanidad.

Esta caridad se transforma en la Ilustración en el valor moral básico de la fraternidad. La fraternidad es la gran olvidada de la Ilustración. Procede del cristianismo pero visto desde el laicismo y viene a significar que todos somos hermanos lo cual conlleva dos cosas, la igualdad entre todos y, la segunda, la preocupación constante por el otro precisamente porque es mi hermano. Una preocupación real, no una mera solidaridad, que es en lo que se ha transformado en el discurso progresista de la izquierda. La solidaridad es una fraternidad vacía de contenido ético, es un lavado de conciencia. La fraternidad exige la preocupación por el otro, en tanto que el otro es otro yo y sólo me puedo salvar (no me refiero religiosamente, para el creyente, sí) a partir del otro. Es decir, que yo sólo puedo ser un yo a partir de mi relación con el otro; el otro que puede ser un perfecto desconocido, pero es mi hermano. Por eso es necesario recuperar, además de la libertad y la igualdad, la fraternidad. Si la recuperamos no podríamos consentir el mal, no aceptaríamos la barbarie política en la que estamos cayendo, porque, permítanme ustedes que les diga, hemos perdido el norte moral, hemos perdido el sentido de nuestra existencia, nos limitamos a sobrevivir. Cuando se plantea que si una persona compra una casa de más de 160.000 euros se le otorgaría el permiso de residencia hemos caído en la mayor de las alienaciones del hombre. Es decir, que lo que estamos diciendo, además, de abrir las puertas a la mafia y al blanqueo de dinero negro procedente de negocios ilegales, es que uno es persona si tiene 160.000 euros, sino es un ilegal, un sin papeles, un indocumentado que hay que deportar y que no tiene derecho ni a la sanidad. Pues no, la fraternidad nos enseña todo lo contrario. No existen personas ilegales, es una contradicción. Pero el sistema que el poder nos impone, eso que llaman la normalidad democrática, considera que las personas son mercancía y, por eso, un sistema sanitario y una educación privatizados cuadran perfectamente con la visión mercantil de la persona, con la anulación de ésta. Esto es la miseria de la democracia, porque el silencio es cómplice. Y no se puede consentir tampoco que el presidente de la patronal, ante la reforma de la ley hipotecaria, salga diciendo que lo que hace falta es construir más viviendas y aumentar el crédito hipotecario. En verdad, están locos, deliran. Es como el cuento del rey Midas, la ambición y la avaricia los ciegan. Resulta que pone como remedio el mismo mal, cuando en España hay cerca de tres millones de viviendas vacías y muchos, no sé la cifra, disculpen, sin techo. Y a esa es a la normalidad democrática a la que se refieren nuestros gobernantes y el poder cuando nos dicen que el ciudadano tiene derecho a la huelga, pero también a trabajar y que, por tanto, las jornadas de huelgas deben transcurrir con toda normalidad. Es la gran mentira del poder, la mentira del gran engaño del neolenguaje que modula el pensamiento y esclaviza la acción. La normalidad es un crimen organizado. Un crimen que arraiga en dos polos: el primero se encuentra en las raíces mismas del capitalismo y el segundo, en la servidumbre humana voluntaria, en la cobardía. Disculpen, pero cuando callen, no olviden de que todo silencio es cómplice. Y no olviden de lo que es cómplice. Y ya no vale tirar balones fuera, que si los políticos, que si los sindicatos. No. Ahora le toca hablar al pueblo.



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