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Gobierno provisional y cortes constituyentes

Manuel Muela (03-02-2013)

Albarda sobre albarda: a la ola de podredumbre que anega la vida pública española, con un país castigado por los recortes y la depresión económica, se suma lo que parece un ajuste de cuentas dentro del régimen por presuntas prácticas irregulares del partido del Gobierno. Otro episodio más del desmoronamiento de la Transición, que ha provocado que el embajador norteamericano, Alan D. Solomont, haya dicho que España tiene que atajar la corrupción, adoptando medidas agresivas, sobre todo cuando se están pidiendo grandes sacrificios a la población. En un sistema democrático, con separación de poderes, esas medidas pasan por los tribunales y por los parlamentos. A estos últimos corresponde, en su caso, la destitución del Gobierno, si éste no toma la iniciativa de la dimisión. Pero el problema conceptual es que no gozamos de un régimen democrático: el país está en manos de una nomenclatura partitocrática, con amplias redes clientelares, que utiliza las instituciones en beneficio de su propia permanencia e interés. ¿Hay, por ello, que renunciar a cualquier posibilidad de cambio? En absoluto: lo que pasa es que será más complicado si el poder oligárquico se resiste, como parece. Por eso, creo que conviene insistir y buscar apoyos en pro de una hipotética salida democrática: la constitución de un Gobierno provisional o de gestión que rescate a la nación y dirija el período constituyente.

Gobernar la refundación democrática del Estado

Para no echar más leña al fuego de la indignación, ahorro a los lectores el memorial de agravios de la corrupción que se extiende por palacios e instituciones. Corrupción que algunos intentan asimilar con determinados comportamientos del pueblo español para deducir que es poco menos que lo normal o esperable. Y no es así: la picaresca, cuyo ejemplo emblemático es la factura sin IVA del fontanero, tiene poco que ver con las máquinas para delinquir que han fagocitado instituciones y partidos. Son las que han arruinado el crédito del poder público y han puesto a la sociedad española en estado de shock. Sociedad honrada y trabajadora que no merece el desprecio del que es objeto. No estamos ante una crisis de Gobierno, es una crisis del régimen, que ya reconocen hasta sus más conspicuos defensores. Por eso, la primera tarea del Gobierno provisional será recuperar el crédito perdido y devolver un poco de sosiego a la nación. Para ello tendrá que adoptar decisiones políticas y económicas con el fin de convocar Cortes Constituyentes antes de un año.

El Gobierno provisional debe recuperar el crédito perdido para liderar un Estado amenazado por la desintegración, cuestión catalana y corrupción

Ese Gobierno se haría cargo de un Estado amenazado por la desintegración, cuestión catalana y corrupción, y el vacío de poder. Hasta la reunión del parlamento constituyente necesitaría plenos poderes y un estatuto de funcionamiento que le permitieran impulsar los cambios necesarios en la legislación electoral y de partidos y en la ordenación del Estado, separación de poderes y jefatura del mismo incluidos, para superar la crisis constitucional. España no puede, ni debe, continuar con un Estado acéfalo que no está en condiciones de cumplir con las funciones básicas de garantizar la igualdad, la libertad y la justicia. Su refundación democrática tiene que ser el objetivo fundamental de los propósitos constituyentes, sobre los que decidirán los españoles cuando sean convocados a hacerlo.

Negociar con la Unión Europea

Nuestra economía y nuestro crédito y finanzas, a pesar de los rescates, siguen despeñándose, al tiempo que la deuda crece, pagando precios exagerados. Una espiral insoportable que yugula el crecimiento y hunde el consumo. No hace falta repetir los datos que avalan lo afirmado. Y tampoco hace falta repetir que quienes han venido ejerciendo el poder ni proponen cambios ni dan esperanzas fundadas de recuperación. Menos, a partir de ahora preocupados por salvarse de la quema. Razón de más para que un nuevo gobierno democrático, fuerte y solvente, dé a conocer a la Unión Europea su proyecto constituyente, solicitando apoyo para el mismo, básicamente renegociación de los costes y plazos de la deuda y modulación de las políticas de déficit, que están devastando al país. Este año 2013, que parece de tregua en Europa, sería, a mi juicio, muy favorable para obtener respaldos en la dirección señalada. Si no, habrá que buscarlos en otras direcciones: hay alternativas.

El ajuste de cuentas en el PP provocará grietas. Cualquier propuesta de cambio real encontrará respaldo en la ciudadanía

Muchos se preguntaran cómo se puede constituir un Gobierno así, visto el páramo político español y el desfondamiento de la sociedad. Pero, aunque parezca una ensoñación, pienso que, desde el fondo del barranco, surgirán iniciativas que confluirán en la propuesta de ese gobierno: el ajuste de cuentas desencadenado provocará grietas dentro del partido del gobierno, sobre todo entre los que sean ajenos a los manejos de sus dirigentes, y otro tanto ocurrirá entre sus contendientes, todos tentados por el sálvese quien pueda, dado el caos imperante y la creciente ira social. Y hasta es posible que el agrietamiento llegue a los grupos parlamentarios, en función de cómo evolucionen los acontecimientos. El alud es de tal magnitud que cualquier propuesta de cambio real y radical encontrará respaldo en segmentos significativos de la opinión pública. Lo que importa es que esas propuestas sean democráticas y no de corte autoritario, que es un riesgo bastante cierto en el descontrol actual. En todo caso, la partida final se está jugando dentro del bunker.

Todos debemos contener el aliento y observar y, aquellos que modestamente podamos, proponer iniciativas que puedan ser tenidas en cuenta, a modo de red democrática, si llega el desplome que han fabricado ellos, abusando de nuestra tolerancia y de nuestro comportamiento pacífico para con sus desmanes. Por favor, ¡váyanse y dejen que recuperemos la libertad y la dignidad de españoles!

 

                Un frente común contra un enemigo común.

Desde hace casi una década la vida social en nuestro pueblo se ha deteriorado bastante. No es que fuese sana, simplemente es que cuando no hay problemas, no se discute y no surgen las diferencias. Pero lo que todo ello nos ha enseñado, que son muchas cosas y sólo señalo alguna, es que lo necesario para resolver los problemas en democracia es el diálogo. Y si no hay diálogo entre las partes, pues la democracia tiene sus instituciones para que se pueda llegar a un acuerdo. En este caso la justicia ha dado la razón a los once imputados y, con ello a la Plataforma Ciudadano en contra de la refinería y, por otro lado, el gobierno se ha pronunciado con una DÍA negativa para el proyecto. No nos entendíamos, no hubo diálogo. Es más, hubo coacción por parte del poder, multas, imputaciones, se prohibieron manifestaciones que hubo que recurrir el TSJ y fueron legitimadas como derecho básico de los ciudadanos. Se dijo que no habría debate mientras no se disolviesen las manifestaciones en el parque. Esa sentencia es una amenaza y una conculcación del derecho básico de concentración y reunión. El rodillo del poder absoluto luchó con todas sus fuerzas pero perdió. El entusiasmo de unos ciudadanos convencidos de sus razones, que se informaron y aprendieron y que fueron incansables en la lucha por la dignidad les dio al final la razón y su recompensa.

Pero la brecha social que se abrió, sobre todo por parte del poder (aunque nadie está libre), puesto que el poder es para todos y aquí se ejerció sólo para algunos, sigue abierta. Y esto es penoso y lamentable. Tenemos que ir más allá de los partidos que están en el poder. Ha llegado la época de los ciudadanos, de los movimientos civiles, del pensamiento alternativo. Es la hora de provocar la caída de este sistema de partidos. Por eso es necesario escuchar todas las iniciativas y luchar todos contra un enemigo común. Y ese enemigo común es el neoliberalismo. Forma de entender el estado, las relaciones de producción y las relaciones entre las personas que reduce al hombre a un mero objeto, una mercancía, un número. Los partidos que nos gobiernan han participado de esta ideología y, peor, el partido socialista, ha sido cómplice encubierto de este pensamiento, cuando la izquierda es contraria al mismo. Pero el partido socialista se equivocó y se sigue equivocando y debe aprender. Y la forma de aprender es recuperar el pasado histórico, pero no el de la transición, ahí comienza su apuesta por el neoliberalismo, sino mucho más atrás. Hay que remontarse al final del XIX y a la segunda república. Y lo mismo sucede con IU, que es una jaula de grillos dogmáticos y que siguen la misma dinámica que los partidos mayoritarios. Pactan hasta con el diablo creyendo que esa es la forma de hacer algo y, al final, son absorbidos.

Y todo esto viene porque debemos luchar por un enemigo común. Y no debemos criminalizar a los grupos civiles emergentes que luchan por lo público por el hecho de las personas que allí estén, o algunas de las personas. Eso es tirar piedras contra nuestro propio tejado. Hay que unir fuerzas, no separar. Si lo que nos interesa es preservar los derechos civiles, laborales y sociales que durante más de doscientos años hemos ido conquistando y que estamos perdiendo aceleradamente, pues no tenemos que tener remilgos; y saber diferenciar entre los grupos civiles y los partidos políticos y los sindicatos. Hay gente que piensa que esos grupos son necesarios, pero que los partidos políticos también lo son y que esta es la vía de su regeneración. No es ésta mi opinión, desde luego, pero eso no implica que esos grupos civiles sean o se identifiquen con un partido, no señor, en esos grupos lo que está ocurriendo, precisamente, es todo lo contrario, se está poniendo en jaque a los partidos, los están desarmando, los mismos miembros del partido. Quizás algunos no sean consciente de ello, pero es así. Lo que hacen estos movimientos civiles, y me refiero a la Cumbre Social y a una de sus organizaciones, “Por la defensa de lo público”, es el trabajo que deberían hacer los partidos de la izquierda. Luchar por lo público y los derechos civiles que han sido secuestrados por el poder. Por el poder de los partidos y sindicatos y por el poder que está detrás y que, en muchas ocasiones, les acompaña: el económico. Fijemos la mirada en el enemigo, facciones, partidos e ideologías siempre habrá y siempre habrá discrepancia. Pero estas se resuelven por el diálogo, no por la descalificación. Descalificar a alguien por pertenecer a un partido es una falacia (argumento erróneo), pero además es una desfachatez y una falta de respeto. Es ahora cuando la ciudadanía tiene la oportunidad de luchar contra el enemigo común. Y somos más, pero si nosotros mismos nos dividimos entonces sí que seguro que saldremos vencidos y derrotados. Y hay que tener cuidado porque lo que se nos viene encima es la barbarie, el fascismo económico y el fascismo político. No repitamos la división y el enfrentamiento de las izquierdas en la segunda república. El enemigo es fuerte y es uno.

LA CUARTA PÁGINA

Lo más urgente es la ley de partidos

Tras la publicación el domingo pasado del manifiesto ‘Cómo reconstruir el futuro’, EL PAÍS abre con este artículo el debate sobre las reformas y los pactos necesarios para superar la crisis política e institucional

EDUARDO ESTRADA

El editorial de Financial Times del 4 de febrero decía sobre España: “Sus instituciones, desde la Monarquía hasta el Poder Judicial, muestran signos de putrefacción”. Así nos ven. Los casos Bárcenas, Amy Martín-Fundación Ideas, ITV de Oriol Pujol, Palau, ponen al desnudo que los aparatos centrales de los partidos desarrollan tumores sin que sus dirigentes sepan/puedan/quieran controlarlos.

No son casos individuales de alcaldes o concejales que se forran con un plan urbanístico o una licencia; presidentes de diputación o alcaldes que colocan decenas de clientes para garantizarse su apoyo; desaprensivos (Gürtel) o financiación ilegal del partido (Filesa o Naseiro). Son metástasis en las sedes centrales abonadas por el descontrol del dinero, utilizado para “engrasar la maquinaria” o llevárselo. Es la estación término de la política de la Transición que, para estabilizar los partidos, concentró en sus cúpulas los resortes sobre el acceso, ascenso y exclusión de la política. O sea, para incluir y ordenar candidatos en listas electorales, excluir a los disidentes de los órganos del partido —controlando las elecciones internas con listas cerradas para todo—, repartir cargos en las Administraciones y satélites, dilatar el periodo entre sus congresos (cada cuatro años: solo Berlusconi y el Partido Comunista Chino lo superan), escapar al control de sus parlamentos internos (anulándolos en la práctica) y sobre sus cuentas (acerca del Tribunal de Cuentas, EL PAÍS, 11-2-2013, página 13).

El rendimiento de esta política es decreciente. Véase el descenso de la calidad media de los políticos —salvo excepciones—, sus discursos acartonados y la multiplicación de casos de corrupción. La quiebra de las cajas de ahorros, el gasto descontrolado y el crecimiento del personal nombrado discrecionalmente en las Administraciones, la multiplicación de organismos y el ocultismo en las retribuciones de los políticos muestran que esta política está en la raíz de la crisis española. Lo que ahora pasa es que se ahoga en sus propios residuos. Es un fallo institucional que atraviesa a todos los partidos, de ahí la alarma social. Esto pasó en Estados Unidos y en 1902, en Wisconsin, inventaron las elecciones primarias abiertas a los ciudadanos para elegir los candidatos a todo y romper los aparatos y sus corruptelas. La idea es que la democracia es el mejor desinfectante, y que los partidos son entidades muy importantes cuya actividad debe regularse por ley.

Salgamos de la lamentación y las ideas genéricas. Es urgente hacer una Ley de Partidos que transforme la política española. No será fácil: como escribió García Pelayo, los partidos se resisten a ellas. La correosa renuencia del PP y PSOE a reducir el número de concejales y aclarar sus retribuciones lo demuestra. Tomemos como modelo las leyes de Alemania o Estados Unidos.

La competencia entre los políticos es la única medida preventiva contra la corrupción

El objetivo es que los políticos, dentro del partido, tengan fuentes de poder propias, es decir, que los cargos internos y los candidatos a las elecciones sean elegidos por los afiliados o por los ciudadanos, no designados por el jefe del partido, alcalde o presidente autonómico. Esto introducirá competencia entre los políticos, y la competencia es la única medida preventiva contra la corrupción. No hay otro sistema: ni exigir cualificaciones previas, ni listas abiertas para que los ciudadanos elijan entre quienes propongan los de siempre (como ocurre con el sistema del Senado).

La clave siempre es quién y cómo hace la lista. Eso es lo que hay que cambiar. Esto requiere leyes que regulen la actividad de los partidos, que tienden naturalmente a la oligarquización y a eliminar a los disidentes. Para eso hay que encajar muchas piezas, porque son organizaciones complejas y escurridizas.

La ley debe obligar a los partidos a celebrar congresos bienales (Alemania) o anuales (Reino Unido). En los congresos se elige la dirección del partido. Los manuales de derecho político dicen que la oposición controla al Gobierno. No es verdad, es una visión anticuada, son los parlamentos internos (Junta Directiva en el PP, Comité Federal en el PSOE, Consejo Político en IU, etcétera) los que pueden controlar al Gobierno y a la dirección de la oposición. Cuando se atisba que se van a perder las elecciones, estos órganos son más incisivos que el Legislativo, y las maniobras, más peligrosas (por eso han sido casi anulados en estas décadas, espaciando sus reuniones y multiplicando sus miembros). Por tanto, clave: estos parlamentos internos no deberían tener más de 150 miembros, y sus reuniones, celebrarse cada cuatro meses, con votación secreta sobre la gestión de sus ejecutivas (fundamental). Esto no desestabilizaría a los partidos, los miembros de esos organismos son aguerridos profesionales, pero crearía un mecanismo que debe funcionar cuando sea necesario. Sus sesiones deberían ser públicas, porque un partido no es una asociación privada, los ciudadanos pagan el sueldo de (casi) todos sus miembros y su funcionamiento, y que los partidos insistan en que sean secretas desvela que aquí reside el verdadero control. La composición de los congresos y parlamentos internos ha de ser proporcional al número de afiliados o al número de votos (en la provincia, distrito, etcétera), y no debería haber miembros natos ni designados (en algún partido hay bastantes).

Todos los cargos internos y candidatos a instituciones representativas se deberían elegir por el voto secreto a personas de los afiliados o de los ciudadanos que se registrasen si el partido decide hacer primarias a la americana. Voto a personas, no a listas cerradas, y ordenación en las listas por el orden de votos. El Partido Democrático Italiano aplicó este sistema hace dos meses para elegir a sus candidatos. En Estados Unidos, las primarias las organizan los Estados, no los partidos; habría que copiar la idea y prever que seis semanas antes de las elecciones se celebrasen elecciones a candidatos en todos los partidos, sustituyendo la tenebrosa cooptación actual por una votación transparente. Los partidos no se van a ir de los consejos de las cajas de ahorros, televisiones, órganos consultivos; por tanto, mejor reglar que sus candidatos sean elegidos por los parlamentos internos.

Controlar su financiación. En Austria, si una comisión de expertos en publicidad sospecha que algún partido pasa los límites de gasto en una campaña electoral, abre una inspección. Son precisas auditorías externas anuales (censores de cuentas elegidos aleatoriamente), limitar el mandato de los tesoreros a cuatro años e interventores internos. El Tribunal de Cuentas es una entelequia para controlar las cuentas de los partidos, mejor pasar a un sistema de auditoría externa.

La política debe ser tan incompatible con la judicatura como la profesión de militar

Habría que utilizar la Ley de Partidos para sacar la política de la justicia y a los jueces de la política. Abochorna que en altos tribunales el voto de sus miembros responda a la conveniencia del partido que los promocionó. Al Tribunal Supremo deberían acceder solo miembros de la carrera judicial por méritos en ella. Se debe eliminar el turno para los que no son miembros de esta carrera: no es presentable que cuando van a llover demandas contra la banca acceda al Supremo el director jurídico de La Caixa. Debe desaparecer el tercio de magistrados de los Tribunales Superiores de Justicia regionales elegido por el CGPJ a propuesta de las Asambleas de las comunidades. La incompatibilidad del personal de la judicatura con la política ha de ser tan estricta como para los militares. Es un sarcasmo que los jueces no puedan afiliarse a un partido, pero sí ser secretario de Estado, portavoz parlamentario o asistir a sus ejecutivas y volver a la justicia cuando acaba la experiencia. La justicia es como la mujer de César.

Hay que hacer muchas más cosas. Revisar el sistema de elección de los diputados nacionales, regionales y concejales. Reducir el número de políticos. Una Ley de la Función Política que aclare retribuciones, incompatibilidades, desempleo, estatuto de los asesores. Separar la política de la carrera de los funcionarios, mejorar la elección de los órganos constitucionales (CGPJ, Tribunales Constitucional, de Cuentas...) y reguladores para hacerlos independientes. Pero lo urgente es la Ley de Partidos, para drenar esta basura hasta un nivel soportable. Este es el paso vital para salir de la crisis. Esta política nos asfixia.

José Antonio Gómez Yáñez. Instituto de Política y Gobernanza. Universidad Carlos III.

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                               ¿Qué pruebas necesitamos ya?

                Lo de ayer en el Parlamento, la visita del señor Draghi, presidente del BCE, al Parlamento español no tiene sentido, es bochornoso, un ataque a la ciudadanía, a los pilares mismos de la democracia. Y el papel de nuestros políticos es una auténtica vergüenza. Permitir ese “formato” de reunión, como así lo llamaron, es vejatorio para la ciudadanía y una traición más de los políticos al pueblo. Y ahora que vengan los intelectuales orgánicos, al estilo de Savater, a decir que el grito del 15 M de que no nos representan es una tontería, una chorrada de niños desocupados. Pues no señor, no nos representan. Y hace años que los partidos en España no representan a los ciudadanos, que los traicionan y los engañan en las elecciones para conseguir su preciado voto que es el que alimenta su poder. Porque no es una democracia lo que hemos creado, sino una partitocracia, un poder interesado de los partidos. Un poder que se autoprotege y que no quiere saber nada de la ciudadanía de la que dispone en las elecciones para legitimarse y olvidarse de ella. Pero lo de ayer en el congreso es un ataque a los cimientos del sistema democrático, que no existe, porque es una pantomima, y ayer quedó palmariamente demostrado.

Una reunión a puerta cerrada, sin luz ni taquígrafos, en el Parlamento, donde están nuestros representantes. Esto es inadmisible. Los señores diputados no deberían haber asistido. Y no vale sólo con presentar una queja por cómo se han hecho las cosas. Habría que haber hecho un plante. Pero el plante a la clase política, al poder de los partidos y a la corrupción de todas las instituciones del estado a través de este poder, lo tiene que hacer la ciudadanía. Es necesaria una rebeldía total y pacífica. No se puede admitir por más tiempo esta farsa. Que no se queda sólo en farsa, sino que trae hambre y miseria. Además de que es una forma de fascismo económico y de totalitarismo político. Basta ya de ser víctimas y vasallos. Hemos de recuperar el poder de la ciudadanía; es decir, nuestra libertad y nuestra dignidad.

“Cuando alguien pregunta para que sirve la filosofía, la respuesta debe ser 
agresiva ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve 
al Estado, ni a la Iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún 
poder establecido. La filosofía sirve para entristecer. Una filosofía que no 
entristece o no contraría a nadie no es una filosofía.
Sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. 
Sólo tiene un uso: denunciar la bajeza en todas sus formas. ¿Existe alguna 
disciplina, fuera de la de filosofía, que se proponga la crítica de todas las 
mixtificaciones, sea cual sea su origen y su fin? Denunciar todas las ficciones 
sin las que las fuerzas reactivas no podrían prevalecer. Denunciar en la 
mixtificación esta mezcla de bajeza y estupidez que forma también la 
asombrosa complicidad de las víctimas y de los autores. En fin, hacer del 
pensamiento algo agresivo, activo, afirmativo. Hacer hombres libres, es decir, 
hombres que no confunden los fines de la cultura con el provecho del Estado, 
la moral, y la religión. Combatir el resentimiento, la mala conciencia, que 
ocupan el lugar del pensamiento. Vencer lo negativo y sus falsos prestigios. 
¿Quien, a excepción de la filosofía, se interesa por todo esto?
La filosofía como crítica nos dice lo más positivo de sí misma: empresa de 
desmitificación. Y, a este respecto, que nadie se atreva a proclamar el fracaso 
de la filosofía. Por muy grandes que sean la estupidez y la bajeza serían aún 
mayores si no subsistiera un poco de filosofía que, en cada época, les impide ir 
todo lo lejos que quisieran…pero ¿quién a excepción de la filosofía se lo 
prohíbe?”
GILLES DELEUZE: Nietzsche y la filosofía.

Réquiem por Occidente. Bienvenido al desierto de lo real.

                Creo que Occidente ha llegado en estos momentos a una encrucijada. Estamos ante la posibilidad de un fin de nuestra civilización. Del fin de la civilización occidental. De todo lo conquistado por Occidente. Está claro que Occidente está lleno de claroscuros y no seré yo el que defienda acríticamente la civilización occidental. Es más, soy de los que piensa que nuestra civilización, con su idea de progreso de fondo, si la entendemos, no allá en sus orígenes griegos, sino en su renacimiento, pues es una historia sembrada de cadáveres. Pero algunas florecillas también hemos sembrado y hemos podido recoger. Es decir, que, a pesar de todo, en Occidente hemos sido capaces de realizar una serie de conquistas ético-políticas que podemos entenderlas como un cierto progreso de la humanidad. Un progreso contingente, claro. Hemos conquistado la democracia y los derechos humanos. Y consideramos que todo ello debe vertebrar la vida social. Y en el fondo de este logro lo que se encuentra es una concepción de la persona y esta concepción es la de considerarla como un sujeto de dignidad. La andadura de todo ello comenzó en Grecia, cuando se conquista la democracia y se llega a la conclusión de que la ley que gobierna al pueblo es autónoma; es decir, que viene del pueblo, no de allende al pueblo. La ley tiene el fundamento en el pueblo y no en un poder sustraído y heterónomo, como el militar, el religioso, el supersticioso, el económico…la base reside en el pueblo y es el pueblo el que autónomamente se dirige. Y se dirige mediante el logos, que es la razón, aquello que media entre los hombres para entenderse y que nos permite llegar a acuerdos, consensos, verdades particulares. Porque la democracia, señores, elimina la verdad absoluta. La verdad absoluta es enemiga de la democracia. La verdad absoluta quiere el poder para imponerse y lo quiere absolutamente. Por eso la democracia se desarrolla en el ágora. Lugar vacío donde sólo está el logos. Cuando ese lugar es usurpado por un poder entonces se acabó la democracia. Porque el poder se apodera de la razón, la hace suya. Al poder le interesa eliminar la razón, que es diálogo y establecer una tiranía del pensamiento, un pensamiento único. Un gobierno desde y por la fuerza. Y ello supone la eliminación del hombre y de su libertad. Porque lo que nace con la democracia es la isonomía, la igualdad ante la ley y le isegoría, la libertad de pensamiento y de expresión pública, que es lo que hace posible el diálogo. Pero si no hay razón como intermediario no hay diálogo y la persona desaparece, en tanto que desaparece la libertad. La democracia se conquista, alcanza su esplendor en la época de Pericles, pero degenera. Y degenera en demagogia y plutocracia, algo muy similar a lo que está ocurriendo hoy en día. Y el punto de inflexión de esa degeneración es la muerte de Sócrates. Sócrates, un hombre justo, es condenado a muerte por la democracia, un gobierno supuestamente justo. Y esto se convierte en una tragedia. En el fondo la tragedia del hombre: es imposible un gobierno justo. La democracia es un gobierno imperfecto y perfectible. Que sea imperfecto significa que tiende a degenerar y que sea perfectible significa que lo podemos perfeccionar. Pero ello depende de nuestro esfuerzo. Es decir, de atrevernos a ser libres, a ser ciudadanos. Pero ésta es la tragedia del hombre. El hombre aunque lo que más aprecia sea la libertad, prefiere vivir entre las cadenas, prefiere obedecer. La comodidad y la cobardía son las aliadas naturales de la condición humana y de la servidumbre humana voluntaria.

Sócrates representa la libertad, la audacia y la valentía del pensamiento, Sócrates es el tábano de Atenas, el personaje molesto que siempre te hace tomar conciencia y no deja que te adormiles, no permite que te arrastre la pereza, el vicio, ni la cobardía. Pero la democracia que juzga a Sócrates representa a la tradición, a la comodidad, a la ausencia del pensamiento. Los demagogos y oligarcas en este contexto triunfan. Han secuestrado el logos del ágora, igual que hoy en día. El poder económico que se extiende y aferra al político y el de los medios de control de masas lo que hacen es domesticar al ciudadano, darle y ofrecerles desde el hedonismo egoísta las cadenas que a gritos el mismo pueblo, por cobardía y comodidad pide. Es nuestra cobardía la que nos hace esclavos. Es nuestra obediencia la que permite el gobierno de los tiranos. Son los tiranos los que nos tiranizan con nuestro permiso y con nuestra propia complacencia. No nos rebelamos porque es peligroso. Pensar es peligroso. Por eso pensar es siempre pensar contra el poder. Y pensar contra el poder no es más que desenmascarar, desmitificar, demostrar y desmontar los engaños y las argucias del poder. Actividad peligrosa donde las haya porque te lleva a la soledad, el pensamiento es solitario. El rebaño no piensa, obedece. Es el espíritu gregario, el de grupo el que nos mantiene unidos en una inopia absoluta y placentera en la que preferimos pacer y obedecer a pensar y caminar en solitario. Y pensar es peligroso porque uno se enfrenta al poder. Y el objetivo del poder es la eliminación del disidente, como es el caso de Sócrates, que ilustra e ilumina toda la historia. Pero también es peligroso para el poder. Porque todo poder es reaccionario, todo poder quiere mantenerse en el poder, es inmovilista, quiere el control. Y cuando aparece la disidencia pues se asustan, se ponen nerviosos, porque la disidencia es lo único que hace que el poder se tambalee. Por eso la democracia es disidencia. Claro, pero para ejercer la disidencia es necesaria la libertad. La disidencia es la que hace posible el diálogo entre personas libres. Por eso la muerte de Sócrates es paradigmática y representa la corrupción de la democracia. La democracia ateniense, como la actual, se había vuelto corrupta, gobernaban los demagogos y oligarcas, querían a un pueblo domesticado y vertido a sus pasiones, como hoy en día que triunfa el hedonismo egoísta, el nihilismo. Fruto todo ello del posmodernismo. Y ese poder corrupto no quiere el pensamiento, lo ha secuestrado, quiere la sumisión. Por eso la muerte de Sócrates es el enfrentamiento entre la libertad y el poder de las costumbres, de la tradición, de la comodidad y de la pereza de un pueblo domesticado. La muerte de Sócrates significa el fin de la filosofía, del pensamiento y de la democracia que es el caldo de cultivo de la filosofía.

A partir de entonces la filosofía se ejerce como una tarea de sálvese quien pueda. Se ejerce en escuelas aisladas, es perseguida, no llega a la ciudadanía, sino a unos cuantos elegidos. Y así pervive durante todo el imperio romano hasta que todo el poder romano es secuestrado por el poder de la religión (esto no significa que sea la causa de la caída del imperio romano, que hay muchas, y que en el fondo es como todas las caídas de las civilizaciones, un colapso civilizatorio de origen ecológico, un acabar con los recursos de los que se vive, por múltiples causas) que se hace con el pensamiento del mundo antiguo y lo elimina en gran parte y otra lo adapta a su mensaje que pretende ser la verdad absoluta. En poco tiempo retrocedemos ocho siglos y nos sumimos en la barbarie. Y es esa la barbarie que, si no lo enmendamos, la que nos espera a la vuelta de la esquina.

                Nuestra sociedad globalizada está a punto de entrar en un colapso civilizatorio, no es una crisis económica propia del capitalismo a lo que estamos asistiendo, es una quiebra del capitalismo global. La democracia, desde sus orígenes para acá, hace 250 años, ha ido degenerando. Y ha ido degenerando porque se ha unido al capital, su desarrollo ha ido parejo al del capital. Y el capitalismo lo devora todo; porque sólo tiene una forma unidimensional de ver el mundo. El mundo como mercancía. Y el capitalismo solo tiene un camino, el crecimiento, y el crecimiento, por las propias leyes de la física no puede ser ilimitado en un sistema limitado, como es el sistema tierra. Pues bien, es el poder oligárquico el que ha secuestrado todo el poder político, a nuestros representantes, de tal forma que ya no nos representan, sino que representan a la oligarquía, a un puñado de ricos. Los ciudadanos han dejado de ser tales, han perdido la dignidad que le otorgó la razón ilustrada de Kant y que se materializa en los derechos humanos y se vertebran a través de las constituciones democráticas y se han convertido en instrumentos. En instrumentos de producción. Las propias leyes de educación nos lo dicen. Se educa para la empleabilidad.

Y esta oligarquía, este poder económico ha forjado una forma de pensamiento que es el pensamiento único, por eso se ha secuestrado la democracia y por eso los políticos nos dicen que no hay alternativas porque ese pensamiento único es determinista. Tiene una concepción determinista de la historia, es el pensamiento neoliberal. El pensamiento neoliberal es la utopía negativa de la actualidad. Se nos dice que sólo hay un camino hacia una sociedad perfecta, justa, que elimine el sufrimiento y todos los problemas, ese camino es el de las democracias liberales. La historia progresaría determinísticamente por este camino. Pero no hay progreso de la historia, esto es un viejo mito cristiano del que me he ocupado muchas veces y en el que, para el mal radical de la humanidad, han caído todas las utopías del siglo XX, de izquierdas o de derechas. Este pensamiento neoliberal pretende la liberalización absoluta de la economía, la privatización de todo lo que se había convertido en público porque era la forma que la democracia tenía de salvaguardar nuestros derechos. Pero, curiosamente, cuando se producen pérdidas, el sector privado pide rescate al sector público, hasta que poco a poco lo va hundiendo. Y esto significa la desaparición del estado y, con él, de nuestros derechos, porque es el estado, con el dinero de todos, el que los protege, pero ya no hay estados. Ahora hay, y cada vez más, oligopolios, que competirán unos con otros y que fijaran sus reglas y que, además, se saltarán la ley de los límites de crecimiento. El ciudadano dejara de ser tal, será instrumento, carne del sistema, que por haber sobrepasado estos límites del crecimiento se autodevora. Por eso el escenario para el futro es un escenario de guerra. De guerra por los recursos energéticos, alimentario y de agua potable. Y la competencia estará en manos de unos cuantos oligopolios. Ése es el desierto del mundo real, el mundo que ya tenemos ante nosotros.

Y, por otro lado, este pensamiento único ha forjado también su propia ideología, como cualquier sistema de producción, una ideología que ha alienado a los ciudadanos convirtiéndolos en esclavos sumisos y obedientes. Y es la filosofía posmoderna. Y los pilares de este pensamiento, o ausencia de pensamiento, de esta nueva religión de la tecnobarbarie en la que vivimos son los siguientes. Primero la anulación de la validez de cualquier discurso. Es el relativismo. Todo vale, todo se puede decir, todo se puede defender. No hay discurso verdadero, todos los discurso son equivalentes. Pero si todos los discursos son equivalentes alguno será el que tenga el poder, pues ese será el del más fuerte. Las ideas y creencias que triunfan son las ideas del más fuerte. Frente a la ausencia de verdades objetivas pues tenemos el triunfo de la fuerza. La falsa democracia del pensamiento único nos ha hecho caer en la soberbia de querer y creer que nuestro pensamiento, opiniones y creencias son, por el mero hecho de tenerlas, verdaderas. Pero esto es un atropello y un arma del poder contra la ciudadanía. Por eso es necesario el pensamiento crítico, para deshacer este entuerto. Pero el poder elimina el pensamiento crítico y controla los medios de sumisión de masas.

Por otro lado el pensamiento único nos ofrece su propio opio, la religión que nos amordace y nos adormile. Tras la muerte de dios lo que nos salva es la tecnociencia y el hiperconsumo. Nuestro ser es nuestro consumir. Y mientras que hemos ido consumiendo hemos dejado de pensar, nos hemos distraído del mundo que se estaba creando a nuestro alrededor, del desierto que se nos acercaba. Y esa ideología, es la del hedonismo egoísta que nos ha impedido ver más allá de nosotros mismos y consumir compulsivamente seducidos por el poder de las nuevas tecnologías. Y esto es lo que ha llevado a nuestras conciencias al nihilismo. Hemos permanecido obedientes y sumisos y con la soberbia del que cree saberlo todo, porque en estas falsas democracia lo que se ha confundido es la libertad de pensamiento con la equivalencia de las opiniones. Y estas conciencias nihilistas son conciencias insatisfechas, que han perdido el norte, que necesitan de un sentido, de algo a lo que agarrarse, aferrarse. Y mientras estábamos distraídos, mientras occidente estaba mirándose su propio ombligo y seguía el proceso de colonización del mundo por otros cauces a los del viejo colonialismo, el desierto se instalaba a nuestro alrededor. Y ahora el monstruo se devora a sí mismo. Porque el capitalismo no tiene bridas. Ahora devora al estado y al ciudadano que en su estado de enajenación no ve de dónde le vienen los tiros y, como un zombi, camina por el desierto de lo real. Y este es mi canto fúnebre por las mayores conquistas del hombre, la libertad, la dignidad, la igualdad y la fraternidad, todo convertido en polvo, desierto…

Benedicto XVI: posmodernidad e Ilustración.

                Independientemente de la renuncia al papado del Cardenal Ratzinger, sus motivos y causas, que pueden ser oscuras o, quizás, no tanto, pero en lo que no voy a entrar por desinterés y desconocimiento, lo que si sospecho para mí es que la corrupción “política maquiavélica” del Vaticano supera las capacidades de un intelectual que ha consagrado su vida al estudio de la teología y a la defensa de la ortodoxia cristiana con un brazo, para mi gusto, y además tremendamente equivocado, demasiado rígido que ha hecho perder la oportunidad de una iglesia social y no dogmática. Pero, en fin, esto son cosas de palacio, intrigas y luchas de poder. Algo que se me escapa y que quizás se le ha escapado de las manos al intelectual alemán y de ahí su renuncia.

Pero lo que a mí me interesa es una obsesión de Ratzinger con la que coincido en parte. Su tesis viene a ser, de forma simple, que el mal de la sociedad actual, su crisis de valores, su crisis profunda, de carácter filosófico-religioso y teológico es el posmodernismo. Y, más en concreto, una doctrina que emana de la filosofía posmoderna, el relativismo. La noción de que todo vale, de que no hay verdad, ni bien, ni belleza, ni justicia implica la disolución de la sociedad. La aniquilación de los valores y del sentido de la existencia. Si todo está justificado por la subjetividad caemos en un egoísmo hedonista que, en última instancia nos lleva al nihilismo, al vacío de nuestra conciencia, al sinsentido. Los hombres han perdido el norte y pululan por el mundo como zombis, muertos vivientes. Buscando un asidero, hambrientos de sentido, buscando su supervivencia, anárquicos y egoístas. Un panorama dantesco e infernal, como la antesala del infierno. Y esos hombres están sedientos de sentido porque se les ha vaciado de los grandes discurso, de los grandes relatos ético-filosóficos y ético-religiosos que daban orden y sentido a su existencia. Pero la sociedad actual, con el poder omnímodo del capital, se ha encargado de disolver las conciencias, ni siquiera de alienar, sino de vaciar. El individuo ya no es capaz ni de pensar ni de sentir. Ha perdido los valores de la libertad, que se ha confundido con una muy limitada libertad económica, comprar; y la fraternidad. El yo se ha encerrado en sí mismo sin capacidad de salir y comprender al otro, sin verse en él como otro yo. Nos hemos convertido en islas hedonistas y egocéntricas que buscan autosatisfacción en la rueda infinita del deseo que el capital pone en nuestras manos para mantenerse. Pero este individuo, súbdito porque ha perdido la libertad y, por tanto, la ciudadanía, busca un sentido. Un sentido en las religiones de rebaja que les vende el sistema, en los libros de autoayuda, un refrito de distintas sabidurías que al cocinarlo pierde todo rastro de sabiduría. Porque el hombre busca trascendencia.

                Pues bien, en todo este análisis coincido con el Cardenal, pero no con lo que él considera la causa y la solución. La causa la ve en la Modernidad, la Ilustración. Y considera que la Modernidad, con su ensalzamiento de la razón y su crítica a la religión que acaba con la muerte de dios trae precisamente este sinsentido del que hemos hablado. Para mí esto es un error. La Ilustración trajo, como su propio nombre indica, luz. Y esa luz era la luz de la razón que rivaliza con la oscuridad de la superstición que era la de la religión, poder en el que se asentaba el antiguo régimen. Es decir, que la Ilustración, la Modernidad, lo que trajo es la libertad, y con ella la igualdad y la fraternidad. Curiosamente conceptos, que, desde un punto de vista religioso mítico, estaban contenidos en el cristianismo, pero que éste había practicado más bien poco; así como el señor Ratzinger tampoco lo hace al condenar a la teología de la liberación. Es bien cierto, y está probado y, por ello es indiscutible, que la razón ilustrada se endiosó, se convirtió, paradójicamente, en una religión, se hizo absoluta. Y de ahí surgieron los totalitarismos del siglo XX, pero no de la negación de la religión o del sometimiento de ésta a sus propios límites. Aquí lo que se produjo es una perversión de la razón ilustrada. Y el neoliberalismo que vivimos es la última forma de perversión de la razón ilustrada que viene de la mano del endiosamiento racional de una nueva ciencia, la economía. Pero insisto, es ésta la causa, el endiosamiento por perversión de la razón ilustrada, no la eliminación de la religión o su relego a su lugar particular, no universal y con poder absoluto.

Por eso el cesante Papa, considera que para recuperar el camino es necesario recuperar los valores de la religión cristiana, apostólica, católica y romana. Aquí está el otro error. Para empezar que esto es irrecuperable, cuando se produce un progreso ético en la humanidad, ya no hay retroceso, me explico. Puede haber un retroceso de hecho, pero el descubrimiento ya está hecho, por ello está en la conciencia de los individuos. Podemos volver a caer en la esclavitud, pero el concepto de libertad ya ha sido conquistado y el hombre luchará por él. De modo que, el laicismo que se conquista con la Ilustración y que va indisolublemente ligado a la democracia y sus valores, entre los que se encuentra la aconfesionalidad del estado y el relego de la religión al ámbito de lo privado es ya irrenunciable. Es una conquista ética de la humanidad que tiende hacia lo universal. De modo que el intento de recuperar el discurso religioso como un discurso universal no es más que caer en el mismo error histórico preilustrado. Ello no quiere decir que, a nivel particular, para el creyente, su discurso religioso tenga un valor universal. Pero eso es otra cosa.

Lo que yo propongo, por el contrario, es precisamente la recuperación del proyecto inacabado de la Ilustración que se inscribe dentro del gran proyecto ético de la humanidad. El posmodernismo, junto con otras teoría como la del fin de la historia y la muerte de las ideologías, no es más que la ideología que el poder ha utilizado para domesticar y vaciar las conciencias de los ciudadanos para convertirlos en súbditos fieles y serviles. Lo que hay que recuperar son los valores universales humanos de la Ilustración y un concepto limitado de razón aprender del error de que la razón no puede ser omnipotente ni omniabarcadora, ni en el ámbito de las ciencias naturales y, menos aún, en el ámbito de las ciencias sociales y humanas. Si así lo consideramos caemos en las distopías que han sembrado en nombre de la razón y el progreso la historia de millones de cadáveres, como ahora hace el capitalismo sin bridas, el capitalismo salvaje. La recuperación de una razón limitada que nos recuerde nuestra condición de seres limitados, de seres sin una importancia especial, productos azarosos de la evolución. Pero de seres que se alzan sobre su propia condición biológica para darse un sentido. Porque nuestro cerebro está constituido de tal forma que quiere trascenderse y, además, éste es un mecanismo de adaptación que funcionó, fue exitoso. Por ello el hombre tiende a la creencia. Y, de tal forma debemos recuperar esos valores que pertenecen al proyecto ilustrado y que, como salta a la vista, no han sido realizados, es un proyecto inacabado y sumarnos a su conquista. Y es en esto en lo único que consiste el progreso de la humanidad. Es un progreso provisional, no exento de saltos y retrocesos. Y no se trata en este progreso de anular la religión, como anunciaron dogmáticamente los que defendían la muerte de la religión, sino de asumirla dentro del discurso, como forma particular, pero con un mensaje ético, pero de todas las religiones, cuidado, que tiende a lo universal. Y, para recuperar este proyecto el enemigo es común. Es el capitalismo salvaje que ha anulado las conciencias de los individuos convirtiéndolos en vasallos. De lo que se trata es de salvar esta situación de que el hombre, desde la ética y la razón política y el derecho, recupere las riendas y domestiquemos este capitalismo desembridado.

                        Indignación o silencio cómplice.

“Entre un gobierno que lo hace mal y un pueblo que lo consiente hay una complicidad vergonzosa”. Victor Hugo.

«Coged el relevo, ¡indignaos! Los responsables políticos, económicos, intelectuales y el conjunto de la sociedad no pueden claudicar ni dejarse impresionar por la dictadura actual de los mercados financieros que amenaza la paz y la democracia». S. Hessel

La alienación se ha hecho total. El neoliberalismo se ha convertido en una religión sutil que lo cala todo. La inconsciencia colectiva y de ahí la inacción es inmensa y bochornosa con la que tenemos encima. El capitalismo de última generación se ha convertido en un enemigo que no tiene forma es un fantasma que lo impregna todo se ha vuelto líquido. Ya no hay enemigo al que señalar, ni conciencia que tome conciencia. La alienación es casi total. Con esto es imposible una revolución. Es como si nos llevasen al matadero y nosotros sumisos y contentos, disfrutando de la última aplicación de nuestro móvil de última generación...

Ante la situación actual sólo cabe la indignación. Y la indignación surge cuando los que gobiernan lo hacen atentando contra la dignidad de los gobernados que, en el fondo, en una democracia son los depositarios del poder. Pues en la actualidad, tanto en Europa como en España se gobierna para y por los mercados, los políticos obedecen sumisos el golpe de estado dado por el BCE, y los ciudadanos son instrumentalizados. El Parlamento es ocupado por el poder económico y se reúne con nuestros representantes a puerta cerrada y el ciudadano como si nada. Los desahucios siguen y el ciudadano como si nada, el gobierno bajo sospecha y el ciudadano como si nada. Son los votantes del PP los primeros que deberían haberse levantado y apuntar con el dedo al presidente y decirle a la cara: esto no es lo que tú dijiste. Pero, no, lo primero es que la política neoliberal y reaccionaria casa perfectamente con la ultraderecha que tenemos por derecha moderada y, segundo, que el ciudadano es lo suficientemente esclavo como para obedecer sumiso a aquel al que votó. Y lo suficientemente resentido y resignado como para asumir el discurso, ahora de los dos partidos con opción de gobierno, de que hay que apretarse el cinturón, que hay que arrimar el hombro y sacrificarse. Es mentira, la resignación en la que hemos sido educados desde el cristianismo nos hace creer, pero es un engaño. ¿Por qué recortes y no una reforma fiscal?, pues porque estamos en tipo de política ultraliberal de carácter darwinista. Ha vuelto el darwinismo social, el pobre lo es porque se lo merece, porque no sabe adaptarse. El estado no tiene por qué preocuparse por él. Es bochornoso que aceptemos esos recortes y nos conformemos con la amnistía fiscal del gobierno. Resulta que se amnistía a los defraudadores, a aquellos que tenían que estar en la cárcel, a aquellos que no han pagado y por culpa de ellos ahora resulta que no hay dinero para pensiones, escuelas, hospitales, justicia, funcionariado (servidores públicos)… es el neoliberalismo salvaje que devora el sistema y devora la conciencia más allá de la alienación.

Ningún pueblo, si se consideran ciudadanos y, por tanto, con capacidad de indignarse debería soportar esto. Debería salir en pleno a la calle, tomar el poder. No nos representan, o sí. Nos representan en tanto que hemos sido lo suficientemente ingenuos e ignorantes como para elegirlos, a ellos y a la oposición, que ahora viene con un discurso de izquierda cuando fue ella la que inicio los mayores recortes de la democracia y la reforma de la Constitución. Estos lo que quieren es el relevo en el poder. ¿Hasta cuándo vamos a seguir siendo tan ingenuos e ignorantes como para seguir votando a estos demagogos al servicio de los mercados? Pero el engaño, como decía al principio, se ha hecho total. Se han vaciado las conciencias, se han creado máquinas de consumir y consumirse. Individuos hedonistas y egocéntricos sin la más mínima capacidad de ponerse en el lugar del otro ni de crítica. ¿Por qué las bases no critican a los partidos? ¿Por qué no exigen su dimisión en pleno? ¿Por qué no piden nuevas reglas? Porque son obedientes y sumisos y porque se les ha creado la conciencia de que parece que piensan, pero no. Simplemente opinan, pero han elevado la opinión particular a rango de sabiduría. Porque aquí, como sabéis, se ha confundido el respeto a las opiniones con el respeto a la persona. Y, por otro lado, dentro de los partidos no hay ni opinión, ni ciencia, ni nada que se le parezca. Hay creencia, sumisión al líder, intrigas de poder, obediencia de voto y la palabra crítica y disidencia ni existen. Ésta es la democracia que tenemos, una burla, un totalitarismo. Y, mientras, la miseria ronda nuestras puertas…



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